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(IAR-Noticias)
07-Mar-05
Entrevista a Eduardo Galeano
- Página 12
Después de la asunción de Tabaré Vázquez como el primer
presidente socialista de la historia uruguaya, Eduardo Galeano recibió a
Página/12 en su segunda casa, El Brasilero, un café de la Ciudad Vieja
de Montevideo. Habló de la esperanza, de por qué el saludo era “Feliz
Año Nuevo”, de los Tupamaros, el Frente Amplio, la murga, el barrio y
las contradicciones. Y de quién y cómo es Tabaré
Mucha madera oscura, buena pinotea en el piso y un cartel que
dice, en la ventana, 1877. En las paredes colgaron imágenes de Montevideo y
afiches de viejas exposiciones. También fotos de algunos personajes.
En una
de ellas aparece un Eduardo Galeano que se parece mucho al tipo que en este
momento entra a El Brasilero, el café de la Ciudad Vieja, y antes de
sentarse va al mostrador y pide un cortado. Entonces el Eduardo Galeano real
saca su portadocumentos y muestra un carnet chiquito.
–Mirá. Socio número uno.
Socio de El Brasilero.
–Y mirá atrás.
Atrás dice que el socio tendrá derecho a un café gratis por día.
–Tengo la base de mi alimentación resuelta para toda la vida.
–Sobre todo si tomás cortado.
–Y cortado y con azúcar, más todavía.
Es 2 de marzo y son las tres de la tarde, primer día hábil de Tabaré
Vázquez, que asumió el día anterior como el primer presidente de izquierda
de la historia uruguaya, en medio de una alegría que pareció histórica.
–¿Alguna vez hubo tantos uruguayos tan contentos? Sacá el 31 de octubre,
cuando ganó el Frente Amplio.
–Sí, ésa fue una. Tal vez cuando la gente salió a la calle al fin de la
dictadura. Yo estaba en el exilio. Si no es eso, no hay nada comparable.
Ahora, la noche previa, la del 28 de febrero, y las vísperas, la gente
inventó una consigna espontánea, no pactada, que se repitió de Sayago a
Malvín. Decían o “Feliz año” o “Feliz año nuevo”, lo que era una locura por
el año ya llevaba dos meses.
–Y las cañitas.
–En Malvín, donde yo vivo, los tamboriles hasta muy tarde, y las banderas
flameando, y los cohetes y las bengalas saludando el nacimiento del año. Era
el signo de un tiempo que nacía. O de un país que nacía. O nacía de nuevo,
después de haber soportado una existencia dudosa.
–Sí, no había discusión sobre cuál sería la primera medida o qué
funcionamiento tendría el nuevo gobierno.
–Claro, esta vez primaba la enorme alegría. Como el tipo ése que comentó en
octubre, cuando se ganó la elección y realmente nos pellizcábamos porque no
podíamos creerlo: “Yo quiero que esta noche no se acabe nunca”. Una alegría
que la gente quería que fuera infinita. Hace tanto tiempo que no tenían
ninguna... Este es un país muy castigado, muy apedreado. Los jóvenes que se
fueron. Un país vacío de jóvenes. Una hemorragia de población.
–Tabaré dijo en su discurso que el 15 por ciento está afuera.
–Y debe ser. Casi medio millón. Muchos jóvenes. Por eso Tabaré anunció que
enviaría una ley para que pudieran votar afuera. Porque para más los
castigaban negándoles el voto. No solo expulsaban a los hijos jóvenes de
esta tierra.
–Los emigrados son causa de bajo permanente, ¿no?
–Seguro. Primero porque irse no es ninguna fiesta. Pero los que se quedan,
condenados a extrañar a los que se fueron, tienen una condena jodida. ¿Sabés
por qué no podían votar? Decían: “Los uruguayos que se van no saben lo que
pasa acá”. Saben más que los que nos quedamos.
–Por eso se fueron.
–Y obligaban a venir a votar, a pagar el pasaje, conseguir licencia en el
trabajo. Facilísimo si vivís en Australia. Y venir y encontrarte con que no
estabas en el padrón. Por suerte Tabaré ratificó ese compromiso electoral
del Frente. Es bueno que lo que se sabía que iba a ocurrir quede ratificado,
y en voz alta. Lo mismo lo de Juan Gelman. Explícitamente dijo que el caso
de su nuera no está comprendido en la Ley de Caducidad. Tampoco los
asesinatos de Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz.Importante que haya
dicho que se va excavar, y que si no está lo que se busca hay que averiguar
dónde está. Es bueno concretar los compromisos ante la gente.
–¿Qué tipo de líder es Tabaré, Eduardo?
–Es típico de los nuevos tiempos en América latina. Desde el año ’80 tenía
militancia en el Partido Socialista, pero no es producto de un partido
político. No venía de ahí su prestigio. Venía del barrio. De los comedores
populares y de todo lo que hizo en el barrio de La Teja. Y de la
resurrección del Club Progreso, fundado por los anarcos y los socialistas a
principios de siglo, un 1° de mayo, como el Club Chacarita de la Argentina.
Progreso estaba olvidado en las catacumbas. Como presidente del club, Tabaré
lo resucitó, lo pasó a primera, le ganó a Peñarol y a Nacional y fue
campeón.
–Eso es el ’89.
–Sí. Fue un presentimiento de lo que ocurriría con el país. El de Tabaré es
un prestigio ganado en buena ley, de abajo arriba, desde el pie como quería
Zitarrosa, y también por su tarea profesional como médico oncólogo, uno de
los mejores del Río de la Plata. Los médicos tienen prestigio mágico en
América latina. Los héroes de las telenovelas suelen ser médicos. Salvador
Allende era médico, socialista y masón. Era parecido. Allende había sido
ministro y senador. Tabaré viene del barrio, el fútbol y la medicina. Es un
tipo sencillo, afable, honesto. Buen tipo. Muy uruguayo en su manera de ser.
–¿O sea?
–Suave, lento. Se toma su tiempo. Como el jugador uruguayo que recibe la
pelota y piensa qué va a hacer. Tiene imán. Tiene carisma. Un carisma
diferente al del Pepe Mujica, el otro hombre con carisma de la izquierda
uruguaya.
–¿Por qué los Tupamaros son la única guerrilla de Sudamérica que conserva el
prestigio de antes, aunque ya no sean guerrilleros?
–Junto a los zapatistas de México, que rápidamente se convirtieron en otra
cosa, fue la guerrilla menos militarizada en América latina. Hubo algunas
desviaciones, algunos errores. Alguna cagadita que otra se mandaron. Por
excepción, no por regla. Pero, comparando, fue el movimiento guerrillero que
se distinguió por el respeto de la vida humana. Esto preservó una cierta
línea de continuidad que les permitió reinsertarse en la democracia con toda
naturalidad y con un enorme éxito.
–El Movimiento de Participación Popular es la fuerza más representativa
dentro del Frente Amplio.
–No es moco de pavo, ¿no?
–Cuando uno habla con dirigentes como Mujica o como Eleuterio Fernández
Huidobro no los ve nostálgicos en política.
–No, y tampoco al revés. No tienen el razonamiento de los arrepentidos, de
hablar solo de un período negro. No descubrieron la democracia como quien
descubre a Jesús, como los iluminados. Lo ven como una continuidad de lucha,
de afirmación de los principios que los movieron. En otra circunstancia
histórica, donde los cauces democráticos estaban cerrados o muy ensuciados.
También había una cierta visión idealizada de la lucha armada a partir de la
experiencia cubana, que tuvo una enorme proyección, y también del mensaje de
la vida del Che.
–Tupamaros es de principios de los años ’60.
–Y estuvieron también muy signados por la actividad de Raúl Sendic en el
interior, en la fundación de sindicatos en el norte del país. Lo llamaban
“El justiciero”. El régimen ya estaba muy agotado y empezó con las
respuestas violentas. Después vinieron los años de la dictadura militar,
años de mugre y miedo. Este país fue muy lastimado. Se convirtió en el país
con mayor cantidad de torturados por habitante en el mundo. Y bueno, después
vino el período tambaleante de una democracia que empezaba a caminar con
dificultad y que yo creo que ha encontrado en la izquierda una fuente de
energía tremenda. Sobre todo a los ojos de los jóvenes, de los pocos que
quedaban y de los que estaban escondidos abajo de las piedras y ahora
aparecen en las calles. Esto es un milagro bíblico. Súbitamente el país
tiene los jóvenes que le faltaban. Y creen, recuperan la confianza.
–¿Qué produjo ese nivel de credibilidad del Frente Amplio?
–La expectativa del cambio. Y cuidado con eso. Algunos compañeros, algunos
amigos, hablan tanto de las virtudes de la continuidad que pierden de vista
lo más importante, que es la necesidad de marcar la diferencia.
–Te votaron para eso.
–Si no para qué. ¿La democracia es para elegir entre lo mismo y lo mismo?
No. Y no hablo de cambios inmediatos. El Frente no vendió carne podrida. Dio
esperanzas legítimas, ciertas, transparentes, comunicadas con mucha
honestidad. Nunca se dijo que en una semana esto sería el paraíso terrenal.
Jamás. Decían: “Viene un tiempo de sacrificio, de espera, será muy
complicado”. Lo importante es que no se pierda el rumbo de cambio. Es lo
decisivo. Sin rumbo los muchachos tendrán derecho a preguntarse si la
democracia es un circo donde los políticos hacen piruetas.
–Hablabas de Tabaré surgido del barrio. ¿Por qué el barrio como fuerza de
organización social en Uruguay no se rompió?
–Se lastimó. En las últimas décadas, y no sólo por la dictadura militar sino
por el proceso avasallante e implacable de esto que llaman globalización,
los vínculos sociales han sido muy lastimados o rotos. Un modelo de vida te
obliga a devorar al prójimo para sobrevivir. En el Uruguay mal que bien esos
vínculos se han podido salvar probablemente gracias a la condición
prehistórica de este país. Estamos charlando en una ciudad donde todavía se
puede respirar y caminar, que son dos lujos inimaginables en el mundo
moderno. Y acordate de las dimensiones chiquitas de un país que todavía
conserva espacios entrañables, esos reductos últimos de la solidaridad que
son los vecindarios, en gran parte también porque pudieron sobrevivir y
hasta florecer en medio de la crisis, y en cierta medida incluso por ella,
unas cuantas cooperativas que fueron naciendo a medida que la gente necesitó
encontrar la manera de defenderse juntándose. Cooperativas de vivienda,
gente que construyó sus propias casas, artesanos que se juntaron frente a la
tragedia del desmantelamiento de toda la estructura productiva de este país.
Al principio manu militari, pero después, a comienzos de la democracia,
cuando blancos y colorados empiezan a ponerse de acuerdo en convertir al
país en un banco con vista al mar y cuatro vaquitas atrás.
–Salió mal.
–Se llevaron mil millones de dólares. Y el Estado, sordo y ciego, no vio ni
escuchó nada. Era ya el Estado ausente. El Banco Central no existía. No
había ningún control de nada. Antes de irse, el gobierno de Jorge Batlle
reconoció que los Rohm operaban a través de una empresa que no tenía
existencia legal.
–Ni siquiera estaba inscripta en la DGI uruguaya.
–No, y lo contaban como quien dice que llueve. Hay que tener fe en el
capital financiero como fuente de algo que no sea corrupción y negocios
cochinos, delincuencia... El viejo Bertolt Brecht lo decía, y es verdad: “Es
un crimen asaltar un banco, pero más crimen es fundarlo”. El Frente nunca
entró en ese juego de ilusiones, en ese espectáculo de las sombras chinas en
la pared. Siempre apeló al país productivo. Es lo que se va a intentar
ahora. Energía hay. Y talento humano también, porque viste que el Uruguay
tiene buen nivel de formación como para intentar algunas aventuras
creadoras. Pero este país se vació de jóvenes y está estrangulado por la
deuda. Y además, gravemente enfermo de desesperanza. La gran novedad es que
la esperanza volvió. Igual siempre les recuerdo a los compañeros que los
malos poetas del realismo socialista nos decían que la esperanza es de
acero. De acero no es. De cristalito, nomás. Cuidado que no se nos rompa en
las manos, porque después cuesta generaciones recuperar esto que suena tan
bien. Hay otra luz en la cara de la gente en este país sometido a largos
años de tristeza obligatoria. Era, hasta hace poco, un país apagado. Yo
siento que se iluminó, que se encendieron luces por todos lados. Esas luces
están en la cara de la gente.
–Fue impactante ver el fenómeno de una bandera por persona. No había una
bandera de cabeza y la gente atrás.
–Y otra cosa que me llamó la atención bien, un dato que hace a la
cordialidad nacional, porque éste es un pueblo cordial, es que no hubo ni un
solo episodio de violencia ni en el festejo de la victoria ni en este
festejo de la vida nueva. Salvo cosas normales, como la gente que silbó al
escuchar cuando Batlle decía que le entregaba a Tabaré un país en
crecimiento. A los números les está yendo muy bien, pero la gente no se ha
enterado. El derecho de la gente a ser ella misma es la soberanía de verdad.
Eso está en contradicción con la tradición jodida, herencia de la estructura
colonial, que es la tradición de la impotencia, de la realidad intocable, de
hasta aquí llegamos. Es lo que nos dejaron de regalo los frailes fatalistas
y los doctores papanatas. Podés mirar de lejos la realidad. Podés aplaudirla
o podés abuchearla. Pero tocarla no. Cambiarla, menos.
–¿En qué pesa que el gabinete esté formado por ministros que ya eran adultos
en la década del ’60?
–Son viejos. El Uruguay es un país de viejos.
–Revolución cubana y sexo libre.
–Los hippies al poder, decís. Los compañeros que son ministros mantuvieron
viva una energía juvenil que es de agradecer, ¿no? Y una cierta capacidad de
creer a pesar de todo. Y son gente muy castigada. Mujica dijo con razón en
el Congreso: “Yo tengo muchas mataduras en el lomo”. Un amigo argentino
Envar el Kadri, Cachito, muy cerca del Uruguay y muy hermanado conmigo, que
murió temprano, me escribió una carta muy linda cuando las dictaduras
empezaron a desmoronarse. Me decía: “No pudieron convertirnos en ellos”.
Siempre lo tengo muy presente. Veo a los compañeros del gabinete con esa
capacidad linda de entrega, de solidaridad, que te hace no terminar en vos
mismo y en tus pequeñeces. Eso es lindo. Es una buena herencia de aquella
generación que habrá metido la pata mil veces pero que vivió un tiempo de
locura. Un tiempo en el que nadie discutía que la pobreza era el resultado
de la injusticia. Ni los tipos de derecha lo discutían. Ahora, para muchos
fuera de la izquierda, la pobreza es el castigo que la ineficiencia merece.
Hay que reconstruir los conceptos de justicia e injusticia. El mundo de hoy
es mucho más injusto que aquel mundo.
–Eduardo, hubo mucho candombe, mucha murga en los festejos.
–Algunas cosas se mantuvieron. Yo tomo con pinzas la identidad. Es una cosa
dudosa que meten en el museo y sirve para que publiquen libros sobre el ser
argentino y el ser uruguayo. Me muero de aburrimiento. Otras cosas se fueron
perdiendo. Cuando yo era chico había tablados. Se ponían unos barriles y
encima las tablas. Venían las murgas y cantaban. Los tablados tenían muñecos
gigantes, divertidos, hechos por los mejores artistas del país, que vivían
en el mismo barrio, no en una nube. La murga cantaba a cambio de los pocos
pesos que la gente le daba en el sombrero. Era un sueño incesante el de
aquellos tipos que venían con las caras pintadas, hablaban de los problemas
de cada día de la gente y les tomaban el pelo a los políticos. El tablado
era el escenario de la fiesta de la vida. Bajo el tablado ocurrían los
primeros besos, alrededor del tablado se bailaba. No había ninguna frontera
separando a los espectadores de los protagonistas. Es la herencia de la
tradición murguera de Cádiz, que de ahí vinieron las murgas uruguayas, como
instrumento popular de venganza para tomarle el pelo al poder. Lo que define
a un producto cultural como la murga, o como el fainá, que vino de Génova,
no es el origen sino el uso, cómo se inserta y desarrolla en cualquier lugar
de la tierra. En mi infancia bailaban en la calle hasta los paralíticos.
Pero hoy el carnaval sigue un acontecimiento largo, como un sello. Hoy, como
entonces, los temas son política y vida cotidiana. Cantos sobre el aumento
del precio del boleto, sobre un escándalo con algún diputado... El carnaval
es la revancha del mendigo frente al rey.
–La murga es frenteamplista.
–Sí, las murgas son todas de izquierda.
–¿Y ahora qué hará?
–Tendrá que criticar a la izquierda, que me parece muy sano. La solidaridad
se ejerce desde la libertad de conciencia. Mis relaciones con Cuba son
excelentes, pero tengo una posición muy crítica respecto de las cosas de
Cuba que no me gustan, y las digo. El Frente Amplio es un frente de verdad,
no es una suma de sellos, y las contradicciones bienvenidas sean. Algunos
amigos se espantan. “Somos una olla de grillos.” Digo que no, que somos un
organismo vivo y contradictorio. La discrepancia es la prueba de que esto es
de verdad, no algo fabricado. Las dictaduras son más eficientes que las
democracias. Si el Frente fuera ortopédico, sería más eficiente. Una
organización monárquica donde el rey transmite la orden. Uruguay es un
pueblo respondón. No le vas a decir que se calle y obedezca. Somos
conservadores anarquistas. Nos cuesta cambiar pero no nos gusta que nos
manden. Por eso el Frente fue creciendo conciencia a conciencia, casa por
casa, despacito y por las piedras.
–Tabaré está de suerte. Tuvo el regalo del Oscar para Jorge Drexler.
–Acá toda la izquierda ve la ceremonia de los Oscar a escondidas. “Anoche me
acosté tarde porque me dolía la cabeza.” En el fondo nadie creía que Drexler
iba a ganar. Y ganó. Acá está la cultura de Hollywood, igual que la cultura
de consumo. Solo que como somos pobres se nota menos. Cuando me estaba yendo
de la Argentina empecé a escribir Días y noches de amor y de guerra. Lo
terminé en España. Tiene como un umbral, esas frasecitas que ponés al
principio, de Marx: “En la historia, como en la naturaleza, la podredumbre
es la fuente de la vida”. A mí siempre me pareció una definición perfecta de
lo que es la dialéctica. Bueno, el libro se publica en español y cuando
empiezan las versiones en otras lenguas el traductor alemán, con germánico
sentido de la responsabilidad de su oficio, me dice: “Estoy buscando la
frase y no la encuentro. ¿De dónde la sacaste?”. Le dije que la buscaría. Yo
de verdad que leí a Marx. Incluso El Capital, con un profesor argentino. Me
puse a hurgar y nada. Al final me di cuenta de que estaba dedicando mi vida
a buscar esa frase. Le dije al alemán: “Me vas a perdonar. No sé de dónde
viene. Si querés ponela y si no sacala”. Y el alemán me dijo que la dejaría
porque la frase era muy buena. Y ahí llegué a la conclusión de que la frase
era de Marx pero se había olvidado de escribirla. Era mi resumen de lo que
yo mismo había leído. Y eso es lo más importante que uno puede recibir como
herencia: la certeza de que la contradicción es la fuente de la esperanza,
porque de todo lo peor viene lo mejor.
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