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(IAR-Noticias)
10-En-05
Por Francisco Morote
- Rebelión
Al
empezar el año 2005 tenemos ya los suficientes elementos de
juicio con los que evaluar el mundo unipolar en el que nos ha
tocado vivir. Un mundo, bajo signo estadounidense, al que
desde que comenzó el siglo y especialmente desde el atentado
del 11 de septiembre de 2001, se le ha querido imponer lo que
en otro lugar he llamado la ley del imperio, es decir, de la
fuerza, frente al imperio de la ley, a saber, del derecho
internacional.
Convencida de la enorme superioridad militar norteamericana,
la actual Administración neoconservadora del presidente Bush,
ha tratado de garantizarse, por décadas, un abastecimiento
energético seguro, abundante y barato. Para ello, ha puesto en
práctica, primero en Afganistán y después en Iraq, una
política que bien puede
calificarse, sin exageración, de neoimperialista y
recolonizadora. El gobierno Bush partió de la idea de que, en
un mundo unipolar, ningún rival militar iba a estorbar sus
planes de ocupación y explotación de los recursos y ventajas
estratégicas de los países-objetivos señalados.
Además, el poder de destrucción mostrado y demostrado, en el
último decenio del siglo XX, en Iraq y en los Balcanes parecía
suficiente tarjeta de presentación para desanimar cualquier
oposición a su fuerza militar. Y, sin embargo, el poder
militar americano ha tropezado, por segunda vez en su
historia, con la misma piedra de la resistencia popular que ya
le derrotó en Vietnam.
Por otra parte, en estos cuatro primeros años del siglo, el
gobierno Bush se ha desentendido de todo lo que no fueran sus
objetivos militares, económicos y políticos.
Ha practicado una política irresponsable e insolidaria,
ignorando o boicoteando los avances logrados en materia de
seguridad ecológica colectiva ( Protocolo de Kioto ),
protección universal de los derechos humanos ( Corte Penal
Internacional ), etcétera. En suma, ha demostrado su
incapacidad para dirigir el mundo y, ni siquiera, ha podido
hacer efectiva su superioridad militar en Iraq.
Ante el fracaso de un mundo unipolar así, tan violento y
caótico, las fuerzas sociales y políticas responsables del
mundo tendrían que reaccionar ya. Hay señales que manifiestan
la necesidad de un orden global, inspirado en el derecho, que
dé más confianza y seguridad al planeta.
Cada día resulta
más intolerable que las catástrofes coyunturales, como el
reciente maremoto del Océano Índico, o estructurales, como la
situación de hambre y pobreza extrema de cerca de 1000
millones de personas en el Tercer Mundo, no se aborden, con
los medios ya disponibles, desde ópticas de previsión y
solución. En un mundo globalizado hay que arbitrar medidas
globalizadoras.
Incluso en el caso
improbable de que la Administración estadounidense hubiera
estado en manos de gobernantes más benévolos, no se
garantizaría un orden mundial más justo y seguro. Se trata de
responsabilidades colectivas, internacionales. Ningún Estado,
por su misma naturaleza nacional, podrá perseguir el interés
colectivo, general de toda la humanidad.
Ni aún cuando fueran seráficos, que no lo son, los dirigentes
de los poderosos países que forman el núcleo duro de la
gobernación del mundo, a través del G8, podrían pilotar
acertadamente la nave universal. No, la opinión pública
mundial tiene que saber y tiene que convencerse de que es
preciso impulsar el papel de unas Naciones Unidas reformadas,
con un poder más equilibrado y con capacidad real para hacer
frente a los desafíos ecológicos, económicos y sociales que
ensombrecen el futuro de la humanidad.
Esa opinión pública
es la que puede y debe expresar, a sus gobernantes nacionales,
su voluntad de confiar a los organismos democráticos
internacionales, con la ONU a la cabeza, la resolución de los
graves problemas que aquejan a la mayoría de los habitantes de
nuestra pequeña aldea global.
Significativamente,
la comunidad internacional ha preferido confiar a las Naciones
Unidas y no a los Estados Unidos, cada día con menos autoridad
política y moral, la tarea de organizar la ayuda solidaria del
mundo a los países devastados por el terrible maremoto del fin
del año pasado.
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