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(IAR-Noticias) 29-Mar-05
El conflicto desatado
en Kirguizistán, país
centroasiático con poco más de cinco millones de habitantes, sigue la
metodología de rebeliones que están dando la vuelta a los regímenes poscomunistas
implantados tras la desintegración de la URSS.
Los opositores afirmaron que hubo fraude
electoral en las elecciones parlamentarias.
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El jueves pasado, y tras un estallido de
marchas y protestas desatadas
después de los comicios parlamentarios acusados de
fraudulentos, la oposición tomó la sede del gobierno hasta entonces conducido
por el ex líder comunista
Askar Akáyev,
quien señaló su destitución como un "golpe de Estado".
Uno de los líderes opositores, Kurmanbek Bakiyev, fue nombrado por el Parlamento
como presidente interino y prometió celebrar nuevas elecciones, en tanto
continúan los
desordenes y saqueos.
El representante de la Organización de Seguridad y
Cooperación en Europa (OSCE) en Kirguizistán, Marcus Muller, ha puesto en
duda la viabilidad de celebrar presidenciales el próximo 26 de junio.
Miles de manifestantes protestaron este sábado en
Bishkek, la capital por el derribo del presidente Askar Akayev,
y ya hay temor a una guerra civil en
el país, según la BBC y otras agencias internacionales.
Akayev, denunció que las manifestaciones
populares que lo derrocaron fueron "dirigidas y financiadas desde el extranjero",
como
ocurrió con las llamadas "revolución de terciopelo" en Georgia (2003) y
"revolución naranja" en Ucrania (2004), que luego de semanas de movilización
terminaron con regímenes instalados desde el fin de la URSS, a
principios de la década del 90.
Washington, acusado de promover la rebelión con la CIA, ya
anunció su apoyo a la nueva administración señalando que es gratificante ver cómo los eventos en Kirguizistán
transcurren "hacia un proceso democrático y un gobierno estable".
Tanto en Ucrania como
en Georgia (y anteriormente en Serbia) los EEUU y la Unión Europea apoyaron
abiertamente
los "cambios de régimen" con candidatos prooccidentales y pro-Washington
como es el caso de Viktor Shuchenco cuya campaña fue financiada por George Soros,
en tanto que un equipo del Departamento de Estado se encargaba de su imagen y de
su campaña contra el candidato pro-ruso.
Estas
"revoluciones" de colores (llamada
"rosa" en Georgia o "naranja" en Ucrania) estaban apuntaladas por movilizaciones
relativamente pacíficas y no apuntaban a destruir al Estado o al capitalismo
sino a abrir las puertas a una mayor liberalización política y económica
en los términos que plantean Washington y Occidente.
En general los
gobernantes depuestos mantenían una línea
pro-rusa y ejecutaban una serie de restricciones al mercado y a la inversión
extranjera o tenían una política exterior crítica a Washington.
El temor con la revuelta de Kirguizistán es que el
˜contagio democrático" puede acabar desestabilizando los vecinos Kazakistán,
Uzbekistán y Tadjikistán,donde hay regímenes represivos, fuerte
presencia integrista islámica y en el último ha habido una sangrienta guerra
civil.
La
estrategia de Washington ha tomado con cierta cautela el cambio de gobierno pues
teme que
el proceso pueda devenir en incontrolable y afecte al Asia Central, una región explosiva por la presencia de gas, droga y
fundamentalismo.
Rusia, en tanto, víctima política
principal del
efecto dominó
de revueltas que se contagia por las ex repúblicas soviéticas
mantuvo cautela, y solo ensayó un formal pedido para que las
fracciones en pugna "pacifiquen el país".
Los intereses
de las redes de la droga y el tráfico de armas infiltradas por la
CIA y los
servicios secretos rusos, así como las
disputas estratégicas entre
Rusia y EEUU por áreas de influencia, son factores esenciales que cuentan en
el conflicto que ha terminado
(por ahora) con un nuevo gobierno en Kirguizistán.
Parte de las ex repúblicas
comunistas que conformaron la Unión Soviética -y
el Pacto de Varsovia-, ahora son miembros
de la OTAN., la fuerza militar liderada por Estados Unidos que nació para
combatir la expansión militar del ex Imperio Soviético del que formaban
parte
estos flamantes miembros de la alianza atlántica.
Desde
el fin de la Guerra Fría, la estructura militar controlada por EEUU primero,
incorporó a Polonia, Hungría y la República Checa, y ahora se extiende a Rumania
y Bulgaria. Además, con las tres repúblicas bálticas de Lituania, Letonia y
Estonia, llega casi hasta Finlandia.
Con la ampliación de la OTAN con "socios confiables"
de las ex repúblicas soviéticas de Europa del Este, EEUU
consiguió la consolidación de su poder
geopolítico y militar estratégico en la región, en
desmedro de Rusia,
que ve afectadas sus fronteras por la nueva
coalición, a la que un periodista sugirió cambiar el
nombre de "Alianza del Tratado del Atlántico Norte, por el
de "Alianza Terrorista del Atlántico Norte".
Este
marco de disputa de EEUU y Rusia por áreas de influencia en los ex enclaves
soviéticos vincula a la crisis en
Kirguizistán con los últimos cambios políticos en Georgia, Ucrania y Moldavia.
Algunos dirigentes rusos sostienen que las revueltas opositoras están
motorizadas
por Occidente, más precisamente por Washington y la Unión
Europea. También hay que destacar el choque de intereses geopolíticos
entre Rusia y EEUU en Asia Central, que ahora se traslada a
Kirguizistán donde ambas
potencias poseen sendas bases
militares.
Akayev gobernó Kirguizistán desde 1990.
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El país
de cinco millones de habitantes limita con China y se encuentra en una
región rica en recursos energéticos, en la que Washington y Moscú compiten
por aumentar su influencia, manteniendo
sus bases militares en las
afueras de la capital.
El salario promedio es de 4
dólares y hay una gran variedad de grupos étnicos que en diferentes momentos
históricos encendieron choques, algunos muy violentos. Los musulmanes
sunnitas son el 75% de la población.
Además, Kirguizistán está en "la región más densamente poblada y pobre de Asia
Central, y es un semillero de fundamentalismo islámico", según explica Dovlat
Quadrat, del Servicio de Asia Central de la BBC.
Kirguizistán comparte el valle Ferganá con Uzbekistán y Tayikistán, la
zona más pobre y más poblada de Asia Central. Este amplio valle es un
hervidero de clanes dedicados al contrabando de droga y armas y de grupos
radicales islámicos, que pretenden crear un califato musulmán en la región y
acabar con los regímenes actuales.
El valle de Ferganá es también una ruta del narcotráfico desde Afganistán,
que tuvo un gran aumento en su producción de opio el año pasado.
Por ello las
mafias criminales relacionadas con el contrabando de drogas
(infiltradas por la CIA y por los servicios secretos rusos) pueden estar
interesadas en la desestabilización del país potenciando
los desórdenes masivos.
Este amplio valle es un hervidero de clanes dedicados al
contrabando de droga y
armas mediante los cuales se financian sus operaciones,
que pretenden crear un califato musulmán
en la región y acabar con los regímenes actuales.
Desde la guerra para expulsar a los
rusos de Afganistán, en la década del ochenta, estos grupos fundamentalistas
islámicos vienen siendo infiltrados por la CIA mediante la red Al Qaeda de Bin
Laden primero, y por los servicios secretos pakistaníes que cumplen una función
de enlace
entre esas organizaciones y la Agencia
norteamericana.
Grupos integristas como Hizb-ut-Tahrir y el Movimiento Islámico de Uzbekistán,
que fue aliado del régimen talibán afgano, no tienen mucha influencia entre los
kirguises, pero sí entre los uzbekos, y en 1999 y 2000 protagonizaron
incursiones armadas en Kirguizistán, que fueron neutralizadas por tropas
kirguises, uzbekas y rusas.
Líderes de la oposición afirman que
tienen el país bajo control.
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Las empobrecidas regiones del sur de Kirguizistán están separadas por altas
cordilleras montañosas de la próspera mitad norte del país, que tienen un
carácter más próximo a Rusia. Durante la era soviética los líderes del Partido
Comunista kirguiz eran alternativamente elegidos por Moscú entre oriundos del
norte y del sur para no soliviantar a ninguna comunidad.
La islamización de los discursos políticos de la oposición
es especialmente fuerte en la comunidad minoritaria uzbeka asentada
principalmente en el sur del país y totalmente excluida de las instancias de
poder nacionales y regionales.
Precisamente, el sur es la zona más pobre del país y
es donde comenzó la revuelta que el jueves pasado terminó con un golpe de Estado
y el derrocamiento del presidente Akáyev.
En esa zona más de la mitad de la población es uzbeka, lo que hace temer el
estallido de un conflicto étnico como el que surgió en la ciudad de Osh a
principios de los 90, cuando los enfrentamientos entre las comunidades kirguiz y
uzbeka dejaron centenares de muertos.
El apoyo del que se benefició el
hoy derrocado presidente Askar Akáyev, que ha gobernado
desde la caída del régimen soviético en 1990, se limita al círculo restringido
de las nuevas clases sociales enriquecidas en la capital, Bishkek.
Entretanto, el depuesto mandatario dijo que su salida del
gobierno es "inconstitucional" y que su estadía fuera del país es "temporal".
La oposición formó el Consejo Coordinador de Unidad Popular (CCUP), que cumplirá
las funciones del gabinete de ministros, en un intento de reunir a varios grupos
opositores al gobierno.
Aunque la chispa que detonó las manifestaciones fueron las acusaciones de fraude
en los recientes comicios parlamentarios, según los corresponsales en la región
existe un descontento generalizado por la pobreza, el desempleo y la corrupción
oficial que posibilitaron la pueblada.
Antes de
la toma del gobierno las protestas abarcaban
casi la mitad del país y el presidente, Askar Akayev,
destituyó al Jefe de Policía y al fiscal general, en tanto
el Primer ministro
buscaba negociar con la oposición.
La oposición
en el gobierno se encuentra dividida,
no hay interlocutores válidos, y la disputa por áreas de
influencia entre Washington y Moscú hace presagiar a los analistas que en
Kuguizistán el pronóstico de una guerra civil no resulta exagerado.
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