Cuando chocaron los dos aviones contra el World
Trade Center, nos sobrecogió la audacia, el increíble desafío contra la mayor
potencia de la Tierra. No pensamos inmediatamente en los inocentes que ardían
dentro de las torres, aquellos palacios del consumo convertidos en altares
expiatorios. Algunos, conscientes de los terribles
rencores acumulados contra la política estadounidense en el mundo, gritaron:
"¡Tenía que pasar!". No es que lo aprobaran, por supuesto. Pero sí señalaban el
trasfondo de la matanza. Otros, hoy se puede decir sin incitar a la rebelión,
dejaron entender que habían tenido una especie de sentimiento de justicia,
quizás incluso de alegría.
Con esa matanza, los estadounidenses
comprenderían lo que les ocurre a otros pueblos cuando ellos les bombardean con
tanta impunidad. Todos oímos frases de este tipo entre los que nos rodean. ¿Por
qué ocultarlo? Sin embargo, esa actitud no duró. Todo el mundo tuvo que asumir
la realidad: aquello era un crimen, inevitable o por venganza, pero un crimen
abominable contra personas inocentes. Aquel suceso desbordaba cualquier análisis
racional. Estados Unidos designó inmediatamente al culpable e invadió
Afganistán. Bin Laden huyó. A la comunidad internacional no se le consultó sobre
aquella guerra. La ONU quedó al margen. El Gobierno estadounidense sólo le
permitió aprobar el castigo. El resto del mundo cerró los ojos. El
régimen talibán era indefendible y espantoso y, sobre todo, ya no controlaba su
propio territorio. Hasta los más incrédulos se dejaron atraer allí por las
sirenas que exigían justicia al estilo de los cowboys.
Pero luego, todo cambió. Vimos salir de la
sombra a dirigentes que decían que había que ir a la guerra. La guerra contra
los terroristas y contra quienes se negaban a combatir el terrorismo por
cualquier medio. La civilización necesita que haya leyes, y exige que, si
queremos que prevalezca el Estado de derecho, empecemos por respetarlas nosotros
mismos. Y, a la inversa, afirma -en contra del maquiavelismo de los poderes- que
determinados métodos refuerzan el terrorismo, le proporcionan el aliento de
injusticia del que se nutre.
Pero el presidente Bush no compartía esa
opinión. Su equipo y él tenían otros planes en mente. El primero de ellos: ir a
la guerra. De modo que, como en una mala novela policíaca, empezó a tramar su
intriga. El terrorismo se convirtió en un enemigo, al principio abstracto, cuya
mera evocación litúrgica en las misas televisadas del poder debía suscitar la
adhesión ciega de los ciudadanos "amenazados". Sin embargo, eso no era
suficiente. Hacía falta un gran culpable real. Con Bin Laden huido, estaba Sadam
Husein, que sí tenía un domicilio. El dictador poseía todas las cualidades
necesarias para servir de chivo expiatorio. Y, sobre todo, estaba sentado sobre
miles de millones de barriles de petróleo que Estados Unidos, el país del
derecho y la libertad, codiciaba desde hacía mucho. Así pues, Irak. Bob Woodward,
en su libro La guerra de Bush, muestra con un aterrador lujo de detalles
cómo orquestaron los máximos dirigentes estadounidenses esta operación de
desplazamiento del miedo engendrado por el 11 de septiembre hacia Irak. Ya
tenían la presa. Los muertos del 11 de septiembre tenían que justificar la
aventura. Y vimos avanzar al rodillo de la mentira de Estado con la fuerza de un
huracán. Sadam, al que ya sólo se llamaba por su nombre -como si fuera necesario
que la humanidad le negara el apellido-, "Sadam" tenía armas de "destrucción"
masiva. Al parecer, se disponía de pruebas. Financiaba el terrorismo. También
decían disponer de pruebas. Por consiguiente, había que destruirle.
Ante los ojos llenos de lágrimas del pueblo de
Estados Unidos, utilizaron el 11 de septiembre para justificar una guerra contra
un país del que, en realidad, todo el mundo sabía que no tenía nada que ver con
los atentados y que, de hecho, era enemigo declarado del integrismo religioso.
Pocas veces se había visto tal manipulación en un país democrático. Los
plumíferos al servicio de Washington en todo el mundo se situaron en orden de
batalla en los medios de comunicación y, bajo la bandera de los derechos
humanos, reclamaron la sangre iraquí.
Sin embargo, la opinión pública mundial
descubrió enseguida la patética mentira. Y entonces asistimos a una escena que
ha quedado grabada para siempre en la memoria de los que vivieron la tragedia:
en todas partes, el pueblo decía a sus dirigentes que no era imbécil, que sabía
dónde estaba el derecho. Una victoria inmensa de la ciudadanía mundial, la
primera comunión de la solidaridad de los pueblos en la época de la
globalización liberal. Todos comprendieron que el objetivo de los
estadounidenses era el petróleo, que su olor emponzoñaba las tumbas de los
muertos en el World Trade Center. En Europa, Francia y Alemania asumieron el
mensaje y se negaron a someterse a los deseos de Washington. La ONU rechazó la
violación del derecho internacional. Pero la invasión se produjo. Y la segunda
lección que podemos extraer de la utilización aberrante del 11 de septiembre es
que esta guerra en la que todos estamos ya implicados la provocaron los
dirigentes estadounidenses al invadir Irak.
Por supuesto, las aterradoras consecuencias de
la invasión de Irak no anulan la solidaridad con las víctimas del terrorismo en
Estados Unidos. Las cubre con un manto de desesperación. Porque Irak se ha
convertido en terreno de sangre, fanatismo religioso, terror irracional. Estamos
volviendo locos a los iraquíes, que, después de largos años de dictadura, hoy se
encuentran en manos de bandas de saqueadores y ocupantes embrutecidos. En la
actualidad se libra una verdadera guerra de liberación nacional, y los
estadounidenses la han perdido. Pero no son ellos los que saldrán debilitados y
destrozados. En Estados Unidos, el 11 de septiembre ha provocado un grave
retroceso de los derechos humanos. A los árabes y musulmanes, gracias a la
propaganda machacona del poder en los medios de comunicación, se les considera
enemigos en potencia. Es cierto que hoy, cuando ya han conseguido echar mano al
petróleo iraquí, Bush reconoce que mintió, que no había armas de destrucción
masiva, y que falta mucho para solucionar el lío de Irak. ¿Pero sirve de algo?
Los votantes estadounidenses lo dirán el
próximo mes de noviembre, en el momento de las elecciones presidenciales. Ahora
bien, de lo que no hay duda es de que la solidaridad que se mostró hacia Estados
Unidos tras el 11 de septiembre ya no es como era. Se ha vuelto amarga. No ha
desaparecido del todo, pero son muchos, en todo el mundo, los que confían en que
los estadounidenses se deshagan del equipo dirigente actual. Bush ha arruinado
la solidaridad. Sin justificar el 11 de septiembre, en el mundo -y en el propio
Estados Unidos- hay muchos que consideran que el país norteamericano tiene una
gran parte de responsabilidad en lo que le sucede. Ya conocemos la excusa: el 11
de septiembre les traumatizó, nos dicen. Pero ¿por qué tienen que pagarlo los
iraquíes bombardeados, torturados e inocentes?
Nos encontramos en una cadena espantosa. La
impresión dominante es que los integrismos se alimentan mutuamente y se ponen de
acuerdo para imponer un mundo caótico. ¿Durará esta situación? Algunos dicen que
sí. El caos, este caos, es la forma de dominación que necesita hoy el imperio
americano para fundamentar su fuerza. ¿Cómo vamos a pretender que un país cuyo
déficit se aproxima a los 550.000 millones de dólares, cuya deuda exterior es la
mayor del mundo (seis billones de dólares), cuyo presupuesto militar (superior
al de todos los países desarrollados juntos) está totalmente financiado por el
ahorro mundial, cuya moneda no está sometida a ningún control internacional y
dicta la ley en todos los mercados financieros... cómo vamos a pretender que ese
país acepte unas reglas y se sujete a derecho? Se trata de un pueblo que vive
por encima de sus posibilidades y que, junto con Irak y Arabia Saudí, posee las
mayores riquezas energéticas de la Tierra. ¿Acaso va a renunciar a su forma de
vida a crédito (no reembolsable) y a la energía por la cara bonita de Europa,
China, Rusia y el derecho? Hacerse la pregunta ya es responderla. ¿Pero eso
explica todo? Hay que ser extraordinariamente maniqueo para pensarlo. Porque la
tragedia, como sabemos, sobrepasa con creces estos cálculos miserables.
Lo más grave, aparte de la economía, del poder
del dinero, es lo que llamo el "desgarro cultural". Un desgarro como hacía mucho
que no se veía en el mundo. La primera gran globalización, la del capitalismo
industrial a mediados del siglo XIX, también supuso un desgarro semejante. El
occidental quería colonizar los países pobres mientras pretendía aportarles la
"civilización" y el progreso. Hoy se ve el resultado: todavía son pobres y están
alejados del progreso. A cambio, hizo que los pueblos adquirieran una conciencia
ferozmente nacionalista, que ni siquiera unas clases dirigentes autóctonas,
siempre dispuestas a hacer componendas con el invasor, pudieron aplacar.
La aventura de la presente globalización
liberal es del mismo tipo. Pretende avanzar en nombre de la democracia y los
derechos humanos cuando, en realidad, a veces, favorece a poderes ilegítimos
para apoderarse de las riquezas de esos países o de sus posiciones estratégicas,
de modo que conduce inevitablemente al ascenso del odio y un nacionalismo nuevo,
posnacionalista, por así decir, religioso, sobre todo en los países musulmanes.
Estos países están en el centro de los dos grandes focos de enfrentamiento: el
control del petróleo, condición sine qua non del modelo de civilización
productivista y no duradera, y el conflicto palestino-israelí, un conflicto
típicamente colonial en el que queda al desnudo cómo se infravalora el mundo
musulmán. Occidente está dispuesto a todo con tal de conservar su modelo
económico de vida, Estados Unidos utiliza cínicamente a Israel para meter en
cintura a Oriente Próximo. Toda esta guerra se ha radicalizado ahora con la
invasión de Irak. La "palestinización" de toda la región implica una guerra de
identidad que no parece que vaya a apagarse pronto.
No es ninguna provocación decir que hoy, en
todo el mundo árabe-musulmán, la ideología islamista se ha hecho espontáneamente
mayoritaria, aunque eso no se traduce en la adhesión a los bárbaros métodos de
las sectas terroristas. Sin embargo, ahí está el resultado: en estos países, si
se aplican las normas de la democracia, con elecciones libres, accederá al poder
democráticamente una versión dura del Islam. Son unos pueblos abrumados,
agotados, por años y años de dictadura, dominación y humillación. Sólo les queda
la desesperación: hoy, la de los suicidas palestinos o los combatientes
iraquíes. ¿Mañana, de quién será?
Este desgarro afecta a la identidad y la
humanidad. Nuestra impotencia ante él sólo puede encontrar salida en una toma de
conciencia moral y en el largo esfuerzo de solidaridad que debemos afrontar para
recuperar el hilo de un reconocimiento mutuo. Es posible que, de este desastre,
surja una generación moral. Esa generación que hizo oír su voz -más que en
ningún otro sitio- en las últimas elecciones celebradas en España. Es posible.
Pero no podemos conformarnos con la incertidumbre.
Tenemos que construir otro mundo. Primero, en
Europa, porque la "vieja" Europa, con su cultura, puede reconducir por el camino
de la civilización a un Estados Unidos tentado por la barbarie. Ahora bien, para
ello, Europa debe inspirar confianza a los ciudadanos, con una postura
independiente, europea y no atlantista. Hace mucho que terminó la Segunda Guerra
Mundial. No vayamos con una guerra de retraso. Los actores han cambiado. Y la
defensa del derecho es también asunto de Europa. Debemos mantenernos del lado de
la justicia, porque es la mejor garantía contra la inseguridad. Para aplicarla,
ante todo, a los palestinos y los iraquíes. Es la condición necesaria para la
solidaridad. Y tiene que abarcar con un mismo impulso el recuerdo de los
ciudadanos estadounidenses sacrificados, los palestinos e israelíes atrapados en
la tormenta, los iraquíes en busca de la libertad y la dignidad y las
poblaciones civiles de Chechenia y Rusia. Es una propuesta idealista. Es verdad.
Pero ¿acaso ha vencido alguna vez la humanidad a la barbarie de otra forma que
enfrentándose con los valores de la civilización?