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(IAR-Noticias)
30-En-05
Por Said K. Aburish* -
La Vanguardia
Iraq
se cuenta entre las principales derrotas de la política exterior estadounidense.
Las elecciones parlamentarias que se celebran hoy en Iraq son un intento de que
la derrota no degenere en desastre. La posibilidad de una victoria
norteamericana ha dejado de existir.
Si convenimos en que las derrotas son huérfanas y nadie se hace responsable de
ellas, en tal caso el huérfano es quien más padece la falta del vínculo paterno.
Aún no sabemos si el lío iraquí es el resultado de un criterio erróneo e
inadecuado, de un plan cuya puesta en práctica fracasó o de la confianza en la
diplomacia del cow-boy en lugar de proceder sensata y metódicamente. La
Administración Bush no acepta ninguna de estas explicaciones. El Gobierno
estadounidense sigue diciéndonos que tanto él mismo como los miembros de la
coalición menguante (España, Bulgaria y Polonia se han ido o se están yendo)
están ganando la guerra.
Estos antecedentes explican la insistencia de Estados Unidos, de sus aliados
extranjeros y de los designados por ellos en el propio Iraq para que se celebren
estas elecciones aun cuando no existen las condiciones al efecto. La violencia
impregna el país, el Gobierno iraquí de Iyad Alaui es una creación ilegítima de
Washington y la mayoría de los iraquíes quieren que se vayan los
norteamericanos.
Tal como están las cosas, conviene caer en la cuenta de una premisa errónea.
Estados Unidos habla de su determinación de restablecer la democracia en Iraq.
¿Cómo es posible restablecer algo que nunca existió? ¿Cómo puede establecerse la
democracia en un país que no se controla enteramente? ¿Puede una camarilla
encabezada por un antiguo agente de seguridad al servicio de Saddam Hussein
llevar a la práctica tal empresa?
Y aún más: la actual Administración iraquí bajo Iyad Alaui no es un gobierno. Es
un gobierno provisional, una autoridad de transición creada por los vencedores
de la segunda guerra del Golfo. Es -también- la última expresión final de la
locura norteamericana inspirada por la pretensión de que unas elecciones
parlamentarias van a conducir sin más a la democracia. No se trata únicamente de
que tal fuera el paso que franquear sin remedio, es que todo el proceso que ha
llevado a esta conclusión se halla viciado desde un principio.
La aventura de Iraq comenzó con la aserción norteamericana de que Saddam Hussein
poseía armamento no convencional que ponía en peligro la seguridad mundial,
afirmación que gradualmente fue evolucionando hacia la afirmación de que el
mundo sería un lugar inseguro mientras Saddam Hussein dispusiera de la capacidad
de fabricar armamento no convencional. Luego se dotó esta argumentación de una
mayor complejidad al acusar Estados Unidos a Saddam de ser un aliado de Ossama
Bin Laden, afirmando que ambos representaban un peligro que no cabía pasar por
alto.
Antes incluso de demostrar cualquiera de estas afirmaciones, Estados Unidos y
sus aliados invadieron Iraq y expulsaron de la escena a Saddam Hussein. En
último término no se encontraron las armas ni las fábricas para su construcción,
y las pruebas existentes apuntaron en canbio a un enfrentamiento entre un Saddam
laico y un Ossama fundamentalista. La coalición explicó al mundo que el pueblo
iraquí daría la bienvenida a los invasores y que una democracia plenamente
activa sustituiría al régimen brutal de Saddam. Se le prometió a Iraq la ayuda
política y económica necesaria para protegerse de la reaparición de una
dictadura.
Pero no es así como han ido las cosas. Hubo resistencia desde el principio.
Ahora la rebelión prolifera y aumenta además en efectivos y áreas de actuación
que controlan los comandos rebeldes hasta el punto de poner el peligro la
seguridad de los electores.Washington sigue diciendo que los movimientos de
resistencia de los rebeldes, los opositores a la ocupación norteamericana o como
quiera se denomine hoy o mañana al que no obedezca a Estados Unidos, pueden
calificarse de reducida minoría de gente contraria a la democracia.
En Iraq, la oposición más sólida ha constado sobre todo de elementos suníes que
temen que una minoría chií les sojuzgue bajo el paraguas permanente de la
protección norteamericana o de un Gobierno iraquí de la misma orientación. Los
chiies por su parte se niegan a aceptar la ocupación norteamericana, en especial
los seguidores del joven y dinámico clérigo Moqtada
Al Sadr. Luego están los iraquíes de a pie que debido a su identificación con el
islam y su sentimiento árabe y pro palestino se oponen a Estados Unidos. En
cuarto lugar, están los musulmanes no iraquíes que no dejan de afluir a Iraq, de
todos los países árabes y musulmanes para declarar una yihad contra
Estados Unidos. No olvidemos, sin embargo, que sólo los extranjeros que cuenten
con apoyo local podrán sobrevivir en tierra ajena.
Si uno hace números que no pasan de sencillos, ha de restar al menos un 15% de
la población total pues el antiguo partido baasista representaba al menos el
15%. Según los norteamericanos, no se permite votar a los baasistas, salvo en el
caso del primer ministro Alaui, que apoyó al Baas. El resto se halla privado del
derecho de voto.
De la restante población del país, casi un 25% son kurdos. Pese a la
participación exterior en las filas de la antigua oposición iraquí a Saddam y
posteriormente en el Gobierno de Alaui, los kurdos no forman parte de Iraq como
antes. Los kurdos se autogobiernan en la medida de lo posible sin interesarse
demasiado en el Gobierno central. Perciben directamente su parte correspondiente
de los ingresos procedentes del petróleo y tratan directamente con las potencias
extranjeras. Turquía se interpone en todo momento para evitar su declaración de
completa independencia; los turcos temen que una iniciativa en ese sentido se
contagie a su población kurda y ocasione el desmembramiento de su país. En
consecuencia, cabe la hipótesis de restar otro 25% de la población o de añadir
esta cifra a los baasistas y nos queda, en el mejor de los casos, el 60% de los
iraquíes. Luego están los seguidores de Al Sadr, estimados en un 10% de la
población, que gozan de creciente popularidad.
Por último, hay que consignar un factor de enorme importancia, el relativo a la
antigua burocracia bajo el régimen de Saddam. Entre las fuerzas armadas y de
seguridad y otros departamentos gubernamentales, el Gobierno de Saddam empleó a
un millón y medio de personas. Estimando -con un cálculo prudente- que cada una
tuviera otras cuatro personas a su cargo, había seis millones de iraquíes que
debían su sustento a Saddam. Si se considera que algunos de ellos pueden ya
encuadrarse en otros grupos de oposición a Estados Unidos y al régimen actual,
podemos circunscribir nuestra propia proporción a un 50%. Consignemos acto
seguido la cifra de otro 15% de la población.
Así pues, en el mejor -¡en el mejor, repito!- de los casos, sólo un 35% de la
población iraquí se halla interesado en las elecciones que hoy se celebran. Una
vez más, y si se prescinde de las áreas bajo control rebelde, la proporción de
iraquíes elegibles resulta ridículamente reducida.
Mientras la rebelión se extiende, aumenta el nivel de la violencia y crece la
capacidad de intimidación de los rebeldes y el número de iraquíes hartos de
figuras como Alaui (que dice que los agitadores llegan de todas partes) y
Condoleezza Rice (que repite que sólo son elementos criminales), el mundo
presencia pasmado la entereza de las tropas de Donald Rumsfeld. Las
posibilidades de que estas elecciones entrañen algún tipo de significado son
cada vez más reducidas.
El conflicto de Iraq comenzó con la afirmación norteamericana de que las armas
no convencionales de Saddam representaban un peligro para la paz del mundo.
Cuando no se encontraron armas algunas de esta naturaleza, Estados Unidos varió
este enfoque y afirmó que el factor susceptible de poner en peligro la paz del
mundo era la capacidad de Saddam para fabricarlas. Tal postura, en unión de las
acusaciones fraudulentas en el sentido de que Bin Laden y Saddam eran aliados,
se utilizó como excusa para invadir Iraq y derribar a Saddam. Sin embargo,
incluso una vez realizada esta operación sin la sanción de las Naciones Unidas,
no se produjo demanda alguna de la población en favor de la clase de democracia
que promovía George W. Bush.
Es muy fácil enumerar las razones desaprobatorias de las elecciones iraquíes,
pero lo cierto es que las de orden estratégico se acercan más a la verdad. El
objetivo de estas elecciones reside en poder decir que la democracia florece en
Iraq pese a las mentiras sobre la existencia de armas no convencionales y la
invasión del país. Es como afirmar que la gente que no desea oír el mensaje de
una campaña publicitaria, aun oyéndolo y sin entenderlo sigue comprando el
producto anunciado: está claro, indudablemente, que antes hemos de atraernos la
atención de los iraquíes.
Después de todo lo presenciado y dicho, vale más que les ofrezcamos algo que sea
de su agrado en lugar de endosarles a un desconocido de historial delictivo.
Sólo entonces se abrirá una pequeña posibilidad de que nuestros intereses y los
suyos sean idénticos. Circunstancia que hoy dista de ser cierta.
*Escritor iraquí, biógrafo de Saddam Hussein.
Autor de ´Nasser, the last arab´
Traducción: José María Puig de la Bellacasa
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