Ya está. Geoge Bush ha prestado el juramento, y el senado ha
aprobado la candidatura de Condoleezza Rice para ocupar el puesto de secretaria
de Estado. Estos dos acontecimientos han suscitado en Moscú un nuevo interés
hacia una cuestión nada nueva: ¿Cambiará durante el segundo mandato del
presidente norteamericano la política exterior de Estados Unidos en general y,
en particular, con respecto a Rusia?
Parecería que existen bastantes fundamentos para suponer que
la política sea más rígida.
La argumentación de tal pronóstico tiene su lógica.
Se va Colin Powell, el principal "palomo" de la
Administración estadounidense, mientras que un grupo de famosos conservadores -
el vicepresidente Dick Chaney, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld y su
favorito y primer vice Paul Wulfoviz - siguen en sus puestos. Respectivamente,
los métodos pacíficos y procedentes de hacer la política exterior
estadounidense, propios del anterior secretario de Estado, bien pueden dejar
lugar a una conducta, a la que en EE UU suelen caracterizar como "presunción de
la fuerza".
Puede contribuir al recrudecimiento de la posición de la
segunda Administración de Bush también el bandazo ideológico hacia la derecha
dado por la población norteamericana.
Al estadounidense de la calle lo sigue irritando la situación
poco esperanzadora que se observa en la economía nacional, la pérdida de puestos
de trabajo, la clase media experimenta crecientes dudas respecto a la
perdurabilidad de su bienestar. Esa falta de seguridad en el mañana se compensa
cada vez más a menudo con la fe en los valores conservadores. Como resultado, la
cúpula de Washington siente crecientes simpatías, hacia una línea más rigurosa,
provenientes desde abajo.
Por esta razón, cuando George Bush entrevistado por NBC dice
no descartar la realización de una operación militar contra Irán, si éste no
pone cruz y raya en su programa nuclear militar, el auditorio estadounidense lo
escucha con mayor benevolencia de lo que lo hacía al comenzar la guerra en Iraq.
Mas nada de eso puede decirse respecto al auditorio
internacional.
Un reciente sondeo realizado por encargo de BBC por el Fondo
de estudio de la opinión pública GlobeScan en 21 países, incluida Rusia, ha
arrojado un cuadro bastante sombrío para EE UU: más de la mitad de los
respondientes sostienen que la reelección de George Bush para el segundo mandato
puede hacer daño a la seguridad global. Predomina el siguiente punto de vista:
EE UU debe revisar su enfoque de los problemas mundiales si no quiere que su
reputación e influencia en el mundo desciendan bruscamente. En Rusia, el 39 por
ciento de los encuestados dijeron ver negativamente la reelección de Bush,
mientras que
el 16 por ciento desearon éxito al líder norteamericano.
Asombra la diversidad de las opiniones expresadas por los
rusos de a pie. Preguntados por el reportero de una emisora de radio de Moscú el
día de la inauguración del presidente de EE UU "¿Cómo valora usted las
relaciones Rusia - EE UU?", la gente contestaba: "Bush es peor que Hitler, pues
destruyó a la Unión Soviética, y está acosando a Rusia en todos los azimuts" o
"Está bien que Rusia y EE UU sean amigos hoy día, porque sin ello no podremos
vencer a los terroristas".
Los ánimos de la élite política de Moscú se parecen a esta
última opinión. A diferencia de muchas otras capitales, Moscú no espera
complicaciones dramáticas ni menos aún dificultades insuperables en el trato con
Washington después de los reemplazos que van a efectuarse en la Administración
estadounidense.
Por supuesto, nueva gente significa nuevas ideas. Pero en los
últimos 4 años
EE UU y Rusia coordinaron tan bien la agenda de sus
relaciones, George Bush y Vladimir Putin han llegado a creer tanto en la
sinceridad mutua que el segundo mandato del presidente estadounidense está
condenado a ser continuación y ampliación de su partenariado estratégico. En
este contexto, el nuevo equipo del presidente de EE UU, por muy duro que sea,
difícilmente se atreverá a abandonar el principio de continuidad en las
relaciones con Rusia.
De este parecer es, en particular, el titular de la
diplomacia rusa, Serguei Lavrov. "Condoleezza Rice es una política seria, ella
no va a desviarse del rumbo trazado anteriormente", dijo él en rueda de prensa
el miércoles pasado.
La propia designación de Condoleezza Rice como jefa del
departamento de Estado fue acogida en Moscú como una señal de tal continuidad.
Prestigiosa experta en asuntos de Rusia, que goza de respeto entre muchos
dirigentes de Rusia, empezando por Mijaíl Gorbachiov, los últimos cuatro años
Rice jugó el papel de directora principal de la política estadounidense aplicada
respecto a Rusia.
De los seis viajes al exterior realizados por ella sola, sin
el presidente, tres la condujeron a Moscú. Al confiarle a ella un nuevo alto
puesto, el presidente Bush dio a entender con ello estar satisfecho con cómo se
desarrolla la comprensión mutua con Rusia y dispuesto a seguir en lo fundamental
este mismo camino.
Al propio tiempo, es difícil decir del lado de quién estaba
Rice en la consabida confrontación entre el pacífico Powell y el grupo de
conservadores rígidos, con Chaney y Rumsfeld a la cabeza. Su puesto de asesora
del presidente le permitía a ella actuar en la sombra, sin exteriorizar
demasiado sus simpatías políticas. Ahora se pondrá fin a ese relativo anonimato.
Por primera vez en la Historia de EE UU, de una mujer secretaria de Estado
esperan una bien clara articulación a la hora de señalar las prioridades de la
política exterior de EE UU. Muchos expertos de Rusia abrigan la esperanza de que
Condoleezza Rice opte por la diplomacia pura, a diferencia del primer mandato
presidencial, durante el cual los principales hacedores de la política exterior
de EE UU eran el carro blindado y el "hummer".
Además, es posible que la necesidad de lograr equilibrio
dentro de la propia Administración la empuje a Rice a mantener la posición
sopesada y moderada que ocupaba su antecesor. Alguien tiene que actuar como
contrapeso al grupo de los partidarios de dirigir el mundo por la fuerza, que
han conservado sus puestos en Washington. Y ese "alguien" podría ser lógicamente
Condoleezza Rice, en el papel de un nuevo Powell.
Durante las audiencias del senado dedicadas a la aprobación
de la candidatura de ella, Rice comentó con moderado optimismo el actual estado
de las relaciones
EE UU - Rusia. La historia reciente prueba que podemos
colaborar estrechamente en la solución de los problemas universales, manifestó
ella.
Una nueva etapa de esa labor se abrirá con el encuentro de
George Bush y Vladimir Putin en Bratislava, fijado para finales de febrero. No
es difícil predecir su agenda. Los presidentes se concentrarán en primer lugar
en la guerra contra el terrorismo internacional, la no proliferación de las
armas de exterminio en masa, incluidos problemas de los programas nucleares de
Corea del Norte e Irán, en la reconstrucción de Iraq y la búsqueda conjunta de
los métodos que permitan volver a encauzar el proceso mesoriental hacia el
cumplimiento de la "hoja de ruta" ya en una nueva situación, con Mahmud Abbas en
vez de Arafat. Según dan a entender los funcionarios del departamento de Estado
que están preparando el encuentro en la cumbre, la parte estadounidense está
dispuesta a debatir también la solicitud de Rusia de ingreso en la OMC y la
posibilidad de que EE UU y Europa presten ayuda al arreglo político en
Chechenia.
Este es el núcleo sólido de la cooperación
ruso-estadounidense, el que difícilmente puede sufrir cambios próximamente. No
lo son capaces de arrojar ni suplantar por algo más ningunos de los detractores
washingtonianos de Rusia, por muy influyentes y duros que se consideren.
Ello no quiere decir, por supuesto, que las relaciones entre
ambos países sean completamente despejadas. En Moscú no ha pasado inadvertida la
reciente manifestación de Joseph Beiden, jefe adjunto del comité para asuntos
exteriores del senado, quien le ha atribuido al presidente Putin el plan de
"revertir el desarrollo de la democracia, la protección de los derechos humanos
y la supremacía de la Ley". Las críticas del "desequilibrio que se observa en la
sociedad y las autoridades" de Rusia, los reproches con respecto al proceso
YUKOS y el "apoyo por Moscú al separatismo en territorios postsoviéticos" se
convierten últimamente en lugar común en manifestaciones que hacen altos
habitantes de los pasillos de Washington.
Moscú tiene su respuesta a ello. Prestamos oído a las
críticas constructivas, pero algunos nos empujan hacia una nueva guerra fría,
declarando que Rusia se desliza hacia el totalitarismo. Pero no conseguirán
hacerlo, comentó tal proceder Serguei Lavrov. Según él, la causa fundamental de
tales ataques consiste en que a algunos no les gusta la política de
fortalecimiento e independencia que se aplica en Rusia.
En efecto, muchos en Rusia acogen negativamente las
pretensiones de exportar su propia variante de la democracia y de aleccionar a
otros pueblos, que gusta hacer EE UU, especialmente desde el punto de vista del
derecho fundamental del ser humano, el a la vida. Es difícil calcular, por
ejemplo, cuántos iraquíes perecieron durante la ocupación estadounidense
emprendida en Iraq en aras de la llamada democracia. En Moscú provoca repulsión
la nueva práctica estadounidense de recurrir al llamamiento a celebrar
elecciones democráticas en el exterior, en aras de realizar operaciones
políticas de toma del poder, como ello sucedió en Georgia y Ucrania.
Todos esos temas también pueden ser abordados durante el
encuentro de los presidentes en Bratislava. Rusia se distingue de otros
partenaires de EE UU por su negativa a tomar pose de un lacayo sumiso en caso de
no agradarle a EE UU la conducta de Rusia. Esa franqueza mutua bien protege las
relaciones de ambos países contra un zigzagueo inesperado que podría provocar la
dureza de unos individuos que se ponen al timón de la política exterior.