|
(IAR-Noticias)
10-En-05
Por Robert Kurz
- Contracorriente
Dios
murió, dice Nietsche. Nietsche murió, dice dios. Y
particularmente lo dicen sus novísimos profetas, curiosamente
todos economistas y teóricos de la gestión. Desde el inicio de
la nueva crisis mundial capitalista y del viraje neoliberal
asociado a ella, las comunidades religiosas comenzaron a
economificarse con una determinación endiablada.
Las grandes
iglesias se consideran cada vez más como prestadoras de
servicios en las cuestiones de dar sentido a la vida, vender
consuelo y consejos
edificantes como MacDonalds vende hamburguesas o Beate Ushe
lencería provocativa.
Y las tenebrosas sectas
evangélicas, que a partir de los EE.UU llevan sus misiones al tercer mundo, se
organizan como conglomerados transnacionales, en lo que por cierto
se asemejan a la organización terrorista Al Qaeda.
Por todos lados las
congregaciones son objeto de racionalización, como la Volkswagen, y se exploran
los mercados de la fe, tal como los mercados de tabletas de chocolate o de minas
anti-personales. El marketing es todo en un mundo que ha conseguido transformar
incluso a dios en una mercancía y resucitarle
del sepulcro como cadáver ambulante.
De este modo, después de que
la religión se haya amablemente economificado y se haya lanzado a los brazos del
espíritu de la época, ahora los economistas se apuran en convertir, con igual
delicadeza, su materia en religión.
Se acuerdan con gratitud del
estudio de Max Weber publicado en 1905 sobre la conexión interna entre
capitalismo y protestantismo, aunque piadosamente incluyan en la benevolencia
político-económica también el catolicismo y la religosidad en general.
Sólo del Islam se sigue
diciendo, quien lo diría, que no le gusta tanto la propiedad privada y la
competencia. Por otro lado, no obstante, no sólo la avaricia es atractiva,
sino también la fe. Como siempre en la economía política, todo ocurre de
modo estrictamente científico.
De esta manera, como menciona
el periódico Handelsblatt, el teórico del
crecimiento de Harvard, Robert Barro, junto con Rachel McCleary, estudió en 59
países si la "dimensión de la religiosidad" de un país presenta "correlaciones
significativas con variables macroeconómicas como los ingresos
per capita".
Y mira por donde: allí dónde
“la fe en el cielo y en el infierno” es más intensa, “el rendimiento de la
economía nacional” es también fantástico. Y
quien crea que esto es una sátira de la realidad, va al infierno.
Este destino después de la
muerte seguramente no amenaza a Stefan Baron, redactor-jefe de la revista
Wirtschaftswoche. "¿La fe trae más éxito?" titula en su página oportunamente
antes de navidad, con una ilustración de las
"Manos en oración" de Durero – para acto seguido
responder afirmativamente en la rúbrica "Política, gestión, carreras y
dinero": "Al final, la fe se convierte incluso
en un mandamiento de la razón" señala el
redactor-jefe, quien junto con el ya no tan
lozano filósofo Jürgen Habermas ve aproximarse
una "sociedad post-secular".
Tal vez
para los economistas, en las cuestiones de religiosidad se trate menos
del éxito que de la administración de la crisis. Voltaire, que desdeñaba la
religión ya había dicho que la fe era buena para los mozos de recados y para las
mujeres, para poder mantener mejor a esta parte de la humanidad bajo flagelo.
Pues la fe, como nos revela
Robert Barro, da lugar la mayoría de las veces a virtudes como la moral
de trabajo, y no en última instancia, la resignación. La religión como
"condición vital de un soporte moral" (Stefan Baron) quizás también permitirá
aumentar la aceptación de Hartz IV y de otras monstruosidades sociales.
De ese modo
el gobierno de Schröder ya no precisaría echar en el agua potable
psicofármacos para mejorar el humor, como se temían
algunos teóricos de la conspiración, pues bastarían las iglesias llenas.
Claro que, si todo esto es una
pura estupidez, puede ser que la portada del Wirtschaftswoche contenga sin
quererlo otro mensaje sobre la crisis, a saber el muy desesperanzador mensaje de
que al mundo capitalista ya sólo le puede ayudar la oración.
|