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EUROPA  

Tuesday, 01 de February de 2005

 

Rusia, EE.UU. y el principio de continuidad

 
 

(IAR-Noticias) 01-Feb-05 

Por Vladimir Simonov* - Agencia RIA "Novosti"

Ya está. Geoge Bush ha prestado el juramento, y el senado ha aprobado la candidatura de Condoleezza Rice para ocupar el puesto de secretaria de Estado. Estos dos acontecimientos han suscitado en Moscú un nuevo interés hacia una cuestión nada nueva: ¿Cambiará durante el segundo mandato del presidente norteamericano la política exterior de Estados Unidos en general y, en particular, con respecto a Rusia?

Parecería que existen bastantes fundamentos para suponer que la política sea más rígida.

La argumentación de tal pronóstico tiene su lógica.

Se va Colin Powell, el principal "palomo" de la Administración estadounidense, mientras que un grupo de famosos conservadores - el vicepresidente Dick Chaney, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld y su favorito y primer vice Paul Wulfoviz - siguen en sus puestos. Respectivamente, los métodos pacíficos y procedentes de hacer la política exterior estadounidense, propios del anterior secretario de Estado, bien pueden dejar lugar a una conducta, a la que en EE UU suelen caracterizar como "presunción de la fuerza".

Puede contribuir al recrudecimiento de la posición de la segunda Administración de Bush también el bandazo ideológico hacia la derecha dado por la población norteamericana.

Al estadounidense de la calle lo sigue irritando la situación poco esperanzadora que se observa en la economía nacional, la pérdida de puestos de trabajo, la clase media experimenta crecientes dudas respecto a la perdurabilidad de su bienestar. Esa falta de seguridad en el mañana se compensa cada vez más a menudo con la fe en los valores conservadores. Como resultado, la cúpula de Washington siente crecientes simpatías, hacia una línea más rigurosa, provenientes desde abajo.

Por esta razón, cuando George Bush entrevistado por NBC dice no descartar la realización de una operación militar contra Irán, si éste no pone cruz y raya en su programa nuclear militar, el auditorio estadounidense lo escucha con mayor benevolencia de lo que lo hacía al comenzar la guerra en Iraq.

Mas nada de eso puede decirse respecto al auditorio internacional.

Un reciente sondeo realizado por encargo de BBC por el Fondo de estudio de la opinión pública GlobeScan en 21 países, incluida Rusia, ha arrojado un cuadro bastante sombrío para EE UU: más de la mitad de los respondientes sostienen que la reelección de George Bush para el segundo mandato puede hacer daño a la seguridad global. Predomina el siguiente punto de vista: EE UU debe revisar su enfoque de los problemas mundiales si no quiere que su reputación e influencia en el mundo desciendan bruscamente. En Rusia, el 39 por ciento de los encuestados dijeron ver negativamente la reelección de Bush, mientras que

el 16 por ciento desearon éxito al líder norteamericano.

Asombra la diversidad de las opiniones expresadas por los rusos de a pie. Preguntados por el reportero de una emisora de radio de Moscú el día de la inauguración del presidente de EE UU "¿Cómo valora usted las relaciones Rusia - EE UU?", la gente contestaba: "Bush es peor que Hitler, pues destruyó a la Unión Soviética, y está acosando a Rusia en todos los azimuts" o "Está bien que Rusia y EE UU sean amigos hoy día, porque sin ello no podremos vencer a los terroristas".

Los ánimos de la élite política de Moscú se parecen a esta última opinión. A diferencia de muchas otras capitales, Moscú no espera complicaciones dramáticas ni menos aún dificultades insuperables en el trato con Washington después de los reemplazos que van a efectuarse en la Administración estadounidense.

Por supuesto, nueva gente significa nuevas ideas. Pero en los últimos 4 años

EE UU y Rusia coordinaron tan bien la agenda de sus relaciones, George Bush y Vladimir Putin han llegado a creer tanto en la sinceridad mutua que el segundo mandato del presidente estadounidense está condenado a ser continuación y ampliación de su partenariado estratégico. En este contexto, el nuevo equipo del presidente de EE UU, por muy duro que sea, difícilmente se atreverá a abandonar el principio de continuidad en las relaciones con Rusia.

De este parecer es, en particular, el titular de la diplomacia rusa, Serguei Lavrov. "Condoleezza Rice es una política seria, ella no va a desviarse del rumbo trazado anteriormente", dijo él en rueda de prensa el miércoles pasado.

La propia designación de Condoleezza Rice como jefa del departamento de Estado fue acogida en Moscú como una señal de tal continuidad. Prestigiosa experta en asuntos de Rusia, que goza de respeto entre muchos dirigentes de Rusia, empezando por Mijaíl Gorbachiov, los últimos cuatro años Rice jugó el papel de directora principal de la política estadounidense aplicada respecto a Rusia.

De los seis viajes al exterior realizados por ella sola, sin el presidente, tres la condujeron a Moscú. Al confiarle a ella un nuevo alto puesto, el presidente Bush dio a entender con ello estar satisfecho con cómo se desarrolla la comprensión mutua con Rusia y dispuesto a seguir en lo fundamental este mismo camino.

Al propio tiempo, es difícil decir del lado de quién estaba Rice en la consabida confrontación entre el pacífico Powell y el grupo de conservadores rígidos, con Chaney y Rumsfeld a la cabeza. Su puesto de asesora del presidente le permitía a ella actuar en la sombra, sin exteriorizar demasiado sus simpatías políticas. Ahora se pondrá fin a ese relativo anonimato. Por primera vez en la Historia de EE UU, de una mujer secretaria de Estado esperan una bien clara articulación a la hora de señalar las prioridades de la política exterior de EE UU. Muchos expertos de Rusia abrigan la esperanza de que Condoleezza Rice opte por la diplomacia pura, a diferencia del primer mandato presidencial, durante el cual los principales hacedores de la política exterior de EE UU eran el carro blindado y el "hummer".

Además, es posible que la necesidad de lograr equilibrio dentro de la propia Administración la empuje a Rice a mantener la posición sopesada y moderada que ocupaba su antecesor. Alguien tiene que actuar como contrapeso al grupo de los partidarios de dirigir el mundo por la fuerza, que han conservado sus puestos en Washington. Y ese "alguien" podría ser lógicamente Condoleezza Rice, en el papel de un nuevo Powell.

Durante las audiencias del senado dedicadas a la aprobación de la candidatura de ella, Rice comentó con moderado optimismo el actual estado de las relaciones

EE UU - Rusia. La historia reciente prueba que podemos colaborar estrechamente en la solución de los problemas universales, manifestó ella.

Una nueva etapa de esa labor se abrirá con el encuentro de George Bush y Vladimir Putin en Bratislava, fijado para finales de febrero. No es difícil predecir su agenda. Los presidentes se concentrarán en primer lugar en la guerra contra el terrorismo internacional, la no proliferación de las armas de exterminio en masa, incluidos problemas de los programas nucleares de Corea del Norte e Irán, en la reconstrucción de Iraq y la búsqueda conjunta de los métodos que permitan volver a encauzar el proceso mesoriental hacia el cumplimiento de la "hoja de ruta" ya en una nueva situación, con Mahmud Abbas en vez de Arafat. Según dan a entender los funcionarios del departamento de Estado que están preparando el encuentro en la cumbre, la parte estadounidense está dispuesta a debatir también la solicitud de Rusia de ingreso en la OMC y la posibilidad de que EE UU y Europa presten ayuda al arreglo político en Chechenia.

Este es el núcleo sólido de la cooperación ruso-estadounidense, el que difícilmente puede sufrir cambios próximamente. No lo son capaces de arrojar ni suplantar por algo más ningunos de los detractores washingtonianos de Rusia, por muy influyentes y duros que se consideren.

Ello no quiere decir, por supuesto, que las relaciones entre ambos países sean completamente despejadas. En Moscú no ha pasado inadvertida la reciente manifestación de Joseph Beiden, jefe adjunto del comité para asuntos exteriores del senado, quien le ha atribuido al presidente Putin el plan de "revertir el desarrollo de la democracia, la protección de los derechos humanos y la supremacía de la Ley". Las críticas del "desequilibrio que se observa en la sociedad y las autoridades" de Rusia, los reproches con respecto al proceso YUKOS y el "apoyo por Moscú al separatismo en territorios postsoviéticos" se convierten últimamente en lugar común en manifestaciones que hacen altos habitantes de los pasillos de Washington.

Moscú tiene su respuesta a ello. Prestamos oído a las críticas constructivas, pero algunos nos empujan hacia una nueva guerra fría, declarando que Rusia se desliza hacia el totalitarismo. Pero no conseguirán hacerlo, comentó tal proceder Serguei Lavrov. Según él, la causa fundamental de tales ataques consiste en que a algunos no les gusta la política de fortalecimiento e independencia que se aplica en Rusia.

En efecto, muchos en Rusia acogen negativamente las pretensiones de exportar su propia variante de la democracia y de aleccionar a otros pueblos, que gusta hacer EE UU, especialmente desde el punto de vista del derecho fundamental del ser humano, el a la vida. Es difícil calcular, por ejemplo, cuántos iraquíes perecieron durante la ocupación estadounidense emprendida en Iraq en aras de la llamada democracia. En Moscú provoca repulsión la nueva práctica estadounidense de recurrir al llamamiento a celebrar elecciones democráticas en el exterior, en aras de realizar operaciones políticas de toma del poder, como ello sucedió en Georgia y Ucrania.

Todos esos temas también pueden ser abordados durante el encuentro de los presidentes en Bratislava. Rusia se distingue de otros partenaires de EE UU por su negativa a tomar pose de un lacayo sumiso en caso de no agradarle a EE UU la conducta de Rusia. Esa franqueza mutua bien protege las relaciones de ambos países contra un zigzagueo inesperado que podría provocar la dureza de unos individuos que se ponen al timón de la política exterior.

*Comentarista en temas políticos.

 

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