Imagine un seminario de
física y matemática, en el que ningún físico o matemático estuviera presente.
Imagine un congreso de zoología que excluyera la participación de los zoólogos.
En el campo periodístico esa situación formal es de hecho frecuente.
Son innumerables los eventos teóricos vinculados a la acción comunicativa
propiamente dicha en los que los profesionales de la información brillan por su
asombrosa ausencia. Son muchísimos los libros de texto relativos al periodismo
en los que los periodistas no escriben una línea.
Se puede argumentar, y no es un argumento menor, que la configuración del
sistema informacional incluye a emisores y también a receptores y que, por lo
tanto, los estudios de recepción de las noticias no requieren necesariamente del
testimonio de quienes las emiten, para legitimar los análisis.
Sería posible, tal vez, realizar un evento científico vinculado a la medicina
con la exclusiva participación de pacientes (de los receptores de la acción
clínica) y sin la presencia de médicos. Sería eventualmente factible aunque
extraño porque la ausencia de uno de los polos de la praxis medicinal, quedaría
borrado entonces, y las conclusiones serían quizás desequilibradas.
Del mismo modo, la inexistencia permanente del testimonio de lo pacientes
patentizaría también una evidente falencia. No sería descabellado sin embargo
generar algún tipo de seminario de ésta naturaleza, con pacientes y sin médicos,
aunque, en verdad, no resultaría conducente que la mayoría de los congresos de
medicina se desplegaran sin el aporte de los médicos.
En el caso de la acción comunicativa, abundan los “conceptualistas unipolares”
de las dimensiones interiores del periodismo, que ignoran por completo como se
realiza una puesta en página en un diario, que no tienen ninguna idea relativa a
las rutinas metódicas que deben respetarse para que los tiempos de producción de
la noticia resulten acordes a las rígidas cronologías a las que obliga la
necesaria articulación entre la redacción y los talles de impresión, que nada
saben de epígrafes, ni de bajadas ni de la emocionante y riesgosa vivencia de
escribir contra reloj.
He verificado asombrosas mitologías relacionadas a las motivaciones subyacentes
tras los títulos de los medios, elucubradas por sujetos que jamás debieron
titular una sola nota a lo largo de su vida. He oído refinadas imaginerías sobre
la generación de noticias, construidas por “prestigiosos” referentes que nunca
realizaron una cobertura periodística real.
La crítica de la generación de noticiosas es necesaria y es urgente, pero si
resulta acaparada exclusivamente por quienes jamás pisaron una redacción, los
análisis pueden ser pobres, o parciales o superfluos. La calidad periodística es
un imperativo substancial, pero no podrá mejorarse por el arte de la magia
retórica de quienes no saben como se hacen las cosas periodísticas.
Los requisitos cognoscitivos de la epistemología, (de la filosofía de las
ciencias) exigen que quienes se dediquen al asunto, manejen los procedimientos
de la disciplina a la que a posteriori analizan desde otra dimensión reflexiva.
Por ejemplo, Bertrand Russell, el extraordinario epistemólogo británico, era un
formidable matemático. De hecho fue el autor de un libro esencial como los
“Principia Mathematica”, escrito con su colega Alfred North Whitehead. Desde su
manejo real, instalado en ese saber que tenía, pudo y supo reflexionar y
criticar, y elaborar así nuevas metodologías y perspectivas para la lógica
matemática en general.
Entiendo que las líneas precedentes podrán ser imputadas de “corporativas” y de
encubrir la intención de dejar las espinosas cuestiones periodísticas sobre las
manos cerradas de los periodistas mismos. No es así. Del mismo modo en que
resulta necesaria la participación de los periodistas para analizar al
periodismo, así también es insoslayable la mirada argumental y fundada de los
receptores de noticias que no son periodistas. ¿Qué duda puede caber al
respecto?
Todo desbalance analítico hacia el lado de la emisión o al de la recepción será
efectivamente desequilibrado y tal vez autoindulgente, puesto que también
existen ciertos estamentos corporativos en el espacio que se autodenomina
intelectual, que de pronto desechan el contraste con el empirismo de las cosas.
He leído hace pocos días una tesis doctoral relativa al fenómeno de los
piqueteros, realizada por alguien que jamás había visto de cerca piquetero
alguno. Era coherente, pero vacía.
Algo así sucede con determinados aspectos de las ciencias de la comunicación.
Están bloqueadas epistemológicamente, detenidas de pronto por un irrealismo
autocomplaciente, que sirve de poco. Vale parafrasear a Kant para afirmar que
para el caso del periodismo como para tantos otros; el oficio sin la reflexión
es ciego, y la reflexión sin el oficio, está vacía.