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(IAR-Noticias)
11-En-06
Durante tres días el primer secuestro de una periodista estadounidense en
Irak parecía, para quien hubiera visto la noticia perdida en algún medio de
comunicación europeo, una alucinación, ya que no fue recogida por medios
estadounidenses.
Por Mercedes Gallego - ABC
Ni siquiera el Christian Science
Monitor, al que estaba asignada en el momento del secuestro según la escueta
nota de Reporteros Sin Fronteras.
Ayer, la noticia estalló en EE.UU. con una explicación: los medios pactaron para
encubrir este secuestro y facilitar así los primeros intentos de negociación, de
los que nada se sabe. Sólo ahora se puede cotejar que Gill Kelly, como la
identificó erróneamente el sábado la organización de Prensa, se llama en
realidad Jill Carroll.
La joven, de 28 años, vio la
oportunidad de convertirse en corresponsal extranjero cuando fue despedida del
Wall Street Journal hace tres años, donde trabajaba como asistente de
periodista. En la Casa Blanca sonaban con claridad los tambores de guerra, por
lo que Jill Carroll, con seis meses de anticipación, buscó trabajo en la sección
de negocios del diario The Jordan Times.
Su objetivo era aprender árabe antes de su inmersión iraquí, para la que decía
no tener prisa. Carroll no se mudó a Bagdad hasta octubre de 2003, casi seis
meses después de que George W. Bush diera por terminados los combates. Entre los
medios para los que ha colaborado destacan la agencia de noticias italiana Ansa,
el diario The San Francisco Chronicle y The Washington Post.
Vestía como una iraquí
Se tiñó el pelo con «henna» (alheña), se deslizó dentro de una túnica negra y se
cubrió con el característico pañolón musulmán. Con este atuendo y sus
conocimientos de árabe entrevistaba a iraquíes por las calles de Bagdad.
Era cuestión de tiempo. La emboscada del sábado estaba perfectamente planeada,
según su chófer, que sobrevivió al asalto.
La periodista dijo a su chófer y a su
traductor que a las 10 de la mañana tenía una entrevista con Adnan al-Dulaimi,
prominente político suní, que no sólo no era consciente de tal cita, sino que a
esa hora tenía una reunión en otro lugar. Tras esperarle 25 minutos, Carroll
decidió retirarse.
A menos de 300 metros, un hombre bien vestido detuvo el coche a gritos. En
cuestión de segundos, sus compañeros sacaron de un empujón al chófer, y se
introdujeron junto a la periodista y su intérprete. «No duró más de 15
segundos», contó el chófer. El hombre que le había interceptado se quedó para
despedirle con desprecio. «Lárgate de aquí, bastardo», le dijo antes de disparar
junto a él.
Tres horas después alguien recibió una llamada que procedía del móvil de la
periodista. «La persona a la que pertenece este teléfono está muerta, ¿pueden
venir a recogerla?», decía la voz al otro lado. El teléfono había sido
encontrado sobre el cuerpo de Allan Enwiyah, su traductor de 32 años, asesinado
de dos tiros en la cabeza.
«La habilidad de Jill para ayudar a que otros entendiesen los temas a los que se
enfrentan todos los grupos en Irak no tiene precio», escribió el director del
Christian Science Monitor, Richard Bergenheim. «Buscamos urgentemente
información sobre la señorita Carroll y estamos explorando todas las
posibilidades para asegurar su liberación».
Más de 250 extranjeros -entre ellos 31 periodistas- han sido secuestrados en
Irak hasta ahora.
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