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(IAR-Noticias)
02-En-05
Por Ignacio
Ramonet - Le Monde Diplomatique
Nada
simboliza mejor el desasosiego de la prensa francesa, frente a
una alarmante baja en su difusión, que la reciente disposición
del diario Libération, otrora
maoísta, de favorecer la toma de control de su capital por el
banquero Edouard de Rothschild... Hace poco,
el grupo Socpresse, que publica unos 70
títulos, entre ellos Le Figaro,
L’Express, L’Expansion y decenas de
diarios regionales, fue comprado a su vez por un fabricante de
armas, Serge Dassault.
Y se sabe que otro industrial del
armamento, Arnaud Lagardère, es dueño del grupo
Hachette (1) que posee 47 revistas (entre las cuales están
Elle, Parents, Première)
y diarios como La Provence, Nice-Matin
o Corse-Presse. Si prosiguiera esta caída de la difusión, la prensa escrita
independiente correría el riesgo de caer poco a poco bajo el control de un
pequeño grupo de industriales –Bouygues, Dassault,
Lagardère, Pinault, Arnault,
Bolloré, Bertelsmann…– que multiplican sus
alianzas entre ellos, amenazando así el pluralismo.
La caída afecta actualmente a toda la prensa de referencia. Por primera vez
desde hace quince años no se libra Le Monde Diplomatique.
Nuestro periódico, que desde 1990 registraba un aumento regular en su difusión y
que entre 2001 y 2003 tuvo un crecimiento récord en su venta –superior al 25%
acumulado– habrá tenido sin duda en 2004 un retroceso del 12% en su difusión
(2).
La mayoría de los grandes diarios
franceses de circulación nacional registrarán también un descenso importante,
que se sumará al sufrido en 2003, a saber: Le Figaro: -4,4%; Libération: -6,2%;
Les Echos: -6,4%; Le Monde: -7,5%; y La Tribune: -12,3%.
El fenómeno está lejos de circunscribirse a Francia. El diario
estadounidense International Herald Tribune, por
ejemplo, vio bajar sus ventas en 2003 en el 4,16%; en el Reino Unido,
el Financial Times cayó en el 6,6%; en
Alemania, en los últimos cinco años la difusión ha bajado el 7,7%, en
Dinamarca el 9,5%, en Austria el 9,9%, en
Bélgica el 6,9%, e incluso en Japón, cuyos
habitantes son los mayores consumidores de periódicos, el retroceso ha sido del
2,2%.
Dentro de la Unión Europea,
el número de periódicos vendidos cada día es inferior en un millón de ejemplares
respecto de hace 10 años... A escala mundial, la venta de diarios cae cada año
un promedio del 2%. Hay quienes llegan a preguntarse si la prensa escrita no se
convertirá en algo del pasado, un medio de la era industrial en vías de
desaparición.
Aquí y allá hay periódicos que desaparecen. En Hungría, el 5 de noviembre de
2004, el diario Magyar Hirlap (propiedad del grupo suizo Ringier) cerró sus
puertas. La víspera, 4 de noviembre, en Hong Kong, el semanario otrora de
referencia sobre temas asiáticos Far Eastern Economic Review (propiedad del
grupo estadounidense Down Jones) dejó de publicarse. En Francia, el 7 de
diciembre de 2004, el mensual Nova Magazine también interrumpió su salida.
En Estados Unidos, entre 2000 y 2004,
desaparecieron más de dos mil empleos en la prensa escrita, lo que representa el
4% del total. La recesión afecta también a las agencias de prensa que
suministran información a los periódicos. La principal de ellas, Reuters, acaba
de anunciar una reducción de 4.500 empleos.
Se conocen las causas externas de esa crisis. Por una parte, la ofensiva
devastadora de los diarios gratuitos. En Francia, el gratuito 20 Minutes ya ha
tomado claramente la delantera en número de lectores, pues llega a más de dos
millones de personas por día en promedio, superando ampliamente al diario de
pago Le Parisien (1,7 millones) y a otro gratuito, Metro, que diariamente leen
1,6 millones de personas. Esos medios captan importantes flujos publicitarios,
dado que los anunciantes no hacen ninguna distinción entre el lector que paga
por su diario y el que lo recibe gratis.
Para resistir a esa competencia que podría resultar mortal para los diarios –y
que ya amenaza a los semanarios– algunos de ellos, sobre todo en Italia, España,
Grecia y Turquía (aunque el fenómeno se extiende también a Francia) proponen con
cada entrega, por una pequeña suma extra, una revista de historietas, un DVD,
CD, libros, Atlas, enciclopedias, colecciones de sellos o de antiguos billetes
de banco, y hasta vajillas, juegos de ajedrez, etc.
Lo cual refuerza la confusión entre
información y mercancía, con el riesgo de que los lectores ya no sepan qué es lo
que compran. Así es como los diarios enturbian más su identidad, desvalorizan el
título y ponen en marcha un engranaje diabólico que nadie sabe en qué acabará.
La otra causa externa es, claro está, Internet, que continúa su fabulosa
expansión. Unicamente en el curso del primer trimestre de 2004 se crearon 4,7
millones de sitios web. Actualmente existen en el mundo unos 70 millones de
sitios e Internet cuenta con más de 700 millones de usuarios. En los países
derrollados, muchas personas abandonan la lectura de la prensa–y hasta la
televisión– por la pantalla del ordenador. El ADSL (Asymetric Digital Subscriber
Line), ha modificado la situación especialmente.
Por precios que oscilan entre los 10
y los 30 euros, hoy en día es posible abonarse a Internet de alta velocidad.
Actualmente, en Francia, más de 5,5 millones de hogares están abonados con
conexión ultra rápida a la prensa digital (el 79% de los diarios del mundo
poseen ediciones electrónicas), a todo tipo de textos, e-mail, fotos, música,
programas de televisión o de radio, películas, videojuegos, etc.
Existe además el fenómeno de los “blogs”, característico de la cultura web, cuyo
número ha aumentado de manera impresionante en todo el mundo durante el segundo
semestre de 2004, y que, con el tono de un diario íntimo, mezclan sin complejo
información y opinión, hechos verificados y rumores, análisis documentados e
impresiones fantasiosas. Su éxito es tal, que se encuentran en la mayoría de los
diarios digitales.
Esa avidez muestra que muchos
lectores prefieren la subjetividad y la parcialidad asumidas de los bloggers a
la falsa objetividad y a la imparcialidad hipócrita de la gran prensa. Por otra
parte, la conexión a la galaxia Internet a través de los
teléfonos-móviles-multifunciones puede acelerar aún más ese movimiento. De esta
manera la información se vuelve más móvil y más nómada. Así es posible saber, en
todo momento, lo que ocurre en el mundo.
En la India, la firma Times Internet, filial multimedia del diario Times of
India, envía mensualmente a los teléfonos móviles de sus abonados más de 30
millones de informaciones en forma de SMS (Short Message Service), tecnología
que permite una comunicación rápida, breve y económica.
En Japón y en Corea del Sur, una
cantidad creciente de personas se informan a través de sus teléfonos móviles.
Allí reciben programas de radio, de televisión y los canales de información
permanente. Resultado: todos los sectores de información, fuera de Internet,
pierden audiencia dado el alto nivel de competencia existente entre los medios
de comunicación (3).
Pero la crisis tiene también causas internas, que obedecen principalmente a la
pérdida de credibilidad de la prensa escrita. En primer lugar porque ésta
pertenece cada vez más –como hemos visto– a grupos industriales que controlan el
poder económico y que están en connivencia con el poder político.
Y también porque la parcialidad, la
falta de objetividad, la mentira, las manipulaciones o simplemente las
imposturas, no cesan de aumentar. Sabemos que no ha existido ninguna época
dorada de la información, pero actualmente esas derivas han alcanzado también a
los diarios de calidad. En Estados Unidos, el caso de Jayson Blair, el
periodista estrella que falsificaba hechos, plagiaba artículos copiados de
Internet y que incluso inventó decenas de historias, causó un perjuicio colosal
al New York Times, que a menudo publicaba sus fabulaciones en portada (4).
Ese diario, que era considerado una
referencia por los profesionales, sufrió una conmoción a raíz del mencionado
caso: los dos responsables de la redacción, Howell Raines y Gerald Boyd,
debieron renunciar, y hubo que crear un puesto de ombudsman (defensor del
lector), para el que fue designado Daniel Okrent, un ensayista y ex jefe de
redacción de la revista Time.
Pocos meses después estalló otro escándalo, aún más estruendoso, en el primer
diario de Estados Unidos, USA Today. Sus lectores descubrían, estupefactos, que
su más célebre reportero, Jack Kelley, una estrella internacional que desde
hacía 20 años viajaba por todo el mundo, que había entrevistado a 36 jefes de
Estado y cubierto una decena de guerras, era un falsificador compulsivo, un
“impostor en serie”.
Entre 1993 y 2003, Kelley había
inventado cientos de relatos sensacionales. Como por azar, siempre estaba en el
lugar donde ocurrían los acontecimientos, de los que extraía historias
excepcionales y apasionantes. En uno de sus reportajes decía haber sido testigo
de un atentado en una pizzería de Jerusalén y describía a tres hombres que
comían junto a él, cuyos cuerpos habían sido proyectados hacia arriba por la
explosión, cayendo luego decapitados, mientras las cabezas rodaban sobre la
calle...
Su reportaje más grosero, aparecido el 10 de marzo de 2000, era sobre Cuba.
Kelley había fotografiado a una empleada de hotel –Jacqueline– cuya fuga
clandestina a bordo de un frágil esquife relataba con lujo de detalles,
incluyendo la muerte de la desdichada, ahogada en el estrecho de la Florida. En
realidad, la mujer –cuyo verdadero nombre era Yamilet Fernández– está viva
actualmente y nunca ha corrido tal aventura.
Otro periodista de Usa Today, Blake
Morrison, la entrevistó y pudo verificar que Kelley había mentido (5). Las
revelaciones de esos fraudes, considerados como uno de los mayores escándalos
del periodismo estadounidense, le costaron el puesto a la directora de la
redacción, Karen Jurgensen, y a otros dos altos directivos: Brian Gallagher, su
adjunto, y Hal Ritter, responsable de la información (6).
Más recientemente, en plena campaña electoral, un nuevo sismo deontológico
sacudió el mundo de los medios. Dan Rather, el presentador estrella del
informativo televisivo de CBS y del prestigioso programa “60 minutos”, reconoció
haber difundido, sin verificarlos, falsos documentos para probar que el
presidente Bush había gozado de ayuda para evitar ser enviado a la guerra de
Vietnam (7). Rather anunció que abandonaba su puesto y se retiraba.
Intoxicación sobre Irak.
A todos esos desastres hay que añadir el cambio de manos de los grandes medios,
transformados en órganos de propaganda –en particular el canal Fox News (8)– de
las mentiras de la Casa Blanca respecto de Irak. Los diarios no verificaron ni
pusieron en duda las afirmaciones de la Administración de Bush. De haberlo
hecho, un documental como Farenheit 9/11, de Michael Moore, no hubiera tenido
tanto éxito, ya que la información que aporta la película estaba disponible
desde hacía mucho. Pero los medios la habían ocultado.
Incluso el Washington Post y el New York Times participaron de ese “lavado de
cerebro”, como lo mostró perfectamente un especialista de los medios, John
Pilger: “Mucho antes de la invasión, ambos diarios creaban falsas alarmas por
cuenta de la Casa Blanca. En la portada del New York Times podían leerse títulos
como: ‘Arsenal secreto [de Irak]: en busca de las bacterias de guerra’, ‘Un
desertor describe los progresos de la bomba atómica en Irak’, ‘Un iraquí habla
de la renovación de los emplazamientos de armas químicas y nucleares’, o
‘Desertores refuerzan el informe estadounidense contra Irak, afirman los
oficiales’.
Todos esos artículos resultaron ser
pura propaganda. En un correo electrónico interno (publicado por el Washington
Post) la periodista estrella del New York Times, Judith Miller, admitió que su
fuente principal era Ahmed Chalabi, un exiliado iraquí, un prevaricador
condenado por la justicia, que había dirigido el Congreso Nacional Iraquí (CNI),
organización con sede en Washington y financiada por la CIA. Una investigación
del Congreso llegó posteriormente a la conclusión de que toda la información
suministrada por Chalabi y por otros exiliados del CNI carecía de valor” (9).
Un oficial de la CIA, Robert Baer, reveló cómo funcionaba ese sistema de
intoxicación: “El Congreso Nacional Iraquí (CNI) tomaba sus informaciones de
falsos desertores y las pasaba al Pentágono, posteriormente el Congreso Nacional
Iraquí daba las mismas informaciones a los periodistas diciéndoles: ‘Si no lo
creen, llamen al Pentágono’.
Así se lograba crear un circuito
cerrado con tales noticias. De esa manera, el New York Times podía decir que
tenía dos fuentes de informaciones sobre las armas de destrucción masiva en
Irak. Lo mismo ocurría con el Washington Post. Los periodistas no trataban de
averiguar más. Por otra parte, los jefes de redacción les pedían que apoyaran al
gobierno, por patriotismo” (10).
El jefe de redacción del Washington Post, Steve Coll, debió renunciar a su cargo
el 25 de agosto de 2004, después de que una investigación mostrara el poco
espacio que había otorgado a los artículos que cuestionaban la tesis del
gobierno en el periodo previo a la invasión de Irak (11). El New York Times
también entonó su mea culpa. En un editorial publicado el 26 de mayo de 2004,
reconoció su falta de rigor en la presentación de los acontecimientos que
llevaron a la guerra y lamentó haber publicado “informaciones erróneas”.
En Francia, los desastres mediáticos no son menores, como lo demostró el
tratamiento dado por los principales medios a los casos de Patrice Alegre, del
mozo de equipajes de Orly, de los pederastas de Outreau y de Marie L. que
afirmaba haber sufrido una agresión antisemita en un tren de las afueras de
París (12).
El fenómeno se repite en muchos otros
países. En España, por ejemplo, después de los atentados del 11 de marzo de
2004, los medios controlados por el gobierno de José María Aznar manipularon la
información, tratando de imponer una “verdad oficial” al servicio de ambiciones
electorales, ocultando la responsabilidad de la red Al Qaeda y atribuyendo el
crimen a la organización vasca ETA.
Todos esos casos, al igual que la alianza cada vez más estrecha entre los medios
de comunicación y los poderes económicos y políticos, han causado un daño
terrible a la credibilidad de la prensa. Lo cual revela un inquietante déficit
democrático. Domina el periodismo complaciente, al tiempo que el periodismo
crítico retrocede. Cabe incluso preguntarse si a la hora de la globalización y
de los megagrupos mediáticos no está desapareciendo la noción de prensa libre.
“Ideas sanas”
Al respecto, las declaraciones de Serge Dassault confirman todos los temores. En
cuanto asumió su cargo, el nuevo propietario del diario Le Figaro declaró a los
redactores: “Desearía, en la medida de lo posible, que el diario pusiera más de
relieve nuestras empresas. Creo que a veces hay informaciones que requieren
mucha precaución. Como por ejemplo, los artículos sobre los contratos en curso
de negociación. Hay informaciones que hacen más mal que bien.
El riesgo consiste en poner en
peligro intereses comerciales o industriales de nuestro país” (13). Se
comprenderá que lo que Dassault llama “nuestro país” es su fábrica de armas
Dassault-Aviation. Y sin duda para protegerla censuró una entrevista sobre la
venta fraudulenta de aviones Mirage a Taiwán. Al igual que una información sobre
las conversaciones entre el presidente francés Jacques Chirac y su homólogo
argelino Abdelaziz Bouteflika, sobre un proyecto de venta de aviones Rafale a
Argelia (14).
Recientemente, Dassault explicó que una de las razones que lo llevaron a comprar
el semanario L’Express y el diario Le Figaro era que un periódico “permite
difundir una cantidad de ideas sanas”, lo que aumentó la inquietud de los
periodistas (15).
Si a esas declaraciones sumamos las de Patrick Le Lay, director del canal TF1,
sobre la verdadera función de ese gigante de los medios de comunicación
franceses –“La función de TF1 es ayudar a Coca Cola a vender su producto. Lo que
nosotros le vendemos a Coca Cola es tiempo disponible de cerebro humano” (16)–
vemos los peligros que implica esa mezcla de actividades, hasta tal punto
resultan contradictorias la obsesión comercial y la ética de la información.
La citada mezcla de actividades puede ir muy lejos, sin que los lectores se den
cuenta. Walter Wells, director del International Herald Tribune (que pertenece
al grupo New York Times, que cotiza en Bolsa) han advertido recientemente sobre
los riesgos de la entrada en el mercado de valores de las empresas de prensa.
“A menudo, quienes deben tomar una
decisión periodística se preguntan si la misma hará bajar o subir en algunos
centavos el valor en bolsa de las acciones de la editorial. Ese tipo de
consideraciones se ha vuelto capital, los directores de diarios reciben
permanentemente directrices en tal sentido por parte de los propietarios
financieros del periódico. Se trata de un hecho nuevo en el periodismo
contemporáneo, antes no era así” (17).
Esa confusión, que manipula y termina atrapando a los lectores, puede ir aún más
lejos en Internet. Así, por ejemplo, el sitio Forbes.com, de la revista
económica estadounidense Forbes, utiliza un nuevo procedimiento para hacer
publicidad, integrando directamente los enlaces promocionales en el contenido de
los artículos.
Los anunciantes compran ciertas
palabras-clave y cuando el cursor del internauta pasa sobre ellas, aparece un
pop-up con un mensaje publicitario. Los periodistas no son informados por
anticipado sobre las palabras-clave que compran los anunciantes, pero algunos ya
se preguntan si dentro de poco no les pedirán que escriban artículos utilizando
palabras precisas que podrían brindar importantes beneficios económicos a la
empresa periodística.
La era de la inseguridad informativa
Cada vez más ciudadanos toman conciencia de esos nuevos peligros y se muestran
muy sensibles respecto de las manipulaciones mediáticas, convencidos de que en
nuestras sociedades hipermediatizadas, vivimos paradójicamente en estado de
inseguridad informativa. La información prolifera, pero sin ninguna garantía de
fiabilidad. Asistimos al triunfo del periodismo de especulación y de
espectáculo, en detrimento del periodismo de información. La puesta en escena
(el embalaje) predomina sobre la verificación de los hechos.
En lugar de constituir la última defensa contra los excesos derivados de la
rapidez y la inmediatez, muchos diarios han fallado en su misión y han
contribuido a veces –en nombre de una concepción perezosa o policial (18) del
periodismo de investigación– a desacreditar lo que otrora se llamaba el “cuarto
poder”. Nuestro fundador, Hubert Beuve-Méry, recordaba siempre: “Los hechos son
sagrados, la opinión es libre”.
Pero la actitud que se propaga en
los medios parece invertir esa fórmula. Cada vez más editorialistas consideran
que las que son sagradas son sus opiniones –pocas veces fundamentadas– a la vez
que no dudan en deformar los hechos para obligarlos a justificar sus opiniones.
En semejante contexto, en que el entusiasmo militante retrocede mientras cunde
una visión pesimista del futuro, la redacción de Le Monde diplomatique se
consagra a la tarea de mejorar su contenido editorial y considera que lo más
importante es no traicionar la confianza de los lectores. Más que nunca,
contamos con su movilización y su solidaridad para defender la independencia de
nuestro periódico y la libertad que ella nos garantiza. Les recordamos que la
mejor manera de apoyarnos es suscribise sin demora y suscribir a sus amigos.
Somos el periódico de la sociedad en movimiento, de la crítica social, de los
que quieren que el mundo cambie. Y estamos dispuestos a mantenernos fieles a
principios fundamentales que caracterizan nuestra manera de informar.
Moderando la aceleración mediática;
apostando por un periodismo de las luces, para disipar las sombras de la
actualidad; interesándonos en situaciones que no están bajo los reflectores de
la actualidad, pero que ayudan a comprender mejor el contexto internacional;
proponiendo dossiers cada vez más completos, más profundos y mejor documentados
sobre los grandes temas contemporáneos; yendo al fondo de los problemas, con
método, rigor y seriedad; presentando informaciones y análisis inéditos, que
muchas veces permanecían ocultos; y atreviéndonos a ir a contracorriente de los
medios dominantes.
Estamos convencidos de que de la
calidad de la información depende la del debate cívico. La índole de este debate
determina en última instancia la riqueza de la democracia.
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