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(IAR-Noticias)
01-Mar-05
Por Claudio
Aliscioni - La Haine
En
lo esencial, el nuevo gobierno instalará desde lo económico una línea de
continuidad con la administración saliente del colorado Jorge Batlle, es decir,
colaboración con los organismos financieros internacionales e incentivo para el
capital privado.
Cuando
este martes asuma Tabaré Vázquez como nuevo presidente de Uruguay, el
tradicional bipartidismo de ese país será un recuerdo del pasado. Pero, este
cambio no bastará para alterar en sustancia el curso actual de las cosas.
Es cierto que muchos en la región —la inclusión de desprevenidos analistas de la
Argentina es aquí necesaria— han venido alarmándose por la intromisión del
gobierno del Frente Amplio, que suele catalogarse como representante de la
izquierda política. Pero debe aclararse que esa orientación proviene más bien de
un simple equívoco lingüístico que el tiempo, y sin duda la misma acción de
gobierno de Vázquez, se encargarán de disipar.
Para empezar, los mismos integrantes de la nueva administración uruguaya admiten
que el sesgo ideológico de su gobierno mucho se parecerá al del brasileño Lula
da Silva y al de Néstor Kirchner, las dos figuras en las que Tabaré pretende
mirarse como si fueran su espejo político.
Las comparaciones, sin embargo, deben detenerse allí: sería trabajoso incluir
sin tropiezos a estos modelos dentro de los cánones de la izquierda clásica,
aunque todos pongan mucho énfasis en la cuestión social y en la necesidad de
aplicar políticas distributivas más novedosas.
En lo esencial, el nuevo gobierno instalará desde lo económico una línea de
continuidad con la administración saliente del colorado Jorge Batlle, es decir,
colaboración con los organismos financieros internacionales e incentivo para el
capital privado. Como en todas las economías regionales, el problema principal
será la deuda externa. Pero últimamente Uruguay ha venido canjeando los débitos
privados y renegociando la deuda pública de modo que los vencimientos de este
año no ahoguen a la gestión que llega. La continuidad también se traducirá en un
marcado apoyo a las empresas públicas, lo que reforzará el papel importante que
el Estado tiene aún hoy en la vida cotidiana uruguaya.
Las diferencias asomarán en las relaciones exteriores, con un claro acercamiento
al Mercosur —bloque mirado con cierto desánimo por Battle— y una mayor distancia
de EE.UU. También en la política doméstica ligada al ingreso. Un simple dato
mide los desafíos en este rubro: según la Unicef, por cada adulto pobre hay
nueve niños que no logran cubrir su cuota de alimentación y servicios básicos.
En 1986, la relación era de 2 a 1.
Es casi un lugar común cifrar los temores sobre su gestión en la presencia de
los tupamaros en la alianza, cuyo bloque interno fue el más votado en las
presidenciales de octubre. Pero no hay que exagerar aquí tampoco: para muchos
uruguayos, su ascenso al poder se leía hasta en la borra del café. Lo cierto es
que el frenteamplista gobierna Montevideo con eficacia desde hace 15 años. Y su
voto comenzó a crecer desde los 60. Resta ahora saber qué harán con ese capital
político ganado en buena ley.
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