Uno
de los rasgos más categóricos de la victoria ideológica del neoliberalismo ha
sido su capacidad para influenciar decisivamente la agenda teórica y práctica de
las fuerzas sociales, las organizaciones de masas y los intelectuales opuestos a
su hegemonía. Si bien este atributo parecería haber comenzado ahora a recorrer
el camino de su declinación, reflejando de este modo la creciente intensidad de
las resistencias que a lo largo y a lo ancho del planeta se erigen en contra de
su predominio, las secuelas de su triunfo en la batalla de las ideas están
llamadas a sentirse todavía por bastante tiempo. Es bien sabido que no existe
una relación lineal, mucho menos mecánica, entre el mundo de las ideas y los
demás aspectos que constituyen la realidad histórico-social de una época.
Esto explica, por ejemplo, que las
concepciones medievales sobre la unidad del “organismo social” –justificatorias
del carácter cerrado del estamentalismo feudal y de la primacía del papado sobre
los poderes temporales- sobrevivieran por siglos al advenimiento de la sociedad
burguesa y a una de sus instituciones básicas, el contrato. No debiera
sorprendernos, por lo tanto, si teorizaciones surgidas durante el apogeo del
neoliberalismo y coincidentes con el mayor reflujo histórico experimentado por
los ideales socialistas y comunistas desde la Revolución Francesa hasta hoy
perduren tal vez por décadas, aún cuando las condiciones que les dieron origen
hayan desaparecido por completo.
Un ejemplo de esa pertinaz
colonización ideológica lo ofrece en la actualidad la obra de algunos de los más
conocidos intelectuales críticos de la izquierda. Si se examina con detenimiento
el pensamiento de autores tales como Michael Hardt y Antonio Negri o la más
reciente contribución de John Holloway, puede comprobarse sin mayor esfuerzo
cuán vigorosa ha sido la penetración de la agenda, las premisas y los argumentos
del neoliberalismo aún en los discursos de sofisticados intelectuales seriamente
comprometidos con una crítica radical a la mundialización neoliberal. Porque
ninguno de los tres autores arriba mencionados “se ha pasado de bando”,
peregrinando a las filas de la burguesía y el imperialismo en busca de
reconocimiento u otro tipo de recompensas. Ninguno de los tres abjuró de la
necesidad de avanzar hacia la construcción de una sociedad comunista, o por lo
menos decididamente “post-capitalista.” Todo lo contrario: el sentido de su obra
es justamente el de fundamentar, en las nuevas condiciones del capitalismo de
inicios del siglo veintiuno, las formas de lucha y las estrategias que podrían
ser más conducentes al logro de tales fines.
En ese sentido es preciso establecer,
antes de plantear nuestra divergencia con sus teorizaciones, una clara línea de
demarcación entre Hardt, Negri y Holloway y autores tales como Manuel Castells,
Regis Debray, Ernesto Laclau, Maria Antonieta Macchiochi, Chantal Mouffe,
Ludolfo Paramio y toda una pléyade de ex-marxistas europeos y latinoamericanos
que al iniciar una necesaria renovación teórica del marxismo para rescatarlo de
la ciénaga del estalinismo culminaron su arrepentimiento con una capitulación
teórica tan grosera como imperdonable. En este descenso, y so pretexto de la
supuesta superioridad civilizacional del capitalismo, muchos abandonaron el
marxismo dogmático que habían cultivado con especial celo durante largo tiempo
para convertirse en furiosos profetas que ahora pretenden persuadirnos de la
imposible superioridad etica de un modo de producción basado en la explotación
del hombre por el hombre y la destrucción de la naturaleza. Pocos casos, no
obstante, igualan la denigrante trayectoria de María Antonieta Macchiochi, quien
transitó desde el más irresponsable ultraizquierdismo hasta el neofascismo,
culminando con ignonimia su trayectoria política e intelectual en el Parlamento
italiano representando nada menos que a Forza Italia y su capo, Silvio
Berlusconi.
Queremos dejar claramente sentado que
Hardt, Negri y Holloway de ninguna manera entran en esta lamentable categoría de
los que bajaron los brazos, se resignaron y se pasaron a las filas del enemigo
de clase. Son, en buenas cuentas, camaradas que proponen un análisis equivocado
de la situación actual. Su integridad moral, totalmente fuera de cuestión, no
les ahorra sin embargo caer en la trampa ideológica de la burguesía al hacer
suyas, de manera inconsciente, algunas tesis consistentes con su hegemonía y con
sus prácticas cotidianas de dominio y que de ninguna manera pueden ser aceptadas
desde posiciones de izquierda. Expliquémonos. Para la burguesía y sus aliados,
para el imperialismo en su conjunto, es imprescindible potenciar el carácter
fetichista de la sociedad capitalista y ocultar lo más que se pueda su
naturaleza explotadora, injusta e inhumana. Parafraseando a Bertolt Brecht
podemos decir que el capitalismo es un caballero que no desea que se lo llame
por su nombre. La mistificación que produce una sociedad productora de
mercancías y que todo lo mercantiliza requiere, de todos modos, un reforzamiento
generado desde el ámbito de aquello que Gramsci denominara “las superestructuras
complejas” del capitalismo, y fundamentalmente de la esfera ideológica.
Así, no basta con que la sociedad
capitalista sea “opaca” y la esclavitud del trabajo asalariado aparezca en
realidad como un universo de trabajadores “libres” que concurren a vender su
fuerza de trabajo en el mercado. Es preciso además silenciar el tratamiento de
ciertos temas, deformar la visión de otros, impedir que se visualicen unos
terceros y que alguno de ellos se instale en la agenda del debate público. De
ahí la importancia que asume para la derecha cualquier teorización (sobre todo
si es producida por críticos del sistema) que empañe la visión sobre el
imperialismo, el poder y el estado, o que desaliente o impida una discusión
realista sobre estos temas. Esa es, precisamente, la misión ideológica del saber
económico convencional, donde la politicidad y eticidad de toda la vida
económica se diluyen en los meandros del formalismo, la modelística y la
pseudo-rigurosidad de la matematización. Si lo anterior no fuera posible, la
“segunda mejor” alternativa es hacer que las teorizaciones predominantes sobre
estos asuntos sean lo más inocuas posibles. La extraordinaria acogida que tuvo
la obra de Hardt y Negri en la prensa capitalista y la “opinión seria” de los
países desarrollados es de una contundencia aleccionadora al respecto.[i]
Por su parte, el libro de Manuel Castells, La Edad de la Información, que
produce una visión conformista y complaciente del “capitalismo informacional”,
cosechó extraordinarios elogios en esos mismos ambientes, sobresaliendo en dicha
empresa Anthony Giddens, el principal teórico de la malograda “tercera vía,” y
el ex-presidente de Brasil, Fernando H. Cardoso, cuya gestión en el área
económica se caracterizó por su estricta adhesión a las políticas neoliberales.
(Castells, 1996; 1997; 1998) [ii]
En síntesis: la tesis fundamental que
quisiéramos probar en las páginas que siguen sostiene que la concepción general
y las orientaciones heurísticas que se desprenden de los planteamientos que
encontramos en la obra de Hardt y Negri y Holloway lejos de instalarse en el
terreno político del pensamiento contestatario son plenamente compatibles con el
discurso neoliberal dominante. Reflejan la derrota ideológica sufrida por aquél,
y la lamentable vigencia del diagnóstico al que arribara, a finales del siglo
diecinueve, José Martí cuando decía que “de pensamiento es la guerra mayor que
se nos hace” y convocara a los patriotas latinoamericanos a ganar la batalla de
las ideas. Tarea que, por cierto, constituye una de las más importantes
asignaturas pendientes de la izquierda.
Hardt y Negri
En un libro publicado poco después de
la aparición en lengua española de Imperio, la aclamada obra de Michael
Hardt y Antonio Negri, sometimos a crítica las tesis centrales de dichos
autores, razón por la cual no reiteraremos, siquiera mínimamente, lo dicho en
esa oportunidad.[iii] En este trabajo nos
limitaremos en cambio a exponer, sucintamente, nuestra disidencia en relación a
la noción de “contra-poder” que proponen esos autores.
El concepto de “contra-poder” surge
como consecuencia de la crisis terminal que enfrenta, según Hardt y Negri, el
estado nación y, a raíz de esto, las clásicas instituciones de la democracia
representativa que le acompañaron desde el advenimiento de la Revolución
Francesa. El “contra-poder” alude así a tres componentes específicos:
resistencia, insurrección y poder constituyente. Hardt y Negri analizan en su
obra sus cambios experimentados a consecuencia del tránsito desde la modernidad
a la posmodernidad, y concluyen que en las más variadas experiencias insurgentes
habidas en la época moderna –ese vasto e indefinido arco histórico que comienza
con el amanecer del capitalismo y culmina con el advenimiento de la sociedad
“posmoderna”– la noción de “contra-poder” se reducía a uno solo de sus
componentes: la insurrección. Pero, afirman nuestros autores, la “insurrección
nacional era en realidad ilusoria” habida cuenta de la presencia de un denso
sistema internacional de estados nacionales que hacía que, en esa época
histórica, toda insurrección, incluyendo la comunista, estuviese condenada a
desembocar en una guerra internacional crónica, la que acabaría por tender “una
trampa a la insurrección victoriosa y la transforma en régimen militar
permanente”.
Pero si el papel sumamente relevante
del sistema internacional es indiscutible –como lo atestigua la obsesiva
preocupación que manifestaran por este asunto los grandes revolucionarios del
siglo XX– no es menos cierto que, tal como ocurre reiteradamente en Imperio,
H&N incurren en graves errores de apreciación histórica cuando hablan del
carácter “ilusorio” de las tentativas revolucionarias que jalonaron el siglo XX.
En efecto: ¿qué significa exactamente la palabra “ilusorio”? El hecho de que una
insurrección popular precipite una impresionante contraofensiva internacional
llamada a asegurar el sometimiento y control de los rebeldes, con un abanico de
políticas que van desde el aislamiento diplomático hasta el genocidio de los
insurrectos, demuestra precisamente que en tal situación no hay nada de
“ilusorio” y sí mucho de real, y que las fuerzas imperialistas reaccionan con su
reconocida ferocidad ante lo que consideran como una inadmisible amenaza a sus
intereses. Si atendemos a las enseñanzas de la historia latinoamericana, por
ejemplo, comprobaríamos que ni siquiera hizo falta una insurrección popular para
que la parafernalia represiva del imperialismo se pusiera en juego. Recordemos
lo acontecido con João Goulart en Brasil de 1962,Juan Bosch en República
Dominicana en 1965, Salvador Allende y la Unidad Popular en Chile de comienzos
de los años setentas, para no citar sino los casos más conocidos, que demuestran
como un simple resultado electoral que proyecte al gobierno nacional a un
partido o coalición progresista es suficiente para que comience un juego de
presiones desestabilizadoras tendientes a corregir los “errores” del electorado.
Algo semejante ya está ocurriendo en Brasil con el nuevo gobierno del PT. En
todo caso, cualquiera sea la experiencia insurreccional que se analice a lo
largo de los siglos XIX y XX, resulta evidente que la guerra internacional es
mucho menos atribuible a la intransigencia o al apetito expansionista de los
revolucionarios que a la furia represora que desata la insubordinación de las
masas y sus anhelos emancipatorios.
Por otra parte, afirmar como hacen
nuestros autores que las revoluciones triunfantes asediadas por los ejércitos y
las instituciones imperialistas (entre las que sobresalen el Fondo Monetario
Internacional, el Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio y otras
afines) y que deben enfrentarse para sobrevivir a un repertorio de agresiones de
todo tipo -que incluye sabotajes, atentados, bloqueos comerciales, boicots,
guerras “de baja intensidad”, invasiones militares, bombardeos “humanitarios”,
genocidios, etc.– se convierten en “regímenes militares permanentes” implica un
monumental error de interpretación del significado histórico de dichas
experiencias. Equívoco que, dicho sea al pasar, es típico de la ciencia política
norteamericana que procede de igual manera cuando, por ejemplo, coloca en una
misma categoría –los famosos “sistemas de partido único”– a regímenes políticos
tan diversos como la Italia de Mussolini, la Alemania Nazi, la Rusia de Stalin y
la China de Mao. Nuestros autores subestiman los factores históricos que a lo
largo del último siglo obligaron a las jóvenes revoluciones a armarse hasta los
dientes para defenderse de las brutales agresiones del imperialismo, a años luz
de las sutilezas del imperio imaginado por H&N, esa misteriosa red sin centro ni
periferia, adentro ni afuera, y que supuestamente nadie controla para su
beneficio. Si la revolución cubana sobrevive en estos días de un supuesto
“imperio sin imperialismo”, ello se explica tanto por la inmensa legitimidad
popular del gobierno revolucionario como por la probada eficacia de sus fuerzas
armadas, que después de <span class=MsoPageNumber>Playa Girón disuadieron a
Washington de intentar nuevamente una aventura militar en la isla.
Por otra parte, la interpretación de
H&N revela asimismo el grave yerro en que incurren a la hora de caracterizar a
las emergentes formaciones estatales de las revoluciones. Una cosa es lamentarse
por la degeneración burocrática de la revolución rusa y otra bien distinta
afirmar que lo que allí se constituyó fue un “régimen militar”. El hecho de que
Cuba haya tenido que invertir cuantiosos recursos, materiales y humanos, para
defenderse de la agresión imperialista no la convierte en un “régimen militar”.
Sólo una visión de una imperdonable ingenuidad e irreparablemente insensible
ante el significado histórico de los procesos sociales y políticos puede
caracterizar de ese modo a las formaciones sociales resultantes de las grandes
revoluciones del siglo veinte. Por último, y haciéndonos cargo de todas sus
limitaciones y deformaciones, ¿puede efectivamente decirse que las revoluciones
en Rusia, China, Vietnam y Cuba fueron apenas una ilusión?
Una cosa es la crítica a los errores
de esos procesos y otra bien distinta decir que se trató de meros espejismos o
de torpes ilusiones. ¿Habrá sido un simulacro baudrillardiano la paliza sufrida
por el colonialismo francés en Dien Bien Phu? Y la bochornosa derrota de los
Estados Unidos a manos del Vietcong, ¿habrá sido tan sólo una visión alucinada
de sesentistas trasnochados, o se produjo de verdad? Esa huída desesperada desde
los techos de la embajada norteamericana en Saigón, donde espías, agentes
secretos, asesores militares y torturadores policiales destacados en Vietnam del
Sur se mataban entre sí para subir al último helicóptero que los conduciría sin
escalas del infierno vietnamita al “American dream”, ¿habrá sido
verdadera o fue una mera ilusión? Los cuarenta y tres años de hostigamiento
norteamericano a Cuba, ¿son producto del fastidio que provoca en Washington el
carácter ilusorio de la revolución cubana? Y, para acercarnos a nuestra realidad
actual: el abierto involucramiento del gobierno norteamericano –con la ayuda de
su correveidile español, José M. Aznar– en el frustrado golpe de estado de
Venezuela, en abril del 2002, ¿habrá sido propiciado por el carácter ilusorio de
las políticas del Presidente Hugo Chávez?
Curiosamente, nuestros autores nos
advierten que se trata de preguntas que, en realidad, ya son anacrónicas porque
según ellos en la posmodernidad las condiciones que tornaban posible la
insurrección moderna, con todo su ilusionismo, han desaparecido, “de tal forma
que inclusive hasta parece imposible pensar en términos de insurrección” (H&N,
2002: 164). Afortunadamente, los insurrectos que pusieron fin a la tiranía de
Suharto en Indonesia en 1999 no tuvieron ocasión de leer los borradores de
Imperio porque de lo contrario seguramente habrían desistido de su empeño.
Los argentinos que ganando las calles a fines del 2001 pusieron punto final a un
gobierno reaccionario e incapaz tampoco parecerían haber tomado nota de las
elucubraciones de Hardt y Negri, y lo mismo parece haber ocurrido hace unas
pocas semanas con los trabajadores bolivianos que pusieron en jaque al gobierno
de Sánchez de Lozada. Pero el pesimismo que se desprende de esta afirmación se
atenúa ante la constatación del crepúsculo de la soberanía nacional y la laxitud
del imperio en su fantasmagórica fase actual, todo lo cual alteró las
condiciones que sometían la insurrección a las restricciones impuestas por las
guerras nacionales e internacionales.
Posterguemos por un momento la
crítica a este segundo supuesto, el que anuncia la “emancipación” de los
procesos insurreccionales de las guerras nacionales e internacionales, y veamos
lo que significa la insurrección en el capitalismo posmoderno. Si en la sociedad
moderna aquélla era “una guerra de los dominados contra los dominadores”, en la
supuesta posmodernidad la sociedad “tiende a ser la sociedad global ilimitada,
la sociedad imperial como totalidad,” en donde explotadores y explotados se
desvanecen en la nebulosa de una sociedad sin estructuras, asimetrías y
exclusiones. (H&N, 2002: 165) Bajo estos supuestos, falsos en la medida en que
llevan hasta el límite ciertas tendencias reales pero parciales de la
globalización (como por ejemplo, el debilitamiento aunque no la desaparición de
los espacios “nacionales”), H&N concluyen, sin ninguna clase de apoyatura
empírica o argumentativa, que la resistencia, la insurrección y el poder
constituyente se funden ahora en la noción de “contra-poder” que,
presumiblemente, sería la prefiguración y el núcleo de una formación social
alternativa.
Todo esto es sumamente discutible a
la luz de la experiencia histórica concreta, pero aún así el argumento es
comprensible. Forzando un poco el mismo podría llegar a decirse que no es
novedoso ni tan distinto, en su abstracción conceptual, al que desarrollaran los
bolcheviques en el período comprendido entre abril y octubre de 1917. La
resistencia y la insurrección, dos de los tres elementos claves de nuestros
autores, se expresaban en el famoso apotegma leninista referido a la situación
que se producía cuando “los de abajo” no aceptaban seguir viviendo como antes y
“los de arriba” no podían hacerlo tal como acostumbraban; o en los análisis de
Gramsci sobre la crisis orgánica y la situación revolucionaria. El tercer
elemento, el poder constituyente, estaba formado por los soviets y los consejos,
en la visión de Lenin y Gramsci.
Pero si existiría la posibilidad de
retraducir, insistimos, en el plano de la conceptualización más abstracta, los
tres componentes del “contra-poder” al lenguaje de la tradición revolucionaria
comunista, no ocurre lo mismo cuando llega la hora de identificar los agentes
sociales concretos llamados a encarnar el proyecto emancipador y las formas
políticas específicas mediante las cuales éste será llevado a cabo. Si en la
tradición de comienzos del siglo veinte el proletariado en conjunto con las
clases aliadas (campesinos, pequeña burguesía, intelectuales radicalizados,
etc.) era el soporte estructural del proceso revolucionario y los soviets y los
consejos, más que el partido, el vehículo de su jornada emancipadora, el
“contra-poder” de H&N no reposa en ningún sujeto, en ninguna nueva construcción
social o política o en ningún otro producto de la acción colectiva de las masas
sino en la carne, “la sustancia viva común en la cual coinciden lo corporal y lo
espiritual” (H&N, 2002: 165).
Es esta sustancia vital la que
constituye, en una argumentación de tono inocultablemente metafísico, el
fundamento último del “contra-poder”, su materia prima. Según esta
interpretación los tres elementos que constituyen el “contra-poder” “brotan en
forma conjunta de cada singularidad y de cada uno de los movimientos de los
cuerpos que componen la multitud.” Se consuma, de este modo, una completa
volatilización de los sujetos del cambio, quedando la sociedad reducida a un
inconmensurable agregado de cuerpos hipotéticamente unificados en el momento
fundante y a la vez disolvente de la multitud. Esta visión reproduce en el plano
del intelecto y de modo profundamente distorsionado ciertas transformaciones
ocurridas en la anatomía de la sociedad burguesa y, más específicamente, de su
estructura de clases: la atomización de los grandes colectivos, la fragmentación
de las clases sociales, sobre todo de las clases y capas subalternas, la
desintegración y desmembramiento social producido por el auge del mercado y la
mercantilización de la vida social. Pero la lectura que Hardt y Negri hacen de
las mismas los arrastra insensiblemente a proponer una visión entre metafísica y
poética que poco, muy poco, tiene que ver con la realidad. En sus propias
palabras:
Los actos de resistencia, los actos
de revuelta colectiva y la invención común de una nueva constitución social y
política atraviesan en forma conjunta innumerables microcircuitos políticos. De
esta forma se inscribe en la carne de la multitud un nuevo poder, un
“contra-poder”, algo viviente que se levanta contra el Imperio. Es aquí donde
nacen los nuevos bárbaros, los monstruos y los gigantes magníficos que emergen
sin cesar en los intersticios del poder imperial y contra ese poder (H&N, 2002:
165).
Es evidente que el planteamiento de
nuestros autores adquiere, a estas alturas, un tono inequívocamente vitalista
que los aproxima mucho más a los embriagantes vahos metafísicos de Henry Bergson
que a las enseñanzas de Spinoza, al paso que los sitúa en un terreno sin retorno
en relación al materialismo histórico. No habría que esforzarse demasiado para
descubrir los inquietantes paralelos existentes entre la doctrina del “ímpetus
vital” del filósofo francés y la exaltación de la carne hecha por H&N. En
todo caso, y para resumir, digamos que una impostación de esta naturaleza del
problema del “contra-poder” disuelve por completo el carácter
histórico-estructural de los procesos sociales y políticos en la singularidad de
los cuerpos que conforman la multitud. De este modo se arriba a una conclusión
desoladoramente conservadora toda vez que, en su vertiginoso ascenso hacia el
topos uranos platónico –ese lugar tan excelso donde según Platón reposan las
ideas en su pureza conceptual– Hardt y Negri desdibujan por completo la
especificidad del capitalismo como modo de producción y las relaciones de
explotación y de opresión política que le son propias. Desaparecidas las clases
sociales –en efecto, ¿quiénes explotan y quiénes son los explotados?- y diluidos
también por completo los fundamentos estructurales del conflicto social, lo que
nos queda es una rudimentaria poética de la rebelión ante un orden
abstractamente injusto que nada tiene que ver con los procesos reales que
sacuden al capitalismo contemporáneo. En la formulación de Hardt y Negri el
fenómeno del “contra-poder” se diluye por completo en la formalidad de una
gramática que, por razones inescrutables, opone la multitud al imperio, sin que
se sepa, a ciencia cierta, que es lo uno y que es lo otro y, sobre todo, qué es
lo que hay que hacer, y con qué instrumentos, para poner fin a esta situación.
Holloway
La obra de Holloway plantea una tesis
que, si bien es afín a la de Hardt y Negri, radicaliza aún más el movimiento
auspiciado por éstos.[iv] En efecto, si los
autores de Imperio rehuyen el tratamiento del tema del poder en su
especificidad histórica –el poder de la burguesía y sus efectos, en esta fase
del capitalismo mundializado– y caen embelesados ante la contemplación del
“contra-poder”, en Holloway la huida es mucho más pronunciada. Ya no se trata de
postular la existencia de una nebulosa fórmula que, supuestamente, se enfrenta
al poder real ejercido por las clases dominantes, sino de abogar a favor de la
total erradicación del poder de la faz de la tierra. De lo que se trata, nos
dice este autor, es de disolver para siempre las relaciones de poder. Nada se
gana con intentar “tomar el poder”, o “conquistar el poder del estado,” porque
tal estrategia ha fracasado rotundamente.[v]
Lo que se requiere es, entonces, la construcción de un “anti-poder”, es decir,
de un nuevo entramado social en donde las relaciones de poder sean un doloroso
recuerdo del pasado.
El poder es así satanizado en la obra
de Holloway, convertido en un fetiche horrendo que contamina a todo aquél que
osa tomarlo en sus manos. Los movimientos y los agentes sociales que en el
pasado intentaron transformar a la sociedad a partir de la toma del poder y la
utilización de los recursos que éste brindaba para dar a luz una nueva sociedad
fracasaron completamente.[vi] Pero, en
lugar de examinar desde la perspectiva del materialismo histórico las
circunstancias bajo las cuales se ensayaron estos proyectos lo que hallamos en
Holloway es una exhortación a alejarnos de algo considerado como pecaminoso y
hasta mortífero. El “anti-poder” sería, en esta conceptualización, la
manifestación del triunfo de la sociedad civil sobre el estado; la liberación
del género humano de toda forma de opresión, concentrada y sublimada en la
visión de este teórico en la figura omnipotente y terrible de lo que Octavio Paz
llamara “el ogro filantrópico” y que no es otra cosa que el estado.
La génesis de esta crítica absoluta
al estado y a la “ilusión estatal”, y de esta intransigente –e injusta, por
sesgada y parcial– condena a las revoluciones del siglo veinte se encuentra en
las enseñanzas que para la estrategia revolucionaria de las masas se desprenden
de la experiencia zapatista. Ya no se trataría de conquistar el mundo sino, en
un proceso asombrosamente más simple, de “hacerlo de nuevo”, dejando de lado la
rémora doctrinaria de carácter estadocéntrica en la cual la revolución era
asimilada “a la conquista del poder estatal y la transformación de la sociedad a
través del estado” (Holloway, 2001a, p.174). En opinión de Holloway el debate
que conmovió a las filas de la Segunda Internacional a comienzos del siglo
veinte y que contraponía reforma y revolución –a Bernstein versus Lenin, Trotsky
y Rosa Luxemburgo– ocultaba, pese a las aparentes diferencias, un acuerdo
fundamental: la construcción de la nueva sociedad pasaba por la conquista del
poder del estado. De ahí el carácter estadocéntrico del proceso revolucionario.
Precisamente por eso, para Holloway “(l)a gran aportación de los zapatistas (ha)
sido romper el vínculo entre revolución y control del estado” (ibid. , p. 174).
Sin decirlo, el programa que nos
propone Holloway es, nada menos, que la serena e indolora instauración de la
sociedad comunista. No otra cosa significaría poner fin a la separación entre
estado y sociedad, instituir el autogobierno de los productores y, de ese modo,
lograr la tan anhelada extinción del estado. (Holloway, 1997: p. 24) Hasta aquí
la propuesta no es para nada novedosa para la tradición comunista, salvo que, en
el caso de este autor, todo este programa debería realizarse absteniéndose las
fuerzas populares de tomar el poder del estado. Haciéndose eco del discurso
zapatista Holloway asegura que no se trata de “un proyecto de hacernos poderosos
sino de disolver las relaciones de poder.” (Holloway, 2001a: p. 174). El tema de
la disolución de las relaciones de poder merece múltiples consideraciones. En
primer lugar, es algo que no se puede discutir en abstracto porque pierde todo
significado. ¿Quién podría estar en contra de una propuesta de ese tipo, que
evoca visiones de una comunidad en la cual se han suprimido definitivamente y en
todos sus órdenes las relaciones de dominación?
Es como proponer la erradicación del
dolor y la enfermedad, la miseria y el sufrimiento: nadie podría disentir de tan
nobles propuestas. Pero por más que nos disgusten, la realidad es que las
relaciones de poder aparecieron sobre la faz de la tierra junto con las formas
más primitivas de la vida animal, como lo ha comprobado hasta el cansancio la
sociobiología, y no parece que vayan a desaparecer a fuerza de lamentos y
plegarias. Si las jerarquías y las dominaciones, con todas sus secuelas
degradantes y opresivas, acompañaron a la especie humana desde los albores de su
existencia nada autoriza a pensar que la disolución de las relaciones de poder
pueda plantearse, programáticamente, como un objetivo inmediato de una fuerza
revolucionaria, especialmente si ésta renuncia a la conquista del poder
político.
Quisiéramos que no se nos
malinterpretara en este punto. No estamos diciendo que el objetivo de disolver
todas las relaciones de poder deba ser descartado. Al fin y al cabo ese es el
programa de máxima del proyecto comunista. Lo que estamos afirmando, en cambio,
es que la formulación de esta propuesta en el pensamiento de Holloway tiene un
cariz indudablemente quimérico o quijotesco, algo radicalmente distinto a lo
utópico. Decimos quimérico porque se plantea un objetivo grandioso sin reparar
en sus necesarias mediaciones históricas y en el hecho de que antes de lograrlo
es imprescindible pasar por el purgatorio de un largo, complejo y turbulento
proceso de transición, en el cual las fuerzas del viejo orden librarán una
batalla desesperada, y apelando a todos los medios disponibles, violentos y
“pacíficos” por igual, para impedir la realización de la utopía.
Y aquí cabe recordar lo que Marx y
Engels dijeran en El Manifiesto Comunista y en tantos otros pasajes de su
obra: que el problema con el comunismo utópico no radicaba en los bellos mundos
imaginados por sus pensadores sino en el hecho de que aquéllos no brotaban de un
análisis científico de las contradicciones de la sociedad capitalista, ni de la
identificación de los actores concretos que habrían de asumir la tarea de
construirlos, así como tampoco planteaban el itinerario histórico que sería
preciso recorrer antes de llegar a destino. La propuesta de disolver todas las
relaciones de poder formulada por Holloway conserva todo el encanto de las
bellas iluminaciones del comunismo utópico, pero también adolece de sus
insalvables limitaciones.
Un segundo campo de problemas tiene
que ver con la operatividad de una tal propuesta -el cómo de la disolución del
poder- y los resultados prácticos que podrían desprenderse de la aceptación de
ese programa por parte de las fuerzas sociales insurgentes. Porque abogar por la
disolución del poder puede ser muy romántico y conmovedor, pero condena a los
agentes sociales y, en especial a las clases y capas subordinadas, a una empresa
inexorablemente destinada al fracaso, al menos mientras subsista la sociedad
capitalista. Y como ésta no va a pasar a la historia como producto de los ruegos
e invocaciones a nobilísimos ideales comunitarios sino como resultado de
encarnizadas luchas sociales, y en las cuales la cuestión del poder asume una
centralidad excluyente en el tránsito de la vieja a la nueva forma social, la
asunción de una propuesta insanablemente equivocada cómo ésta no hace sino
servir de prólogo a una nueva y más duradera derrota del campo popular.
En realidad, y esta es la tercera
consideración que quisiéramos hacer en torno a este tema, el abandono del
proyecto de conquistar el poder refleja no sólo una capitulación política ante
la burguesía sino también los errores de una concepción teórica que no alcanza a
comprender lo que significa el fenómeno del poder social. Holloway es tributario
de una concepción metafísica del poder que, curiosamente, tiene más de un punto
de contacto con las visiones características de la derecha. En efecto, si para
ésta el poder es equivalente al gobierno y, por lo tanto, a una herramienta de
dirección y control social, para la izquierda posmoderna el poder aparece
también como un instrumento, sólo que inútil, improductivo y patológico, que
destruye la fibra misma de la vida social y que contamina insanablemente la
integridad de un proyecto de transformación socialista de la sociedad.Más allá
de sus diferencias, ambas versiones adhieren, en el fondo, a una concepción
teleológica e instrumentalista del poder: éste es concebido como un punto de
llegada, un objeto que hay que alcanzar y, a la vez, un seguro instrumento de
gestión de lo social.
Lo que el pragmatismo de la derecha
defiende a ultranza es objeto de crítica radical por parte de Holloway, pero en
ambos casos estamos en presencia de un equívoco porque el poder no es una cosa,
o un instrumento que puede empuñarse con la mano derecha o con la izquierda,
sino una construcción social que, en ciertas ocasiones, se cristaliza en lo que
Gramsci llamaba “las superestructuras complejas” de la sociedad capitalista. Una
de tales cristalizaciones institucionales es el estado y su gobierno, pero la
cristalización remite, como la punta de un iceberg, a una construcción
subyacente que la sostiene y le otorga un sentido. Es ésta quien, en una
coyuntura determinada, establece una nueva correlación de fuerzas que luego se
expresa en el plano del estado. Sin ese sustento social profundo, invisible a
veces pero siempre imprescindible, el control de las “alturas del estado” que
pueda tener una fuerza revolucionaria o reformista se desvanece como la neblina
ante la salida del sol.
En este sentido convendría recordar
que Lenin, que fue un gran teórico y a la vez un gran práctico de la revolución
y de la cuestión del poder, subrayó la importancia de distinguir entre (a) la
“toma del poder”, que era un acto eminentemente político por el cual las clases
explotadas se apoderaban del estado y se convertían en nueva clase dominante y,
(b) la concreción de la revolución, concebida como una empresa fundamentalmente
civilizatoria, en donde la nueva correlación de fuerzas favorable a los agentes
sociales de la nueva sociedad era ratificada por el control que ellos ejercían
sobre el estado, el entramado institucional y el orden legal. Por eso, al
comparar las perspectivas de la revolución en Oriente y Occidente decía, en un
pasaje luminoso de su obra, que “la revolución socialista en los países
avanzados no puede comenzar tan fácilmente como en Rusia, país de Nicolás y
Rasputín…
En un país de esta naturaleza,
comenzar la revolución era tan fácil como levantar una pluma”. Y continuaba
afirmando que es “evidente que en Europa es inconmensurablemente más difícil
comenzar la revolución, mientras que en Rusia es inconmensurablemente más fácil
comenzarla, pero será más difícil continuarla” (Lenin, 1918: pp. 609-614). Fue
precisamente a partir de estas lecciones que brindaba la historia comparativa de
las luchas obreras y socialistas en los albores del siglo XX que Lenin insistió
en la necesidad de distinguir entre los “comienzos de la revolución” y el
desarrollo del proceso revolucionario. Si en el primer caso la conquista del
poder político y la conversión del proletariado en una clase dominante era
condición indispensable –más no suficiente– para el lanzamiento del proceso
revolucionario, su efectivo avance exigía una serie de políticas e iniciativas
que trascendían largamente lo primero y que hundían sus raíces en el suelo de la
sociedad.
Antonio Gramsci, por su parte, dejó
un legado de significativas aportaciones para el estudio del poder. En múltiples
escritos argumentó persuasivamente que la creación de un nuevo bloque histórico
que desplazara a la burguesía del poder suponía una doble capacidad de las
fuerzas contra-hegemónicas: éstas debían ser dirigentes y dominantes a la vez.
Es más, en realidad las fuerzas insurgentes debían primero ser dirigentes, es
decir, ser capaces de ejercer una “dirección intelectual y moral” sobre grandes
sectores de la sociedad –esto es, establecer su hegemonía– antes de que pudieran
plantearse con alguna posibilidad de éxito la conquista del poder político y la
instauración de su dominio. Pero dirección intelectual y moral y dominación
política eran dos caras inseparables de una misma y única moneda revolucionaria.
En el análisis de Holloway el poder aparece como una cuestión que se refiere
exclusivamente al dominio político, desoyendo la necesidad de concebirlo antes
que nada como una cuestión que se arraiga en el suelo de la sociedad civil y que
desde allí se proyecta sobre el plano de las superestructuras políticas.
No se construye un mundo nuevo, como
quiere el zapatismo, si no se modifican radicalmente las correlaciones de
fuerzas y se derrota a poderosísimos enemigos. Contrariamente a lo que proponen
Hardt, Negri, Holloway –¡que en esto coinciden con Castells!– el poder social,
en tren de imaginar metáforas, se asemeja mucho más a una tela de araña que a
una red amorfa y difusa, carente de un foco central y el estado es precisamente
ese foco, el lugar donde se condensan las correlaciones de fuerzas y desde el
cual, por ejemplo, los vencedores pueden transformar sus intereses en leyes y
construir un marco normativo e institucional que garantice la estabilidad y
eventual irreversibilidad de sus conquistas. No se trata, por cierto, del único
lugar desde el cual se ejerce el poder social, pero es sin duda alguna, el
espacio privilegiado de su ejercicio en una sociedad de clases.
De ahí que un “triunfo” político o
ideológico en el plano de la sociedad civil sea importantísimo, pero el mismo
carece de efectos imperativos: ¿o alguien duda de la arrasadora victoria que los
zapatistas cosecharon con la Marcha de la Dignidad? Sin embargo, poco después el
Congreso mexicano produciría una vergonzosa legislación que retrotrajo la crisis
chiapaneca a sus peores momentos, con total prescindencia del “clima de opinión”
prevaleciente en la sociedad civil. Conclusión: por más que algunos teóricos
hablen de la “desestatización” o el “descentramiento” del estado éste seguirá
siendo por bastante tiempo un componente fundamental de cualquier sociedad de
clases. Y más nos vale contar con diagnósticos precisos acerca de su estructura
y funcionamiento, y con estrategias adecuadas para enfrentarlo porque la
realidad del poder no se disuelve en el aire diáfano de la mañana gracias a una
apasionada invocación a las bondades del “anti-poder” o del “contra-poder.”
Una última consideración. Holloway
guarda silencio en relación a varios temas cruciales de su propuesta de cambiar
el mundo. Es más, el último capítulo del libro en el cual, supuestamente,
fundamenta teórica e históricamente su argumento, termina con un decepcionante
“no sabemos como se cambia el mundo sin tomar el poder.” (p. 308) Es decir,
luego de unas trescientas páginas de elaboración la respuesta que se prometía
desde el mismo título del libro cae en el más profundo vacío.
Podríamos decir, a favor de Holloway,
que Marx y Engels tampoco sabían como sería la dictadura del proletariado, y que
fue la experiencia histórica concreta de la Comuna de París la que les permitió
“descubrir” en la práctica emancipatoria del proletariado parisino los contornos
de la nueva forma política. Pero, hasta ese momento, por lo menos existían de
parte de los padres fundadores del materialismo histórico una serie de elementos
teóricos que permitían prefigurar, aunque sea en sus trazos más gruesos, la
fisonomía del nuevo poder político basado en la clase obrera. En el caso de
Holloway esos elementos están ausentes, y ni siquiera se plantean algunas
preguntas cruciales que, a los efectos de iluminar su propio argumento, deberían
haber sido puestas sobre la mesa.
Por ejemplo, ¿cómo se construyen esas
“formas alternativas” de organización social y el “anti-poder anti-estatal” del
que tanto nos habla? ¿Cómo hacer para obligar a los despóticos detentadores del
poder burgués para que, de ahora en más, “manden obedeciendo”? ¿Se resuelven
estos candentes problemas prácticos apelando a la nobleza de las metas
propuestas? ¿No son esas “formas alternativas” de organización social, de poder
y de estado sino otros nombres para referirse a una revolución social en
ciernes, que destruye el orden capitalista e instaura otro nuevo? ¿No son éstos
los problemas con que se han topado todas las experiencias revolucionarias desde
la Comuna de París hasta nuestros días? Holloway argumenta que las fuerzas
transformadoras no pueden “adoptar primero métodos capitalistas (luchar por el
poder) para luego ir en el sentido contrario (disolver el poder).” (Holloway,
2001.b. ) Nos parece que la lucha por el poder, sobre todo si la situamos en el
terreno más prosaico de la política y no en el de las abstracciones filosóficas,
mal podría ser concebida como un “método capitalista” a partir de la afirmación
de que “la existencia de lo político es un momento constitutivo de la relación
del capital”. En realidad, el poder y la lucha que se origina en relación a él
es tan antiguo como el género humano, y antecede en miles de años a la aparición
del capital. Suponer que la lucha por el poder es una derivación política del
reinado del capital equivale a arrojar por la borda toda la historia de la
humanidad.
Para concluir: si bien es cierto que,
en línea con las observaciones de Lenin y Gramsci, no basta con la toma del
poder para producir los formidables cambios que requiere una revolución, también
es cierto que sin la toma del poder por parte de las fuerzas sociales
insurgentes los cambios tan ansiados no se producirán. Y esto es tanto más
verdadero en nuestros días, cuando asistimos a la “estatificación” de un número
creciente de actividades y funciones íntimamente ligadas al proceso de
acumulación y reproducción del capital que otrora eran resueltas en el plano del
mercado o la sociedad civil. Independientemente de lo pregonado por los
ideólogos del neoliberalismo en las últimas décadas, el papel del estado ha
asumido una importancia cada vez mayor para asegurar la perpetuación de las
relaciones capitalistas de producción: su papel como organizador de la
dominación de los capitalistas y como astuto desorganizador de las clases
subordinadas no ha hecho sino acentuarse en los últimos tiempos.
Y si bien en los países de la
periferia el estado se ha debilitado en gran medida, aún en estos casos ha
seguido cumpliendo fielmente la doble tarea señalada más arriba. Una fuerza
insurgente y anticapitalista no puede darse el lujo de ignorar, o subestimar, un
aspecto tan esencial como éste. El capitalismo contemporáneo promueve una
cruzada teórica en contra del estado, mientras en el plano práctico no cesa de
fortalecerlo y asignarle nuevas tareas y funciones. En realidad, la “ilusión
estatal” parecería más bien anidar en aquellas concepciones que, pese a las
evidencias en contrario, no alcanzan a distinguir la retórica anti-estatista de
la práctica estatizante del capitalismo “realmente existente”, ni a percibir el
carácter cada vez más estratégico que el estado ha asumido para garantizar la
continuidad de la dominación burguesa.
Breve digresión final sobre la
dualidad de poderes.
Quisiéramos cerrar este análisis
trayendo a colación el debate surgido a partir de la experiencia revolucionaria
rusa entre 1905 y 1917. En esa ocasión la necesidad práctica dictada por la
inminencia de la ruptura revolucionaria dio origen a un encendido debate en
torno a la cuestión del estado y la dualidad de poderes. Sin embargo, ninguno de
los grandes protagonistas de ese debate, nos referimos principalmente a Lenin,
Trotsky y Rosa Luxemburgo, llegó a proponer fórmulas abstractas del estilo del
“contra-poder” o el<“anti-poder” para resolver las contradicciones de la
coyuntura a favor de las fuerzas insurgentes. Más allá de la aspereza que por
momentos caracterizó a esta controversia, todos quienes tomaban parte en ella
coincidían en un hecho: que la dualidad de poderes era una situación
eminentemente transitoria, producto de aquello que, años más tarde y siguiendo
las huellas de los análisis clásicos del bonapartismo efectuados por Marx y
Engels, Gramsci denominara “empate catastrófico” de clases. Había dos poderes
contrapuestos y excluyentes porque, en la Rusia de comienzos de siglo, la
alianza entre la aristocracia y la burguesía ya no podía prevalecer sobre el
conjunto de las clases populares. La correlación de fuerzas que la había
favorecido durante décadas se había esfumado como consecuencia de una crisis
catastrófica como la provocada por la guerra ruso-japonesa primero y, después,
por la carnicería de la Primera Guerra Mundial, todo ello montado sobre el
cambiante escenario de un desarrollo capitalista que estaba pulverizando las
arcaicas estructuras sociales de la Rusia feudal.
Pero por su misma transitoriedad la
dualidad de poderes estaba condenada a resolverse en plazos perentorios, sea con
el triunfo de la coalición dominante o bien con el de las clases subordinadas.
La dualidad de poderes era pues la expresión de una crisis general
revolucionaria, situación ésta que no puede perdurar: o se define a favor de las
clases y grupos sociales ascendentes, interesados en la creación de un nuevo
orden social, o lo hace en beneficio de las fuerzas de la contrarrevolución, y
los insurrectos son ahogados en sangre. El carácter efímero de una coyuntura de
ese tipo hace que conceptos como el “contra-poder” o el “anti-poder” tengan, en
el mejor de los casos, una validez limitada, en el tiempo tanto como en el
terreno de la lucha política. Ambos expresan la fragilidad del “momento
hobbesiano” cuando el orden social se desintegra ante el surgimiento de un
bloque contra-hegemónico dotado de la fuerza suficiente como para plantear una
resolución de la crisis en la forma más favorable a sus intereses. De este modo,
el debate clásico en torno a la dualidad de poderes reposaba sobre la convicción
de que frente al poder oficial de las clases dominantes, sus instituciones,
leyes y agencias, existía un embrión, suficientemente vigoroso ya, del poder “de
los de abajo”, llámese éste el proletariado, la alianza obrero-campesina,
comuneros o partido revolucionario.
Nada más lejano pues a un
“contra-poder” que remitiera a una amorfa multitud, o a la inconmensurable
multiplicidad de los cuerpos; o a un “anti-poder” que, en la práctica, es apenas
una amable ilusión. En la tradición clásica se trataba, en cambio de un poder
emergente que luchaba contra el orden establecido, que se apoyaba en actores
concretos, clases y grupos sociales, que se expresaba en formatos políticos
diversos –partidos, soviets, consejos obreros, etc.-, que proponía un programa
específico de gobierno (nacionalizaciones, reforma agraria, expropiación de los
capitalistas, etc.) y que, como no podía ser de otra manera, proyectaba su
creciente ascendiente también sobre el plano militar. Porque, en las coyunturas
de disolución del orden social la lucha de clases no se resuelve en los serenos
ámbitos del debate parlamentario, o en negociaciones a puertas cerradas en las
oficinas del gobierno sino en las calles y, casi invariablemente, con las armas
en la mano. Esta es al menos la lección que enseña la historia de las
revoluciones en los tres últimos siglos, desde la Revolución Gloriosa en
Inglaterra, en 1688 hasta la Revolución Cubana, en 1959, pasando por las grandes
revoluciones sociales que conmovieron el mundo en Francia en 1789, en Rusia, en
1917, y en China, en 1949, para no mencionar sino algunas de las más conocidas.
Esta breve referencia al célebre
debate sobre la dualidad de poderes en Rusia -tema que merecería ser estudiado
rigurosamente por los agentes sociales involucrados en la construcción de una
sociedad socialista en América Latina y muy especialmente por los intelectuales
que no abjuran de su vocación crítica- es suficiente para poner de relieve el
abismo que separa el escolasticismo abstracto de los análisis contemporáneos
sobre el tema del poder de la reflexión teórico-práctica imperante en el pasado.
Una pista para entender esta discrepancia proviene de la coyuntura histórica en
la cual se produce la reflexión teórica: en efecto, el auge revolucionario de
masas, a comienzos del siglo veinte en Rusia, contrasta visiblemente con el
reflujo que se observa, a escala mundial, desde la década de los ochentas,
marcada por el auge de la mundialización neoliberal y la primacía doctrinaria
del Consenso de Washington.
Mientras que a comienzos del siglo
veinte la reflexión teórica se instalaba a la sombra de la inmediatez del
estallido revolucionario, la coyuntura actual se constituye a partir de una
derrota, transitoria pero derrota al fin, de las fuerzas populares una vez
agotado el impulso ascendente que con tanta fuerza surgiera en la segunda
posguerra. El hecho de que, a partir de finales del siglo pasado se observe en
muchos países una vigorosa recomposición del campo popular y una renovada
militancia anticapitalista -cuyos inicios emblemáticos fueron la rebelión
zapatista del 1° de enero de 1994 y la así llamada “batalla de Seattle”, en
noviembre de 1999- que habrían de articularse globalmente a partir de la
realización del primer Foro Social Mundial de Porto Alegre, en enero del 2001,
no desmiente la caracterización precedente sino que pone de relieve los signos
inequívocos que hablan del agotamiento del modelo neoliberal tanto en el centro
del sistema como en la periferia del mismo.
No está de más aclarar que es
imposible establecer una relación mecánica entre la coyuntura política nacional
y/o internacional y las características de la producción teórica de la
izquierda. La dolorosa fórmula gramsciana de “pesimismo de la inteligencia,
optimismo de la voluntad” sintetiza acabadamente la complejidad del vínculo
entre la razón crítica y el marco histórico-social en el cual aquella se
despliega. Si un brillante ejemplo demuestra precisamente el carácter no-lineal
de esta ligazón es la obra del fundador del Partido Comunista Italiano. Pese a
ser testigo y protagonista a la vez de la derrota del auge de masas de la
primera posguerra Gramsci jamás hizo suyas las categorías intelectuales y
prioridades temáticas del dominante pensamiento de los vencedores. Ergo, el
reflujo de las luchas populares no necesariamente conduce a la indefensión o
capitulación teórica. Un ejemplo antitético al de Gramsci lo provee la obra de
Karl Kautsky, quien en el contexto prerrevolucionario que ocasionara el colapso
del Imperio Alemán asumió posturas doctrinarias tibiamente reformistas que para
nada se correspondían con la correlación de fuerzas de la época. Para abreviar
una discusión que no podemos dar aquí: hay una sociología de los intelectuales
revolucionarios que está reclamando investigaciones concretas que nos ayuden a
iluminar la relación arriba mencionada.<a href="#_edn7" name="_ednref7" >[vii]
Retomando el hilo de nuestra
argumentación, concluimos entonces que las propuestas de Hardt, Negri y Holloway
son la proyección sobre el plano de la producción intelectual –como dijimos,
mediatizada y nunca lineal– del reflujo experimentado por las fuerzas populares
a partir de finales de los años setentas. Un revés que, en el caso de estos
autores, no se manifiesta, como ocurriera con los “renegados” de nuestro tiempo,
por una vergonzosa adhesión al capitalismo y la sociedad burguesa sino por la
radical indefensión de su pensamiento contestatario ante las premisas
fundamentales de las ideas dominantes en nuestra época.
De este modo, teóricos declaradamente
contrarios al capitalismo hacen suyas, inadvertidamente, tesis centrales al
pensamiento neoliberal, por ejemplo removiendo de la agenda de los pueblos
oprimidos una temática crucial como la del poder y canalizando las energías de
los descontentos y las víctimas del sistema hacia regiones ideológicamente
etéreas y políticamente irrelevantes. No sorprende comprobar, en cambio, como
mientras desde el campo intelectual de la izquierda se desvía la vista hacia
estas construcciones ilusorias o quiméricas en relación al “poder realmente
existente”, las clases dominantes prosiguen sin pausa su tarea de acrecentar la
eficacia del poder que ya disponen, diseñando nuevas modalidades de su ejercicio
que le aseguren una renovada capacidad para controlar a las clases y capas
subalternas y seguir, de este modo, siendo dueñas de la historia.
Atilio
Boron
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