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(IAR-Noticias)
21-Feb-05
Por Subhi Hadidi - El
Corresponsal
D espués
de Arabia Saudita, le llegó el turno a Kuwait de verse amenazado por el monstruo
islamista que los dirigentes de ese emirato petrolero alimentaron con la
esperanza de que combatiera las fuerzas del progreso y el cambio. Hoy, la
criatura se vuelve contra sus progenitores.
Si
Osama ben Laden no hubiera surgido en el reino de Arabia Saudita -donde se educó
en el seno de la escuela de pensamiento wahabita antes de hacer sus primeros
pasos jihadistas en las montañas afganas contra los "comunistas ateos"-, no hay
ninguna sombra de duda de que habría aparecido en este emirato petrolero del
Golfo que ofrece la misma tierra fértil.
Las
condiciones que favorecieron su advenimiento están todas o casi todas en Kuwait.
Cuando se intenta estudiar la instrumentación política del Islam por las dos
familias reinantes en Riyad y en Kuwait City, el primer ejemplo que viene a la
memoria es el de Frankestein.
Los
Saud y los Sabah se empeñaron en crear un monstruo que tuviera por función
reemplazarlos a ellos contra el comunismo, el liberalismo y las ideas de reforma
o de defensa de la sociedad civil. Pero este monstruo islamista se volvió contra
sus creadores hasta trasformarse en el principal peligro para sus tronos.
El
Frankestein kuwaití más célebre hoy se llama Souleimane Abou Gaita. Algunos
especialistas de redes islamistas lo consideran como el "cerebro" de Al Qaeda,
el más hábil en el campo de la comunicación y de las campañas de agitación. El
mundo entero lo vio en un célebre video luego del 11 de septiembre, sentado a la
derecha de Ben Laden, amenazando hacer caer más torres. En 1990, Abou Gaita ya
era uno de los oradores religiosos más conocido del emirato y sus sermones
incendiarios incitaban a los kuwaitíes a resistir y desencadenar la jihad contra
Saddam Hussein y las tropas de invasión iraquíes.
Entre
1991 y 2000, había dejado Kuwait para una nueva jihad en Bosnia, desde donde
observaba con indignación la subordinación a Washington de la familia reinante
en Kuwait, los Sabah, y veía evaporarse los sueños que había acariciado después
de la "liberación". Se produjo entonces la ruptura con el gobierno kuwaití.
Este, después de haberle sacado la nacionalidad, incluso rechazó, en julio de
2003, pedir su extradición a las autoridades iraníes, luego de los rumores que
revelaban que había sido arrestado por Teherán, que estaba dispuesto a enviarlo
al emirato.
La
dinastía reinante en Kuwait enfrenta hoy las consecuencias catastróficas de su
estrategia, basada durante largos años en un romance culposo con las corrientes
islamistas, que han dominado por mucho tiempo el sector de la educación, las
asociaciones de caridad y los rezos de los viernes en las mezquitas. Pero lo que
más contribuyó a darle impulso al islamismo, es sin dudas la obstinación de los
dirigentes kuwaitíes en alinearse totalmente con la estrategia norteamericana,
al precio de una ruptura completa con el mundo árabe musulmán.
El
ejemplo más flagrante y más evidente de esta estrategia de sumisión a los
Estados Unidos fue dado el día previo a la invasión norteamericana a Irak,
durante la reunión de un consejo ministerial de la Liga Árabe dedicado a esta
cuestión. Mientras que todos los participantes, incluso los representantes de
Bahrein y de Arabia Saudita -fieles aliados de Washington-, votaron en contra de
esta guerra, Kuwait eligió no abstenerse sino ¡votar a favor!
La
corriente islamista kuwaití se compone de tres organizaciones: el Movimiento
Constitucional Islámico, el Movimiento Salafista y el Encuentro Popular
Salafista. Si bien es cierto que estos partidos no constituyen prolongaciones
directas de Al Qaeda o del monstruo integrista que la familia reinante creó, el
discurso proselitista duro que propagan estos movimientos no hacen más que
llevar agua al molino de Abou Gaita y sus partidarios.
Hoy,
Kuwait parace un verdadero campo de batalla. Los tanques recorren las calles. El
ejército está en permanente estado de movilización y alerta mientras que las
fuerzas de seguridad no cuidan solamente los edificios públicos, sino también
las escuelas, las universidades y las mezquitas. Ese clima es enrarecido todavía
más por los persistentes rumores. Se dice que después del último video de Ben
Laden, en el que llamó a atacar las instalaciones petroleras de Arabia Saudita y
de Kuwait, y luego de la ocupación norteamericana de la ciudad mártir de
Fallujah en Irak, los movimientos islamistas hicieron un replanteo general en el
que se decidió llevar parte de sus operaciones fuera de Irak y más
particularmente a Kuwait.
Lo que
da crédito a estas informaciones es que las autoridades sirias, que cooperan
estrechamente con los norteamericanos en el plan de seguridad que ellos llaman
"campaña contra el terrorismo", extraditaron hacia Kuwait a un islamista
prófugo, que habría revelado cierto número de operativos proyectados para el
territorio kuwaití.
Además,
lo que era sólo un rumor se transformó en realidad con los atentados cometidos o
abortados. Una fuente autorizada kuwaití, próxima a los servicios de seguridad,
reveló que quince militares kuwaitíes, de los cuales cuatro eran de alto rango,
fueron arrestados y sometidos a interrogatorios. Un diario local informó que el
grupo de militares proyectaba encarar una serie de operativos terroristas para
la fiesta del sacrificio, el 21 de enero. Antes, una unidad de los servicios de
seguridad, que perseguía a un islamista prófugo, se había enfrentado a él.
Este
último tiró sobre ellos y abatió a dos oficiales, antes de escapar para ser
recogido por un grupo armado que lo esperaba. Sin embargo, fue perseguido hasta
las afueras de Hawalli y, herido, murió en el hospital. Este enfrentamiento no
es aislado. Se inscribe en una serie de operativos que tienen por objetivo
principal, desde 2002, la presencia norteamericana en este emirato, que se eleva
a veinticinco mil hombres.
Sin
duda es este aumento de poderío de los islamistas lo que le hizo decir a una de
las figuras importantes de la familia Sabah, el sheik Saud Nasser al-Sabah, que
Kuwait estaba "tomada como rehén por las corrientes islamistas que tienen una
gran influencia política, financiera y social, lo que les permite imponer sus
dictados al gobierno".
Y
precisar que "esta influencia le fue dada por los sucesivos gobiernos
kuwaitíes". Para él, el objetivo final de los islamistas es ejercer "su tutela
sobre la sociedad kuwaití y consolidar su poder en las sociedades de caridad y
las instituciones financieras del país. Hay -concluye- un silencio gubernamental
sobre los actos de estos grupos, que ejercen un chantaje frente al gobierno. ¡Es
tiempo de que este gobierno los enfrente con firmeza!"
En otra
declaración, el mismo sheik describe una situación preocupante en el emirato:
"Las corrientes islamistas extremistas en Kuwait son como el fuego bajo las
cenizas. Hay células dormidas -es triste decirlo- en el seno del ejército y de
las fuerzas de seguridad. Después de años, no hemos logrado resolver esta
situación. Con el tiempo, van a aparecer nuevas células".
Nadie
más que este sheik, que como todos los integrantes de la familia reinante goza
de una inmunidad total, podría decir estas cosas alarmistas sin ser sancionado.
Hay que agregar que -¿es casualidad?- el sheik Saud ocupó durante una docena de
años el puesto de embajador de su país en Washington. Es él quien, en 1990, fue
el instigador de la más escandalosa manipulación de la opinión pública para
empujar al Congreso norteamericano a votar para entrar en guerra.
Ese
año, la consultora en comunicación norteamericana Hill & Knowlton, pagada por
Kuwait, manipuló la opinión pública norteamericana e internacional con un
testimonio conmovedor, pero falso, en el que una kuwaití llamada Nayrah (que se
supo más tarde era la hija del embajador kuwaití en los Estados Unidos) contaba
que, durante la invasión a Kuwait, los soldados iraquíes habían sacado a los
bebes de las incubadoras. Con esto, él pasó a ser el aliado más seguro de
Washington en el seno de la familia Sabah.
Sin
embargo, esto no lo protegió de la cólera del Frankestein islamista, ya que fue
obligado, con amenazas de interpelación hechas por los diputados islamistas, a
renunciar a su puesto de ministro de Información en 1998 para pasar a ser
ministro de Petróleo, cargo al que renunció en 2000.
No hay
dudas de que más de un Frankestein islamista y armado pasea por estos días por
las calles de Kuwait y de Arabia Saudita, animado por la voluntad de castigar a
estos dos gobiernos por el papel que desempeñaron en la invasión a Irak, al
autorizar a los invasores a utilizar sus territorios como base de partida y, más
tarde, como base permanente para respaldar la ocupación.
No hay
dudas de que los Sabah, como los Saud, no están listos todavía para asumir que
la protección norteamericana probablemente salvará su trono de cualquier amenaza
exterior, pero no podrá hacer nada contra las amenazas interiores. No meditaron
lo suficiente el ejemplo iraquí. Los ciento cincuenta mil militares
norteamericanos que ocupan ese país ¿lograron instaurar la seguridad y la
estabilidad? ¿Van a poder proteger al gobierno de Allawi de sus enemigos
interiores?
El
pulpo integrista
Durante
las dos últimas décadas, los grupos islamistas representaron el foco de presión
más importante en el parlamento kuwaití. Esta fuerza la tienen sobre todo por su
habilidad para la organización y el lobby y su control de uno de los bancos más
importantes del emirato. Se la deben también a las decenas de sociedades
caritativas, las uniones sindicales y las cooperativas que dirigen. Además,
controlan desde hace veintiséis años la Unión de Estudiantes.
Su
influencia es determinante en el Ministerio de Educación y en las comisiones
encargadas de los programas escolares. Y, a pesar de que el número de diputados
pasó de veinte, en 1992, a trece en la presente legislatura, sigue siendo el
grupo más poderoso, gracias a su alianza con los bloques que representan a las
tribus que comparten con él su conservadurismo en lo que respecta a las
"costumbres" y a la oposición a otorgarle derechos a la mujer.
La
última vez que demostraron todo su poder fue contra el ministro de Información,
Mohammad Abou al-Hassan, único miembro shiíta del gobierno y que terminó
"renunciando". Los diputados sunnitas se preparaban a interrogarlo sobre su
fracaso en "preservar los valores morales de la sociedad". Sus acusadores le
reprochaban haber autorizado, en noviembre de 2004, que se realizaran conciertos
de música pop durante la fiesta del Aid-el-Fitr, que marca el final del Ramadán.
Y peor
todavía, el ministro había permitido a los organizadores de la Star Academy en
versión árabe realizar en Kuwait un episodio de la serie difundida por la cadena
satelital libanesa LBCI.
Esta
iniciativa provocó gran revuelo y el ministro se encontró acusado de salirse de
los límites de lo lícito. Sus detractores vieron en esta autorización "un
atentado a la moral islámica de la sociedad kuwaití". En siete años, otros dos
ministros de Información perdieron su sillón por acusaciones similares
sostenidas contra ellos por los diputados islamistas.
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