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(IAR-Noticias)
01-Feb-05
Por Augusto Zamora R - El Nuevo Diario
Relevantes medios de
comunicación y políticos occidentales no han dudado en calificar lo que se
celebró el pasado 30 en Iraq como “las primeras elecciones democráticas” de su
historia. La afirmación es un alarde de cinismo o de ceguera, porque nadie que
crea en una democracia verdadera puede aceptar como tal la farsa organizada por
EEUU. No sin deformar hasta tal punto los fundamentos de la democracia que pueda
llamarse así a cualquier remedo de consulta popular, donde lo que importa no es
el país sino el poder.
Iraq es, huelga recordarlo, un país ocupado por 200.000
soldados extranjeros y en guerra. Un Estado soberano invadido en 2003 en
violación de las leyes más fundamentales del Derecho Internacional y donde a
diario son asesinados, torturados y atropellados centenares de ciudadanos, sin
que haya ley ni autoridad que vele por sus derechos. Un país que ve cómo son
destruidas ciudades, pueblos y barrios por las fuerzas invasoras, en medio del
silencio cómplice de tantos gobiernos, más preocupados en complacer a la
potencia ocupante que en detener la destrucción de Iraq y los crímenes que a
diario se cometen.
Las elecciones, además, estaban tan plagadas de
arbitrariedades que, de no ser EEUU el organizador -o si su promotor hubiera
sido un país adversado por Occidente- la descalificación de las mismas sería
general. Se realizaron, en primer lugar, en ausencia total de libertad, pues
nadie honesto puede creer que un país agredido y ocupado puede ejercer
libremente su derecho a la autodeterminación. Las elecciones en Timor Este se
celebraron en 2001 bajo supervisión y control de NNUU, dos años después de que
el ejército indonesio abandonara el país. Nadie pensó jamás en celebrar
elecciones mientras Timor permaneciera bajo la ocupación de tropas extranjeras.
En segundo lugar, no existía un censo fiable ni se había
identificado mínimamente a los votantes. Esta carencia esencial permitirá a EEUU
adulterar las cifras de participación y dirigir votos hacia sus
candidatos protegidos, de forma que gane quien menos le odie. Tampoco existía
autoridad electoral legítima e independiente que velara por la limpieza del
recuento ni garantizara las mínimas libertades electorales que exige el juego
democrático. Los partidos que adversan la ocupación están ilegalizados o
integrados en la resistencia. Desde que se convocaron las elecciones,
optaron por retirarse 53 partidos de los 84 que se presentaron inicialmente, por
la precariedad de las mismas y la ausencia de garantías. La farsa era tan burda
que hasta podían votar 150.000 israelitas de origen iraquí.
En la conferencia de Sharm el Sheij, en Egipto, Francia
presentó una propuesta, no aceptada, con tres condiciones para superar el
desastre en Iraq: la participación de todas las fuerzas iraquíes, incluida la
resistencia, en cualquier propuesta de solución; pasar el control de Iraq a NNUU
y fijar una fecha de retirada de las tropas extranjeras. El rechazo de esta
propuesta revela la intención de mantener sine die la ocupación de Iraq,
que es igual a decir la de prolongar la guerra y la destrucción y, por supuesto,
la de mantener dominado el país. No se ha gastado EEUU 300.000 millones de
dólares para devolver Iraq a los iraquíes.
Dar por buenas unas elecciones celebradas en tales
condiciones no sólo agitará la confrontación en Iraq, sino que implicará
legitimar las guerras de agresión y validar los crímenes internacionales. Se
echarían por tierra no sólo la Carta de NNUU sino al Tribunal Penal
Internacional, pues carecerá de sentido defender un orden jurídico mundial y un
tribunal cuando basta una farsa electoral para limpiar los crímenes más
abominables.
EEUU, que inventó las democracias bananeras en el Caribe,
intenta imponer en Iraq una democracia de cadáveres. Invade el país, coloca un
gobierno títere, mata, encarcela y tortura a los opositores y convoca
elecciones sin garantías en las que participan sólo los suyos. Con el remedo
electoral la ocupación y la guerra devendrán en políticamente correctas y Bush
podrá proclamar, sobre un país devastado, que EEUU ha cumplido con su misión
civilizadora. El modelo no es nuevo. En Latinoamérica fue aplicado por décadas.
Y todavía se están contando los cadáveres.
Augusto Zamora R. es Profesor de Derecho
Internacional Público y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de
Madrid a_zamora_r@terra.es
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