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(IAR-Noticias)
31-En-05
Por Henry A. Kissinger* -
ABC
El debate sobre Irak está dando un nuevo giro. Las elecciones previstas para
hoy, vistas como una culminación, se describen como la inauguración de una
guerra civil. La fecha y las disposiciones para votar se han vuelto
controvertidas. Todo ello es una forma de anunciar una petición de una
estrategia de salida, con la que muchos detractores insinúan un plazo límite
explícito para la campaña de EE.UU. Rechazamos ese consejo. Las
implicaciones del término «estrategia de salida» deben entenderse con
claridad; no debe haber rodeos sobre las consecuencias. El requisito previo
para una estrategia de retirada aceptable es un resultado sostenible, no un
límite de tiempo arbitrario, puesto que el resultado en Irak determinará la
próxima década de política exterior estadounidense. Una debacle
desencadenará el comienzo de una serie de convulsiones en la región,
mientras radicales y fundamentalistas buscan el dominio con el viento
aparentemente a su favor. Allí donde haya poblaciones musulmanas
importantes, se envalentonarán los elementos radicales. Cuando el resto del
mundo asimile esta realidad, su sentido de la orientación se verá afectado
por la demostración de la confusión estadounidense en Irak. Una retirada
precipitada provocará, casi con total seguridad, una guerra civil que haría
palidecer a la de Yugoslavia, y se agravará cuando los vecinos intensifiquen
su implicación actual en una intervención de envergadura.
Unos resultados deseables no se obtienen sólo evitando las consecuencias del
fracaso. Requieren una estrategia factible: la aplicación de recursos a un
objetivo viable. Con las elecciones, los problemas en Irak se tornan cada
vez más políticos. Nos debemos a nosotros mismos aclarar qué resultado es
compatible con nuestros valores y la seguridad global. Y le debemos a los
iraquíes un resultado que aumente su capacidad para determinar su futuro. La
parte mecánica del éxito es relativamente fácil de definir. Es la
instauración de un gobierno que su pueblo considere lo bastante legítimo
como para permitir el reclutamiento de un ejército capaz y dispuesto a
defender sus instituciones. Ese objetivo no puede verse acelerado por un
plazo arbitrario que, por encima de todo, probablemente confundirá a aliados
y adversarios. Las campañas política y militar no pueden diferenciarse.
Entrenar a un ejército en un vacío político ha demostrado ser insuficiente.
Si no podemos desempeñar las tareas políticas y militares a la vez, seremos
incapaces de realizar cualquiera de las dos.
¿Pero cómo es ese gobierno? Los optimistas postulan que puede crearse toda
una serie de instituciones democráticas occidentales en un lapso de tiempo
que el proceso político estadounidense apoyará. Puede que la realidad
decepcione esas expectativas. Irak es una sociedad dividida por siglos de
conflictos religiosos y étnicos con escasa o ninguna experiencia en
instituciones representativas. El desafío es definir objetivos políticos
que, incluso no estando a la altura del objetivo máximo, representen un
progreso significativo y consigan el apoyo de los diversos grupos étnicos.
Estas elecciones deben interpretarse como la primera fase de una evolución
de la ocupación militar a la legitimidad política.
Los optimistas también aducen que, dado que los chiíes suponen un 60 por
ciento de la población y los kurdos otro 15 o 20 por ciento, y ya que
ninguno desea la dominación suní, existe una mayoría democrática casi de
forma automática. En vista de ello, los líderes chiíes iraquíes han llegado
a apreciar los beneficios de la democratización y del Estado laico, al ser
testigos de las consecuencias de su ausencia durante la teocracia chií de
Irán. Una sociedad plural dirigida por los chiíes sería, en efecto, un
resultado afortunado. Si un proceso democrático ha de unificar Irak
pacíficamente, buena parte de ello dependerá de cómo defina la mayoría chií
el gobierno mayoritario.
Hasta el momento, los sutiles líderes chiíes se han esmerado en no aclarar
sus objetivos. Han insistido en unas elecciones anticipadas. De hecho, la
fecha del 30 de enero fue fijada sobre la base de un ultimátum del líder
chií, el ayatolá Ali al-Sistani. Los chiíes también han insistido en listas
de candidatos nacionales, que juegan contra las instituciones políticas
federales y regionales. Una aplicación absolutista del gobierno dificultaría
lograr la legitimidad política.
La democracia occidental se desarrolló en sociedades homogéneas; las
minorías consideraban aceptable el gobierno mayoritario porque tenían una
perspectiva de convertirse en mayorías, y las mayorías eran moderadas en el
ejercicio de su poder por su condición temporal y por las garantías de la
minoría, impuestas judicialmente. Dicha ecuación no funciona cuando la
condición de minoría es instaurada permanentemente por la afiliación
religiosa y agravada por las diferencias étnicas y décadas de brutal
dictadura. El gobierno mayoritario en tales circunstancias se percibe como
una versión alternativa de la opresión de los débiles por parte de los
poderosos. El federalismo mitiga el ámbito de la posible arbitrariedad de la
mayoría. La reacción a la brutalidad de los suníes y la relativa
tranquilidad chií no debe tentarnos a identificar la legitimidad iraquí con
un gobierno chií sin barreras.
La Asamblea Constituyente que se origine en las elecciones será soberana
hasta cierto punto. Pero la influencia continua de Estados Unidos debería
centrarse en cuatro objetivos: I). impedir que cualquier grupo utilice el
proceso político para instaurar la clase de dominación antes disfrutada por
los suníes; II). evitar que cualquier región se convierta en refugio para
terroristas al estilo talibán; III). impedir que el gobierno chií se
convierta en una teocracia, iraní o indígena; IV). dejar margen para la
autonomía regional dentro de la nación iraquí.
Estados Unidos tiene mucho interés en mantener un diálogo con todos los
partidos para propiciar un gobierno laico de representantes nacionalistas y
regionales. El resultado de una Constitución debería ser una federación, con
énfasis en la autonomía regional. Debería hacerse entender a cualquier grupo
que lleve sus exigencias más allá de esos límites las consecuencias de una
división del Estado, incluyendo: el Sur, dominado por los iraníes; el centro
dominado por suníes islamistas de Sadam; una invasión de la región kurda por
parte de sus vecinos.
Una política estadounidense calibrada aspiraría a separar a ese sector de la
comunidad suní ansioso por llevar una vida normal del sector que está
luchando por retomar el control. EE.UU. necesita crear un ejército que, en
condiciones de insurrección suní, estará integrado cada vez más por reclutas
chiíes, creando una situación inviable para los insurrectos. Pero no debería
cruzar la línea y sustituir la dictadura suní por una teocracia chií. Es una
línea delgada, pero el éxito de la política iraquí podría depender de la
habilidad para recorrerla. La legitimidad de las instituciones dependerá en
gran medida de la aceptación internacional del nuevo gobierno. Debería
formarse un grupo internacional de contacto para la reconstrucción política
y económica de Irak. Dicha medida sería un gesto de liderazgo seguro,
particularmente porque la seguridad y las contribuciones económicas de EE.UU.
seguirán siendo capitales. Nuestros aliados no deben avergonzarse a sí
mismos ni a la alianza tradicional guardando las distancias incluso con un
proceso político que, independientemente de cuál sea su visión de la
historia reciente, afectará a su futuro incluso más que al nuestro.
Los objetivos políticos deseados seguirán siendo teóricos hasta que se
instaure la seguridad en Irak. En un ambiente de asesinatos políticos,
muertes sistemáticas y bandidaje, ningún gobierno será capaz de mantener la
confianza de los ciudadanos durante mucho tiempo. La preparación,
equipamiento y motivación de las fuerzas armadas son condiciones previas a
todo lo demás. Por muy entrenado y equipado que esté, ese ejército sólo
luchará por un gobierno en el que confíe.
Las guerrillas vencen si no son derrotadas. Y en Irak, las guerrillas no
están siendo derrotadas, al menos en la región suní. Una buena estrategia
debe responder a estas preguntas: ¿Estamos librando una guerra en la que las
campañas militar y política se refuerzan mutuamente? ¿Las instituciones
están controlando estas tareas de forma coordinada? ¿Estamos luchando por
alcanzar una seguridad total en las grandes vías de comunicación, de acuerdo
con la máxima de que la seguridad total en un 70 por ciento del país es
mejor que un 70 por ciento de la seguridad en un cien por cien del país,
porque unas zonas seguras pueden ser modelos para los que sufren en lugares
inseguros? ¿Estamos eliminando los santuarios de Siria e Irán desde los que
el enemigo puede recibir instrucción, suministros y refugio? ¿Diseñamos una
política que pueda generar resultados para el pueblo y prevenir la lucha
civil por el control del Estado y de los ingresos del petróleo? ¿Mantenemos
el respaldo de los estadounidenses de modo que las escaladas de violencia
extrema no minen la confianza de la opinión pública en un momento en que el
enemigo puede estar al borde del fracaso? ¿Estamos ganando la comprensión
internacional y su voluntad de desempeñar un papel constructivo frente a
esta amenaza global para la seguridad?
Una estrategia de salida basada en resultados, no en plazos artificiales,
juzgará el progreso por la capacidad de generar respuestas positivas a estas
preguntas. En el futuro, una parte importante de las actividades contra la
insurrección deberá ser acometida por EE.UU. Un cambio prematuro de las
operaciones de combate a misiones de entrenamiento podría crear un vacío que
permita a la insurrección recuperar su potencial. A medida que las fuerzas
iraquíes aumenten en capacidad, y a medida que la construcción política
avance tras las elecciones, surgirá una estrategia de retirada realista. No
existe fórmula mágica para una salida rápida no catastrófica. Pero ahora
cabe la posibilidad de un resultado que supondrá un importante paso en la
guerra contra el terrorismo, en la transformación de Oriente Próximo, y
hacia un orden más pacífico y democrático.
*Presidente de Kissinger Associates y ex secretario de
Estado George P. Shultz. Miembro Distinguido de la Institución Hoover
(Univ. de Stanford)
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