|
(IAR-Noticias)
15-Feb-05
Por
Noam Chomsky - El Espectador
Escasas
cuestiones son más importantes en la actualidad que el uso apropiado de la
fuerza, un tema acentuado por las sangrientas escenas del sufrimiento en Iraq.
Además
de la cifra de víctimas, la invasión y ocupación de Iraq liderada por Estados
Unidos, se violó un frágil acuerdo internacional, promulgado tras los horrores
de la Segunda Guerra Mundial, cuyo propósito era proscribir el uso de la fuerza
en asuntos internacionales.
Esa
transgresión, junto con el ascenso del terrorismo, ha obligado a las Naciones
Unidas a volver a encarar nuevamente la cuestión de cuándo el uso de la fuerza
está justificado. El telón de fondo de ese debate es el deterioro de la
situación en Iraq.
Cada
vez que un gobierno hace uso de la fuerza, alega que su intención es benigna.
Eso es lo que se dice en relación con Iraq. Ahora que todos los otros pretextos
se han derrumbado, Estados Unidos asegura que su misión es instalar una
democracia que reformará el país y tal vez la región.
Hay que
tener una sorprendente confianza en el poder para creer que debido a que
nuestros líderes han anunciado su plan de emplazar una democracia para Iraq,
realmente están dispuestos a concretarlo.
Tal
como lo demostraron las elecciones en Iraq, Estados Unidos se ha visto obligado
a conceder algunos de los mecanismos formales de la democracia, que es algo
bueno, pero conceder verdaderos derechos democráticos y soberanos a Iraq es algo
virtualmente inconcebible. Esto es, a menos que existan amplias presiones por
parte de ciudadanos iraquíes y norteamericanos.
Basta
analizar la perspectiva de un Iraq independiente y soberano. Con una mayoría
chiíta, Iraq podría concretar previos esfuerzos para restablecer relaciones
relativamente amistosas con Irán. Eso podría alentar iniciativas dentro de las
comunidades chiítas en Arabia Saudita para que se unan a una región
informalmente dominada por los chiítas. Una región, es bueno señalar, donde se
encuentran las dos terceras partes de las reservas mundiales de hidrocarburos.
El
control de esas reservas ha sido una preocupación crucial durante todo el
período de la posguerra. Y en la actualidad, esa preocupación es aún más
intensa, teniendo en cuenta la existencia de un mundo tripolar, con la amenaza
de que Europa y Asia avancen hacia una mayor independencia y, peor aún, que se
unan.
Un
control del grifo de petróleo ofrece “una gran influencia” sobre las economías
de Asia y de Europa, señaló el ex asesor de seguridad nacional Zbigniew
Brzezinski en la revista The National Interest, del último trimestre de 2003.
Aún más, un Iraq independiente posiblemente vuelva a rearmarse e inclusive a
desarrollar armas de destrucción masiva o a enfrentar a sus enemigos regionales,
como Israel, país respaldado por Estados Unidos.
Es muy
difícil que Estados Unidos decida observar esos acontecimientos sin intervenir.
Su reacción más probable es la que ya ha emprendido, y que destruyó el consenso
de la posguerra sobre el uso de la fuerza. La Carta de las Naciones Unidas
comienza expresando la determinación de sus signatarios de “ahorrar a futuras
generaciones las calamidades de la guerra, que en dos ocasiones en nuestras
vidas ha traído indecible aflicción a la humanidad”, además de amenazar con la
destrucción total, algo que todos los participantes sabían y que prefirieron no
mencionar.
Las
palabras “atómico” o “nuclear” no aparecieron en la carta. Una guerra de
agresión era considerada el mayor crimen internacional. Al menos en las formas,
ese consenso persiste. No es rechazado de manera explícita, sino ignorado. El
fracaso del consenso se registró en fecha relativamente reciente, durante la
década del noventa, cuando Estados Unidos se arrogó el derecho a apelar a la
fuerza, sin importar si este país era atacado.
La
doctrina Clinton sugiere que Estados Unidos tiene el derecho a usar la fuerza
militar “de manera unilateral, en caso de ser necesario”, a fin de defender
vitales intereses tales como “asegurar el acceso sin traba alguna a mercados
esenciales, abastecimientos de energía y recursos estratégicos”, de acuerdo con
un informe ofrecido por el Pentágono al Congreso en 1997. El gobierno de Bush
consolida y extiende la posición de que Estados Unidos tiene el derecho
unilateral a apelar a la fuerza cuando así lo decida.
La
excusa para esa actitud imperial es tan dilatada como la historia de Estados
Unidos. El punto de vista, tal como el historiador William Earl Weeks escribe en
John Quincy Adams y el imperio global estadounidense, se basa “en la presunción
de las virtudes morales exclusivas de Estados Unidos, en la reafirmación de su
misión para redimir al mundo”, diseminando “ciertos ideales manifiestos, y la fe
de la nación en un destino ordenado por Dios”.
Ese
marco teológico reduce las cuestiones políticas a una opción entre Dios y el
diablo, socavando toda posibilidad de un debate razonable y rechazando la
amenaza planteada por la democracia. El tema de la legitimidad de una
intervención fue debatido en noviembre pasado por un panel de la ONU convocado
por el secretario general, Kofi Annan. El panel reiteró la carta de la ONU. Sin
la autorización del Consejo de Seguridad, el uso de la fuerza está restringido a
la autodefensa ante un ataque armado.
“En un
mundo lleno de amenazas potenciales”, explicó el panel, “el riesgo para el orden
global y la norma de no intervención en que se basa es simplemente demasiado
grande como para su aceptación, teniendo en cuenta si es legal una acción
unilateral preventiva en relación con una acción respaldada de manera colectiva.
Permitir un acto (unilateral) es permitir todos”.
Washington tal vez cuestione la idea de que Estados Unidos debe acatar tal
estándar, que debe preocupar a todos aquellos que disfrutamos de libertad y
privilegios, con todas las responsabilidades consiguientes.
En su
nuevo libro, La guerra legal: introducción a la ley internacional y al conflicto
armado, el experto en leyes internacionales Michael Byers plantea la cuestión de
cómo podremos sobrevivir “la tensión entre un mundo que todavía desea un sistema
legal sustentable y una superpotencia que poco parece inquietarse por ello”. Es
una cuestión que no puede desecharse a la ligera.
*Profesor de lingüística en el Instituto de Tecnología de Massachusetts en
Cambridge y autor del libro, de reciente publicación, “Hegemony or survival:
America’s quest for global dominance”.
|