|
(IAR-Noticias)
07-Mar-05
por Timothy Garton Ash*
- Clarín
Ver al
presidente George W. Bush la semana pasada en Bruselas era ver el camino
que le queda todavía a Europa si quiere que el mundo la tome en serio.
A un lado, estaba César. Al otro, el primer ministro de Luxemburgo.
Y de Bélgica. Y el presidente de la Comisión Europea. Y el alto
representante de la Unión para la política exterior. Y los comisarios de
relaciones exteriores y comercio. Y docenas más de jefes de gobierno y de
diversas instituciones europeas, todos desviviéndose por disfrutar del
sol de esa presencia imperial que tantas veces condenan en privado.
"Si el ridículo matase, habría montones de cadáveres en las calles de
Bruselas", dijo el primer ministro luxemburgués, Jean-Claude Juncker, uno
de los responsables de organizar la recepción a Bush porque la presidencia
rotatoria de la Unión la ocupa en la actualidad Luxemburgo ("un área
ligeramente inferior a la de Rhode Island", dice el libro de consulta de
la CIA).
Juncker nos promete que habrá un divertido fragmento en sus memorias sobre
las rencillas intraeuropeas para conseguir "un rato" con el emperador.
Mientras tanto, allí estaba César. Dos horas antes de que empezara su
discurso, entramos por una vieja entrada trasera al Concert Noble, un gran
salón de baile con cortinas granates en el que la aristocracia belga se
reúne todavía, una vez al año, para el Bal de la Noblesse. Poco a
poco, las filas delanteras se llenaron de embajadores y pequeños
dignatarios de la periferia del imperio. Se podía ver a unos cuantos
tribunos, prefectos y comerciantes estadounidenses. A continuación
llegaron los procónsules, hombres llenos de gravitas imperial,
majestuosa cortesía y cortes de pelo de estilo militar. Todos llevaban la
seria toga washingtoniana: traje oscuro y camisa blanca.
Tras una larga espera, llegó el momento de los cónsules y altos
funcionarios del imperio, incluida Condoleezza Rice. La muchedumbre
empezó a animarse. Los teléfonos móviles se apagaron y nos pusimos de
pie, guiados por la casa imperial, para saludar a la esposa del César,
Laura. Pocos minutos después, los altavoces anunciaban al "primer
ministro de Bélgica y el presidente de Estados Unidos". Volvimos a
levantarnos y allí estaban, el primer ministro belga con un trotecillo
como de chico de colegio grande y desgarbado, con sus gafas y su cabello
despeinado, y luego, flanqueado por su guardia pretoriana, el presidente
de Estados Unidos, que entraba como un emperador. Tom y Jerry.
El primer ministro belga aprovechó su momento ante los focos mundiales y
dio al presidente Bush la bienvenida a "la capital de Bélgica y la capital
de Europa". Adaptó una frase de uno de los padres fundadores de la Unión
Europea, el belga Paul Henri Spaak, para decir que Europa está compuesta
solamente de pequeños países, pero algunos lo saben y otros no. "Sólo una
Europa unida", dijo, "puede ser un socio firme de Estados Unidos". Para
caminar, concluyó, necesitamos dos piernas fuertes.
¿Pero dónde está la pierna europea? Cuando habló, por fin, tras la
introducción un poco excesiva del primer ministro belga, Bush presentó un
programa claro y ambicioso para lo que su gobierno llama "diplomacia
transformadora" en todo el mundo. Había algunos elementos importantes,
como la insistencia en un Estado palestino con un territorio contiguo
en Cisjordania y el hecho de colocar la reforma democrática en
primer plano de nuestro diálogo con Rusia. El programa puede gustar o
no, pero, desde luego, está muy claro cuál es.
¿Quién sabe cuál es el programa de Europa para el mundo? La
pregunta que siempre se le atribuye a Henry Kissinger —"dice usted Europa,
pero ¿a qué número tengo que llamar?"— sigue vigente. La pasmosa
multiplicidad de personas con las que Bush tuvo que encontrarse en
Bruselas demuestra lo lejos que estamos todavía de tener una respuesta.
*Historiador,
Universidad de Oxford
|