En un artículo publicado la semana
pasada, titulado "¿Tenemos que volver a pelear por la Ilustración?",
Salman Rushdie, conocido por la fatua que le fue impuesta por el
integrismo islamista iraní debido su famosa cuanto mala novela Versos
satánicos, funge actualmente como presidente de la organización PEN
Internacional y como miembro de la campaña "La libre expresión no es
ofensa", que impulsa esa entidad. En su artículo, el cual argumenta que
tendremos que volver a pelear de nuevo por instaurar el laicismo ilustrado
en contra de las iglesias y el fanatismo religioso que ha reemplazado el
análisis y la crítica en materia política, Rushdie afirma lo siguiente:
"En el momento en que se dice que cualquier sistema de ideas es
sagrado, ya sea dentro de un sistema de fe o una ideología laica; desde el
momento en que se declara que un conjunto de ideas debe ser inmune a la
crítica, la sátira, el desacuerdo o el desprecio, la libertad de
pensamiento se vuelve imposible".
No hay duda de que no sólo la religiosidad fundamentalista amenaza la
libertad de pensamiento y expresión. Si nos atenemos al criterio de que lo
que amenaza esta libertad es la convicción de ciertos grupos sobre que sus
ideas deben "ser inmunes a la crítica, la sátira, el desacuerdo o el
desprecio", tenemos que en este saco hay que echar también, y en
primerísimo lugar, al dogma de la "corrección política" y sus métodos
represivos y censuradores. También, a las ideologías de la izquierda
"políticamente correcta" y a las de la derecha que sesga la información a
su favor amparada en la propiedad privada de los medios de comunicación.
En este sentido, decir que la empresaria farmacéutica Rigoberta Menchú
justificó el asesinato de campesinos recientemente en la costa sur de su
país, cuando éstos fueron desalojados por la fuerza pública violentamente
de una finca que habían tomado para exigir el pago de salarios atrasados,
arguyendo que con ello se violentaba el Estado de Derecho, no debiera ser
motivo de censura por parte del establishment "políticamente
correcto" del actual gobierno oligárquico del cual ella es embajadora de
buena voluntad. Tampoco debiera ser objeto de censura el afirmar que en
esta innoble tarea la acompañan varios activistas oficiales de los
derechos humanos que, como ella, fueron o siguen siendo miembros de la ex
guerrillera (y hoy aliada del general genocida Efraín Ríos Montt) URNG. Al
contrario, este tipo de juicios deberían publicarse y no censurarse o
descalificarse aduciendo la hipócrita razón victimista de que quienes los
esgrimen lo hacen porque odian a Menchú debido a que es indígena y es
mujer. Uf.
En mi país, la "corrección política" ha tomado el control de extendidas
capas medias semi ilustradas que no tienen cómo ganarse la vida si no es
por medio de los financiamientos de la cooperación internacional que
promueve esta ideología censuradora. Hay asociaciones financiadas con
fondos internacionales cuya supuesta función es velar porque se respete la
libre emisión del pensamiento pero que sólo lo hacen con quienes son
incondicionales de su dogma. Esto ocurre en la izquierda y en la derecha,
las cuales se ponen de acuerdo cada vez que surge algún individuo que les
resulta incómodo porque denuncia los contubernios que ellos construyen, y
lo eliminan del ámbito periodístico. El más reciente de estos contubernios
es el que pactaron la mayoría de medios de comunicación y el Estado
oligárquico y corporativo que encabeza decorativamente Óscar Berger, para
encubrir actos anómalos de funcionarios de gobierno. Todo lo cual cuenta
con la anuencia de la izquierda vendida a la cooperación internacional,
cuyas puntas de lanza en el Estado son el vicepresidente (y ex
izquierdista y ex seminarista) Eduardo Stein, y la empresaria y embajadora
Menchú.
Recientemente he contribuido a la fundación del Centro PEN-Guatemala,
el cual tratará de defender la libertad de expresión sin plegarse a
intereses particulares ni grupos de poder. El Centro PEN-Guatemala es una
organización autónoma (no depende de directrices de la casa matriz sino se
guía por sus propios criterios locales) y está únicamente comprometida con
la libertad de pensamiento y de expresión, por lo que no justifica la
censura en ninguna de sus formas, mucho menos aduciendo para ello razones
ideológicas, éticas, morales o moralistas.
Veremos a dónde nos lleva este empeño, porque de hecho esta postura no
gustará al Estado oligárquico ni a mucha gente del gremio periodístico (de
izquierda y derecha) ligado al gobierno, y tampoco a los dueños y
burócratas administrativos de los medios alineados con el oficialismo.
Todo lo cual pone al Centro PEN-Guatemala en una posición interesante, por
no decir riesgosa. Queda con esto advertida la opinión pública
internacional al respecto, porque su apoyo será decisivo para que nuestro
trabajo rinda el resultado estratégico que buscamos: un respeto
irrestricto a la libre emisión del pensamiento en un país tomado por la
oligarquía, la cooperación internacional y un amplio cuerpo de comparsas
que por sus características ideológicas oscilantes y censuradoras he dado
en llamar izquierdoderechistas.
Lo dicho aquí es mi criterio particular como miembro activo del Centro
PEN-Guatemala y no un comunicado institucional, aunque quienes estamos
activos en el desarrollo de la entidad hemos acordado impulsar la
institución bajo estos postulados. Pero precisamente porque esta
organización busca ser pluralista, habrá en su seno un amplísimo espectro
de miembros entre los cuales no me cabe duda que figurarán interesados en
que esta línea de trabajo fracase y en que la entidad se convierta en un
cascarón más de esos que adornan la corona carnavalesca que luce sonriente
nuestra torturada democracia. Veremos pronto lo que ocurrirá. Estas
situaciones hallan de inmediato su desenlace. Porque, como también dice
Rushdie en su artículo:
"La defensa de la libre expresión comienza cuando la gente dice algo
que uno no puede tolerar. Si no defiendes su derecho a decirlo, no crees
en la libre expresión. Sólo crees en la libre expresión mientras no se te
meta por la nariz. Pero la libre expresión de hecho se le mete por la
nariz a las personas".
En este país intolerante, esa libertad es comúnmente tomada como
insulto y justificación para recurrir a la represión, el silenciamiento y
la violencia. Rushdie no se refiere a difamaciones ni a calumnias cuando
dice que la libre expresión "se le mete por la nariz a las personas", sino
a ideas y argumentaciones críticas que pueden desagradar a otros. La
crítica es, como decía Martí, "el ejercicio del criterio". Y este
ejercicio, o es libre o no es. Cuando no es, aparece la censura. Y es esto
lo que queremos remontar. Nada más. Y nada menos.