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(IAR-Noticias)
07-Feb-05
Por
Juan Gelman
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Página 12
Dos
misiles derribaron a un Hércules británico causando diez bajas al aliado más
seguro de la Casa Blanca, un hecho que pasó desapercibido bajo los estruendos
triunfales de Washington, pero preocupó al Times de Londres (1-2-05): “Eso
demostraría que los rebeldes están lejos de
Los
regocijos de la Casa Blanca por la participación iraquí en las elecciones del
domingo pasado podrían aplacarse muy pronto. La primera estimación fue del 72
por ciento, no tardó en ser recortada al 57 por ciento y fuentes electorales y
diplomáticas in situ confiaron a un periódico español (3-2-05) que en realidad,
habrían votado unos 6 millones de personas, es decir, el conteo final llevaría
esa proporción al 42 por ciento. No es pequeña y corresponde destacar la
valentía de quienes acudieron a las urnas a pesar de las amenazas terroristas
(no insurgentes), protegidos por un denso operativo militar.
Aunque hayan votado los 8 millones que conforman el 57 por ciento proclamado,
poco se repara en que el partido que ganó las elecciones es la abstención. No
sólo la de una abrumadora mayoría de sunnitas: los kurdos sufragaron en tropel,
constituyen un 20 por ciento de la población total de Irak contra el 60 de
chiítas, y si esta relación se reflejara en el registro electoral, cabría
concluir que un número nada desdeñable de los últimos tampoco votó. De los 4
millones de exiliados iraquíes, apenas lo hicieron –en óptimas condiciones de
seguridad– 265.000.
Cabe preguntarse qué razones movieron a los 8 o 6 millones de iraquíes a dejar
atrás el miedo y aceptar comicios celebrados bajo ocupación militar, comicios
por lo demás prácticamente secretos, sin conocimiento de programas, listas y
nombres de candidatos, que además padecieron irregularidades varias. En el caso
de los kurdos, esa voluntad es clara: obedece a una antigua demanda de autonomía
que tanto Turquía como EE.UU. no están dispuestos a satisfacer. En cuanto a los
chiítas, además de viejos rencores y una revancha a la vista contra la
prolongada opresión sunnita impuesta por Saddam, otro factor prevaleció: los
voceros del gran ayatola Alí al Sistani –por cierto, natural de Irán y seguro
triunfador en la contienda electoral– insistieron en que llevarla a cabo
aceleraría la retirada de las tropas extranjeras, un deseo que comparten el 82
por ciento de los sunnitas y el 69 de los chiítas, según una encuesta de Zogby
International. El mero acto electoral no significa, entonces, que el pueblo
iraquí esté de acuerdo con la ocupación que sufre, como pretende el gobierno
Bush.
Otros triunfalismos flotan en el seno del gobierno títere iraquí. Su primer
ministro Ayad Allawi aseveró que los comicios decretaron el principio del fin de
la resistencia (NBC, 3-2-05). Es verdad que los grandes medios de Occidente
subrayaron que durante la jornada electoral hubo “sólo” 45 muertos y “sólo”
nueve atentados suicidas. Pero el domingo 30 fue el día en que los insurgentes
quintuplicaron los ataques en relación a su promedio diario desde la invasión:
260 contra blancos de todo tipo, incluyendo efectivos militares estadounidenses
y locales (Washington Post, 1-2-05).
Dos misiles derribaron a un Hércules británico causando diez bajas al aliado más
seguro de la Casa Blanca, un hecho que pasó desapercibido bajo los estruendos
triunfales de Washington, pero preocupó al Times de Londres (1-2-05): “Eso
demostraría que los rebeldes están lejos de ser derrotados... y son capaces de
atacar con equipos más avanzados y más capacidad técnica”. La semana que pasó
–el jueves fue el día más violento– ha mostrado que los insurgentes tienen
existencia poselectoral. Y enero fue el tercer mes desde la invasión en que las
bajas norteamericanas superaron el centenar (AP, 1-2-05).
Corresponde marcar la diferencia entre insurgentes y terroristas. Los últimos
realizan atentados suicidas con coches y camiones-bomba que producen un elevado
saldo de bajas civiles y que chiítas y sunnitas –aun los que apoyan a la
resistencia– repudian por igual. Los insurgentes centran sus ataques en blancos
militares estadounidenses y locales y en quienes consideran traidores, porque
trabajan para los ocupantes. Sobre todo se distinguen en el plano político: Al
Qaeda persigue en Irak objetivos nada claros, por ejemplo, desprestigiar a una
resistencia empeñada en echar a los invasores.
Sami Ramadani, refugiado político del régimen husseinita y hoy profesor de la
Universidad Metropolitana de Londres, señala que se extiende en Irak la
percepción de que las autoridades ocupantes “miran hacia otro lado” cuando
emergen los terroristas que acaudilla el jordano Zarqawi, lugarteniente de Osama
bin Laden en el país invadido. “Zarqawi no es la insurgencia, si desapareciera
mañana, probablemente la insurgencia ganaría más fuerza”, asegura Toby Dodge,
experto en Irak de la Universidad de Londres (The Christian Science Monitor,
1-2-05). La resistencia al invasor corre por cuenta de unos 60 grupos
diferentes, casi todos autónomos, precisó.
El presidente –o lo que fuere– iraquí Ghazi al Yawr se apresuró a declarar que
“es un absurdo total pedir la retirada de las tropas (extranjeras) en medio de
este caos y de este vacío de poder” (AP, 1-2-05). Lógico: las autoridades
iraquíes designadas por EE.UU. saben que lo único que los separa de una muerte
posible es la presencia de 150.000 efectivos de las fuerzas armadas
norteamericanas. W. Bush dice que sería prematuro fijar un calendario de
retirada de esas tropas. Lógico también: no es por casualidad que el Pentágono
siga construyendo bases militares que anuncian su larga permanencia en Irak. La
fanfarria propagandística de la Casa Blanca proclamó en cada caso que la captura
de Saddam, la muerte de sus hijos, el traspaso de poder nominal a políticos
iraquíes el año pasado y la reocupación de Faluja eran jalones decisivos para
derrotar a la insurgencia. No lo fueron. Las elecciones del domingo 30, muy
probablemente tampoco.
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