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(IAR-Noticias)
12-Ag-05
Aquí hay peligro de todo: secuestros, bombazos y en especial de los soldados
gringos (muy nerviosos), los soldados iraquíes (más nerviosos) y los
desgraciados de seguridad privada, que son agresivos y abusivos. Si te acercas
demasiado a un convoy por la carretera, corres riesgo de que te llenen de plomo.

Por Carlos Al-Fulani - La
Opinión, Los Angeles
Cuando
llegué a Bagdad, me recogió un equipo armado del aeropuerto internacional Saddam
Hussein (perdón, Baghdad International), un aeropuerto enorme, casi totalmente
abandonado. Durante el vuelo desde Jordania, un ingeniero egipcio me dijo que
había sido uno de los aeropuertos más utilizados de la región.
Antes de viajar me dejé crecer la barba, me puse ropa de segunda mano y ahora
parezco cualquier otro fulano árabe. En Amman me pararon dos veces en la calle
para pedir direcciones, así que sé que parezco un tipo local. Los del equipo de
seguridad -- seis matones en dos carros armados con metralletas -- me
felicitaron por la pinta y dijeron que sería fácil protegerme.
Bagdad, a primera vista, parece cualquier ciudad congestionada del tercer mundo,
con casas cursis, baches en las calles, las veredas desiguales, y basura tirada
por doquier. Una diferencia es que está llena de cascarones de edificios
destruidos en la guerra, y todo cubierto con un centímetro de tierra por las
constantes y brutales tormentas de arena.
Hay muchos negocios cerrados por falta de energía, pero vi pocos ambulantes y
pocos mendigos. Vi también bastantes hombres vestidos con dishdasha (el traje de
pijama entero) y mujeres con abayas (el traje negro largo que cubre todo menos
los ojos). Aparte de eso, parece la misma gente que uno encontraría en cualquier
plaza latinoamericana.
El tráfico es desgraciado, agravado porque los gringos han cerrado varias calles
céntricas por motivos de seguridad y porque los milicos (gringos e iraquíes)
cierran calles frecuentemente cuando arman retenes.
También, desde el final de la guerra hubo un diluvio de autos usados entrando al
país. Se fue Saddam y ahora cualquiera con algún dinerito bajo el colchón puede
comprar un carrito -- y con eso se gana el privilegio de quedarse atracado en el
tráfico y de pararse en colas de varias horas -- en el peor de los casos, varios
días -- para conseguir gasolina. Hay poca gasolina porque la mayoría del
producto petrolífero va para la exportación, aunque también hay problemas porque
la bomba de los surtidores no siempre funciona, con tantos apagones.
Me estoy quedando en uno de los mejores hoteles de la ciudad, construido en los
años 80. El hotel tiene tres piscinas perfectamente redondas, la más grande de
unos 50 metros de diámetro. Pertenecía a Uday Hussein, el hijo sádico de Saddam.
Aparte de lo grande que es, parece un hotel provincial de tercera construido por
el Ministerio de Turismo durante la época de Velasco (en Perú). Y hay que tener
todo bajo llave, ya que los encargados de limpieza son una bola de ladrones.
Nuestra oficina tiene una vista excelente del lado norte del río Tigris. Con
binoculares puedo ver la universidad medieval de Al Mustansria, donde estuvo
basado el creador de álgebra -- el mismo que está en la carátula del texto de
Álgebra de Baldor -- al que conozco bien, ya que me reprobaron en álgebra en
cuarto de secundaria.
La gran ventaja es que este lugar es muy seguro -- el dueño es un árabe sunni, y
el hotel está lleno de mercenarios sudafricanos y surcoreanos que caminan
armados hasta los dientes en el lobby y el restaurante. Queda junto a una torre
de telecomunicaciones del gobierno, que está resguardado por soldados iraquíes.
Y la “Zona Verde” de los gringos queda a unas cuantas cuadras.
Con todo, queda estrictamente prohibido que los reporteros extranjeros salgamos
a la calle sin seguridad. Tenemos un equipo muy profesional de reporteros árabes
que salen y hacen todo el reportaje, y nosotros redactamos la información.
También llamamos al Ejército gringo y vamos en misiones “encamadas” con ellos.
Pero en realidad, los reporteros iraquíes aquí son nuestros ojos y oídos.
Es la primera vez que visito un país en el que no puedo leer ni hablar una sola
palabra. Es muy frustrante, especialmente porque los locales me quieren
conversar y no puedo responder. Claro, cuando preguntan de dónde soy, siempre
digo que soy peruano, por motivos de seguridad.
Total, cualquier secuestrador con algo de inteligencia sabría que al gobierno de
Alejandro Toledo no le va sacar mucha plata si me secuestran, ¿verdad?
Carlos Al-Fulani es el seudónimo de un periodista actualmente destinado a
Bagdad, quien, por motivos de seguridad, prefiere mantenerse en el anonimato.
Esta columna deriva de una comunicación personal con un miembro de Hispanic Link
News Service. Comentarios a editor@hispaniclink.org)
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