Por Bill Van Auken - WSWS
La
victoria sin precedentes de la coalición del Frente Amplio sobre el sistema
bipartito que había regido a Uruguay por más de un siglo desató celebraciones de
masas por todo el país.
Durante
el último mes, sin embargo, el gobierno electo, que incluye a los Partidos
Comunista y Socialista, así como también al Movimiento de Participación Popular,
dirigido por ex militantes del grupo guerrillero Los Tupamaros, ha dado señales
inconfundibles que tienen toda intención de seguir una política
fundamentalemente igual a la del gobierno derechista que acaba de reemplazar.
El
indicio más asombroso apareció a mediados de la semana festiva entre Navidad y
el Año Nuevo tras una reunión entre el presidente electo, Tabaré Vázquez, y el
presidente derrotado, Jorge Batlle, del Partido Colorado.
El
periódico El País, publicado en la ciudad capital de Montevideo, reportó el 19
de diciembre que Vázquez le había ofrecido a Batlle el puesto de embajador
uruguayo en Washington.
Para
muchos la noticia pareció increíble. No cabe duda que Batlle ha sido uno de los
presidentes más impopulares de toda latinoamérica. Durante las elecciones de
octubre pasado, su partido gobernante, el Colorado, quedó en un distante tercer
puesto con apenas un 10 porciento del voto popular.
Muchos
de los trabajadores que votaron en contra de esta posibilidad—la de Batlle
asumir un puesto en el nuevo gobierno—fue como un chiste cruel. Una de las
reacciones típicas fue que Batlle debería trabajar para el circo, como el tipo
que sale del cañón, o como payaso, papel que bien sabe como desempeñar.
El odio
hacia el presidente, quien llegara al poder en 1999, tienen sus raíces en la
manera en que ha dirigido la economía nacional, que entró en una recesión tan
profunda que, durante el 2002, dejó sin empleo a por lo menos el 17 porciento de
la población económicamente activa y a casi el 33 porciento del país por debajo
del umbral de la pobreza. También se le ha implicado en un gran escándalo
bancario que contribuyó al desastre económico. Fielmente ha obedecido las
exigencias del Fondo Internacional Monetario para que Uruguay pague una deuda
aplastante de $13.400 millones que equivale a un poco más del Producto Nacional
Bruto del país.
Batlle
también ha sido de los líderes latinoamericanos más serviles a Washington. Actuó
como perro de ataque del gobierno de Bush contra Cuba en foros regionales y se
solidarizó con la invasión estadounidense de Irak. Condenó a la Organización de
las Naciones Unidas por no respaldar la política de Washington basada en la
guerra preventiva.
Enviar
a un individuo de semejante calaña a Washington es como poner el mando de los
asuntos extranjeros del país en manos de la Casa Blanca de Bush. Con todos los
vínculos que tiene con los militares uruguayos y otros sectores con íntimas
relaciones a la antigua dictadura—por ejemplo, el ministro del turismo en el
gobierno Colorado es hijo del ex dictador Juán María Bordaberry—el nombramiento
de Batlle a Washington efectivamente convertiría a la embajada uruguaya en la
capital de Estados Unidos en oficina central de todo golpe de estado militar que
pueda ocurrir en el futuro.
Las
noticias de la reunión entre Vázquez y Batlle dejaron al Frente Amplio en
desorden total. Vázquez aparentemente reaccionó a la ira que había despertado
entre sus propios partidarios cuando inicalmente le dijo a la prensa que todo
había sido un "chiste". Su asesor principal negó que el tema siquiera
se había tratado.
Pero el
compañero electoral de Vázquez, el vicepresidente electo Rodolfo Nin Novoa,
inmediatamente contradijo esta versión de la conversación. Confirmó que la
oferta se había presentado y elogió al presidente electo por su "pragmatismo".
El mismo Batlle declaró que se le había ofrecido el puesto que lo había
rechazado.
Un
corresponsal de la revista semanal, Búsqueda, por fin le preguntó a Batlle lo
que habría hecho si hubiera aceptado la oferta, no importa cuales hayan sido sus
intenciones. Vázquez, por su parte, declaró que se tenía que pensar más allá de
la circunstancias de la manera en que la oferta se hizo, porque, Batlle, quien
tenía buen conocimiento de Estados Unidos y del gobierno de ese país y era,
además, amigo del presidente Bush, podría ofrecerle al país un "importante
servicio".
Este
episodio tan extraño fue sólo uno entre varias declaraciones y acciones tomadas
por el Frente Amplio cuyo objetivo era aparentemente aplacar al imperialismo
estadounidense a la clase gobernante criolla.
Anteriormente en el mes de diciembre, los legisladores nacionales de la
coalición ya se habían unido en masa para votar a favor de un incremento del
contigente del ejército uruguayo que forma parte de la llamada fuerza de paz en
Haití. Los diputados del Frente Amplio en la Cámara inferior que votaron contra
la medida fueron pocos.
Eleuterio Fernández Huidobro, ex guerrillero tupamaro y ahora senador uruguayo,
defendió el voto con palabras que pudieron haber sido pronunciadas por un
senador Republicano de Estados Unidos pidiendo fondos para la invasión de Irak.
Puntualizó que su gente y sus contingentes estaban al frente de la lucha en ese
país bajo situaciones muy difíciles, y que no se les podía negar lo que pedían.
Pero en este caso, la "gente" y los "contingentes" a que
alude representan a los mismos militares que hace tres décadas liquidaron a
tantos de los antiguos camaradas del Fernández Huidobro.
Entre
los que votaron contra el aumento se encuentra el diputado del Partido
Socialista, Guillermo Chifflet, cuya defensa de su postura fue como una
acusación contra los dirigentes del Frente Amplio. Declaró que "los
integrantes de la misión militar que ahora irán a integrarse al contingente
enviado por el gobierno uruguayo contribuirán a consolidar el régimen que usurpó
el poder, con el clásico desembarque de marines, destituyó al presidente electo
e impuso un gobierno ilegítimo." Añadió que se trata de "respaldo a un
régimen fruto de un golpe de estado perpetrado con intervención extranjera"
y una intervención violatoria del derecho a la "autodeterminación de un
pueblo hermano."
Se
reportó que el voto del Frente Amplio a favor del aumento de las tropas había
sido una reacción a la amenaza explícita de la embajada de Estados Unidos: si no
votan por el aumento, puede que impongamos sanciones económicas.
Por
otra parte, el nuevo ministro que asumirá las riendas de la economía, Danilo
Astori, le ha asegurado a los bancos extranjeros y al FMI que el Frente Amplio
seguirá poniendo en práctica el programa de ajustes estructurales impuesto por
sus predecesores.
Astori
también se reunió con la Asociación Rural de Uruguay, que representa a los
poderosos latifundistas del país, y les garantizó una política basada en el "libre
mercado". La reunión se llevó a cabo para disipar todo miedo que el nuevo
gobierno adoptaría medidas, propuestas por sectores del Frente Amplio, para
fomentar el desarrollo de industrias nacionales relacionadas con la agricultura.
Las propuestas incluyen restricciones sobre las exportaciones de ganado en pie y
cueros y lana sin procesar.
En una
señal muy similar a las corporaciones multinacionales y a los capitalistas
uruguayos, Vázquez nombró a Jorge Lepra, ex director de la Texaco y ex
presidente de la Cámara de Comercio de Uruguay-Estados Unidos, como Ministro de
la Industria. El nombramiento de este ejecutivo de las empresas petrolíferas
provocó murmullos de protesta por parte de los dirigentes sindicalistas, quienes
consideran que semejante movida constituye una amenaza para continuar la
privatización de las empresas estatales.
Aunque
se esperaba ampliamente en Uruguay que la victoria del Frente Amplio por fin
llevaría a la justicia a aquellos responsables por la enorme represión que
ocurrió durante las décadas del 70 y el 80, aparentemente esto no va a suceder.
En una conferencia pre electoral del año pasado, el Frente Amplio votó para
continuar la amnistía que protege a los militares de ser enjuiciados por las
ejecuciones, las desapariciones, la tortura y el encarcelamiento político de
decenas de miles de uruguayos que tomaron lugar durante los doce años que
siguieron a la toma del poder por la dictadura en el 1973.
Únicamente una persona—el ex Ministro de Asuntos Exteriores, Juán Carlos
Blanco—ha sido acusado y enjuiciado por estos crímenes. Fue encontrado culpable
en el 2002 en conexión con la desaparición y asesinato de Elena Quinteros,
maestra activa en la política que fuera detenida por las fuerzas militares
mientras se encontraba en la embajada venezolana. Blanco pasó solamente seis
meses en la cárcel, período tras el cual fue puesto en libertad para luego ser
nombrado por el gobierno de Batlle a una junta arbitral del mercado común
Mercosur.
Al ex
dicatdor Juán María Bordaberry anteriormente se le había imputado el cargo de
haber ultrajado a la constitución con sus acciones del 1973, cuando disolvió el
parlamento y efectivamente le entregó el poder a los militares. El mes pasado,
en medio de las negociaciones políticas de transición gubernamental, un juez de
la Corte Suprema desestimó el cargo y declaró que proceder el caso para someter
a la justicia al ex dirigente del golpe sería lo mismo que enjuiciarlo dos veces
por el mismo delito. Pero el hecho es que el precedente al cual el juez aludió
fue un dictamen de la Corte Suprema—basado en una tecnicalidad jurídica—para no
aceptar los cargos relacionados con el golpe. La causa nunca compareció ante los
tribunales.
El
nuevo caso, no obstrante, incluye cargos que nunca se imputaron en 1986,
inclusive quien fue responsable por la tortura, los asesinatos y la colaboración
de la policía secreta de Uruguay con la Operación Cóndor, acción en conjunto de
varias dictaduras latinoamericanas para seguir la pista de, y asesinar a,
adversarios políticos en el exilio.
Fue una
asociación que representa a los parientes de los individuos asesinados por la
dictadura que le imputó a Bordaberry los nuevos cargos. La confederación
principal de sindicatos obreros del país, la PIT-CNT, le ha brindado su apoyo al
caso. Anteriormente Bordaberry había logrado frustrar a los fiscales que habían
tratado de ponerlo en tela de juicio por su papel en ordenar la masacre, en
1972, de ocho sindicalistas de izquierda.
Aunque
se espera que otra vez se le lleve ante los tribunales, el tiempo apremia. Puede
que el 1ro. de marzo, día en que Vázquez asume la presidencia de Uruguay, los
abogados del ex dictador se acojan al principio de la prescripción legal para
evitar que lo enjuicien. La fecha marca el vigésimo aniversario del fin de la
dictadura militar. Si Bordaberry logra vencer el límite de tiempo, grupos
defensores de los derechos humanos han jurado imputarle crímenes contra la
humanidad, los cuales, bajo las leyes del derecho internacional, no respetan la
prescripción legal.