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(IAR-Noticias)
03-Mar-05
Por
Enrique Oliva
En la historia de la
humanidad, los grandes imperios han durado siglos, hasta muchos siglos,
sostenidos siempre por el terror y la fuerza militar. Aunque hayan tenido
periodos de cierta grandeza, todos llegaron un día a la decadencia y
desaparición.
En la actualidad, el
acelerado ritmo de los cambios tecnológicos aplicados a la guerra, con una
capacidad de muerte y destrucción jamás imaginada por las mentes más
fantasiosas, pueden disminuir los tiempos de las hegemonías. Los métodos no han
cambiado: genocidios, expansionismo, desaparición de culturas y naciones,
racismo y esclavitud.
Desde los conquistadores
venidos de Oriente hasta los surgidos en Europa, minoritarios en habitantes,
iban aumentando sus fuerzas sirviéndose de cipayos (que luchan contra sus
propios compatriotas) y mercenarios (asesinos a sueldo). Los vencedores los
incorporaban a cambio de perdonarles la vida o la esclavitud y ofrecerles
botines de próximas guerras.
Griegos, romanos,
españoles, otomanos y otros, no inventaron nada, ni tampoco la “civilizadora”
España.
Los ingleses perfeccionaron esa “tradición”, venida del fondo de los tiempos.
Con una población de poco más de 10 millones de habitantes, crearon el imperio
más grande que se haya conocido.
Con “esclavos” de una
colonia conquistaban otra y seguían aumentando sus fuerzas. Con la enorme flota
dominando los mares, a cañonazos tomaban estrechos y puertos estratégicos, como
por ejemplo en Gibraltar; en China donde desembocaban los grandes ríos.
Construían un fuerte y desde allí imponían la “libertad de comercio”.
También aplicaron la
piratería en gran escala, como el tráfico de esclavos y del opio, éste con la
forzada legalización por los mandarines de su libre venta y consumo. Tras las
migajas coloniales que dejaban los ingleses, iban Estados Unidos y varias
naciones europeas, incluso vendiendo opio y tomando esclavos.
El turno del Imperio yanqui
A partir de la Segunda Guerra Mundial, donde las grandes potencias coloniales
europeas pelearon por última vez con soldados de sus dominios, cuando los
“aliados” estaban al borde de la derrota, entró en el conflicto Estados Unidos,
con el dudoso “pretexto” de Pearl Harbor.
Los norteamericanos, con
prolijo planeamiento, en poco tiempo se quedaron con el dominio económico del
malherido Imperio Británico. La nación yanqui fue la única que salió gananciosa
de ese conflicto y el resto de los aliados como sus deudores. De inmediato, con
el “generoso” Plan Marshall redondeó su control sobre Europa, por la módica
ayuda (más en ventas que en efectivo) de 12.000 millones de dólares.
A la Unión Soviética no
le dieron nada, aunque fue quien frenó a Hitler, al costo de casi 30 millones de
muertos (militares y civiles) y la tierra arrasada desde Ucrania a las puertas
de Moscú. En líneas rectas, significó un frente, o espacio, de 2.400 kilómetros
por casi 3.000 kilómetros de ancho (desde Leningrado a Georgia).
Fuerza y debilidad del nuevo Imperio
El conquistador George
W. Bush, ha dejado bien en claro que está por encima de cualquier norma
internacional, siendo capaz de todo; cuando se le cuestiona legitimidad como
presidente por fraudes en sus dos elecciones y que el atentado terrorista de las
Torres Gemelas no fue cometido por Al Qaeda, hasta dudándose hoy de la
existencia misma de esta organización.
Militarmente ya tiene bajo sus armas a todo el Medio Oriente y el objetivo real
es dominar al mundo por el manejo del petróleo y otros recursos indispensables a
los países industrializados.
También ha echado mano
Estados Unidos a los servicios de mercenarios propios y procedentes de sus
obligados “aliados”, temerosos estos de quedarse fuera de la repartija del
petróleo. El conjunto de ocupantes tampoco se priva de nada en el salvaje clima
de la guerra injusta, sangrienta y depredadora.
El escándalo de las
torturas y humillaciones sexuales de militares yanquis en Iraq ya no es el único
caso con estado público, pues también se han probado, y fotografiado, abusos
similares cometidos por ingleses, australianos y dinamarqueses en sus
respectivas áreas.
Evidentemente, las
realidades han cambiado. Estados Unidos posee un presupuesto de guerra igual a
la suma de todos los del resto del mundo. Pese a ello, las armas más
sofisticadas y mortíferas, soldados robot incluidos, no pueden eliminar las
religiones que llevan a los creyentes al sacrificio del suicidio, en defensa de
sus creencias y tierras para ellos sagradas.
Pero la historia nos
muestra que los pueblos suelen inventar recursos ingeniosos para desalentar a
sus opresores. Por ahora, si la fuerza de dominio mundial que prácticamente ya
tienen los yanquis, es el petróleo y el gas, poco y nada han podido sacar de
Afganistán e Iraq por la vulnerabilidad de los largos oleoductos y gasoductos
que son volados. Otro tanto le podrá pasar si toma a Irán. El venezolano Chávez
amenaza con lo mismo de ser invadido.
En su actual recorrida
europea, Bush no ha encontrado ninguna oposición seria de parte de los gobiernos
“aliados” aunque no pueda mostrarse en público. Los pueblos no aplauden los
atropellos cometidos ni tampoco sus amenazantes planes contra otros países.
Cuando el mundo aun no
ha superado el miedo a volar a raíz de los feroces atentados sobre las torres
gemelas y el Pentágono, los medios noticiosos internacionales del pasado jueves
24 de febrero incrementó el pavor al difundir dramáticas declaraciones del
presidente yanqui. Según él, trató con el presidente de la Federación Rusa Putin,
“el peligro de ataques a aviones comerciales de pasajeros por misiles
tierra-aire, ya llegados a manos de terroristas islámicos”.
Subordinación forzada al Imperio
El machote socialista
Rodríguez Zapatero, arribado a la presidencia de España por prometer retirar sus
tropas de Iraq, como lo hizo, acaba de admitir que ahora enviará “instructores”
a ese mismo país petrolero ocupado.
Los contundentes
aprietes del imperio se sienten por todo el globo. Siria, por primera vez ha
comenzado a acatar el repetido ultimátum yanqui de retirar sus tropas del
Líbano. Lula, inexplicablemente ha anunciado que privatizará la mitad de la
boscosa Amazonía (que ya figura como norteamericana en libros escolares de
Estados Unidos) “para evitar las luchas por la propiedad y explotación de esas
tierras”.
Aunque se advierta que
el gran matón del barrio terráqueo, va en camino de un gigantesco nuevo Vietnam,
de impredecibles consecuencias internacionales, por ahora es peligrosísimo.
Nadie le responde al contundente desprecio por tratar con el Mercosur y menos
con la Unión Suramericana. Los quiere a todos en su hermética bolsa del ALCA.
Ante esta innegable
realidad y la manifiesta obsesión del halcón Richard Cheeney sobre el objetivo
Triple Frontera, ¿qué podría hacer Argentina para sobrevivir como nación con
integridad territorial y soberanía?.
¿No cabría reunir a los
mejores cerebros nacionales, argentinos de verdad no comprometidos con el
imperio e intereses de multinacionales, poniéndolos a trabajar discretamente en
planes y estrategias para la pos guerra imperial petrolera? Tal convocatoria
patriótica nos uniría junto a otros pueblos hermanos, sin desgastarnos en
internas.
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