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(IAR-Noticias)
13-Feb-05
Por
Carlos Nadal -
La Vanguardia
Va lento el escrutinio electoral en Iraq. No permite juicios sobre los resultados. Todavía es imposible saber ni
siquiera el número de votantes, que en definitiva es esencial para determinar si
la participación ha sido o no un factor de tanta importancia como se le ha dado
y verdaderamente ha de tener.
Del 72 por ciento que se anunció precipitadamente
apenas cerrados los colegios electorales se pasó bien pronto a un 60 por ciento
y ahora se barajan incluso cifras sensiblemente inferiores al cincuenta por
ciento.
Es posible que la verdad no se llegue a saber nunca de manera cierta. Lo cual no
obsta para dar por bueno que el número de votantes ha sido notable, si se tienen
en cuenta las circunstancias más que adversas que existían el día 30 de enero
para acudir a depositar el voto, un acto de innegable valor.
En este sentido ha
aparecido, de pronto, la realidad de la sociedad iraquí. Un destape brusco que
la intervención militar norteamericana, la guerra y la violencia de la
resistencia o del terrorismo islamista seguían haciendo imposible en un país
mártir, durante tantos años sometido a una dictadura implacable y con la
terrible experiencia acumulada en tres duros episodios bélicos entre finales del
siglo XX y los principios del XXI.
Iraq, en su dolorosa realidad, posiblemente ha tenido con las recientes
elecciones la primera ocasión para mostrarse tal cual es. Con todas sus heridas
actuales e históricas. También sus hondas fisuras étnicas y religiosas. Y, a la
vez, motivos favorables a una existencia en común sobre la que frecuentemente
hay interés en acumular toda suerte de vaticinios catastrofistas.
Por lo dicho, y con todas las reservas, cabe permitirse anticipaciones,
inevitablemente provisionales, respecto al sentido de los resultados
electorales. Primero, la de considerar las elecciones una victoria popular. En
términos generales, el pueblo ha expresado el deseo de ser dueño de su propio
destino.
Tanto por parte de quienes han ido a votar, hasta jugándose la vida,
como por la de quienes se han abstenido al considerar que no se daban las
condiciones imprescindibles de normalidad para participar en la votación, o
siguiendo la consigna abstencionista de determinados dirigentes políticos o
religiosos.
Agrandes rasgos el diseño electoral del país se ha dibujado, pero admite
lecturas muy distintas, en parte discordantes. ¿Ha sido un vo-to
mayoritariamente contrario al terrorismo sin piedad que se ha ensañado tanto o
más sobre la población civil que sobre las fuerzas ocupantes? ¿Se trata de la
voluntad de hacer previsible la retirada de éstas algún día? ¿O tanto chiíes
como kurdos han entendido que debían aprovechar la ocasión para situarse en
posiciones de ventaja aunque sea bajo los auspicios de la potencia
norteamericana?
En este esbozo simplemente indicativo entra la interpretación de que el voto ha
sido suficientemente masivo para entenderlo como una derrota moral y política
-desde luego, no militar- de la resisteencia y del terrorismo por una parte. Por
otra, como un éxito para el triunfalismo de Bush en su papel de campeón de la
libertad y de la democracia.
La espada de Dios contra las tiranías que el pasado
jueves aparecía triunfante en el hemiciclo parlamentario del Capitolio de
Washington, interrumpido en su discurso por largos y continuados aplausos y
vítores de una enfervorizada concurrencia puesta en pie. Desde el 11 de
septiembre del 2001 Estados Unidos ha dado un giro en el gozne de la historia.
Ahora advierte, amenaza, castiga o premia, perdona o reprueba. Es, en palabras
del presidente, "el país al que mueven los mejores sueños" y que anda "en el
camino de la providencia".
Bush se sintió ungido para un gran destino cuando el 2 de noviembre los
norteamericanos le reeligieron para seguir en la Casa Blanca otros cuatro años.
Y que las elecciones iraquíes no hayan sido un manifiesto desastre le refuerza,
como si las calamidades de una guerra todavía en pleno vigor quedaran totalmente
justificadas.
El presidente Bush, la señora Rice, Cheney, Rumsfeld y otros inspiradores del
nuevo mesianismo norteamericano tienen las manos libres. Si encendieron el fuego
de la guerra, ahora se instituyen portadores generosos del lábaro de la paz.
Yposiblemente en Europa se mostrarán condescendientes con algunos de los
gobiernos que fueron remisos en aceptar su ardor bélico. ¿Es su hora? En todo
caso es natural en política magnificar, sirviéndose de mitos, realidades más a
mano.
Y estas tienen en Iraq una doble naturaleza. Según la primera, la voluntad
de asentar la presencia determinante norteamericana en el gran cruce de
intereses económicos, políticos y estratégicos de Oriente Medio. La segunda,
permite proyectar esta primacía sobre una Asia que tiene en China un futuro polo
de poder y sobre un Cáucaso que es el conflictivo patio trasero de la Rusia
todavía vigente potencia nuclear y disconforme con el desempeño de un papel de
segundo orden.
Sin embargo, lo ocurrido en Iraq exige ser contemplado más de cerca.Yentonces
aparece que el boicot suní deja coja la validez de las elecciones del día 30 y
puede desbaratar todo el proceso democratizador, ya que la aprobación del futuro
proyecto de Constitución puede ser invalidado sólo con que dos tercios de los
votantes de tres provincias lo rechacen.
Ni siquiera es del todo válido el
reparto territorial entre regiones chiíes, suníes y kurdas, ni la existencia en
los distintos grupos étnicos o confesionales de bloques compactos. Porque hay
chiíes moderados y radicales, laicos y religiosos, acomodaticios con la tutela
poco disimulada de Estados Unidos y abiertamente antinorteamericanos;
nacionalmente integradores o no.
Y entre los kurdos, ahora unidos tácticamente
después de años de feroces luchas internas, los hay independentistas y
federalistas, mientras unos y otros reivindican y han puesto en marcha la
recuperación de Kirkuk y Mosul, de donde Saddam Hussein les echó. Ni siquiera
los suníes van a la una indefectiblemente. Los hay colaboracionistas y adversos
al terrorismo.
La fractura de identidades étnicas, religiosas y en parte territoriales que las
elecciones han puesto al rojo vivo va a condicionar el valor futuro de las
elecciones del día 30. Los dirigentes chiíes y kurdos han conseguido hábilmente
participar unidos en los comicios, sin duda ayudados por la gestión política de
Estados Unidos, que así recupera la colaboración, por lo menos implícita, que
esperaban y no obtuvieron de los chiíes al atacar a Iraq.
Pero la actuación norteamericana tendrá que seguir moviéndose en este
rompecabezas que la dictadura de Saddam Hussein mantuvo férreamente
trabado.Yhabrá de hacerlo sobre un terreno en el cual la resistencia y el
terrorismo mantienen vigorosamente su capacidad de agresión, una gran prueba
esta que tropas de la ONU no podrían asumir creíblemente y que por ahora es
imposible para unas reorganizadas fuerzas militares iraquíes.
No en vano Bush
dijo en el Capitolio que el ejército norteamericano tendrá que permanecer en
Iraq sin fecha de retirada. Sería injusto regatear el reconocimiento del
entusiasmo y la fe que llevó a millones de iraquíes a votar, en un gran
porcentaje con valor rayano en el heroísmo. Hay un Iraq que quiere paz,
seguridad, libertad, evidentemente.
Esto que solemos calificar de sufrido pueblo
del silencio cuando el ruido de los acontecimientos "noticiables" le mantiene al
margen. Pero de ahí a aceptar sin reservas una visión mirífica y rosada de lo
que se ha hecho en Iraq y de lo que va a venir hay un largo trecho.
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