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(IAR-Noticias) 30-May-05
/ Por
Rodrigo Guevara
Por primera vez, en
casi seis
décadas, el aparato político del Partido Justicialista (PJ) corre
serio riesgo de dividirse por culpa del enfrentamiento electoral de sus dos
máximos exponentes de la hora: el actual presidente, Néstor Kirchner, y el ex
presidente Eduardo Duhalde.
El centro (casi anecdótico) de la
disputa pasa por el control de las listas de candidatos para las elecciones
parlamentarias a realizarse en octubre próximo, en las cuales Kirchner y su
grupo intentan despojar a Duhalde de su radio de influencia sobre la mayoría
de diputados y senadores nacionales.
La ecuación de la pelea pasa por
una realidad matemática: en la actual situación, Kirchner no controla las
mayorías de las dos cámaras parlamentarias y para cualquier intento de aprobar
leyes (favorables a los intereses del Imperio) está obligado a "negociar" con
el ex presidente quien controla un sector decisivo de legisladores en el
Congreso.
Esta situación desgasta la "imagen
de poder" de Kirchner, lo debilita frente al establishment, fortalece a Duhalde
y le reduce chances electorales para la reelección en el 2006.
En este cuadro de situación, la
suerte de uno es inversamente proporcional a la desgracia del otro: lo que lo
beneficia a Duhalde perjudica a Kirchner, y viceversa.
Y en este universo
de contradicción, uno tiene que forzosamente liquidar al otro para mantenerse en
el poder y seguir contando con el favoritismo de Washington y de los
factores de poder local.
Y como ya estaba previsto desde el
inicio de la alianza, las declaraciones de "amor" fueron meras expresiones
coyunturales de un momento, cuando ambos precisaban juntarse para derrotar y
poner fin al reinado del "malo de la película": Carlos Menem, hoy aliado de
Duhalde contra Kirchner.
Atrás quedaron las sonrisas
vacías, las frases amistosas con el cambio de banda presidencial, y ambos se
disponen a disputar electoralmente el máximo trofeo de guerra para un político
cipayo: la gerencia colonial del Imperio.
En términos pragmáticos (tanto en
Argentina como en el resto de Latinoamérica) eso implica controlar la
mayoría parlamentaria, el Congreso Nacional, el ámbito desde donde se
legisla y se da "marco legal" a las decisiones estratégicas emanadas del
poder económico de los bancos y transnacionales, los verdaderos propietarios
de la Argentina más allá de las ceremonia electorales.
Históricamente, Duhalde fue el
"inventor" de la candidatura de Kirchner, hace dos años, cuando perdió en
primera vuelta la elección con Carlos Menem y luego triunfó en la segunda vuelta
por el retiro del ex presidente de la era de las privatizaciones y de la
introducción del "libre mercado" neoliberal en la Argentina.
Sin salirse de las reglas de
gerente y ex gerente del Imperio (Duhalde estableció la devaluación del peso
para que los bancos y transnacionales licuaran sus deudas millonarias, y
Kirchner concentra las reservas del Banco Central para pagar puntualmente la
deuda a la banca internacional usurera), ambos se disputan el manejo de la
maquinaria electoral del PJ, que asegura el acceso al gobierno y al control
político del país.
Cuando la prensa (que hoy lo
elogia como Súper K) lo degradaba con el mote de "Tristán" (un cómico que
tiene un ojo desviado como él) el entonces presidente Duhalde (quien se apoderó
de la presidencia por un golpe institucional contra De La Rúa) lo apadrinó como
"su" candidato presidencial.
Se dice que Duhalde "arregló" con
el Grupo Clarín (el más poderoso lobby mediático de la Argentina) para cambiarle
la imagen de "Tristán" a Kirchner, y presentarlo como un candidato "serio y
con propuestas".
El experimento, en una Argentina
vaciada de ideas y de conciencia política, dio resultado, y el candidato
patagónico saltó de un 5% de intención de voto a una medición pareja con
el otro candidato del PJ: el ex presidente Menem, que, maldecido por los grandes
monopolios mediáticos, terminó ganando en la primera vuelta por solo dos puntos
a Kirchner.
Una vez en La Rosada, Kirchner (el
ex "Tristán") fue convertido en "Súper K" por la corte de comerciantes
mediáticos, incluidos figuras de la farándula humorística como Mario Pergolini y
Marcelo Tinelli que después de ridiculizarlo como el "Chirolita" de Duhalde terminaron
elogiándolo y cobrando siderales sumas para ello.
Pero el ex "Tristán" ( o el
"Tuerto" como lo llaman en el entorno de Duhalde) después de alcanzar la
presidencia no esperó ni un segundo para comenzar su objetivo de desplazar a
su ex padrino del control del aparato del PJ en el distrito electoral más
poderoso de la Argentina (acumula el 40% del padrón electoral): la provincia de
Buenos Aires.
Entre guiños y sonrisas hipócritas
desparramados durante sus furtivos encuentros en La Rosada, Kirchner y Duhalde
no se dieron tregua en su guerra por el poder.
Contienda a la que se sumaron sus
respectivas consortes, la actual Primera Dama, Cristina Kirchner, y la ex
Primera Dama "Chiche" Duhalde, ejemplos emblemáticos de la mujer argentina
con pasión de poder y sin nada en el cerebro.
Más allá del palabrerío hueco, del
"discurso político" para consumo de ilusos, la lucha entre ambos no es más que
la lucha entre Don Corleone (Duhalde), y el aspirante a sucederlo en la jefatura
de la mafia vernácula (Kirchner).
Debajo de esta pelea local
(intrascendente en la línea de dependencia argentina al Imperio norteamericano),
Kirchner siguió ejecutando sin alteraciones la misma línea matriz de
administración al servicio de las los bancos y las transnacionales que
realizaron sus predecesores desde la instalación de la "democracia" made in usa
en 1983.
Una vez conseguido su objetivo
de instalarse en la Casa Rosada, Kirchner se dedicó a hacer todo lo contrario
de lo que prometió realizar durante la primera secuencia de sus denuncias y
bravuconadas contra blancos o enemigos inventados para parecer de
"izquierda progresista".

Estadísticamente, en estos dos
años de gestión, después de sus "peleas"
discursivas con Bush o el FMI, siempre pagó puntualmente y acató
sumisamente la agenda política que se le imponía desde Washington.
Después de prometer "limpieza"
y "ejecutividad" tras desplazar a funcionarios o jueces
"enemigos", colocó en
áreas claves a
funcionarios propios que siguen desarrollando la misma política de corrupción
o de obsecuencia oficialista que sus predecesores.
El PAMI, la Policía Federal,
la Corte Suprema, siguen funcionando de la misma manera que lo hacían con Menem, De La Rúa o Duhalde, pero esta vez con Kirchner en el gobierno.
Después de inventar falsas
peleas y denuncias contra las empresas de servicios terminó aumentando las tarifas
y ejecutando a rajatabla lo que el lobby petrolero de Repsol le pedía en
el tema energético, el área principal de "negocios" (o de "caja
política") en que se desplazan
Kirchner y su entorno de guerrilleros mediáticos.
Hasta ahora la administración colonial
de Kirchner tuvo "exito"
en sus dos principales objetivos: la acumulación de poder político interno y el
aval
de la administración estadounidense y de sus usinas empresariales y financieras
a su gestión.
Pero su "éxito" con el establishment
está construido paradojalmente sobre la
multiplicación de la miseria y de la
desocupación que crean el
caldo de cultivo ideal para las prédicas de sedición social que permanecen en
estado de ebullición en la Argentina, aunque ningún sector popular (por la
atomización y el individualismo) pueda atribuirse un liderazgo.
Hoy la
Argentina es una verdadera "bolsa de gatos" de la protesta social, con decenas
de conflictos y reclamos sindicales que no encuentran canalización clara
debido al "divisionismo", el "clientelismo" y el "negocio
parlamentario" en el que han caído la izquierda y las organizaciones
populares.
En este
universo "maquiavélico", donde los conflictos sociales no pasan de ser
expresiones de reclamos sectoriales sin conexión con el conjunto, Kirchner y
Duhalde pueden dedicarse tranquilamente a su pelea doméstica por el poder,
mientras la embajada norteamericana mira aburrida como sus empleados se
destripan por el control de la gerencia colonial.
Y como
sucede siempre, los medios de comunicación (los nuevos ejércitos del
Imperio) ya se han lanzado a la difusión de la pelea entre los dos contendientes
de la pelea de fondo, como si fuera una entretenida novela por entregas.
Y como si
fuera un mundial de fútbol, de aquí a octubre la Argentina estará de "fiesta
electoral", mientras de sus entrañas nace un pobre cada minuto como
consecuencia del robo estadístico y matemático de los dueños de las elecciones y
de los políticos.
Y lo peor:
los sometidos volverán a votar por sus verdugos.
Casi un "clásico" de la
realidad latinoamericana con 230 millones de hambrientos.
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