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(IAR-Noticias)
17-En-05
Por Ali Fadhil -
The Guardian
l8 de noviembre, el Ejército de
Estados Unidos desencadenó sobre la ciudad iraquí de Faluya, considerada una de
las plazas fuertes de los combatientes rebeldes, el más importante de los
ataques que haya lanzado hasta la fecha. EEUU informó de que el asalto había
supuesto un enorme éxito, con la muerte de 1.200 insurgentes. La mayor parte de
los 300.000 habitantes de la ciudad, mientras tanto, huyó para salvar la vida.
¿Qué es lo que ocurrió realmente en el asedio de Faluya? En una investigación
conjunta para el diario The Guardian y el programa de televisión informativo
Channel 4 News, el doctor iraquí Ali Fadhil ha recopilado las primeras
informaciones independientes que han salido de esta ciudad en ruinas, en la que
el médico ha encontrado decenas de cadáveres sin enterrar, perros rabiosos y una
población peligrosamente amargada. Lo que sigue es un extracto del documental.
Todo
empezó en mi casa de Bagdad. Metí en la maleta mi equipo, la cámara y el
trípode. Mi amigo Tariq me recomendó que no nos lo lleváramos. «Los
combatientes», dijo, «podrían registrar el coche y pensar que somos espías».
Tariq estaba aterrorizado con nuestro viaje, y eso que él es de Faluya y que
teníamos permiso de uno de los grupos de combatientes para entrar en la ciudad
bajo su protección. Sin embargo, Tariq se hace cargo mejor que nadie de que los
combatientes ya no son sólo un único grupo.
Eran las nueve de la mañana cuando cruzamos la
puerta principal de salida de Bagdad hacia el sur, con cuidado de acercarnos lo
menos posible a las caravanas de vehículos de los norteamericanos.La salida sur
es todos los días escenario de ataques de los insurgentes contra los
norteamericanos, bien mediante coches bomba o mediante emboscadas con granadas
propulsadas por cohetes.
Tardamos exactamente 20 minutos en llegar desde Bagdad a la zona conocida como
el triángulo de la muerte, esa zona en la que se apoderaron del contratista
británico Kenneth Bigley, a quien mantuvieron secuestrado y finalmente
decapitaron en la ciudad de Latifiya. Se supone que es una zona bajo dominio del
Ejército norteamericano, pero los insurrectos han montado aquí puestos de
control.
A medida que la carretera iba avanzando por
terrenos más rurales y más aislados me iba poniendo más nervioso porque, en
cualquier momento, nos pararan salteadores de caminos y nos robaran el caro
equipo que llevábamos. En un puesto de control, se acercó a la ventanilla del
coche un encapuchado; llevaba al hombro un viejo fusil AK-47 y quería que le
diéramos un donativo para la yihad (guerra santa). En total, los individuos eran
seis, todos encapuchados. Tanto el conductor como Tariq le dieron un donativo;
yo tenía miedo de que se pusiera a registrar el coche y de que encontrara la
cámara, así que le enseñé mi documento iraquí que me acredita como médico, con
la esperanza de que se conformara con eso. Pidió perdón y nos rogó que le
disculpáramos.
A partir de entonces, no teníamos ya nada más por
delante, salvo el cielo y el desierto. Era la una y media de la tarde, un mal
momento para circular por esta carretera; nos habían comentado que los
bandoleros eran particularmente activos a estas horas del día. Tariq señaló a
cuatro hombres jóvenes vestidos de rojo, que habían dejado aparcadas dos
motocicletas en la cuneta de la carretera. Estaban colocando un pequeño
artefacto explosivo, de fabricación casera, hecho con una lata de aceite de
cocina, destinado al primer convoy norteamericano que saliera de su base en las
afueras de Faluya.
Dieron las tres y media de la tarde poco antes de
que llegáramos a Habaniya, a orillas de un lago que se alimenta de las aguas del
Eúfrates, un centro turístico que en tiempos estaba bajo el control de Uday, el
hijo mayor de Sadam. Este era el destino al que venían de vacaciones los
faluyanos, que solían ser gente de buena posición económica porque
proporcionaban un número considerable de militares de alta graduación al
Ejército de Sadam.
Ahora hacía muchísimo frío en aquel lugar, que
estaba repleto de refugiados. Todas las casas de vacaciones estaban abarrotadas
de gente, con casos de dos familias por habitación. La primera familia con la
que nos cruzamos llevaba allí desde un mes antes de que empezara el asalto [a
Faluya]. Se nos acercó un hombre que se llamaba Abu Rabe'e. Tenía 59 años y era
constructor; dijo que quería lanzar un mensaje a nuestra cámara. «No queremos
esta clase de democracia ni estos ataques a ciudades y a la población con
aviones, con carros de combate y con humvees», dijo.
El era también uno de los que había huido de
Faluya junto con su familia.Estaban todos viviendo en un antiguo garaje de
reparación de automóviles de Habaniya.
La mayor parte de las personas con las que
hablamos en Habaniya eran pobres y analfabetos y habían huido de Faluya ante el
esperado asalto de los estadounidenses. Algunos se alojaban en tiendas de
campaña; otros compartían las antiguas suites nupciales a las que venían las
parejas de recién casados cuando esto era un centro de vacaciones. Se peleaban
entre ellos por convencerme de que grabara las condiciones en las que estaban
viviendo.
Todavía seguía en pie el parque de atracciones de
Habaniya, pero no había nada que funcionara. En medio de la pista de coches de
choque, una señora mayor se había montado una cabaña con ladrillos y vivía en
ella con su hijo. Intenté hablar con ella pero me dijo que me marchara de allí.
En Habaniya no disponían de gas para cocinar, por lo que los refugiados
faluyanos talaban árboles para darse calor y guisar la comida. Fue entonces
cuando se presentó alguien que dijo que había llegado a oídos de los miembros de
la resistencia que nosotros estábamos haciendo preguntas. Decidimos dejar la
cámara a buen recaudo y marcharnos a una aldea más acogedora que conocía nuestro
conductor. También estaba a rebosar de refugiados procedentes de Faluya.
Nos recibió un hombre de 50 años de edad,
comandante de la Guardia Republicana iraquí en el antiguo régimen. En un
apartamento había apretujadas cuatro familias, todas ellas ricas en otros
tiempos.Al igual que tantos otros, el comandante había sido licenciado después
de la liberación, cuando Estados Unidos disolvió el Ejército y la policía. Ahora
estaba sin trabajo, su casa de Faluya estaba destruida y él no era más que un
refugiado con cinco hijos y una mujer, no muy lejos de la ciudad en la que antes
pasaba sus vacaciones. Echaba pestes de los norteamericanos, pero también de los
rebeldes iraquíes, a los que acusaba, junto a los clérigos de la mezquita, de
ser los causantes de la destrucción de Faluya.
«Los muyahidin y los clérigos son responsables de
la destrucción que ha asolado nuestra ciudad; nadie se lo va a perdonar»,
afirmaba con amargura.
«¿Por qué les echa la culpa a ellos? ¿Por qué no
echa la culpa a los norteamericanos y a Alaui?», le preguntó Omar, el
propietario del apartamento.
«A los muyahidin les dijimos que nos dejaran en
paz a los faluyanos normales y corrientes», comenta Ali, otro refugiado «pero
esos malditos hijos de puta, los jeques y los clérigos, están todo el santo día
pintando una especie de cuadro absolutamente enloquecido de paraísos y mártires
y de la victoria de los muyahidin. Y claro, como es natural, los chicos se creen
hasta la última palabra que pronuncian esos clérigos.
Son jóvenes, y unos ingenuos, y se olvidan de que
ésta es una guerra contra el poderío de la maquinaria del Ejército
norteamericano. Así es como hacen que mueran todos estos chicos y que nuestras
ciudades salten por los aires como si se las llevara el viento».
Se me ha ocurrido preguntarle al curtido veterano
de la Guardia Republicana las razones por las que habían permitido que estos
jóvenes muyahidin se hicieran con las riendas de la ciudad, pero la verdad es
que no ha hecho falta que se lo preguntara. Recuerdo haber estado en Faluya
precisamente antes de que empezaran los combates y de haber visto cómo una
multitud se congregaba alrededor de un saco del que manaba sangre. En el saco
había prendido un folio de papel blanco en el que se leía: «Aquí está el cadáver
de un traidor. Ha confesado que había trabajado como observador para la aviación
norteamericana y que le pagaban 100 dólares al día».
Mientras estábamos allí, de pie, mirando el saco,
me enteré de que en cualquier tienda de discos compactos de Faluya se podía
comprar un CD en el que aparecía el hombre del saco confesándolo todo antes de
que lo decapitaran. Esos eran los tipos que ahora controlaban Faluya y no los
viejos comandantes del Ejército de Sadam.
24 de diciembre
Por la mañana, desanduvimos el camino hacia Faluya
y nos enteramos de que había colas de gente a la espera de que se les permitiera
volver a entrar en la ciudad. El Gobierno había anunciado que la población de
determinados barrios podía empezar a regresar a sus hogares; también había
prometido que habría indemnizaciones.Alrededor del mediodía nos habíamos
acercado a menos de dos kilómetros de la ciudad y comprobamos que se habían
formado cuatro colas cerca de la base de los norteamericanos. Eran casi todos
hombres, que estaban a la espera de que los militares de EEUU les facilitaran un
documento de identidad para permitirles volver a sus casas.
Aquellos hombres estaban muy enfadados. «Esto es
una humillación.No voy a decir más. Estos documentos de identidad no sirven más
que para obligarnos a los faluyanos a doblar la cerviz en señal de deshonra»,
protestaba uno de ellos.
Estuve con el comandante Paul Hackett, un oficial de la Infantería de Marina,
destinado como enlace en la base de Faluya. Me aseguró que las Fuerzas Armadas
de Estados Unidos no pretendía humillar a nadie, en absoluto, pero que los
documentos de identidad eran necesarios por razones de seguridad.
«Lo que quiero decir es que, por lo que yo
entiendo, al final van a poder colgar este documento de identidad en una pared y
conservarlo como recuerdo», comentó.
Tomaron huellas dactilares de todos mis dedos, me sacaron dos fotografías de la
cara, de perfil, y por último me fotografiaron el iris. A partir de aquel
momento ya cumplía todos los requisitos para entrar en Faluya, exactamente igual
que cualquier otro faluyano.
25 de diciembre
Alrededor de las ocho de la mañana, Tariq y yo íbamos en coche hacia Faluya. No
nos creíamos que de verdad pudiéramos entrar en la ciudad.
En el puesto de control, los soldados norteamericanos estaban nerviosos. La vía
de acceso al puesto de control estaba formada por cantos rodados, por lo que
teníamos que circular muy lentamente.
Los soldados emplearon 20 minutos en registrar mi
coche y, a continuación, nos cachearon a Tariq y a mí. Me entregaron una cinta
de color amarillo que tenía que colocar en el parabrisas del coche para indicar
que había pasado el registro y que era titular de un contrato. Si no exhibía
esta cinta amarilla, cualquier soldado norteamericano podía disparar contra mí
por ser un vehículo del enemigo.
Hacia las 10 de la mañana entramos en la ciudad.
Estaba completamente destruida y no había más que ruinas por todas partes.
Parecía una ciudad fantasma. Faluya era una ciudad moderna; ahora no quedaba
nada de ella. Dedicamos el día a andar por entre los escombros de lo que había
sido el centro de la ciudad; no vi ni un solo edificio que estuviera en
condiciones de uso.
Los norteamericanos habían tendido en las calles cintas blancas para impedir el
paso a todos aquellos que merodearan por zonas en las que todavía no estaba
permitido entrar.
Me acordé del mercado que había antes de la
guerra, cuando no se podía dar un paso por él por culpa de la muchedumbre que lo
abarrotaba.Ahora todas las tiendas estaban marcadas con una cruz, lo que
significaba que habían sido registradas por los soldados norteamericanos y no
ofrecían peligro. Los cadáveres, sin embargo, algunos de paisanos y otros de
insurrectos, se estaban pudriendo todavía dentro del edificio.
En esta zona había perros muertos por todas
partes, tirados en medio de las calles. A Bagdad habían llegado noticias de que
había rabia en Faluya, pero yo necesitaba encontrar un médico.
Los faluyanos son muy recelosos con los forasteros, de modo que me pareció
sorprendente que Nihida Kadhim, un ama de casa, me invitara por señas a entrar
en su vivienda. Ella acababa de llegar de regreso a la ciudad para comprobar el
estado de su casa; el Gobierno había anunciado tres días antes a la población
que todo el mundo tenía que empezar a volver a sus hogares.
Me hizo pasar al cuarto de estar. Señaló con el
dedo a un espejo en el que, con su barra de labios, habían escrito una pintada.
La mujer no sabía inglés. Lo escrito decía «¡Al carajo Irak y todos los
iraquíes!». «Es un insulto, ¿no?», me preguntó.
Me fui de allí y eché a andar hacia el cementerio. Volví a ver otra vez perros
muertos. Un amigo mío de Bagdad, el doctor Marwan Elawi, me había comentado que
en el Hospital de Enfermedades Infecciosas de Bagdad se registraba un caso de
rabia a la semana.
El problema era que otros perros se estaban
comiendo los cadáveres y propagando la enfermedad.
En mi camino hacia al cementerio, noté el olor a muerte que salía de una casa.
La puerta estaba abierta y lo primero que vi fue un automóvil blanco aparcado en
el camino de entrada y, encima del techo del coche, un lanzacohetes para RPG.
Entré en la casa y el ruido que provocaba la lluvia sobre el tejado y la
oscuridad del interior hicieron que me entrara mucho miedo.
La puerta estaba abierta, todas las ventanas
estaban rotas y había un reguero de impactos de bala que recorría desde la
entrada hasta un cuarto de baño, como si los disparos hubieran tratado de cazar
algo o a alguien. El cuarto de baño daba paso a un dormitorio y, cuando entre en
él, vi el cuerpo sin vida de un combatiente. Había perdido una pierna, le
faltaba una mano y no quedaba intacto ni uno solo de todos los muebles de la
casa. Cuando salí de allí vi un osito de peluche en el suelo, bajo la lluvia, y
una mina explosiva de color verde.
Algunos de los combates más encarnizados tuvieron
lugar aquí, en el centro de la ciudad, pero no se veía ni rastro de los entre
1.200 y 1.600 combatientes que los norteamericanos decían haber matado. Me
habían dicho que en la ciudad, sin precisar dónde, había un cementerio especial
para los combatientes, aunque la población aseguraba que la mayor parte de los
cuerpos la habían retirado de la ciudad al término de la primera semana de
enfrentamientos. Era preciso que encontrara a algún rebelde para que me contara
la auténtica historia de lo que había ocurrido en la ciudad. Los norteamericanos
habían anunciado que se había tratado de una gran victoria militar, pero yo no
alcanzaba a comprender dónde habían enterrado a todos los combatientes muertos.
Después de haber visto aquel cadáver ya no me
sentía nada a gusto con la idea de dormir en Faluya. Aquel lugar estaba desierto
y contaminado por la muerte y por toda clase de armas. Imagínense dormir en un
lugar en el que en cualquiera de las casas que lo rodean puede haber uno, dos o
tres cadáveres. Quería salir de allí.
26 de diciembre
Volví por la mañana a ver si encontraba el cementerio y a buscar pruebas de los
combatientes que habían perdido la vida. Eran alrededor de las cuatro de la
tarde cuando llegué al cementerio de los mártires; no había podido llegar antes
porque todo el mundo me abordaba, quería enseñarme sus casas destruidas y me
preguntaba las razones por las que los periodistas no venían a Faluya y no
mostraban al mundo lo que habían hecho los norteamericanos.También dejaban
traslucir su cólera contra el primer ministro Iyad Alaui, por haber enviado a la
Guardia Nacional, integrada principalmente por chiíes, a colaborar con los
norteamericanos.
A la entrada del cementerio de los combatientes
había un cartel en el que se leía: «Este cementerio es un tributo del pueblo de
Faluya a los heroicos mártires de la batalla contra los norteamericanos y a los
mártires de las operaciones yihadíes contra los norteamericanos, conforme a lo
dispuesto y aprobado por el consejo de la Azora de los muyahidin en Faluya».
Cuando estaba entrando en el cementerio, trajeron los cadáveres de dos hombres
jóvenes. Los rostros estaban putrefactos. El conductor de la ambulancia cogió
los huesos de una mano; la piel, putrefacta, se había caído. «¡Dios es el más
grande!» exclamó, «¿Qué tiempos son éstos que nos ha tocado vivir, que tenemos
que recoger los huesos y las manos de nuestros hermanos?».
Empezó entonces a despotricar contra los miembros
de la Guardia Nacional, a los que dedicaba insultos peores incluso que a los
norteamericanos. «¡Esos hijos de puta, esos hijos de mala madre!».Fue a miembros
de la Guardia Nacional a los que emplearon los norteamericanos para registrar
las casas; para los faluyanos, los guardias nacionales pasaron a ser unos
sicarios embrutecidos. En su inmensa mayoría, los voluntarios de la Guardia
Nacional son chiíes pobres del sur. Son hombres que no encuentran empleo, lo
suficientemente desesperados como para apuntarse a un trabajo que los convierte
en objetivo de asesinato. «Los renegados nacionales», les llaman.
Conté las tumbas: había 74. Con los dos jóvenes
más, sumaban 76. Los nombres de las lápidas estaban escritos con tiza y algunos
se habían borrado. En una de las lápidas se leía: «Aquí descansa un heroico
mártir tunecino que ha muerto», pero no vi ninguna otra prueba de los centenares
de combatientes extranjeros que los estadounidenses habían afirmado que
utilizaban Faluya como su cuartel general. Me hablaron de que había algunos
yemeníes y saudíes, algunos voluntarios de Túnez y de Egipto, pero los
combatientes eran faluyanos en su mayor parte. Los militares norteamericanos
dicen que tienen centenares de cadáveres congelados en una fábrica de patatas
fritas a cinco kilómetros al sur de la ciudad, pero nadie ha obtenido
autorización para ir allí en los últimos dos meses, ni siquiera la Media Luna
Roja.
Salman Hashim lloraba junto a la tumba de su hijo,
que había sido uno de los combatientes de Faluya.
«Tenía 18 años. Quería empezar la carrera de médico o la de ingeniero cuando
terminara este curso; era el último año que pasaba en el instituto», explicó. La
madre del muchacho lloraba a los pies de esa misma tumba y recordaba a su hijo
muerto, que se llamaba Ahmed. «La culpa la tiene Iyad Alaui» clamaba. «Si
pudiera, le cortaría el cuello en pedazos». A continuación se volvió hacia el
túmulo de tierra que cubría el cuerpo de su hijo: «Ya te decía yo que esos
combatientes querían que te mataran». El padre del chico la conminó a estar
callada en presencia de la cámara.
En la siguiente tumba estaba escrito un nombre
femenino, el de una mujer llamada Harbiyah. Se había negado a marcharse de la
ciudad, junto con su familia, a los campamentos de refugiados. Un pariente suyo
estaba de pie junto a la tumba. Según dijo, él mismo la había encontrado muerta
en su cama, con al menos 20 agujeros de bala en su cuerpo.
Vi otros cadáveres en estado de putrefacción que no tenían el aspecto de haber
sido combatientes. En una de las casas del mercado había cuatro cuerpos dentro
de la habitación de invitados. Uno de los cuerpos presentaba el pecho y el
estómago abiertos en canal, como si los perros se lo hubieran estado comiendo.
Le habían arrancado las manos a la altura de las muñecas y le faltaban carne de
un brazo y partes de las piernas.
Traté de imaginar quiénes podrían ser estos
hombres. Estaba claro cuáles eran las casas en las que había habido
combatientes: eran las que estaban completamente arrasadas. En esta casa, sin
embargo, no se veían impactos de bala por las paredes, tan sólo aquellos cuatros
muertos en el suelo, hechos un ovillo los unos junto a los otros, y agujeros de
bala en las redes mosquiteras que cubrían las ventanas. Me dio una impresión
como de que estuvieran dormidos y les hubieran disparado a través de las
ventanas. Eran los típicos jóvenes de la familia a los que por lo común se les
encarga la misión de que se queden allí para vigilar la casa.
Esa es la tradición en Irak: nunca dejamos vacía
una casa. Aquellos cuatro hombres se habían echado a dormir conforme a la
costumbre que tenemos de dormir cuando hay huéspedes, cuando extendemos nuestra
mejor alfombra en la habitación de invitados y los hombres se acuestan los unos
junto a los otros.
«Es la casa de Abu Faris. Creo que el cuerpo del más gordo es el de su hijo,
Faris», comentó Abu Salah, cuya tienda de patatas fritas también quedó destruida
en el bombardeo.
Durante el resto del día todo el mundo me siguió
insistiendo en que les acompañara a ver sus casas. Una vez más, me preguntaban
dónde se habían metido todos los periodistas. ¿Por qué no venían a contar lo que
había ocurrido en Faluya? El caso es que, después de haber trabajado durante 18
meses con periodistas, yo me había dado cuenta de que para ellos era
excesivamente peligroso venir a esta ciudad, que los consideraban espías y que
podían terminar dentro de un saco. Como yo era allí la única persona provista de
una cámara, todos querían enseñarme lo que había ocurrido con su casa. Tardé
horas.
27 de diciembre
A eso de las nueve de la mañana me levanté en mi casa de Bagdad.Ya había tenido
bastante de Faluya, aunque todavía me duraba la sensación de que no había
llegado a comprender lo ocurrido allí. La ciudad estaba completamente destruida
pero, ¿dónde estaban los cadáveres de los combatientes muertos por los
estadounidenses?
Quise preguntar al doctor Adnan Chaichan sobre los
heridos. Lo encontré al mediodía en el hospital central de Faluya. Me informó de
que, al desencadenarse el ataque, a todos los médicos y al resto del personal
sanitario los mantuvieron encerrados en el hospital sin siquiera dejarles salir
para curar a nadie. La Guardia Nacional Iraquí, de acuerdo con las órdenes
recibidas de los norteamericanos, le había tenido atado, tanto a el como a todos
los demás médicos, en el interior del hospital. Los yanquis habían rodeado el
hospital mientras la Guardia Nacional había confiscado todos los teléfonos
móviles y los celulares. Parecía que Chaichan estaba más enfadado con los
miembros de la Guardia Nacional que con nadie más.
Chaichan añadió que en el interior de la ciudad sí
que funcionaban las líneas de teléfono, así que al hospital llegaban llamadas de
heridos en demanda de ayuda y él intentó impartir por teléfono instrucciones a
los centros sanitarios y a las mezquitas de la localidad sobre la forma de
tratar las heridas. Sin embargo, nadie pudo acceder al hospital central, donde
estaba todo el material sanitario, y la gente se desangraba hasta morir por toda
la ciudad.
Estaba ya a punto de hacerse de noche cuando
abandoné Faluya con mi coche de vuelta a Bagdad, con la sensación de que apenas
si había levantado una primera capa superficial de lo que en realidad había
ocurrido allí. Sin embargo, está claro que al destruir de forma total y absoluta
esta ciudad suní, con la colaboración de una Guardia Nacional principalmente
integrada por chiíes, el Ejército de los Estados Unidos ha aventado las semillas
de una guerra civil que se avecina sin remedio. Si se celebran elecciones ahora
y triunfan los chiíes, la guerra es inevitable.
Todas las personas con las que he hablado no
tenían ninguna intención de votar. Nadie de los que me he encontrado en estos
cinco días tenía en su poder una papeleta electoral.
Una semana después de que yo llegara a Londres
para realizar la película del programa Channel 4 News, llegó por la mensajería
Federal Express la cinta de la última entrevista. Se trataba de la entrevista
con Alzaim Abu, que había sido el jefe de los combatientes en el barrio de
Shuhada, en Faluya, y que se había enfrentado a los norteamericanos en los
primeros combates habidos en el centro de la ciudad. Habíamos empleado cerca de
tres semanas en nuestro intento de dar con él. Posteriormente, en la misma noche
en que yo salía para Londres, Tariq recibió una llamada de este hombre, en la
que le anunció que estaba dispuesto a hablar.
De la entrevista sobraba un montón de paja; un
montón de bravuconadas acerca de todos los norteamericanos que habían matado
ellos, de que nunca se iban a rendir y de cómo se iba a producir la victoria
final de los faluyanos. Reconocía que en la ciudad había habido unos pocos
combatientes extranjeros, pero ninguno de ellos en las unidades que él mandaba;
en su inmensa mayoría, todos los combatientes habían sido faluyanos.
Sin embargo, había algo que destacaba sobre todo
lo demás y que explicaba la razón de que el cementerio estuviera vacío y de que
no se encontraran los cadáveres. Afirmaba Abu que la gran mayoría de los
combatientes recibió órdenes de abandonar la ciudad el 17 de noviembre, nueve
días después de que comenzara el asalto.«La retirada de los combatientes se
llevó a cabo en cumplimiento de una orden de nuestra jefatura suprema. No nos
fuimos porque no quisiéramos combatir. Necesitábamos reagruparnos; fue un
movimiento táctico. Los combatientes decidieron volverse a desplegar en Amiriya
y algunos marcharon sobre Abu Ghraib», destacó
Los militares estadounidenses han destruido Faluya,
pero lo único que han conseguido ha sido desperdigar a los combatientes. Han
multiplicado además las posibilidades de que se declare una guerra civil en Irak
al utilizar su nueva Guardia Nacional, integrada por chiíes, para eliminar
suníes.
En cierta ocasión, cuando un corresponsal
extranjero, un irlandés, me preguntó si yo era chií o suní. Le respondí que yo
era suchí. Mi padre es suní y mi madre es chií. Siempre me habían importado un
pimiento estas cosas. Ahora, después de lo de Faluya, sí que importan.
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