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(IAR-Noticias)
24-En-05
Por Joseph Nye* -
Clarín / Project Syndicate
Un año atrás,
la entonces consejera de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, Condoleezza Rice, anunció que "estamos en una batalla de ideas, no de
ejércitos". Es una guerra que Estados Unidos está perdiendo frente a Al
Qaeda.
Los crecientes sentimientos antiestadounidenses en todo el mundo amenazan
con privar al país del poder blando o atractivo que necesita para tener
éxito en la lucha contra el terrorismo. Como lo ha demostrado Irak, el
poder militar duro por sí solo no da soluciones.
La información es poder y una parte mucho mayor de la población mundial
tiene acceso a ella hoy. Como resultado, la política se ha convertido
en un concurso de credibilidad.
Mientras que en la política tradicional el poder se define por quién tiene
el mejor ejército o la mejor economía, la política en la era de la
información depende de quién tiene la versión más verosímil.
Desgraciadamente, el gobierno de Estados Unidos no ha resistido la
comparación.
Incluso el Pentágono lo admite al informar que la comunicación estratégica
de los Estados Unidos "carece de dirección, de coordinación entre las
dependencias del gobierno, de vínculos adecuados con el sector privado y
de recursos suficientes".
El presupuesto total para los programas de difusión es de 1,2 billón de
dólares, similar a lo que McDonald's gasta en publicidad. El gobierno
de Estados Unidos gasta 450 veces más en poder militar duro que en poder
blando.
En 1963, Edward R. Murrow, el famoso periodista que dirigió la Agencia de
Información de EE.UU. durante la administración Kennedy, definió la
"diplomacia pública" como las interacciones no sólo con gobiernos
extranjeros, sino principalmente con individuos y organizaciones no
gubernamentales, que suelen tener puntos de vista diferentes de los del
gobierno.
Los escépticos que sostienen que la "diplomacia pública" es un eufemismo
que esconde la difusión de propaganda del gobierno no entienden las cosas.
La simple propaganda carece de credibilidad. La diplomacia pública
implica la construcción de relaciones de largo plazo.
Lo más importante hoy es el diseño de una estrategia de intercambios
culturales y educativos de largo plazo para desarrollar una sociedad
civil más rica y abierta en los países de Oriente Medio. Dada la baja
credibilidad oficial, los promotores de Estados Unidos tendrán que ser
ajenos al gobierno.
Algunos analistas han sugerido que Estados Unidos cree una corporación no
partidista para la diplomacia pública que reciba fondos del gobierno y
privados, pero que estimule la comunicación independiente.
Tomemos como ejemplo la respuesta al desastre provocado por los tsunamis
en Asia. El presidente George W. Bush prometió —aunque tarde— 250 millones
de dólares de ayuda para las víctimas y envió emisarios de alto nivel a la
región. También ha habido un flujo impresionante de ayuda privada por
parte de organizaciones estadounidenses de caridad y sin fines de lucro.
Las imágenes de soldados estadounidenses luchando en Irak mutaron por
imágenes de las fuerzas armadas norteamericanas ayudando a las víctimas
del desastre.
Pero la continuidad es esencial. Los anuncios previos de Bush de
mayor ayuda para el desarrollo y para combatir el sida en Africa fueron no
sólo imperativos morales sino también inversiones importantes en poder
blando para los Estados Unidos. Pero desgraciadamente los fondos no
han fluido tan rápidamente como la retórica. Ninguno de esos esfuerzos de
ayuda o de diplomacia pública será efectivo si el estilo y las políticas
no son acompañadas de un mensaje democrático más amplio.
Eso significa que la tarea principal de Condoleezza Rice como secretaria
de Estado será darle un estilo más consultivo a la política exterior
estadounidense mientras busca una solución política en Irak y avances
para la paz en Oriente Medio.
* Politólogo, Universidad de Harvard
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