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(IAR-Noticias)
10-En-05
Por Alberto Piris
- Centro de Colaboraciones
Solidarias
Contemplar
el panorama de la actualidad en estos días de cambio del año
no inclina mucho al optimismo. Catástrofes naturales o
artificiales siembran de cadáveres las portadas de los medios
de comunicación, desde Indonesia a Buenos Aires, sin olvidar
diversos territorios africanos donde la muerte y la miseria no
llaman ya la atención de tan habituales como son.
Si a esto sumamos los
enfrentamientos políticos, étnicos, religiosos o culturales que nos trae cada
día, no podemos afirmar que 2005 arranque con buen pie.
Quizá por eso, mi primer
artículo en este año va dirigido hacia ese vasto grupo de personas preocupadas
por el día al día. Los que tienen que pagar hipotecas, hacer frente a los costes
crecientes de la vida, a la subida de la cesta de la compra, al incremento del
precio del transporte, de los gastos familiares, la luz, el teléfono o las
comisiones bancarias, en fin, a todos los que tienen en el primer plano de sus
preocupaciones el esfuerzo diario para salir adelante.
Mi oferta es atractiva: ¿Les
gustaría encontrar un empleo remunerado con mil dólares al día? Es el
equivalente a un sueldo mensual de unos 18.000 $. No hablo de futbolistas de
élite, reputados financieros o banqueros, o ricos adinerados de esos de toda la
vida. Este salario de ensueño se encuentra en otro campo, lo que nos lleva a
considerar la guerra moderna.
En los ejércitos modernos ya no existe la imagen
del soldado que pela patatas en la cocina o que friega las letrinas, tareas que
en otro tiempo recargaron pesadamente la vida cuartelera. En un país
latinoamericano, incluso, sirvieron para que se denominara colimba al
soldado forzoso, palabra constituida por las sílabas iniciales de tres verbos -
corre, limpia, barre - tan presentes en el inveterado trajinar de los soldados.
Esas labores son ahora subcontratadas a empresas privadas. En época más
reciente, la subcontratación de actividades anteriormente militares se ha
extendido hasta extremos insospechados. No se trata ya sólo de tareas de
"fatigas y policía", por utilizar esas viejas expresiones del argot militar,
relativas a la limpieza, el aseo y los trabajos serviles.
Se subcontratan misiones que hasta hace poco eran exclusivas del militar, como
las que atañen a la seguridad, la vigilancia, ciertos tipos de combate y hasta
la información (como se ha visto en la prisión de Abu Ghraib). Algunos gobiernos
encuentran así más fácil intervenir militarmente en el extranjero sin tener que
dar cuenta a sus órganos parlamentarios ni crearse complicaciones diplomáticas
cuando algunas de esas misiones se desarrollan en las más abyectas alcantarillas
del poder, puesto que oficialmente no existe autoridad oficial responsable.
Tampoco necesitan preocuparse mucho por los convenios de La Haya o de Ginebra,
que regulan la acción militar.
Durante la primera Guerra del Golfo en 1991, por cada cien soldados regulares
había en Iraq un miembro de las compañías militares privadas. Pocos meses
después de la caída de Sadam Husein, eran 20.000 los subcontratados en tareas
paramilitares; durante 2003 la proporción antes citada pasó a ser de 10 a 1.
Hoy, el personal de las compañías privadas de seguridad en Iraq se estima en el
20% de las fuerzas de EEUU, superior a los contingentes militares regulares de
los otros países allí desplegados.
El mercado de la seguridad en Iraq se ha convertido en un negocio
extraordinariamente activo donde no son raros los sueldos de mil dólares
diarios. El riesgo es enorme, pero la paga también. Y el respaldo que los
ejércitos regulares prestan a los subcontratados no lo es menos. El reciente
arrasamiento de Faluya no se debió solo a la búsqueda infructuosa de un
cabecilla insurrecto que luego no apareció. En esa ciudad, meses antes, cuatro
paramilitares de una empresa de EEUU (Blackwater Security) habían sido
atacados y quemados vivos, y sus cadáveres expuestos a la vesania popular. Fue
una insultante ofensa que tuvo mucho que ver con el trágico sino de la ciudad
iraquí, donde la venganza tuvo lugar especial.
La proliferación de empresas privadas militares puede tener una repercusión
negativa a no muy largo plazo en los ejércitos regulares de muchos países.
Constituidas ahora en su mayor parte por militares retirados con experiencia de
mando y combate, representan un gran atractivo para los especialistas en
armamento moderno -incluso pilotos de guerra- que ven cómo sus haberes se
multiplican por diez o por veinte en cuanto causan baja en las filas militares y
pasan a encuadrarse entre los nuevos mercenarios de la paramilicia
internacional.
Las nuevas guerras crean nuevos instrumentos. Esta privatización de la violencia
bélica, que se está ensayando ahora en Iraq, puede presagiar un peligroso modelo
que permita a los Estados eludir la legislación internacional, aunque aumente la
oferta laboral mundial con unas retribuciones que rozan lo fantástico.
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