|
(IAR-Noticias)
24-Oct-05
El tema está que arde. Bill Keller, director de The New York Times, acusa
a Judith Miller de haber "engañado" al periódico, sobre sus pactos con uno de
los asesores del vicepresidente Cheney y el abogado de la reportera afirma que
los mandamases del rotativo "animaron" a la periodista a negarse a declarar en
el juicio por la filtración del nombre de un agente de la CIA y cuando Miller
fue a parar a la cárcel, le dijeron que tendría que dejar su puesto de trabajo
si no hacía una "confesión personal".
Periodista Digital
El todopodero y expeditivo Keller explica que si hubiera sabido los detalles del
"embrollo" que se traían Miller y Lewis "Scooter" Libby -el jefe de gabinete de
Cheney- "hubieramos sido más precavidos sobre la forma de montar su defensa y
quizá hubieramos hecho otras cosas".
Cuenta Javier del Pino en El País que en un correo electrónico interno que
refleja el desasosiego de la redacción en las últimas semanas, Bill Keller
lamenta "errores". Miller pasó 85 días en prisión por negarse a revelar la
identidad de una fuente. Su colaboración posterior con la justicia ha planteado
serias dudas sobre la ética de su comportamiento periodístico; muchos en la
redacción del Times han cuestionado también si los vínculos de Miller con el
Gobierno de Bush eran -son- demasiado estrechos.
En el correo enviado a la plantilla de The New York Times, Keller lamenta haber
sido casi el último en enterarse de que Miller "era una de las receptoras en la
campaña de rumores" del Gobierno de EE UU contra Joe Wilson, el marido de la
agente secreta de la CIA, Valerie Plame. Un fiscal especial investiga si altos
cargos de la Casa Blanca filtraron que Plame pertenecía a los servicios de
espionaje sólo para desprestigiar a su marido, que se oponía públicamente a la
invasión de Irak.
Keller acusa a su reportera de moverse en el oscurantismo y ocultar detalles de
su trabajo que sus superiores en la redacción deberían haber conocido. El editor
del Times se pregunta por qué tuvo que enterarse de algunos aspectos del caso a
través de la investigación del fiscal y no del relato de su reportera, y cita
expresamente una reunión de Miller con el jefe de la oficina en Washington,
Philip Taubman, en 2003, en la que "Judy parece haberle engañado" en cuanto a su
grado de implicación en los hechos.
Keller lamenta también no "haber sentado a Miller para que me explicara con
detalles" su implicación en el caso cuando fue citada por primera vez. En la
muestra más clara de arrepentimiento y distanciamiento, el editor llega a decir
que si hubiera conocido el "enredo" de Miller con I. Lewis Libby, el jefe de
gabinete del vicepresidente Dick Cheney y presuntamente uno de los autores de la
campaña de desprestigio contra Wilson, su periódico podría haber estado abierto
a llegar a un acuerdo con el fiscal que investiga el caso en lugar de gastar
millones de dólares en la defensa de su reportera.
Miller envió a la dirección del periódico una respuesta escrita en la que
considera que esos comentarios son "gravemente inexactos", y niega "haber
engañado nunca" a su jefe en Washington. La periodista parece dolida por la
referencia a su "enredo" con Libby, con quien dice no tener una relación más
allá de la profesional, y asegura que nunca supo que estaba siendo utilizada en
una campaña de desinformación del Gobierno.
Fuentes de la redacción del Times recogen un malestar creciente contra una
periodista que nunca fue sancionada por haber publicado múltiples informaciones
erróneas sobre la supuesta presencia de armas de destrucción masiva en Irak.
Miller nunca informó al fiscal ni a sus editores sobre una de las reuniones que
mantuvo con Libby en julio de 2003, que sólo reconoció después de que surgieran
pruebas de su existencia. Además, Miller ocultó a sus superiores la identidad de
Libby y definió a su fuente como "un empleado en el Capitolio", en donde Libby
trabajaba mucho antes de llegar a la Casa Blanca.
La carta del editor del Times a sus empleados parece haber abierto la veda
contra Miller por una actitud que algunos de sus compañeros consideran
egocéntrica, interesada y profundamente preocupada por proteger al Gobierno de
George W. Bush. Una de las columnistas más importantes del diario, Maureen Dowd,
dedicó su artículo editorial de ayer a su compañera de redacción bajo el título
Mujer de Destrucción Masiva. En el texto, salda cuentas pendientes con Miller
por sus modales en la redacción y llega a decir que su regreso al periódico
sería una amenaza para sus lectores.
Mala compañera
Escribe Pedro Rodríguez en ABC que,
"tarde pero con una llamativa dosis de sinceridad", el diario The New York Times
dedicó hace justo una semana casi seis mil palabras de su edición dominical a
intentar explicar el controvertido papel de Judith Miller. Dentro de este
ejercicio de autocrítica, similar al publicado tras el escándalo de
periodismo-ficción protagonizado por el redactor Jayson Blair, el propio New
York Times reconoce que Judith Miller es una «figura divisiva» en la redacción,
con notorio afán de protagonismo y reputación de ir por libre y de mala
compañera.
El diario también admite que la reputación de Miller se vio desmoronada con sus
informaciones sobre armas de destrucción masiva en Irak.
El responsable de la sección Internacional en ese momento, Roger Cohen, llega a
declarar que expresó personalmente a Miller el malestar por la falta de
veracidad de su trabajo pero, en lugar de asumir responsabilidades, ella culpó a
sus fuentes.
En su oportunidad para explicar su testimonio ante el jurado de acusación, cuyo
mandato terminará el próximo 28 de octubre, Judith Miller indica que el fiscal
Fitzgerald le interrogó específicamente sobre si el propio vicepresidente Cheney
estaba al tanto o había dado luz verde a su jefe de Gabinete, Lewis Libby, para
identificar a la esposa del embajador Joseph Wilson —quien públicamente crítico
con los argumentos utilizados por la Administración Bush para invadir Irak— como
una agente de la CIA.
Por primera vez, Judith Miller explica que en las notas que tomó durante una
entrevista con Libby, en julio de 2003, aparece el nombre mal escrito de la
agente, identificada como «Valerie Flame» en lugar de Valerie Plame. Aún así, la
periodista dice no acordarse si el jefe de Gabinete de Cheney fue la primera
fuente que mencionó el nombre en cuestión.
Miller también justifica su insistencia en no identificar a Libby como fuente
porque creyó que los abogados del alto cargo de la Casa Blanca solo querían que
prestase testimonio para exonerar a su cliente.
The New York Times concluye su revisión dominical reconociendo que se ha visto
forzado a gastar millones de dólares en la defensa de Judith Miller, gastos
especialmente onerosos al coincidir con una reducción de plantilla. Esta
implicación «ha limitado la propia capacidad del diario para cubrir aspectos de
uno de los mayores escándalos del momento».
|