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(IAR-Noticias)
12-En-05
Por James K. Galbraith
- Diario VEA
Por
décadas, Occidente toleró el exorbitante privilegio de una
economía con reservas en dólares porque Estados Unidos era la
potencia indispensable.
El nerviosismo actual del dólar no es ninguna sorpresa; los
pocos economistas keynesianos que aún quedan lo esperaban
desde hace mucho. He aquí las razones:
Durante muchos años, desgastamos nuestra posición comercial en
la economía internacional y nuestro nivel de vida dependió de
la voluntad del mundo de aceptar activos en dólares -
acciones, bonos y efectivo- a cambio de bienes y servicios
reales.
Por décadas, Occidente toleró este exorbitante privilegio de
una economía con reservas en dólares porque Estados Unidos era
la potencia indispensable, que daba seguridad de fiar sin
violencia intolerable. Esa lógica se evaporó hace 15 años.
A fines de los años 90, la posición de Estados Unidos era
sostenida por el glamoroso boom de la tecnología de la
información, que atrajo enormes cantidades de capitales
provenientes de lugares más precarios como Rusia, Asia y otras
partes del planeta. Pero eso también desapareció.
Hoy nuestro comercio de manufacturas se concentra en China y
en Japón, lo que significa que esos dos países cuentan con
disparatadas reservas de dólares y que sus acciones determinan
en gran medida el valor de la moneda estadounidense.
El comportamiento de China y Japón está limitado por el riesgo
crediticio. Si venden demasiados dólares, el resto de sus
carteras se derrumbará y se causarán a sí mismos enormes
pérdidas. Esta consideración los induce a la prudencia. Pero
si un jugador importante se entera de que otros pueden
abandonar el juego, la prudencia podría terminarse. Esto es
exactamente igual a la vieja corrida bancaria.
Reducir el déficit presupuestario no salvará al dólar, como
piensan muchos demócratas. Un banco que sea presa del pánico
no se puede salvar a sí mismo recortando su presupuesto
publicitario, aumentando sus honorarios o despidiendo gente. Y
una vez que se inicia una estampida, tampoco la detendrá una
subida de las tasas de interés.
Ahora corren rumores de que Rusia está cambiando dólares por
euros, que India está diversificando sus reservas, y que China
evalúa hacer lo mismo. Steven Roach, economista de Morgan
Stanley, les habría dicho a los clientes que se preparen para
una hecatombe económica. El dique, que una vez fue sólido,
comienza a agrietarse. Nadie puede predecir dónde o cuándo se
romperá. Pero el encargado de tapar las grietas del dique con
los dedos (como en el cuento para niños), Alan Greenspan, fue
a Francfort hace poco y dijo claramente que no tenía
suficientes dedos.
El aspecto más impresionante de esto es la despreocupación de
Bush. Es casi como si actuara consciente de la cruda verdad:
que la declinación del dólar favorece principalmente a sus
amigos y desfavorece principalmente a aquellos que en nada le
preocupan.
La caída del dólar inmediatamente provoca el alza de la bolsa.
Las multinacionales tienen ganancias en Estados Unidos y en
Europa. Cuando el dólar baja, las utilidades estadounidenses
se mantienen iguales pero las ganancias europeas, medidas en
dólares, suben. El precio del petróleo sigue alto, al menos lo
suficiente para evitar que caiga el precio en euros. Esto
también contribuye a las ganancias -medidas en dólares- de las
petroleras estadounidenses.
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