La semana pasada fui invitado por
el PNUD a una reunión consultiva para la elaboración del Informe de Desarrollo
Humano de Guatemala-2005, el cual abordará el complejo problema de la multiculturalidad local.
Asistí con el prejuicio de que aquella reunión
abundaría en discursos marginalistas victimizados y melodramáticas declaraciones
de principios “políticamente correctos”, pero el prejuicio se me desvaneció
pronto al comprobar que, aunque sí hubo algunas intervenciones en ese tono, el
grueso de las preocupaciones externadas por los asistentes partían no tanto del
victimismo marginalista cuanto de incertidumbres conceptuales en relación a la
realidad intercultural de este país, muchos de cuyos instrumentos para pensarse
a sí misma son todavía de factura colonial.
Fue alentador comprobar que hay planteos que buscan explicaciones más allá del
identitarismo diferenciador culturalista, y que existe una preocupación legítima
por restituirle al análisis económico, de clase social, el lugar metodológico
que le corresponde a la hora de analizar las dinámicas interculturales.
Asimismo, está presente la sana intención de explicarse el impacto (bueno y
malo) de la cooperación internacional en lo relativo al auge los movimientos
indígenas y de sus reivindicaciones culturalistas. De hecho, estos movimientos y
estas reivindicaciones existen, tal como los conocemos, sólo por obra y gracia
de aquélla, por lo que me parece pertinente su intento de pensarse a sí misma a
fin de evaluar el resultado de sus acciones.
Repito que el desconcierto conceptual es una constante en muchos de quienes son
invitados a participar en estas reuniones. Hubo una intervención al respecto que
me pareció lúcida, la cual cuestionó que se consultase a los actores sociales
acerca de lo que es la multi y la interculturalidad, aduciendo que aquello era
como consultarle a los especialistas en asuntos culturales acerca de los mejores
métodos para sembrar determinados cultivos agrícolas.
Es obvio que el
democratismo participativo que la cooperación internacional exige para aprobar
proyectos que tengan que ver con las masas populares, a menudo contribuye a
entorpecer el esclarecimiento de problemas que son de reflexión y análisis
especializado, y que los actores sociales, al no poder verter opiniones de peso
sobre los asuntos a tratar y, al mismo tiempo, tratar de justificar su presencia
en foros académicos, se sacan de la manga expedientes que reducen el problema
cultural a un asunto de respeto a ocurrencias a menudo tan misteriosas como
inverosímiles.
El prurito de algunos intelectuales “políticamente correctos” de
“respetar” cándidos criterios populares sobre asuntos complicados en su planteo
científico y político, hace que el camino hacia propuestas de solución se haga
lento y engorroso, y que decir esto equivalga a ser visto como alguien que está
en contra del pueblo indígena y que es racista.
En esta reunión pude observar una saludable disminución del vapor de las
indignaciones, los victimismos y las agresiones “políticamente correctas”, y un
auge del razonamiento sereno acerca del esclarecimiento de nuestras relaciones
interculturales y de las posibles propuestas de solución a su carácter violento
e interdiscriminatorio.
Ojalá que el Informe de Desarrollo Humano del 2005
exprese estos avances en el debate interétnico y evite toda suerte de retóricas
bienpensantes de demagógica “opción por el pueblo”. Por el contrario, la
necesidad de democratizar nuestra interculturalidad a partir de la
democratización de nuestra economía (mediante un proyecto nacional incluyente
que proporcione trabajo y salario a las mayorías) y nuestra política (mediante
un Estado fuerte, eficiente y sin corrupción), debería ser el eje de las
propuestas que el PNUD elabore para que un amplio movimiento social que
reivindique un interés nacional interclasista e interétnico, impulse la
superación de nuestra interculturalidad violenta y discriminatoria.
La cooperación internacional se lo debe a este país luego de más de una década
de promover un violento multiculturalismo separatista cuyo resultado más visible
es el del surgimiento de elites “mayas” clasemedieras, agringadas y sin
representatividad popular, que viven aburguesadamente de los financiamientos
externos inventando para el efecto una cada vez más frondosa y compleja
ancestralidad milenaria que, según ellas, pervive intacta hasta la fecha, por
encima y a pesar de la historia, y para la cual reclaman el derecho a una
añorada oportunidad de venganza.