|
(IAR-Noticias)
24-En-05
Por Farruco Sesto* -
Rebelión / Todosadentro
Si
alguien puede transmitírselo personalmente, dígale por favor a Don Mario
Vargas Llosa, de parte de Farruco Sesto, Ministro de Cultura de Venezuela, que
es un necio. Seguramente no se verá bien que un ministro le llame necio a tan
alta personalidad de las letras. Pues se supone que un funcionario, sea del
nivel que sea, debe guardar las formas y no caer en desmesuras.
Lo que pasa aquí, es que a este
ministro le parece que Don Mario se está pasando de la raya. Eso de que a cada
rato, y a veces sin venir demasiado a cuento, la emprenda en sus rabietas
personales, con insultos incluidos, contra el pueblo de Venezuela y contra su
legítimo y legitimado presidente, lo único que muestra es el grado de
ofuscación de este escritor.
Ofuscación
que, a mi juicio, no deja de estar cimentada sobre un soporte de fanatismo e
intolerancia. Pues fanático es el que no atiende a la realidad sino sólo a
ideas preconcebidas, sean éstas o no atribuidas a alguna divinidad, y adapta
su actuación obsesivamente de acuerdo a ellas.
En el caso de
Don Mario, su adscripción incondicional a los esquemas neoliberales y a los
poderes que los imponen y sustentan, lo lleva a dejar de ver las cosas como
son, coloca un vidrio coloreado entre sus ojos y el mundo, y lanza a su
inteligencia por un tobogán que tiene prefijado el recorrido y la llegada.
Sólo un
fanático puede centrarse en sus personales manías de la manera en que lo hace
Vargas Llosa. Y digo también que su ofuscación se sustenta así mismo en una
buena dosis de intolerancia. Pues intolerante es quién no trata de comprender
lo ajeno, quien no acepta al otro en su dimensión, quién solo admite un único
modelo de actuación en sociedad.
Y, hay que
anotarlo, Don Mario, coincide en sus posiciones con una buena parte de la
sociedad norteamericana y con algunos sectores de la clase media europea. Es
curioso. Estos sectores se ven a sí mismos como tolerantes. Tolerantes ante la
diversidad sexual (como debe ser), las costumbres, las creencias, los ritos y
los gustos. Pero hasta ahí se llega. No más allá.
A la hora de
la verdad, en aspectos esenciales para la vida en común, la tolerancia tranca
sus puertas y se agota en sí misma. Cede el paso a la intransigencia más
absoluta. Por ejemplo, ante la posibilidad de que los pueblos y las naciones
exploren distintos modelos de democracia, diversas formas de organización
social y económica para resolver sus problemas, la respuesta es que eso no es
posible. No hay más democracia que una, la verdadera, y nada más que una
fórmula económica de organización.
De manera tal que si los pueblos
quieren saber donde está la verdad revelada, deben apelar al manual de Don
Mario. Claro que en todo esto hay un universo de hipocresía. Sólo un fingidor
absoluto puede aceptar sin estremecimiento del alma las extrañas virtudes de
la democracia norteamericana. De modo que, volviendo a los comienzos, si
alguien puede hacerlo, dígale a Don Mario que es un necio. Y también un
fanático, un intolerante y un farsante. Pero, sobre todo, que es un necio de
toda necedad
*
Ministro de Cultura de Venezuela
|