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es uno de los primeros países de Sudamérica que se decidió por
la imposición del modelo neoliberal. En 1985 -luego de una
galopante hiperinflación y de innumerables movilizaciones
sociales, que motivaron la renuncia del presidente Hernán
Siles Zuazo- que el presidente Víctor Paz Estenssoro, del
Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) promulgó el
decreto 21060. Empezó así la gran "relocalización" (así se
llamó a los despidos) de unos 25 mil mineros, la protección a
la inversión extranjera, la desestructuración de las empresas
estatales y, principalmente, la adopción de un programa donde
los precios los fijaba la llamada "economía de mercado".
Hubo resistencia social, pero el
nuevo modelo se terminó imponiendo bajo la idea de que era la única vía de
llevar al país a la "racionalidad" y la "modernidad" económica, y que de lo
contrario -argumentó Víctor Paz-, "Bolivia se nos muere".
Efectivamente, la hiperinflación se
frenó y la economía tendió a estabilizarse. En 1989, asumió la presidencia el
líder del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR); en realidad, la frase
"izquierda revolucionaria" era sólo formal, heredada de los 70, y el modelo
neoliberal tuvo continuidad pero sin radicalizarse. Fue con Gonzalo Sánchez de
Lozada - hijo de un boliviano que vivió en EEUU y trabajo para Nelson
Rockefeller- cuando se impuso el neoliberalismo con agresividad: Llegó al
gobierno en 1993 y ofreció un programa llamado "El plan de todos", que
básicamente preveía la privatización de todas las empresas estatales (proceso al
que se llamó "capitalización"), bajar notoriamente el desempleo y aumentar el
crecimiento medio del país hasta el 11% anual.
Pero lo sustancial de este programa
eran las privatizaciones. Sánchez de Lozada lo privatizó prácticamente todo: los
ferrocarriles, los servicios de agua, la luz, el teléfono y los recursos
naturales, especialmente el petroleo y el gas natural. Uno de los requisitos
centrales que se manejó en el proceso era que ningún empresario boliviano -ni
ninguna empresa nacional- podía participar en las privatizaciones porque "el
boliviano era corrupto y el inversionista extranjero era más responsable".
Sánchez de Lozada forzó al máximo el proceso, y para hacer atractivo el país a
los inversionistas -hay que tener en cuenta que Bolivia es un país pequeño,
donde las empresas no rinden altas rentabilidades- les ofreció muchas ventajas.
Así, llegaron capitales altamente especulativos como los de la controvertida
Enron o la brasileña VASP, que en dos años quebró a la línea aérea nacional (el
Lloyd Aéreo Boliviano), que de tener un patrimonio de 68 millones de dólares
cuando se capitalizó, dos años después fue devaluada y vendida en por dos
millones.
Más grave fue el caso de la
privatización de los hidrocarburos. A cambio de que las empresas transancionales
invirtieran en el país, la ley de capitalización rebajó los impuestos hasta en
un 50%, para contratos de cuarenta añõs de duración. De ese modo, Repsol, Total
Fina ELF, British Gas, Enron y otras terminaron pagando un impuesto de apenas
18%, uno de los más bajos del mundo.
Gonzalo Sánchez de Lozada desarrolló
una intensa campaña mediática para llevar adelante el proceso privatizador. Y de
hecho, la ciudadanía boliviana lo apoyó mayoritariamente en aquel momento, pues
creyó en sus medidas "modernizadoras" de la economía. No en vano había llegado a
la presidencia con más del 30% de los votos, un récord si consideramos que la
votación en Bolivia es muy fragmentada, lo que obliga a formar alianzas de
gobierno.
Transcurrida la década de los 90, los
bolivianos entraron en el nuevo siglo con la constatación de que nada de lo que
habría ofrecido el "plan de todos" se había cumplido. No bajó el desempleo, no
se creció al 11% y la inversión extranjera no había traído desarrollo, sino sólo
especulación y corrupción.
Aparecen los
movimientos sociales
En abril de 2000, el pueblo de
Cochabamba -la tercera ciudad más importante de Bolivia- se rebeló y logró la
salida de la transnacional estadounidense Bechtel, que administraba los
servicios del agua potable y había aplicado un tarifazo. Tras una semana de
enfrentamientos con las fuerzas policiales y de paralización total del
departamento, el movimiento popular salió triunfante, "El movimiento social de
uno de los países más pobres del continente le ha infringido la primera gran
derrota a la globalización mundial", dijo el líder de la Coordinadora, Óscar
Olivera.
Los sectores subalternos bolivianos
despertaban así a un nuevo ciclo de luchas. El espacio político boliviano
empezaba a sentir la emergencia de una nueva izquierda indígena y campesina,
ajena a la izquierda que se derrumbó junto con el Muro de Berlín y la URSS y
sustentada en la memoria histórica de las rebeliones indígenas, con sus propios
repertorios de acción colectiva: las huelgas de hambre, los bloqueos, las tomas
de ciudades y las insurrecciones.
En junio de 2002, el Movimiento al
Socialismo (MAS), del líder cocalero Evo Morales, se consolidó como la segunda
fuerza política de Bolivia, al alcanzar un 20,5 % de los votos frente al 22 %
del MNR, que llevó a la presidencia a Gonzalo Sánchez de Lozada. Pero lo más
importante ocurrió en el nivel parlamentario; el MAS y el Movimiento Indígena
Pachacuti (MIP) lograron 41 escaños y como primera medida impusieron que las
normativas congresales facultaran el uso en los idiomas indígenas (aymara,
quechua y guaraní) en los debates camarales. Este fue el primer indicio -en el
plano simbólico- de que el campo político boliviano dejaba de estar dominado por
el discurso neoliberal, sostenido por las élites empresariales, y se redefinía
por influjo de los movimientos sociales plebeyos.
En febrero de 2003 llegó a Bolivia
una misión del Fondo Monetario Internacional (FMI) para exigir al gobierno de
Sánchez de Lozada que decretara un "impuestazo" a los salarios, con el fin de
cerrar la brecha del déficit fiscal, que alcanzaba un 8,5% del PIB. La medida
provocó una inmediata revuelta popular que dejó más de 30 muertos, el presidente
huyó por unas horas de Palacio de Gobierno y la misión del FMI, encerrada en una
suite de un hotel cinco estrellas, tuvo que resignarse a que su medida fuera
revocada.
Seis meses más tarde, cuando el
consorcio Pacific LNG (Repsol YPF, British Energy y Panamerican Energy) quería
forzar la exportación del gas natural boliviano a los mercados de México y
California por un puerto chileno, el movimiento social replicó con la llamada
"Guerra del Gas". Casi quince días de protestas y desacatos que terminaron en
una insurrección indígena campesina que, a pesar de la violenta represión,
inmovilizó a las Fuerzas Armadas y derrocó al presidente Sánchez de Lozada,
quien huyó a los Estados Unidos. Pero, aun cuando los movimientos sociales
tenían abierta la posibilidad de forzar su llegada al gobierno, prefirieron
apoyar una sucesión constitucional con el fin de no interrumpir la legalidad
democrática y el vicepresidente Carlos Mesa asumió la Presidencia de la
República.
Mesa, el
reformista
Carlos Mesa asumió la presidencia y
se comprometió a llevar adelante una agenda básica impuesta por los movimientos
sociales: una nueva ley de Hidrocarburos, un referéndum para decidir sobre la
exportación del gas, y una asamblea constituyente que renovara el pacto social.
La nueva ley de hidrocarburos debía
recuperar la propiedad de este recurso y fijar nuevos impuestos a las
transnacionales. Sin embargo, el proyecto de ley que finalmente propuso el
presidente Mesa gravaba con nuevos impuestos a las empresas petroleras, pero
sólo en el futuro y de manera muy gradual. Es decir, no significaba ningún
alivio inmediato para la economeia empobrecida del país. Es así que el MAS tomó
la iniciativa y propuso en el Congreso un proyecto de ley sustitutivo que grava
en 50% las regalías a las tranasnacionales que explotan el petróleo, además de
recuperar al propiedad de los hidrocarburos.
Esa es la madre de todo el conflicto.
El pasado viernes 4 de marzo, el Parlamento boliviano, completamente dividido,
aprobó en una primera instancia un proyecto de ley donde las transnacionales
petroleras pagarían impuestos de 32%, pero teniendo en cuenta la flexibilidad de
las leyes nacionales para la evasión impositiva -oficialmente Eduardo Zegada,
director del Sistema de Impuestos Nacionales, ha denunciado que las petroleras
deben 600 millones de bolivianos al fisco- es seguro que estas empresas burlarán
el nuevo impuesto. Por eso, el MAS pide que se cobren regalías del 50% (un monto
fijo que no se puede deducir de nada). Ante la negativa, Evo Morales decidió
convocar a los movimientos sociales a una "batalla final", un bloqueo de
carreteras, paros y huelgas para lograr que se apruebe su proyecto de ley.
Mesa respondió con una maniobra
política: presentará su renuncia al Parlamento, bajo la convicción de que no se
la aceptarán, pues la mayoría de bolivanos cree que eso interrumpiría la
continuidad democrática. Si el Parlamento no le acepta la renuncia, la segunda
medida será ratificarlo, y eso le dará una nueva legitimidad política.
Tal como están las cosas, entre el
lunes y el martes, cuando se reúna el Paralmento, se decidirá la suerte de Mesa.
Es probable que los partidos tradicionales, los que impusieron el modelo
neoliberal (MNR y MIR, principalmente), lo apoyen y rechacen su dimisión; pero
incluso así, si el MAS logra que los bloqueos y las huelgas sean suficientemente
contundentes, tendrá que renunciar de todas maneras. En caso contrario, los
partidos tradicionales intentarán viabilizar un pacto político que mantenga a
Mesa en el cargo durante unos meses