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Monday, 30 de May de 2005

 

Argentina "electoral":

Kirchner y Duhalde se destripan por el control de la gerencia colonial

El nuevo y prometedor "negocio", alimentado por el morbo insaciable y siempre renovado de los turistas extranjeros, crece en un país (la Argentina) donde cada día surgen 2.000 nuevos pobres, es decir, más de uno por minuto, que sobreviven con menos de 4 pesos (un poco más de un dólar) diarios.

 

(IAR-Noticias)  30-May-05                                   /  Por Rodrigo Guevara

Por primera vez, en casi seis décadas, el aparato político del Partido Justicialista (PJ) corre serio riesgo de dividirse por culpa del enfrentamiento electoral de sus dos máximos exponentes de la hora: el actual presidente, Néstor Kirchner, y el ex presidente Eduardo Duhalde.

El centro (casi anecdótico) de la disputa pasa por el control de las listas de candidatos para las elecciones parlamentarias a realizarse en octubre próximo, en las cuales Kirchner y su grupo intentan despojar a Duhalde de su radio de influencia sobre la mayoría de diputados y senadores nacionales.

La ecuación de la pelea pasa por una realidad matemática: en la actual situación, Kirchner no controla las mayorías de las dos cámaras parlamentarias y para cualquier intento de aprobar leyes (favorables a los intereses del Imperio) está obligado a "negociar" con el ex presidente quien controla un sector decisivo de legisladores en el Congreso.

Esta situación desgasta la "imagen de poder" de Kirchner, lo debilita frente al establishment, fortalece a Duhalde y le reduce chances electorales para la reelección en el 2006.

En este cuadro de situación, la suerte de uno es inversamente proporcional a la desgracia del otro: lo que lo beneficia a Duhalde perjudica a Kirchner, y viceversa. 

Y en este universo de contradicción, uno tiene que forzosamente liquidar al otro para mantenerse en el poder y seguir contando con el favoritismo de Washington y de los factores de poder local.

Y como ya estaba previsto desde el inicio de la alianza, las declaraciones de "amor"  fueron meras expresiones coyunturales de un momento, cuando ambos precisaban juntarse para derrotar y poner fin al reinado del "malo de la película": Carlos Menem, hoy aliado de Duhalde contra Kirchner.

Atrás quedaron las sonrisas vacías, las frases amistosas con el cambio de banda presidencial, y ambos se disponen a disputar electoralmente el máximo trofeo de guerra para un político cipayo: la gerencia colonial  del Imperio.

En términos pragmáticos (tanto en Argentina como en el resto de Latinoamérica)  eso implica controlar la mayoría parlamentaria, el Congreso Nacional, el ámbito desde donde se legisla y se da "marco legal" a las decisiones estratégicas emanadas del poder económico de los bancos y transnacionales, los verdaderos propietarios de la Argentina más allá de las ceremonia electorales.

Históricamente, Duhalde fue el "inventor" de la candidatura de Kirchner, hace dos años, cuando perdió en primera vuelta la elección con Carlos Menem y luego triunfó en la segunda vuelta por el retiro del ex presidente de la era de las privatizaciones y de la introducción del "libre mercado" neoliberal en la Argentina.

Sin salirse de las reglas de gerente y ex gerente del Imperio (Duhalde estableció la devaluación del peso para que los bancos y transnacionales licuaran sus deudas millonarias, y Kirchner concentra las reservas del Banco Central para pagar puntualmente la deuda a la banca internacional usurera), ambos se disputan el manejo de la maquinaria electoral del PJ, que asegura el acceso al gobierno y al control político del país.

Cuando la prensa (que hoy lo elogia como Súper K) lo degradaba con el mote de "Tristán" (un cómico que tiene un ojo desviado como él) el entonces presidente Duhalde (quien se apoderó de la presidencia por un golpe institucional contra De La Rúa) lo apadrinó como "su" candidato presidencial.

Se dice que Duhalde "arregló" con el Grupo Clarín (el más poderoso lobby mediático de la Argentina) para cambiarle la imagen de "Tristán" a Kirchner, y presentarlo como un candidato "serio y con propuestas".

El experimento, en una Argentina vaciada de ideas y de conciencia política, dio resultado, y el candidato patagónico saltó de un 5% de intención de voto a una medición pareja con el otro candidato del PJ: el ex presidente Menem, que, maldecido por los grandes monopolios mediáticos, terminó ganando en la primera vuelta por solo dos puntos a Kirchner.

Una vez en La Rosada, Kirchner (el ex "Tristán") fue convertido en "Súper K" por la corte de comerciantes mediáticos, incluidos figuras de la farándula humorística como Mario Pergolini y Marcelo Tinelli que después de ridiculizarlo como el "Chirolita" de Duhalde terminaron elogiándolo y cobrando siderales sumas para ello.

Pero el ex "Tristán" ( o el "Tuerto" como lo llaman en el entorno de Duhalde) después de alcanzar la presidencia no esperó ni un segundo para comenzar su objetivo de desplazar a su ex padrino del control del aparato del PJ en el distrito electoral más poderoso de la Argentina (acumula el 40% del padrón electoral): la provincia de Buenos Aires.

Entre guiños y sonrisas hipócritas desparramados durante sus furtivos encuentros en La Rosada, Kirchner y Duhalde no se dieron tregua en su guerra por el poder.

Contienda a la que se sumaron sus respectivas consortes, la actual Primera Dama, Cristina Kirchner, y la ex Primera Dama "Chiche" Duhalde, ejemplos emblemáticos de la mujer argentina con pasión de poder y sin nada en el cerebro.

Más allá del palabrerío hueco, del "discurso político" para consumo de ilusos, la lucha entre ambos no es más que la lucha entre Don Corleone (Duhalde), y el aspirante a sucederlo en la jefatura de la mafia vernácula (Kirchner).

Debajo de esta pelea local (intrascendente en la línea de dependencia argentina al Imperio norteamericano), Kirchner siguió ejecutando sin alteraciones la misma línea matriz de administración al servicio de las los bancos y las transnacionales que realizaron sus predecesores desde la instalación de la "democracia" made in usa en 1983.

Una vez conseguido su objetivo de instalarse en la Casa Rosada, Kirchner se dedicó a hacer todo lo contrario de lo que prometió realizar durante la primera secuencia de sus denuncias y bravuconadas contra blancos o enemigos inventados para parecer de "izquierda progresista".

Estadísticamente, en estos dos años de gestión, después de sus "peleas" discursivas con Bush o el FMI, siempre pagó puntualmente y acató sumisamente la agenda política que se le imponía desde Washington.

Después de prometer "limpieza" y "ejecutividad" tras desplazar a funcionarios o jueces "enemigos", colocó en áreas claves a funcionarios propios que siguen desarrollando la misma política de corrupción o de obsecuencia oficialista que sus predecesores. 

El PAMI, la Policía Federal, la Corte Suprema, siguen funcionando de la misma manera que lo hacían con Menem, De La Rúa o Duhalde, pero esta vez con Kirchner en el gobierno.

Después de inventar falsas peleas y denuncias contra las empresas de servicios terminó aumentando las tarifas y ejecutando a rajatabla lo que el lobby petrolero de Repsol le pedía en el tema energético, el área principal de "negocios" (o de "caja política") en que se desplazan Kirchner y su entorno de guerrilleros mediáticos.

Hasta ahora la administración colonial de Kirchner tuvo "exito" en sus dos principales objetivos: la acumulación de poder político interno y el aval de la administración estadounidense y de sus usinas empresariales y financieras a su gestión.

Pero su "éxito" con el establishment está construido paradojalmente sobre la multiplicación de la miseria y de la desocupación que crean el caldo de cultivo ideal para las prédicas de sedición social que permanecen en estado de ebullición en la Argentina, aunque ningún sector popular (por la atomización y el individualismo) pueda atribuirse un liderazgo.

Hoy la Argentina es una verdadera "bolsa de gatos" de la protesta social, con decenas de conflictos y reclamos  sindicales que no encuentran canalización clara debido al "divisionismo", el "clientelismo" y el "negocio parlamentario" en el que han caído la izquierda y las organizaciones populares.

En este universo "maquiavélico", donde los conflictos sociales no pasan de ser expresiones de reclamos sectoriales sin conexión con el conjunto, Kirchner y Duhalde pueden dedicarse tranquilamente a su pelea doméstica por el poder, mientras la embajada norteamericana mira aburrida como sus empleados se destripan por el control de la gerencia colonial.

Y como sucede siempre,  los medios de comunicación (los nuevos ejércitos del Imperio) ya se han lanzado a la difusión de la pelea entre los dos contendientes de la pelea de fondo, como si fuera una entretenida novela por entregas.

Y como si fuera un mundial de fútbol, de aquí a octubre la Argentina estará de "fiesta electoral", mientras de sus entrañas nace un pobre cada minuto como consecuencia del robo estadístico y matemático de los dueños de las elecciones y de los políticos.

Y lo peor: los sometidos volverán a votar por sus verdugos.

Casi un "clásico" de la realidad latinoamericana con 230 millones de hambrientos.

 

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