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(IAR-Noticias)
27-En-05
Por Lázaro Barredo Medina -
Cuba Debate
"Cuba por
necesidad y por derecho debe pertenecer a Estados Unidos. Debemos sanear a ese
pais, aunque sea como a Sodoma y Gomorra"
En
la primavera de 1995, un grupo de políticos, economistas e intelectuales
asistimos a Nueva York, a la sede del Consejo de Relaciones Exteriores, para
sostener un debate sobre aspectos económicos, culturales y políticos en el
ámbito bilateral entre Cuba y Estados Unidos. Se trataba de un ejercicio
académico para tratar de intentar un intercambio de criterios dentro del marco
de las profundas diferencias entre ambas naciones.
Por la parte norteamericana estaban presentes algunos ex subsecretarios del
Departamento de Estado que tuvieron que ver con la política contra Cuba en
gobiernos anteriores, académicos de diversos instituciones y personalidades del
Consejo.
Si bien el ambiente del dialogo fue distendido, desde un primer momento los
desacuerdos fueron áridos por las encontradas percepciones sobre los distintos
temas.
La reunión fue subiendo de tono en cada asunto. Cuando llegó la discusión del
tema político fue la desavenencia total.
El ponente de la parte cubana había planteado cómo se manifestaba la falta de
pragmatismo en la política norteamericana hacia Cuba, cuando en ese instante
Estados Unidos estaba normalizando plenamente las relaciones con China y con
Viet Nam y daba pasos a la búsqueda de un entendimiento con Corea del Norte,
países con los cuales tuvo guerras en la última mitad del siglo XX y donde
murieron más de 100 000 norteamericanos y un número alto de desaparecidos. Las
contiendas bélicas en Corea y Viet Nam son traumas profundos en la sociedad
norteamericana.
E inmediatamente subrayó cómo con Cuba, donde no había habido guerras ni
muertos, no se quemaban banderas norteamericanas, no había aldeanismo ni
xenofobia a la hora de conocer y expandir la cultura estadounidense, no había
ambiente de rechazo sobre ningún ciudadano norteamericano cuando visitaba la
isla, pese al daño terrible de la política de agresión, sin embargo, no había ni
tan siquiera voluntad de ir a una mesa de negociaciones para al menos entrar a
analizar las diferencias.
Un señor nombrado William D. Rogers, quien fue subsecretario de Estado para
asuntos del Hemisferio Occidental en los dos mandatos de Henry Kissinger,
interrumpió al ponente cubano y dijo: “ todo eso de China, Viet Nam y Corea es
cierto, pero los cubanos no pueden perder de vista el hecho de que para la
inmensa mayoría de los políticos norteamericanos Cuba es un asunto diferente” y
de manera reiterativa agregó: “para la inmensa mayoría de los políticos
norteamericanos, Cuba es un asunto sentimental…”
Aquello me impactó sobremanera. Si Cuba es un asunto sentimental hoy, quiere
decir que para alcanzar el respeto a la plena autodeterminación cubana habrá que
esperar a que surja en Estados Unidos una clase política que esté dispuesta a
reconocer una simple oración de siete palabras: “Cuba es un país libre e
independiente”.
Comentándole los detalles de esa reunión a un amigo latinoamericano, salió a
relucir su incomprensión sobre el asunto de fondo histórico y quiso atribuirle
la responsabilidad de todo el conflicto al desafío de Fidel Castro, partiendo
del criterio de que con la desaparición física del liderazgo histórico de la
Revolución cubana, deben cesar esas diferencias entre ambos países.
Mi amigo partía de la apreciación errónea de valorar el momento actual,
subestimando el hecho de que las desavenencias entre Cuba y Estados Unidos son
más viejas que “matusalén”…
Cualquiera que profundice en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos y se
sumerja en los acontecimientos históricos que datan desde finales del siglo
XVIII, podrá constatar que el problema entre ambos países supera cualquier signo
ideológico y se reduce a la encrucijada de la independencia y el anexionismo.
La lectura de documentos y distintas bibliografías cubanas y norteamericanas
muestran que el diferendo entre ambas naciones es el litigio más extenso de la
época contemporánea, que se inició desde la propia independencia de las trece
colonias inglesas y llega hasta nuestros días con la Ley Helms-Burton y más
recientemente con el “mamotreto” de 450 páginas que contiene más de 600 medidas
para determinar el futuro de Cuba en una concepción de una “transición
violenta”, establecido por la administración de W. Bush bajo el supuesto de un
“plan de ayuda para una Cuba libre”.
Cuba, como nadie en este planeta, ha tenido que hacerle frente durante casi 200
años a esa política exterior norteamericana consagrada a establecer que los
Estados Unidos no son un país corriente sino exclusivo, "destinado" (el Destino
Manifiesto) a la misión civilizadora de llevar a otros pueblos el "modo de vida
norteamericano".
Cuba por necesidad y por derecho debe pertenecer a
Estados Unidos
"Confieso con candor -escribió en 1807 Thomas Jefferson, uno de los padres
fundadores de la nación norteamericana-, que siempre he mirado a Cuba como la
adición más interesante que podría hacerse a nuestro sistema de Estado",
Después en 1823, el secretario de Estado norteamericano John Quincy Adams, lanzó
a la publicidad el término del fatalismo geográfico cubano con su doctrina de la
"fruta madura": "Así como una fruta separada de su árbol por la fuerza del
viento, no puede aunque quiera dejar de caer en el suelo, así Cuba una vez
separada de España y rota la conexión artificial que la liga con ella, incapaz
de sostenerse por si sola, tiene que gravitar necesariamente hacia la Unión
Norteamericana, y hasta ella exclusivamente, mientras que a la Unión misma, en
virtud de la propia ley, le será imposible dejar de admitirla en su seno".
Por esta época es James Monroe, el gestor de la famosa doctrina "América para
los americanos", el presidente de los Estados Unidos, a quien Thomas Jefferson
le escribe: "la anexión de Cuba a nuestra Confederación es exactamente lo que se
necesita para redondear nuestro poder nacional y llevarlo al más alto grado de
interés".
En mayo de 1847 el periódico New York Sun reseñaba en uno de sus editoriales:
"Cuba por su posición geográfica, por necesidad y por derecho, debe pertenecer
a los Estados Unidos; puede y debe ser nuestra".
Un año después, el entonces presidente norteamericano Polk aprobaría la primera
iniciación de gestiones con España para adquirir a Cuba mediante compra. El
diario Creole de Nueva Orleans, reflejaba la esencia de esta apetencia yanqui:
“Cuba, por destino de la Providencia, pertenece a los Estados Unidos y tiene que
ser americanizada”.
El proceso de "americanización" de Cuba, que se fue conformando durante el siglo
X I X en el pensamiento político norteamericano, se expresaba con absoluto
desdén hacia los cubanos.
En 1852, el diario El Delta de Nueva Orleans explicaba: "Su lenguaje (el de los
cubanos) será lo primero en desaparecer, porque el idioma latino bastardo de su
nación no podrá resistir apenas por tiempo alguno el poder competitivo del
robusto vigoroso inglés... Su sentimentalismo político y sus tendencias
anárquicas seguirán rápidamente al lenguaje y de modo gradual, la absorción del
pueblo llegará a ser completa -debiéndose todo al inevitable dominio de la mente
americana sobre una raza inferior."
Desde luego la prominencia geográfica se deja sentir de inmediato en el aspecto
económico. Hacia 1828, desde Estados Unidos procede el 39% del total de las
importaciones cubanas"; de España sólo arriban a la Isla el
26%. Para 1860 la dependencia ya es mayoritaria: Estados Unidos absorbe
el 62% de las exportaciones cubanas; Gran Bretaña adquiere el 22% y España
solamente el 3% .
En 1881, el cónsul norteamericano en Cuba ya es capaz de afirmar en su informe
consular: "Comercialmente, Cuba se ha convertido en una dependencia de los
Estados Unidos, aunque políticamente continúa dependiendo de España" En 1884,
Estados Unidos absorbía el 85% de la producción total de Cuba.
Sanear a ese país, aunque sea como a Sodoma y Gomorra
En la década de los 90 del siglo pasado, los sectores políticos norteamericanos
comenzaron a llegar a la conclusión de que la "fruta cubana" estaba a punto para
ser engullida.
En noviembre de 1891, la publicación Munsey Magazine insistía nuevamente en la
compra de la isla cubana, argumentando lo esencial de su geografía para las
defensas de los Estados Unidos y como punto de destino de los excedentes
productivos norteamericanos, a la vez que expresaba claramente la voluntad de
hacer todo lo posible por apropiarse de su territorio al afirmar: "Puede
declararse como casi cierto que antes de mucho Cuba será nuestra".
Otra publicación, American Magazine of Civics, reseñaba en 1895 diversas
opiniones sobre la anexión de Cuba y entre ellas la de prominentes figuras de
Wall Street, como Frederick R. Condert, quien declaraba "Se me hace la boca agua
cuando imagino a Cuba como uno de los estados de nuestra familia".
"Si no nos apoderamos de Cuba -escribía el 23 de septiembre de 1897 Teodoro
Roosevelt, subsecretario de la Marina de EE.UU. en aquellos tiempos", la isla
continuará en manos de una nación débil y decadente, y la posibilidad de obtener
a Cuba se podría considerar perdida para siempre. No creo que Cuba pueda ser
pacificada con la autonomía (prometida en aquel período por España a la isla) y
confío en que en tiempo no muy lejano ocurrirán ahí acontecimientos tales, que
tendremos que intervenir".
Los verdaderos objetivos que determinaron la intervención están reveladoramente
expresados en la comunicación cursada el 24 de diciembre de 1897 por el señor
Breckenridge, subsecretario de Guerra de los Estados Unidos al Teniente General
del Ejército norteamericano N. S. Miles, nombrado General en Jefe de las fuerzas
destinadas a llevar a vías de hecho la intervención.
¿Que decía esa comunicación?
"Cuba con un territorio mayor tiene una población mayor que Puerto Rico. Esta
consiste de blancos, negros y asiáticos y sus mezclas. Los habitantes son
generalmente indolentes y apáticos. Claro está que la anexión inmediata a
nuestra Federación de elementos tan perturbadores en tan gran número, sería una
locura, y antes de plantearlo debemos sanear ese país, aunque sea aplicando el
medio que la Divina Providencia aplicó a las ciudades de Sodoma y Gomorra.
"Habrá que destruir cuanto alcancen nuestros cañones, con el hierro y el fuego;
habrá que extremar el bloqueo para que el hambre y la peste, su constante
compañera diezmen su población pacífica y mermen su ejército; y el ejército
aliado (se refiere al ejército libertador cubano) habrá de emplearse
constantemente en exploraciones y vanguardias, para que sufran indeclinablemente
el peso de la guerra entre dos fuegos, y a ellos se encomendarán precisamente
todas las expediciones peligrosas y desesperadas".
La inminente victoria de las fuerzas patrióticas cubanas fue escamoteada por la
intervención norteamericana y no posibilitó el surgimiento de un nuevo Estado
como había sucedido en el resto de América Latina, al mantener todas las
estructuras del poder colonial a sus servicios para llevar adelante los planes
fraguados de total dependencia de la isla.
Quizás por ese convencimiento anexionista ya preformado en los Estados Unidos,
la primera decisión adoptada por Tomás Estrada Palma, una vez iniciada la
intervención norteamericana en el conflicto cubano-español, fue traicionar la
memoria de José Martí y disolver la organización del Partido Revolucionario
Cubano que el Apóstol había logrado convertir en el factor unitario de la lucha
independentista y facilitar que el movimiento revolucionario cubano se
fragmentara después en el establecimiento de ¡57 partidos o agrupaciones
políticas!
Conseguidos sus propósitos con la intervención, el general Leonardo Wood,
gobernador militar norteamericano en Cuba, escribía al secretario de la Defensa
de EE.UU., E. Root: "Todos los americanos y todos los cubanos que miran al
porvenir saben que la isla va a formar parte de los Estados Unidos y que es de
tanto interés para nosotros como para ellos darle una posición sólida".
La prueba de que el interés era aprovechar máximamente sus poderes ilimitados
para servir a sus intereses, es que Leonardo Wood, por ejemplo, gobernador en
Cuba desde diciembre de 1899 hasta mayo de 1902, entregó a compañías
estadounidenses 223 concesiones para la explotación de los recursos naturales
más valiosos de la isla.
Junto a ello estuvo también la Orden Militar No. 62 del gobernador
norteamericano Wood, más conocida por los cubanos de la época como "Ley del
Despojo" y la increíble paradoja de que el Presidente norteamericano McKinley
tuviera más poderes en un país extranjero que en el suyo propio, como lo
ejemplificó el hecho de que podía modificar los aranceles cubanos, cuando no
podía hacerlo con los de los Estados Unidos por ser esa una facultad del
Congreso, lo que trajo consigo la ruina de los productores cubanos
independentistas y la pérdida de sus propiedades.
Un periódico del Estado de Louisiana comentaba por aquellos días: "Poco a poco
la totalidad de la isla está pasando a las manos de ciudadanos norteamericanos,
lo cual es el camino más corto y más seguro para obtener su anexión a los
Estados Unidos".
Con la enmienda Platt les hemos dejado poca o ninguna
independencia
El afán del reparto territorial por parte de las grandes potencias europeas a
fines del siglo XIX y la necesidad diplomática norteamericana de evitar
rozamientos en medio de esas contradicciones, unido a la resistencia de una
mayoritaria parte del pueblo cubano a la anexión, obligó a los Estados Unidos a
buscar una fórmula por la cual los cubanos tuvieran su república, pero siempre
mediatizada si se lograba que los elegidos fueran hombres que se plegaran a los
intereses norteamericanos.
Es sobre esta base que el 9 de febrero de 1901 el secretario de Defensa
norteamericano E. Root envió una carta al gobernador Wood definiéndole las cinco
condiciones que debían servir de base para las relaciones cubano
norteamericanas:
1. reconocer el derecho de EE.UU a intervenir en los asuntos internos en Cuba,
2. limitar los derechos de Cuba a firmar acuerdos y tratados con las potencias
extranjeras o a concederles todo tipo de privilegios sin acuerdo previo de EE.UU.,
3. limitar los derechos de Cuba a obtener empréstitos en el extranjero,
4. reconocer el derecho de EE.UU. a adquirir tierras y tener bases navales en
Cuba,
5. reconocimiento y observación por Cuba de todas las leyes promulgadas por las
autoridades militares norteamericanas y los derechos derivados de estas leyes.
El senador Orville H. Platt, al presentar su enmienda ante el Congreso
norteamericano, tomaría esos cinco puntos y les agregaría tres cláusulas más.
6. el gobierno de Cuba ejecutará y, en cuanto fuese necesario, cumplirá los
planes ya hechos y otros que mutuamente convenga para el saneamiento de las
poblaciones de la Isla, con el fin de evitar el desarrollo de enfermedades
epidémicas e infecciosas, protegiendo así al pueblo y al comercio de Cuba, lo
mismo que al comercio y al pueblo de los puertos del Sur de los Estados Unidos;
7. la isla de Pinos será omitida de los límites de Cuba propuestos por la
Constitución, dejándose para un futuro arreglo la propiedad de la misma;
8. el gobierno de Cuba insertará las anteriores disposiciones en un Tratado
Permanente con los Estados Unidos.
Así surgió desde el Congreso de los Estados Unidos la Enmienda Platt que los
cubanos estarían obligados a incorporar como un apéndice a su Constitución
republicana.
Unos días después de aprobada la Enmienda Platt, el general Wood escribió a
Teodore Roosevelt, entonces vicepresidente de EE.UU.: "Por supuesto que con la
Enmienda Platt, a Cuba le hemos dejado poca o ninguna independencia... Lo
práctico ahora es conseguir la anexión. Esto requerirá un poco de tiempo... Con
el control que tenemos sobre Cuba, y que sin duda antes de mucho se convertirá
en posesión, pronto controlaremos todo el comercio de azúcar del mundo. Creo
que Cuba es una adquisición de lo más deseable para los Estados Unidos."
Wood no sólo ejerció una intensa presión sobre una gran parte de los
constituyentes cubanos para lograr esos propósitos, sino también maniobró para
limitar la participación del pueblo cubano durante las elecciones parciales de
junio de 1900, cuyos requisitos impuestos por los interventores norteamericanos
sólo permitieron que pudiese votar el 7% de la población. De 1 572 797
habitantes, sólo pudieron empadronarse 150 648 electores ante las limitaciones
establecidas en la ley electoral promulgada por el gobernador Wood, de los
cuales votaron 110 816. Así fueron las primeras elecciones "democráticas"
cubanas organizadas por Estados Unidos.
La concepción republicana para Cuba fue esbozada en aquel último año del siglo
XIX por la publicación Review of Reviews, cuando confesó: "la nueva Cuba será
una nación, pero no un poder soberano. Interiormente poseerá la independencia
que su pueblo ha apetecido y por la que ha luchado. Exteriormente será una
dependencia y estará bajo la protección del gran poder americano."
Eso lo garantizaba la composición del primer gobierno republicano cubano. De los
ministros o secretarios de gobierno que compartieron con Tomás Estrada Palma la
dirección del mediatizado Estado cubano, nueve habían pertenecido al
desaparecido Partido Autonomista, cuyas principales figuras sirvieron a la
metrópoli española en la dirección del Estado colonial cubano; seis eran
miembros de prominentes familias de la oligarquía azucarera criolla, y otros
seis -incluidas figuras que de una u otra forma participaron en la Revolución de
1895- habían desempeñado altos cargos durante el Gobierno de ocupación
norteamericano.
El desprecio que se sentía entre los gobernantes de los Estados Unidos hacia los
cubanos fue descrito por Gonzalo de Quesada, quien fungiera a principios de
siglo como embajador de Cuba en Norteamérica: "Hoy se pregona (en los Estados
Unidos) nuestra incapacidad para mantenernos sin la ayuda del extranjero. Se
ponen de relieve nuestras faltas y nuestros hombres son motivos de mofa... Los
centenares de millones de pesos invertidos en Cuba son, a sus ojos, de más monta
que nuestro futuro intelectual y moral. El ora exige estabilidad, tranquilidad,
prosperidad... y paz, aunque sea la de los sepulcros".
Lo que opinaron los procónsules
El resto de la historia es el comportamiento de los procónsules con los
"derechos autoconcedidos", que a grandes rasgos mencionare en varios ejemplos:
Charles Magoon, el "gobernador provisional" entre 1906 y 1909 esbozaría
claramente en su informe al Gobierno norteamericano la naturaleza del
pluripartidismo cubano, cuando explicaba a sus superiores: "Los lazos de los
Partidos no ligan mucho a los individuos en Cuba. Pocas son las bases, si es que
hay algunas, que envuelvan puntos esenciales de la política nacional o
verdaderas diferencias de principios políticos."
Charles Magoon llegaba con la primera de las intervenciones norteamericanas en
la vida política interna de Cuba, de acuerdo a las regulaciones de la Enmienda
Platt, pero con la intención de abrir expeditamente todos los caminos a los
empresarios yanquis. Según reseñan los historiadores norteamericanos Scott
Nearing y Josep Freeman en el libro La diplomacia del dólar, que escribieron en
1925, desde esa primera intervención militar norteamericana y hasta la tercera
en 1917, los intereses económicos estadounidenses se estuvieron ensanchando en
la Isla. De 50 millones de dólares en inversiones en 1898, pasaron a 141
millones en 1909 y espectacularmente saltaron a 1 250 millones a mediados de la
década de los 20.
De igual manera hay que subrayar el poder real del general norteamericano Enoch
Crowder, quien llegó a La Habana como enviado de Estados Unidos en 1921, y
mangoneó completamente al gobierno cubano mediante 15 memorandos, con más
poderes que el propio presidente cubano, en contra de todo intento que pudiera
inducir cualquier gesto de independencia.
Luego, en la década del 30, el embajador Summer Welles, en la correspondencia a
sus superiores, reconocería: "el Presidente me pide consejo diariamente sobre
todas las decisiones que afectan al Gobierno. Estas decisiones abarcan desde los
problemas de política doméstica y los relativos a
la disciplina del Ejército, hasta el nombramiento de personal en todas las ramas
del gobierno".
Más tarde, llegaría como representante personal del presidente Roosevelt, el
embajador Jefferson Caffery, cuya manifiesta injerencia es de tal grado, que la
historia cubana identifica la creación de uno de los gobiernos republicanos con
su nombre.
La seguridad que tenía Estados Unidos de su neocolonia lo demuestra esta frase
que publicó el The Washington Daily News, el 30 de mayo de 1934, al día
siguiente de "abolirse" la enmienda Platt;
"Cuba continuará siendo económicamente pupilo de los Estados Unidos. Mientras el
capital norteamericano continúe dominando en aquella república las industrias,
tierras y bancos y mientras los cubanos dependan del comercio norteamericano, su
gobierno y la vida nacional de aquel país estarán influidos de diversos modos
por los Estados Unidos."
Esa seguridad la daba el asentamiento en la Isla de más de 300 compañías
norteamericanas. La "libre empresa" posibilitó, que 28 corporaciones
estadounidenses controlaran la cuarta parte del territorio productivo de la
nación cubana, además de la posesión de 36 centrales azucareros, compañías
ferroviarias, mineras, telefónicas, eléctricas y muchísimas más, a la vez que se
mantenía la Base Naval de Guantánamo y los compromisos de reciprocidad militar.
Pero también por el hecho que la abolición de la Enmienda Platt no había sido
otra cosa que un acto simbó1ico publicitario.
El diario The Washington Post, en su editorial del 18 de junio de 1934,
aseguraba al respecto: "Los Estados Unidos han renunciado a la responsabilidad
por el mantenimiento de la ley y el orden dentro de la Isla, pero nuestro
derecho a intervenir para la protección de las vidas y las propiedades de los
americanos subsiste".
En el nuevo Tratado Permanente sobre las relaciones bilaterales se dejaba clara
constancia de que las reglas del juego no se modificaban, lo cual está explícito
en el artículo dos de ese acuerdo firmado en 1934: ''Todos los actos realizados
en Cuba por los Estados Unidos de América durante su ocupación militar de la
Isla, hasta el 20 de mayo de 1902, fecha en que se estableció la República de
Cuba, han sido ratificados y tenidos como válidos; y todos los derechos
legalmente adquiridos en virtud de esos actos serán mantenidos y protegidos".
El "estatus quo" de la enmienda Platt seguía vigente y la prueba de ello es la
confesión de uno de los últimos embajadores norteamericanos en la década del 50,
el señor Earl Smith, quien reconocía años después en sus memorias que durante su
mandato hasta los primeros días del triunfo de la Revolución, el embajador de
Estados Unidos era el segundo hombre en la Isla, y a veces desempeñaba incluso
un papel más importante que el Presidente de Cuba.
El gobierno norteamericano estuvo casi a punto de aplicar en 1958 el "derecho de
intervención" de la enmienda Platt ante el avance exitoso de las fuerzas
rebeldes encabezadas por el Comandante Fidel Castro, que derrotaban al ejército
del dictador Fulgencio Batista, llegado al poder mediante un golpe de Estado
unos años atrás con el beneplácito norteamericano, pese a todo el apoyo militar
de los Estados Unidos. Una nota del Departamento de Estado llegó a anunciar la
posibilidad de la intervención en el conflicto armado, tal y como habían hecho
en 1898. Pero esta vez las cosas serían diferentes...
El neutralismo de Fidel Castro es un desafío
Hoy todo quiere deformarse ante los ojos del mundo, pero los hechos están en
blanco y negro y muestran con toda elocuencia la realidad histórica de este
litigio.
Lo que surgiría en enero de 1959 no sería otra cosa que la misma voluntad de
independencia nacional sostenida a lo largo de más de un siglo por los patriotas
cubanos.
La Revolución Cubana surge victoriosa el Primero de Enero de 1959. Fidel Castro
y el Ejército Rebelde entran a La Habana una semana después. En una fecha tan
temprana como el 15 de enero de 1959 -una semana después de su entrada
victoriosa en La Habana-, el Comandante Fidel Castro concedió una entrevista a
la publicación U.S. News and World Report en la que expresó, refiriéndose a las
relaciones cubano-norteamericanas: "deseamos buenas relaciones con los Estados
Unidos, pero sumisión, no”.
Estas palabras de Fidel, donde anunciaba desde una posición de soberanía que
Cuba no estaba dispuesta a permitir la injerencia y la falta de respeto a la
autodeterminación, fueron interpretadas coma una agresión por los gobernantes
norteamericanos.
Todavía faltaban algunos meses para que Cuba adoptara la primera ley
revolucionaria, que fue la Ley de Reforma Agraria en mayo de ese año, todavía
era algo lejano que se enraizaran en la conciencia nacional de los cubanos las
ideas del socialismo, pero ya desde ese propio mes de enero de 1959 los
políticos norteamericanos estaban iracundos con ese reclamo de respeto al
derecho de autodeterminación.
La revista Time, en su número del 6 de abril de 1959, reflejaba el disentimiento
que esa postura independiente provocaba entre los gobernantes norteamericanos,
y afirmaba en un artículo que "el neutralismo de Castro es un desafío a los
Estados Unidos".
¡Ni neutral podía ser el gobierno cubano ante los Estados Unidos!
A partir de ese momento comenzaría una despiadada guerra que ha fracasado en
todos sus intentos de subvertir a la nación cubana y que acaba de agotar con la
Ley Helms-Burton y con el nuevo plan de medidas de W. Bush todo su arsenal de
represalias políticas, económicas y diplomáticas.
Y todo eso de parte de un gigantesco país que al nacer el 4 de julio de 1776,
llevó a su población a aprobar una Declaración de Independencia donde, como
primer postulado irrenunciable, se consagró el derecho natural de cada pueblo a
decidir por sí mismo su propio destino.
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