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(IAR-Noticias)
21-Feb-05
Por
Ramón Fernández Durán
- Agencia Islamlatino
A lo largo de su evolución histórica,
el dinero ha sufrido transformaciones sustanciales que trastocaron las
estructuras de poder preexistentes, generando otras nuevas. Se podría decir,
simplificando, que ha habido tres cambios principales en la historia del dinero.
El primero, cuando aparece el “dinero moneda” (en el reino de Lidia, en Anatolia,
en el siglo VI antes de Cristo) [1], que extendió el comercio y los mercados de
la época, y produjo la erosión y el declive de los grandes imperios tributarios
de la historia (Egipto, Persia). Se genera pues un nuevo sistema de dominio,
organización productiva y cultural, la llamada civilización clásica en el
Mediterráneo, cuyo punto culminante sería el Imperio Romano: el primer imperio
basado en la moneda.
Tras la caída de éste, en la que tuvo una importancia decisiva la crisis de su
sistema monetario, se retrae bruscamente el comercio, el dinero pasa a cumplir
un papel residual (con diversidad de monedas locales, de reducida circulación) y
se consolida el poder feudal (junto con el de la Iglesia). Al final de esta
etapa, el poder monárquico se configura como el responsable único de la emisión
de moneda. Un privilegio exclusivo.
El segundo gran cambio en las formas del dinero sería la aparición del “dinero
papel” [papel moneda] (que lleva aparejado el dinero de cuenta, o dinero de
crédito, permitiendo trascender la limitada oferta de plata y oro). Su primera
manifestación sería la llamada “letra de cambio”, que surgiría en el siglo XIV
en el Norte de Italia, emitida privadamente por el embrión de lo que luego sería
la banca comercial, el nuevo poder (junto con el de los mercaderes); el “dinero
papel” propiamente dicho no aparecería hasta el siglo XVIII. Esta segunda
generación de dinero, que contribuiría a destruir el poder feudal, daría lugar
al desarrollo del moderno sistema capitalista que perdura hasta nuestros días, y
provocaría la aparición, más tarde, de los bancos centrales (controlados por el
capital privado, pero con el apoyo estatal) que acompañarían (y reforzarían) la
creación del Estado-nación, la institución política trascendental de esta época
histórica.
Es en este amplio periodo que se produce la separación entre el poder político y
el poder económico, que no existía como tal en las sociedades precapitalistas;
al tiempo que se produce la ruptura de la relación entre riqueza inmobiliaria y
poder (aristocracia), al aparecer nuevas formas de materialización de la riqueza
y poder ligadas al dinero (burguesía).
Y ahora, al principio del siglo XXI, estamos entrando en otra nueva etapa
histórica: la del “dinero electrónico”. El desarrollo del “dinero electrónico”,
que se viene manifestando en las últimas décadas, y que se intensificará en el
futuro, provocará muy probablemente transformaciones quizás tan importantes como
las dos precedentes. El nuevo dinero, en especial en su dimensión financiera, se
manifiesta como puro poder (Weatherford, 1997; Lietaer, 2001 –ver apartado final
sobre la bibliografía citada-).
UNA REVOLUCIÓN MONETARIA
En cada evolución, el papel del dinero en la organización social, y en la propia
vida, se ha ido ampliando e intensificando. Pero quizás uno de los aspectos
principales a considerar es el hecho del “interés” que ha acompañado a lo largo
de casi toda su vida, aunque no siempre, al funcionamiento del dinero. La
existencia de este componente ha tenido un importante impacto social y ecológico
(éste último, claramente visible hoy en día), hecho que provocó que las
principales religiones bíblicas prohibieran el aplicar interés a los préstamos
que se concedían. Es más, existía una tradición bíblica de perdón periódico de
las deudas (entre otras, las leyes de jubileo de Moisés), para que los
campesinos no perdieran sus tierras y sus pertenencias (Wegerif, 2001).
Después de casi mil años en que queda sentenciada, por el cristianismo, primero,
y por el Islam, más tarde, la prohibición del interés, éste es rescatado, de
forma subrepticia, por la banca comercial que se desarrolla de forma potente en
el Norte de Italia en los albores del capitalismo [2]. Y va a acompañar ya a
éste, de forma indisoluble, a lo largo de toda su existencia, primero de una
forma más o menos enmascarada (en cuanto a la terminología que se utiliza para
sortear los problemas con la Iglesia) y luego ya a pecho descubierto, hasta que
en el siglo XIX se suprimen formalmente las leyes contra la usura en los
distintos países europeos (Leyshon y Thrift, 1997). Sencillamente, el
capitalismo no se podría entender ni concebir sin este componente fundamental.
Es la otra cara de la moneda, valga la redundancia, del funcionamiento del
dinero en el sistema capitalista, pues la creación de dinero en el capitalismo
está íntimamente ligada a la creación de deuda, a través de la generación del
crédito bancario.
Como dice Rowbotham (1998) el 95% de la masa monetaria [3] de los países
desarrollados está ligado al crédito bancario, y por consiguiente es generada
como deuda. Este porcentaje se ha ido incrementando a lo largo de todo el siglo
XX, como resultado de la creciente “bancarización” de las economías centrales.
El Estado (junto con los bancos centrales) sería el que, en principio, emitiría
un dinero (monedas y billetes) libre de interés, pero el porcentaje de este
dinero en “metálico” es cada día más residual.
CORRIENDO EN LIBERTAD
Más que nunca, el dinero en circulación no lo emite el Estado, ni los bancos
centrales, sino los bancos privados. El propio Estado para financiarse se ve
obligado a recurrir a la banca privada (y desde hace poco, también, a otras
instituciones financieras) para garantizar su propio funcionamiento. Este es el
modelo de funcionamiento monetario y financiero que se fue sedimentando desde el
Renacimiento, y que quedó firmemente consolidado a partir de la creación del
Banco de Inglaterra a finales del siglo XVII, el embrión de los futuros bancos
centrales, que serviría de ejemplo para todos los países sistema-mundo
capitalista.
De esta forma, la creación de moneda nacional (una función en teoría pública, y
que se realizaba a través de los bancos centrales) se convertía en un privilegio
principalmente del sistema bancario a través de la generación, ex nihilo (es
decir, de la nada), de crédito, esto es, del llamado “dinero bancario” [4]. Y es
por eso por lo que la inmensa mayoría del dinero que circula hoy en día lleva
aparejada la creación de deuda.
El que ello sea así, tiene serias implicaciones.
- En primer lugar, la creación del dinnero como deuda provoca una escasez crónica
de dinero y promueve una creciente competencia, a todos niveles (una guerra de
todos contra todos), para su obtención;
- Además, este hecho refuerza las difeerencias sociales, y la concentración de la
riqueza, pues no sólo accederán a él los que ya dispongan del mismo, o tengan
suficientes avales, sino que los que se vean obligados a endeudarse (sean
empresas, particulares o Estados), se verán abocados a dedicar una importante
cantidad de sus ingresos al pago de sus deudas, si es que no caen en el impago y
en la quiebra;
- e igualmente eso repercute en un enccarecimiento de todos los precios. Por
citar el ejemplo de Gran Bretaña, un 70% de su población está endeudada, y en
este país, uno de los más bancarizados del mundo, 97 de cada 100 libras que
circulan las crea el sistema bancario a través del crédito (Leyshon y Thrift,
1997; Huber y Robertson, 2000).
Al mismo tiempo, la creación de un sistema monetario y financiero basado en el
interés compuesto crea un imperativo insoslayable de crecimiento económico
continuo, pues si no, no es posible pagar las deudas adquiridas.
Se crea, pues, una necesidad continua e insaciable de crecer (o el sistema
crece, o colapsa), en la que prima el corto plazo, que es incompatible con la
“sostenibilidad” ecológica, en el medio y largo plazo (Dothwaite, 1999). Y
finalmente, el actual sistema monetario y financiero es un sistema procíclico
[5], en el sentido que refuerza y amplifica, aún más, los periódicos episodios
de expansión y crisis que acompañan a la economía capitalista.
Y al funcionamiento del sistema bancario, a la creación de este “dinero
bancario”, basado en la generación de deuda, cabría añadir la explosión actual
de nuevos activos financieros que promueve, también, la creación de volúmenes
crecientes de deuda adicional.
EL TRONO DEL INTERÉS
Es por eso por lo que tanto los Estados (todos), como las empresas y los
particulares se encuentran altamente endeudados, generándose un paisaje mundial
de aguda y creciente insolvencia. Cada generación se encuentra con una deuda
mayor que la anterior, que además crece exponencialmente (Rowbotham, 1998). Un
crecimiento canceroso que se produce a costa del marco de vida donde se
desarrolla. El interés compuesto es una máquina destructiva invisible, que es
todo menos algo “natural”, y que beneficia indudablemente al poder financiero.
El interés es el “precio” que paga el capital productivo por el uso del dinero
al capital financiero; lo mismo se puede decir de los Estados cuando se
endeudan, que compiten también con el capital productivo para acceder al capital
financiero. El capital productivo compra la capacidad potencial de producir
plusvalor del dinero como capital en el proceso productivo. El dinero pues
lubrica el circuito del capital productivo. El dinero es adelantado, por tanto,
por el capital financiero buscando participar en el reparto de dicho plusvalor.
Sin embargo, es conveniente resaltar que se ha producido un cambio trascendental
en la relación existente entre el capital productivo y el capital financiero,
desde las primeras etapas del desarrollo capitalista hasta la actualidad. Ha
cambiado totalmente el “equilibrio” entre el capital productivo y el capital
financiero, que pasó indudablemente por distintas coyunturas, siendo éste último
absolutamente dominante y determinante en la actualidad. Si bien, las altas
finanzas siempre cumplieron un papel de enorme importancia en la evolución del
capitalismo (Arrighi, 1999).
Y es más, hoy en día el capital financiero busca independizarse (para su
expansión) ilusoriamente del proceso productivo, debido a la capacidad que tiene
en el presente de crear dinero ficticio (y de que se acepte), a través de la
emisión de una gran diversidad de instrumentos financieros, que generan un
aumento continuo de deuda a todos los niveles. Si bien este dinero que sólo
existe en forma de deuda, ante una absoluta insolvencia de los deudores, que es
lo que está ocurriendo en la actualidad, se disuelve en el aire.
Pero es conveniente enfatizar que aunque el capital financiero es el sector
dominante sobre otras formas de capital, no es independiente de ellas. Todo ello
hace necesario actualizar y completar el pensamiento crítico sobre el
funcionamiento del dinero en la presente etapa del desarrollo capitalista (Leyshon
y Thrift, 1997) [6], ya que como dice Naredo (2002 a) “nos encontramos en una
tercera fase de la acumulación capitalista, todavía escasamente analizada”. Pues
“como es sabido, el capitalismo es un sistema histórico que emergió sobre una
‘acumulación primitiva’ de capital derivada de la expropiación y
mercantilización del patrimonio sujeto a formas de propiedad o de tenencia
precapitalistas. Cobró después fuerza la acumulación propiamente capitalista,
analizada por Marx y otros autores, basadas en las ‘plusvalías’ extraídas de la
producción y venta de mercancías.
Sin embargo, ahora asistimos a una tercera ola de acumulación realizada por un
reducido número de empresas transnacionales (y grandes instituciones
financieras) a base (principalmente) de crear dinero (financiero), para
comerciar con el patrimonio vinculado al capitalismo tradicional y al
desmantelamiento del sector público”, que se suma a los procesos anteriores, y
que opera sobre ellos condicionando su funcionamiento.
El capital financiero internacional, pues, está funcionando como una verdadera
bomba aspirante del valor y de las riquezas productivas y naturales de todo el
planeta. Es más, se refuerza esa apariencia de que “ya no es el trabajo el que
valoriza, sino el capital (la realidad se presenta invertida)”(Morán, 2000).
DESMATERIALIZÁNDOSE
En la actualidad, el “dinero” como algo definido y definible está
desapareciendo, pues una enorme variedad de activos e instrumentos financieros
está usurpando las funciones del dinero tradicional [7], emitidos por nuevos
actores que desbordan el quehacer histórico del Estado y hasta de la propia
banca (Naredo, 2002 a). Y nos encontramos con que sabemos muy poco acerca del
mismo, cuando su función tiene un papel tan decisivo en nuestras sociedades.
El “dinero” en la actualidad se está continuamente reinventando, para eludir
cualquier tipo de control estatal (y por supuesto social), al tiempo que se
vuelve cada vez más abstracto, pues se ha ido desmaterializando progresivamente,
a lo largo de la historia, hasta convertirse en pura información. El “dinero” es
uno de los primeros dominios donde se ha desarrollado plenamente la “era de la
información”. La mayoría de las transacciones financieras han ido siendo
informatizadas desde hace unas dos décadas. Y los principales mercados
financieros del mundo se hayan interconectados en “tiempo real”, estableciéndose
crecientes flujos monetarios entre los mismos, en donde el “dinero electrónico”
(o “dinero virtual”) puede funcionar prácticamente sin barreras. El tiempo y el
espacio han sido comprimidos dentro del sistema financiero global, que ha
aprovechado totalmente las nuevas tecnologías de la información y la
comunicación.
El “dinero” es una sustancia viva (pues tiene capacidad de reproducirse) que
opera de forma nómada, circulando constantemente, 24 horas al día, alrededor del
mundo. Y el “dinero” que, en principio, se había inventado para facilitar el
comercio y el mercado, se ha transformado en un verdadero fin en sí mismo. Y
así, las transacciones puramente monetarias se han convertido en el mercado por
excelencia, que impone sus propias reglas a todo el planeta.
Los mercados monetarios (que comercian con dinero, esto es, con divisas) se han
integrado a escala global y funcionan non stop, sin interrupción. Lo cual crea
un mercado, a la vez, abierto y único, que no está ubicado en un lugar concreto
(como los mercados financieros de acciones y bonos, aunque tenga nodos de mayor
intensidad), pues los especuladores pueden comprar y vender divisas, desde
cualquier parte del mundo, con sólo presionar una tecla de ordenador.
Y estos mercados, donde se comercia sólo con divisas, son, con mucho, el mayor
mercado del mundo, el más desregulado y el que condiciona todos los demás.
Diariamente se negocian en ellos más de dos billones de dólares. Esta cifra,
verdaderamente fabulosa, equivale a 100 veces el volumen de negocio diario de
todas las bolsas del mundo.
En este mercado se negocia con la volatilidad de las paridades entre las
diferentes divisas, y su riesgo de cara al futuro, siendo el propio mercado el
que incentiva una cada día mayor volatilidad (y riesgo), pues en ésta (y en
éste) se encuentra sus propias expectativas de beneficios; sobre todo cuando más
del 98% de las transacciones son puramente especulativas en dicho mercado (Lietaer,
2001); lo cual contrasta fuertemente con la situación a principios de los
setenta, cuando éstas representaban menos del 10% (Singh, 2000). Se ha llegado a
decir que para este capital especulativo el “largo plazo” son los próximos diez
minutos. Y es hacia este mercado donde se dirigen, por consiguiente, los
volúmenes mayores de capital, y sus resultados condicionan el funcionamiento de
los demás mercados financieros, al alterar la paridad entre las divisas.
LA ERA DE LA OLIGARQUÍA GLOBAL
De esta forma, todos los Estados del mundo, incluidos los más poderosos, hasta
el propio EEUU, se encuentran vigilados y condicionados por esta fuerza brutal
que son los mercados financieros, y muy en concreto por la de su máximo
exponente los mercados de divisas. Este es un espacio de flujos, más que de
nodos, es decir que trasciende la geografía de localidades y mercados
financieros específicos, aunque se apoye en ellos (la City de Londres, p.e.,
alberga el principal mercado mundial de divisas). Lo cual convierte al sistema
financiero internacional en un espacio (virtual) cada vez más desenraizado,
produciéndose una creciente promiscuidad y cosmopolitismo de los capitales que
circulan, sin fin, por el mismo.
Y en este sentido, “el sistema financiero alcanza un grado de autonomía de la
‘economía real’ sin precedentes en la historia del capitalismo, llevando a éste
hacia una era de peligros financieros también sin precedentes” (Leyshon y Thrift,
1997).
Por eso es un sarcasmo la retórica oficial de que los mercados toman siempre las
mejores decisiones y que tienden al equilibrio, cuando son intrínsicamente
inestables y con tendencia a generar crisis sistémicas, como hasta el mismo
George Soros ha manifestado. Este especulador, después de haber hecho una enorme
fortuna especulando en los mercados financieros, gracias a su desregulación,
desde hace un tiempo clama por una regulación de los mismos, para hacer frente a
un más que probable colapso o quiebra del sistema financiero global (Soros,
1999).
En definitiva, este flujo de “dinero electrónico”, estos capitales financieros,
se generan y operan cada vez más sin necesidad de recurrir al dinero “físico”
emitido por los Estados, salvo, todavía, como unidad de cuenta en la que se
contabilizan las operaciones (Naredo, 2002 a). Ello hace que el poder de los
Estados se esté socavando progresivamente, de forma muy sustancial para los de
carácter periférico, a pesar de que prácticamente a lo largo de todo el siglo XX,
salvo las dos o tres últimas décadas, el poder de los mismos (en concreto en el
Centro) de cara al control de la creación del dinero creció enormemente, en
especial en los “treinta gloriosos” (1940s-1970s) [8].
Se está produciendo ya desde hace años una emancipación casi total del poder
financiero respecto de los vínculos que lo supeditaban al poder político,
acabando con la “represión financiera” que se le había impuesto en la posguerra
mundial. De esta manera, el poder financiero no sólo supedita (ahora) el
quehacer del poder político a sus intereses, sino que la “economía financiera”
se impone a la “economía real”, igual que la “realidad virtual” se impone sobre
la realidad creando una “virtualidad real”.
De cualquier forma, aunque el capital financiero es el sector claramente
hegemónico, que impone su lógica a los demás, su funcionamiento no es
independiente (aunque quisiera) de lo que acontece en la “economía real”. Su
deseo de generar dinero de la nada (gracias a su poder), no es viable durante
mucho tiempo, al margen de lo que sucede en el plano “productivo”, imponiéndose
antes o después el principio de realidad, por lo que se puede decir que su
actuación disfruta de una autonomía solo relativa (Chesnais, 2001).
Lo que sí se puede afirmar es que los bancos centrales han perdido mucha
capacidad de control sobre el dinero en circulación, no sólo respecto del
llamado “dinero bancario” [9], sino sobre todo respecto del “dinero financiero”,
que cada día opera con menos controles a escala mundial, y cuyas locas dinámicas
someten a otras instancias de poder (político y económico). Y, paradójicamente,
esta masiva creación actual de “dinero financiero”, que, en principio, debería
demandar de los Estados y los organismos financieros internacionales un
intervencionismo más potente del que reclamaba, en su día, la creación del
“dinero bancario”, actúa como un verdadero tifón, pues funciona ya sin casi
ningún tipo de restricción, generando crisis in crescendo.
NOTAS DEL TEXTO:
[1] Nota 102 en el texto original: Anteriormente, se había producido el
desarrollo de muy diversas formas de “dinero mercancía” (sal, cacao, ganado,
trigo, etc) en las diferentes sociedades humanas, con el fin de facilitar el
intercambio. En la región de Mesopotamia se desarrollan, desde el tercer milenio
antes de Cristo, formas de “protodinero” (lingotes y piezas metálicas, en
concreto de oro y plata) para impulsar el comercio, como medio de pago y
depósito de valor. El siguiente paso sería la acuñación de moneda.
[2] Nota 103 en el texto original: Durante todo ese tiempo sectores de la
comunidad judía cumplieron un papel importante como prestamistas y cambistas,
pues aunque los judíos condenaban la aplicación de interés de cara a los
miembros de su comunidad, si permitían que se cargase interés en los préstamos a
miembros de otras creencias religiosas. Además, a los judíos se les consideraba
como “extranjeros”, miembros “extraños” a una sociedad profundamente religiosa,
a los que se les excluía del acceso a la tierra, pero a los que se les toleraba
que ejercieran dichas funciones que interesaban, además, a las propias
estructuras de poder de cara a los intercambios monetarios y mercantiles (de
larga distancia) (Simmel, 1990; Weatherford, 1997).
[3] Nota 104 en el texto original: El agregado monetario llamado M1, que incluye
monedas, billetes y los “depósitos a la vista” bancarios (es decir, las cuentas
corrientes).
[4] Nota 105 en el texto original: Los bancos generan dicho “dinero bancario” a
partir de los depósitos que obtienen, pues pueden emitir nuevos créditos
(poniendo en circulación ese nuevo “dinero”) tan sólo inmovilizando una fracción
pequeña de los mismos, y así en cascada. Ese dinero por así decir se “extingue”
cuando se saldan los créditos, siendo el beneficio de los bancos (entre otros)
el pago de los intereses que obtienen por los créditos que conceden. Esta es una
rueda que funciona sin fin, e in crescendo.
[Observación de Islamlatino: En palabras sencillas, esto es lo siguiente:
“¿Usted sabe dónde consigue el banco los $160,000 para prestarle por su
hipoteca? Es muy simple. Alguien se sienta ante una computadora y tipea
"160,000" al lado de su nombre. Con solamente $27.93 de las reservas de efectivo
para cada $10,000 de activos ... el banco acaba de crear DE LA NADA los $159,553
restantes de ese dinero que gana intereses.
Cuando, después de 25 años de trabajo duro, usted paga su hipoteca, los $159,553
desaparecen nuevamente en el aire. Sin embargo, no desparece el dinero del
interés [el dinero que se pagó por el interés]. Éste va directo al bolsillo del
banquero. Los bancos privados han creado exactamente de esta manera cerca de 95
por ciento de nuestra fuente de dinero total ...
Esto se llama [en Canadá] actividades bancarias con reserva fraccionaria (en
otros países es el llamado Sistema de Encajes Bancarios), y es el fraude más
grande de todos los tiempos porque son deudas creadas sin ninguna otra
justificación que la de enriquecer a los banqueros.
Es decir, se presta un dinero que el banquero crea por el puro poder legal que
se la conferido de hacer ello; se piden garantías para pagar ese dinero que él
creó con un simple ‘click’, y debe devolverse el capital y los intereses
(intereses que se producen a partir de un dinero creado de la nada sin esfuerzo
alguno). Si no se hace eso, simplemente, le embargan a uno sus propiedades, o
rematan la casa, etc.
Para entender este punto con total claridad, puede verse: La fuente de dinero
privatizada. La cita anterior ha sido extraída de este artículo]
[5] Nota 106 en el texto original: 106 Pues el sistema financiero no dará
créditos si no hay perspectivas de beneficio, lo que agudizará las tendencias
depresivas. Y viceversa, los impulsará en periodos de expansión, intensificando
la euforia.
[6] Nota 107 en el texto original: Leyshon y Thrift (1997) plantean que los
esquemas marxistas deben ser reconsiderados en profundidad porque los
economistas clásicos (y Marx era uno de ellos) asumían que estaban tratando
principalmente con un sistema sofisticado de “dinero mercancía” (es decir,
vinculado de algún modo con el mundo físico), pero los cambios en más de un
siglo desde que se publicó el Capital han sido muy amplios y profundos. De esta
forma, el importante desarrollo del Estado y de su papel en la economía, la
intensa expansión del dinero de crédito, la desaparición de cualquier conexión
del dinero con el mundo físico (con el oro, en concreto), el papel hegemónico
del sistema financiero en la economía mundial, la explosión de capital ficticio
a través del sistema de “dinero virtual”, y otros muchos cambios, han alterado
absolutamente el paisaje del dinero, y en concreto de sus formas de creación y
apropiación. En el análisis clásico, el capital financiero cumplía una función
subsidiaria en relación a la producción, pero hoy en día es imposible relegar el
papel del mismo a una consideración más o menos marginal, cuando se ha
convertido en el pivote absolutamente central de la economía global. Además,
dichos esquemas no prestan tampoco, de acuerdo con dichos autores, la suficiente
relevancia a otras consideraciones sociales y culturales del dinero, y muy en
especial a la “confianza” que se otorga a aquellas instituciones que emiten hoy
en día las distintas formas de dinero. Y a las razones sobre las que se sustenta
tal “confianza”.
[7] Nota 108 en el texto original: “Desde una tarjeta de plástico con un chip
incorporado, a un impulso magnético que circula por las ‘autopistas de
comunicación’ e interconecta y modifica los asientos contables de empresas o
particulares entre puntos alejados, pasando por la emisión de pasivos que suplen
las funciones del dinero por parte de entidades cuya capacidad de convencimiento
hace que otros les confíen sus fondos (…) El poder del dinero no reside ahora en
quien lo tiene ahorrado (atesorando oro, billetes o cuentas bancarias) sino en
quien tiene la posibilidad de que se lo presten, prometiendo ganancias futuras
mediante la emisión de pasivos o deudas que todo el mundo acepta como depósito
de valor (Naredo, 2002 a).
[8] Nota 109 en el texto original: Y ello fue así como resultado del conflicto
social cada día más abierto, sobre todo en la primera mitad del siglo XX, y la
necesidad de desactivarlo a través de la progresiva creación del llamado Estado
social. Además, la creación del sufragio universal y del sistema de partidos,
que operaba en la misma dirección, hizo inviable las políticas liberales del
siglo XIX que imponía a nivel internacional el llamado patrón-oro. El patrón-oro
se abandona después de la Primera Guerra Mundial, especialmente a partir de los
años treinta, para intentar atender a ciertas demandas sociales, lo que obliga a
los Estados a intervenir cada vez más en el funcionamiento de los bancos
centrales.
[9] Nota 110 en el texto original: Y es preciso resaltar que los bancos de EEUU,
y ahora de “Europa”, al crear “dinero bancario” están creando dinero mundial,
pues el dólar es una divisa de alcance global, lo que intenta emular el euro.
BIBLIOGRAFÍA CITADA:
[Arrighi, 1999]: ARRIGUI, Giovanni: “El Largo Siglo XX”. Ed. Akal (Cuestiones de
Antagonismo). Madrid, 1999.
[Chesnais, 2001]: CHESNAIS, François: “La Teoría del Régimen de Acumulación
Financiarizado: Contenido, Alcance e Interrogantes”. Forum de la Regulation.
París, octubre 2001.
[Dothwaite, 1999]: DOUTHWAITE, Richard: “The Ecology of Money”. Green Books (The
Schumacher Society). Bristol, 1999.
[Huber y Robertson, 2000]: HUBER, Joseph and ROBERTSON, James: “Creating New
Money. A Monetary Reform for the Information Age”. New Economics Foundation.
London, 2000.
[Leyshon y Thrift, 1997]: LEYSHON, Andrew y THRIFT, Nigel: “Money and Space.
Geographies of Monetary Transformation”. Routledge. London, 1997.
[Lietaer, 2001]: LIETAER, Bernard: “The Future of Money”. Century. London, 2001.
[Morán, 2000]: MORÁN, Agustín: “La Renta Básica: Por los Derechos Sociales,
contra la Economía de Mercado y la Moneda Única”. En Iglesias, José (coord.):
“Renta Básica Ya”. Virus. Barcelona, 2000.
[Naredo, 2002 a]: NAREDO, José Manuel (2002 a): “El Decálogo de la Globalización
Financiera”. En “El Balance Nacional de la Economía Española”. FUNCAS. Madrid,
2002.
[Rowbotham, 1998]: ROWBOTHAM, Michael: “The Grip of Death. A Study of Modern
Money, Debt Slavery and Destructive Economics”. Jon Carpenter. London, 1998.
[Simmel, 1990]: SIMMEL, Georg: “The Philosophy of Money”. Routledge. New York,
1990.
[Singh, 2000]: SINGH, Kavalgit: “Taming Global Financial Flows. A Citizen’s
Guide”. Zed Books. London, 2000.
[Soros, 1999]: SOROS, George: “La Crisis del Capitalismo Global. La Sociedad
Abierta en Peligro”. Editorial Debate. Madrid, 1999.
[Weatherford, 1997]: WEATHERFORD, Jack: “The History of Money”. Three Rivers
Press. New York, 1997.
[Wegerif, 2001]: WEGERIF, Boudewijn: “Clean Slate”. En What Matters, mayo 2001.
Título original: "El dinero al entrar el siglo XXI: un huracán sin control, de
potencial devastador".
El texto presentado es la Sección 4 del Capítulo: 'Capitalismo (financiero)
global: sociedad, ecología, ciberespacio y Estado', del libro: Capitalismo
Financiero Global y Guerra Permanente. Hemos tomado el texto de su versión
online (división en párrafos y subtítulos de Islamlatino). El libro se publicó
en marzo de 2003.
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