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(IAR-Noticias)
01-Feb-05
Por Orlando Patterson* -
El Mundo
Desde
el 11 de Septiembre de 2001, el presidente Bush y sus consejeros han puesto
sobre el tapete una serie de razonamientos relativos a las relaciones entre
libertad, tiranía y terrorismo. El ditirámbico discurso de toma de posesión del
presidente en pos de la libertad ha sido el punto culminante de estos
argumentos.
La estratagema comenzó inmediatamente
después del 11 de noviembre, con las declaraciones del presidente en el sentido
de que los atentados terroristas habían sido un ataque premeditado a la libertad
de Estados Unidos. El siguiente paso en esta línea argumental llegó a raíz de
que no se encontrara en Irak ni rastro alguno de armas de destrucción masiva,
con lo que desaparecía toda razón para la guerra, y adoptó la forma de un
silogismo fraudulento: todos los terroristas sin excepción son unos tiranos que
aborrecen la libertad; Sadam Husein es un dictador que detesta la libertad;
luego Sadam Husein es un terrorista cuyo derrocamiento ha representado una
victoria en la guerra contra el terrorismo.
Cuando este silogismo tramposo empezó a perder atractivo en la opinión pública,
lo reforzaron con otra argumentación de pacotilla que se repitió una y otra vez
durante la campaña presidencial: las tiranías son caldo de cultivo del
terrorismo; la libertad es opuesta a las tiranías; luego el fomento de la
libertad es el mejor medio de combatir el terrorismo.
El fomento de la libertad es, sin duda alguna, un propósito noble y enormemente
deseable. Si Estados Unidos estuviera dispuesto a hacer de la difusión de la
libertad en todo el planeta uno de los pilares centrales de su política
exterior, tal cosa sería sin lugar a dudas un motivo de alegría. La forma en que
el actual Gobierno ha acometido esta tarea, sin embargo, es probable que surta
el efecto contrario. Es más, cabe dentro de lo posible que lo que el presidente
entiende por libertad pierda su sentido al traducirlo al resto del mundo.
La idea de libertad que tiene este Gobierno ha resultado ser particularmente
acomodaticia y su fomento, particularmente cínico.En primer lugar, no hay prueba
alguna que sustente la afirmación de que el ataque de Al Qaeda contra Estados
Unidos hubiera estado motivado por un odio hacia la libertad, y tampoco hay
razones para creerlo así. Está claro que Osama bin Laden no es un enamorado de
la libertad, pero esto no viene al caso. El ataque a Estados Unidos estuvo
motivado por un fanatismo religioso y cultural.
En segundo lugar, si bien puede considerarse implícitamente que es cierto que
todos los terroristas son unos tiranos, ello no implica que todos los tiranos
sean unos terroristas. De entre todas las naciones, Estados Unidos es el que
debería saberlo.A lo largo del siglo pasado, EEUU ha apoyado a toda una serie de
estados tiránicos con un historial cruel y sanguinario en la represión de sus
propios pueblos y ninguno de ellos era un estado terrorista, desde Argentina y
Brasil, bajo gobiernos militares, hasta el Chile de Augusto Pinochet, pasando
por la Sudáfrica de la segregación racial, por mencionar nada más que algunos
ejemplos.
En la actualidad, uno de los más estrechos aliados de Estados Unidos en la lucha
contra las dictaduras es la tiranía de Paquistán y uno de sus principales socios
comerciales es el régimen comunista autoritario de China.
En tercer lugar, si bien el objetivo de fomentar la democracia es digno de
elogio, no hay prueba alguna de que haya menos probabilidades de que los estados
libres sean caldo de cultivo de terroristas.Resulta triste que haya más
probabilidades de que sean las auténticas libertades, garantizadas bajo el
imperio de la ley, las que escondan a terroristas en su seno, especialmente
aquellos estados que se encuentran en plena transición del autoritarismo a los
principios democráticos. Los estados democráticos en transición, como la Rusia
de nuestros días, son más violentos que los estados autoritarios a los que han
reemplazado.
Por otra parte, existe constancia de que incluso regímenes democráticos
avanzados han constituido un caldo de cultivo para los terroristas, y el mejor
ejemplo de ello es precisamente Estados Unidos. Durante más de medio siglo pudo
prosperar en este país una organización terrorista, el Ku Klux Klan. Además
según el FBI, tres de cada cuatro atentados terroristas registrados en Estados
Unidos desde 1980 hasta el año 2000 fueron cometidos por norteamericanos.
El presidente habla con gran elocuencia y, sin duda alguna, con sinceridad
acerca de la libertad, tanto en el extranjero como dentro del país. Sin embargo,
para el resto del mundo parece evidente que hay algunas discrepancias entre lo
que dice y lo que hace.
Bush sostiene que la libertad debe ser abrazada voluntariamente y defendida por
los ciudadanos, aunque su Gobierno esté en pleno proceso de imponer la
democracia a punta de pistola en Irak.
A nivel nacional, el presidente pretende «crear una sociedad más próspera, justa
e igualitaria», a pesar de que durante su primer mandato se haya producido una
redistribución de rentas a gran escala, de la población trabajadora a la más
acomodada, así como una disminución de las rentas reales y de la seguridad en el
trabajo para muchos norteamericanos. Es más, su administración ha presenciado
sin mover un dedo la erosión de los derechos y libertades resultante de la
implantación de la Patriot Act (Ley Patriótica).
¿Estamos ante un caso de pura hipocresía o es hay alguna otra explicación a las
contradicciones de Bush? No hay en este punto ningún ingrediente de hipocresía
que pueda tildarse de contradictorio.En todo caso, quizá ese ingrediente no sea
mayor que lo habitual en discursos de esta naturaleza. El problema es que lo que
el presidente quiere decir al hablar de libertad y lo que el mundo entiende
cuando lo dice no son la misma cosa.
En el siglo XX surgieron en Estados Unidos dos versiones del concepto de
libertad. La versión liberal y moderna pone el acento en los derechos y
libertades, en la participación política y en la justicia social. Esta es la
versión que de manera formal es ensalzada por el Gobierno federal, la debatida
por los filósofos y la que se enseña en las escuelas; es la que todavía utiliza
el sistema judicial norteamericano. Es, además, la versión por la que más
aprecio sienten los extranjeros que luchan por la libertad en sus respectivos
países.
Sin embargo, en su inmensa mayoría el norteamericano medio ve la libertad en
unos términos bastante diferentes. En su mente, este concepto se ha trasladado
de manera radical al ámbito de lo privado. La característica más llamativa de
esa libertad es lo que ha quedado fuera de ella: la política, la participación
de los ciudadanos y la solemnización de los derechos tradicionales, por ejemplo.
La libertad es en buena medida un asunto de índole personal, que tiene que ver
con las relaciones con los demás y con el éxito en el mundo.
En esta versión, por libertad se entiende hacer lo que cada uno quiera y hacerlo
al gusto de cada cual. La libertad se mide en base a la independencia y a la
autonomía de cada individuo, por una parte, y en la influencia y el poder, por
otra. Y la manera en que más gráficamente se experimenta es en la movilidad,
tanto socioeconómica como geográfica.
En muchos sentidos, se trata del triunfo de la versión clásica de libertad del
siglo XIX, el concepto que defendían los filósofos y los historiadores, pero que
la sociedad no consiguió alcanzar jamás. Esta libertad decimonónica ha de
coexistir en la actualidad con una concepción más moderna de la libertad. Así
ocurre, efectivamente, mediante la aceptación de esta segunda versión sobre el
papel, aunque no necesariamente haciéndola realidad.
No es que los norteamericanos hayan rechazado el modelo formal de libertad;
pregunten a cualquier norteamericano si cree en la democracia y en la libertad
de prensa y darán una respuesta afirmativa sin la menor reserva. Lo que ocurre
más bien es que la idea abstracta de libertad hace ya mucho tiempo que
desapareció de lo que actualmente se entiende por libertad y de la forma en la
que se lleva a la práctica.
El gran hallazgo del presidente Bush consiste en que ha desarrollado un
magnífico olfato para captar esta evolución de la cultura política
norteamericana y en que es capaz de jugar con ambas versiones de libertad en
beneficio propio.
Debido a que conecta con mucha facilidad con la concepción individualista de la
libertad que tiene el norteamericano medio, el presidente ha sido relativamente
inmune a las críticas que le han acusado de hacer caso omiso de los valores más
tradicionales de la democracia, como los derechos y libertades civiles. En esta
concepción de la libertad que comparte con sus seguidores, los abusos de la
Patriot Act no juegan ningún papel o prácticamente ninguno (hay momentos, por
supuesto en los que el presidente Bush debe prestar su apoyo en voz alta a la
versión liberal de la libertad). El día de su toma de posesión fue uno de ellos,
«tal y como prescribe la ley y señala el ceremonial», como él mismo subrayó,
tristemente.
Ahora bien, mientras semejantes incongruencias no molestan a los seguidores del
presidente ni dañan su valoración personal en Estados Unidos, sí que tienen
preocupado al resto del mundo.Pocos son incluso los extranjeros conscientes de
esta concepción híbrida de la libertad que hay en Estados Unidos, y mucho menos
la aceptan. En su mayor parte, el discurso de toma de posesión del presidente
fue recibido en el resto del mundo como pura hipocresía.
* Orlando Patterson es profesor de sociología
en la Universidad de Harvard y autor de ’Freedom in the making of western
culture’.
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