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(IAR-Noticias)
14-Mar-05
Por
Carlos Figueroa Ibarra*
- Revista Herramienta
Recientemente ha salido a luz, publicado en coedición por Editorial
Herramienta y la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, el libro escrito
por John Holloway Cambiar al mundos in tomar el poder. Por su
carácter controversial, pero al mismo tiempo porque acaso expresa un sentir
de amplios sectores que impugnan al mundo tal como este existe actualmente,
el libro de John está a destinado a despertar gran interés, no solamente en
el medio académico, sino también en el de los movimientos sociales. Además
de la edición en inglés y la que existe en español, ha salido una más en
coreano y se están preparando otras más en francés y en italiano.
El libro de John Holloway es el fruto de una larga e intensa
investigación que recorre críticamente las cumbres más notables del
pensamiento marxista. Debo decir desde ahora que nuestro Instituto, nuestro
posgrado de Sociología, se honra de contar entre sus miembros a un teórico
que está en la primera línea del debate marxista contemporáneo. John es un
ejemplo magnífico del intelectual creador: su erudición y capacidad sólo
están a la altura de su modestia. Ciertamente no tiene la enfermedad
profesional que Max Weber advirtió en los académicos universitarios: la
egolatría. En los viajes que por motivos académicos he podido hacer este año
a América del Sur, he notado, al darme a la tarea de difundir la revista
de nuestro posgrado, Bajo el Volcán, que ésta genera mucho interés,
no sólo por su contenido, sino también porque el nombre de John Holloway
está asociado a ella.
Empezando por Marx mismo, fuente esencial de su inspiración, John
Holloway revisa al marxismo. Esta revisión crítica incluye a Engels,
Bernstein, Kautsky, Lenin, Rosa Luxemburgo, Pannekoek, Gramsci, Luckacs,
Horkheimer, Adorno, Marcuse, Tronti, Negri, y muchos más.
El libro de John es una extraordinaria síntesis teórica y una nueva
propuesta: una propuesta que rompe con el marxismo de la I, II y III
internacional; que rompe con buena parte del marxismo de los siglos XIX y
XX como pensamiento teórico y planteamiento político. Y esta ruptura
empieza con el mismo Marx, quien con su teoría del fetichismo es el
sustento teórico esencial del libro que hoy comentamos, pero con quien
también Holloway se distancia al asentar contundentemente que no se puede
cambiar el mundo por medio del Estado. Porque la revolución que propone John
en su libro está más allá del poder, está más allá del Estado.
Lo novedoso del libro de John lo expresa el mismo título, que contiene
una poderosa convocatoria, y también una controversia: cambiar el mundo sin
tomar el poder. Hay que comenzar diciendo que el libro anuncia su valor
desde la primera parte del título: cambiar el mundo. Atreverse a
hacer una propuesta de revolución, de enorme sustento teórico, tiene gran
mérito político, sobre todo, en el contexto actual. Y John Holloway se
convierte en un teórico del optimismo o de la esperanza para todos aquellos
que deploramos las infamias e injusticias del mundo en que vivimos. A
diferencia de lo que sucedió durante la mayor parte del siglo XX, cuando la
actualidad de la revolución era indiscutible, vivimos el avasallador empuje
del neoliberalismo que aspira a convertirse en el pensamiento único.
Incluso muchos de los antaño militantes devotos de la izquierda pregonan en
la teoría los paradigmas dominantes: la necesaria articulación entre la
democracia representativa y la economía de mercado. El sistema nos reitera
a través del Estado, de los medios de comunicación, los líderes de opinión,
o las fuerzas políticas, que es imposible e innecesario cambiar al mundo.
El sistema nos repite una y otra vez que estamos en una situación en la
que el mundo ya cambió lo que debía cambiar y que por tanto ya no se lo
puede cambiar. La formulación de Fukuyama sobre el fin de la historia es
sólo la versión más descarnada y menos elaborada, de un planteamiento que
es hoy el dominante en el mundo de la academia y de la política.
En este contexto John Holloway escribe un libro y en él nos plantea que
el mundo sí se puede cambiar y que se puede cambiar porque somos nosotros,
la enorme mayoría de la especie humana, la que lo ha creado. El
planteamiento eje del pensamiento de Marx, la teoría del fetichismo –no en
balde Irving Zeitlin ha dicho que la sociología de Marx es la sociología de
la alienación- es recuperado por John. Así como Feuerbach formuló que los
dioses no creaban a los hombres sino los hombres creaban a los dioses y
luego los subyugaban, así como Marx planteó que detrás del carácter
misterioso y mágico de la mercancía, del dinero y del capital, no había nada
de misterioso y mágico, sino básicamente relaciones sociales y el ser humano
como ente creador, de la misma manera, John Holloway dice que la realidad
que nos rodea, el mundo, es esencialmente falso pues está fetichizado.
Esto quiere decir que mercancía, dinero, capital, Estado, sólo son
formas enajenadas de nuestro propio quehacer. Son transfiguraciones, a
través de un acto de expropiación, del “poder de nosotros”, que John llama
“poder hacer”, en una forma fetichizada, el “poder de ellos”, al cual
denomina “poder sobre”. La enajenación estriba en que nosotros no nos
reconocemos en nuestras propias criaturas, creamos a los dioses y luego
estamos convencidos de que los dioses nos crean y les debemos todo lo que
somos, cuando lo que sucede es absolutamente lo contrario. El
desmantelamiento del mundo fetichizado que vivimos debe partir, pues, de una
implacable crítica de la religión, no en el sentido de las infamias
cometidas en su nombre, sino sustancialmente en la dirección de la
desenajenación, de asumir que no existen dioses ajenos a nosotros mismos,
que somos nuestros propios dioses, que el sol del ser humano es el propio
ser humano.
Pero “la crítica del cielo” acaso no sea la más importante. Es más
urgente la “critica de la tierra” y -a través de ella- el desmantelamiento
de los dioses terrenales: la mercancía, el dinero, el capital y el Estado.
Esto es posible si se advierte que en estas formas, en apariencia
avasalladoramente poderosas, existe una fragilidad insospechada: la que les
da el continuo conflicto entre “el poder hacer” y “el poder sobre”, entre
“el hacer” y “lo hecho”, entre el sujeto y el objeto, entre nuestra
capacidad de crear y la cristalización de dicha capacidad, en formas que
nos oprimen. Las mercancías nos agobian, el dinero nos arruina o arregla la
vida, el capital nos subyuga, el Estado nos oprime; todas estas formas nos
manejan como polichinelas cuando nosotros mismos les dimos y les damos
constantemente vida.
Mercancía, dinero, capital y Estado no existirían sin nosotros. He aquí
las enormes posibilidades que siempre hemos tenido para cambiar el mundo.
He aquí la razón fundamental por la cual la revolución, el tránsito hacia el
reino de la libertad, es una posibilidad real. Si nosotros creamos estas
formas que nos gobiernan a través de actos continuos de violencia, también
nosotros podemos destruirlas. En este pasaje John expresa su distanciamiento
pleno del marxismo de la II Internacional (Bernstein, Kautsky, Bebel) para
el cual las contradicciones objetivas del capitalismo serían suficientes
para inaugurar la nueva época comunista de la sociedad. Para John Holloway
el marxismo postula que en el principio es el grito, la negación del mundo
fetichizado. El marxismo es esencialmente negatividad.
Pero también Holloway se distancia críticamente de Rosa Luxemburgo y de
la III Internacional (básicamente Lenin). Lenin y Rosa Luxemburgo criticaron
ferozmente la pasividad de la II Internacional y enfatizaron el papel
decisivo del sujeto revolucionario. Como dijo Lenin en alguno de sus
escritos, “el viejo régimen no caerá si no se le hace caer”. Pero aun así
-nos dice Holloway- ni siquiera ese énfasis en el papel de la subjetividad
revolucionaria los salvó de hacer una separación entre sujeto y objeto.
Finalmente, Luxemburgo y Lenin coincidieron que objetividad y subjetividad
corrían por carriles paralelos. La revolución, decía Lenin, es la conjunción
de las condiciones objetivas y subjetivas. Para Holloway tal separación o
paralelismo no existe: la objetividad encierra a la subjetividad y la
objetividad no es otra cosa que subjetividad enajenada.
El libro de Holloway no es de fácil lectura. Varios de sus pasajes son
densos y requieren de relectura para captarlos en toda su profundidad. Para
empezar, el lector familiarizado con El Capital entenderá mejor
los desarrollos que propone el texto y que se plasman en el planteamiento
de Cambiar el mundo sin tomar el poder. Un primer problema sobre el
cual el libro motiva más de una lectura es el del sujeto crítico
revolucionario, esto es, el de la subjetividad social que se encargará de la
desfetichización, a partir de la cual la revolución pasará de ser una
posibilidad a ser realidad.
Ese sujeto crítico revolucionario somos “nosotros”. ¿Pero quienes somos
nosotros? Holloway responde que nosotros somos todos.
O casi todos.
Todos, menos la ínfima parte de la humanidad que se acuartela detrás de
lo “hecho”, que es producto del hacer de la mayoría de la humanidad. Esa
ínfima parte de la humanidad que ejerce “el poder sobre”, que existe porque
nos han expropiado “el poder hacer”. Esta subjetividad enajenada no sólo
existe en la esfera de la producción, sino también en la de la circulación.
La explotación no la sufren con exclusividad los obreros productivos, sino
todos los que ejercemos creatividad del más diverso orden, no sólo
productiva sino también intelectual, creatividad que no es enajenada y que
sirve para la reproducción ampliada del orden capitalista. Por lo
anterior, la clase trabajadora, “todos nosotros”, no somos héroes o
heroínas; finalmente nuestra subjetividad es una subjetividad enajenada, una
subjetividad dañada. Pero esta mutilación no lleva a Holloway a hacer la
separación entre enajenados y desenajenados que han ensayado otros autores
marxistas. John deplora que Luckacs conciba el partido comunista como esa
parte de la población oprimida que se salva de la alienación; igualmente
critica el que Horkheimer y Adorno adjudiquen a los intelectuales tan
privilegiada condición o que Marcuse haga lo propio con los marginales que
no han sido unidimensionalizados. A Holloway le parece equivocado y de
consecuencias estratégicamente autoritarias, la postulación de Lenin en el
sentido de que la conciencia revolucionaria tendría que llegar desde fuera
de la clase obrera, a través de un partido altamente selectivo de
revolucionarios profesionales. Así mismo, John Holloway crítica la noción
de intelectual orgánico de Gramsci, porque tiene la misma factura del
leninismo.
Lo que no queda claro en el libro de Holloway, o al menos no me queda
claro a mí, es cómo el “nosotros” pasará a ser encarnación de una
subjetividad que niegue la negación que a su vez ha sufrido a través de
la fetichización. Una vez descartada la forma partido y cualquier otra
fórmula (intelectuales, marginados) que implique la división entre los que
se libran de la enajenación y los que no lo hacen, no me queda claro cómo la
inmensa mayoría de la humanidad transitará hacia la desalienación y con ello
el antipoder se desplegará a plenitud. Cómo los rebeldes que no son héroes
o heroínas, sino los comunes, podrán transitar a un estadio en el que la
rebeldía será lo común. ¿Es que acaso no se requiere de una pedagogía ni de
un medio de la desalienación, puesto que es falsa la distinción entre
educadores y educandos?
Ciertamente John advierte síntomas de esa negación de la negación en el
amor que podemos sentir en nuestros semejantes, en las relaciones de
cooperación que podemos tener con ellos, en el respeto a su dignidad. Acaso
a todo lo anterior se haya referido John Holloway cuando le oí decir, en
alguno de los eventos académicos de nuestro posgrado, que todos llevamos
un micro comunista adentro. Holloway acepta que también llevamos otras
identidades dentro (uso la palabra a sabiendas que a John no le gusta):
somos capaces de ser felices mientras en la esquina más próxima un niño o
una niña se pinta la cara y pide limosna, o traga y escupe fuego, o vive en
las alcantarillas y se destruye el cerebro con tínner. Finalmente
todos somos y no somos alienados.
Sin embargo, el nosotros, la mayor parte de la humanidad, es bastante más
diferenciado de la simple esquizofrenia que John postula entre el simultáneo
ser y no ser parte de la negación de la fetichización. En la lectura del
libro me queda la sensación de que John exagera su optimismo en la condición
humana.
El nosotros incluye a las masas enardecidas que destruyeron casas y
negocios de judíos en la “noche de los cristales rotos” en Alemania; incluyó
e incluye a los miles de integrantes del Ku Klux Klan en Estados Unidos de
América; a cientos de miles de israelíes que apoyan la solución final de
Ariel Sharon frente al pueblo palestino; a miles de paramilitares que
ferozmente liquidan a la población civil en Colombia, así como a miles de
insurgentes de las FARC que efectúan atentados terroristas en los que muere
población civil; incluye a cientos de miles de blancos que fueron la base
social del apartheid en Sudáfrica; a amplios sectores de población
dispuestas a apoyar los nacientes autoritarismos de masas en Guatemala y
nuevamente en Colombia; a los cientos de miles de personas que piden la pena
de muerte por considerar que es la solución para contener la delincuencia
rampante en las ciudades latinoamericanas; incluye a millones de personas
que siguen pensando que el capitalismo es el reino de las oportunidades y
que la zanahoria que tienen enfrente las encarna.
¿Cómo se trasladarán esos sectores importantes de la humanidad,
cuándo nos trasladaremos todos, de la aceptación de la subyugación que nos
imponen los dioses terrenales a ese momento en el que asumamos que somos
nuestros propios dioses? John puede decir que lo vivimos haciendo a cada
rato, al tirar el reloj contra la pared cuando suena para despertarnos e
iniciar una nueva jornada de alienación, al hacer tortuguismo y ausentismo
en nuestros trabajos, al hacer huelgas, al migrar hacia donde podamos
vivir mejor, al luchar por vivienda, salud, o mejores condiciones de
trabajo, al oponernos a la guerra y al poder nuclear... Pero obviamente
esto se ha hecho durante muchos años y sólo ha provocado -cómo sostiene la
tendencia autonomista del marxismo- las nuevas formas de acumulación, o
como John dice, las fugas hacia adelante del capital y las luchas para
imponer la articulación contra la desarticulación. Desarticulación que
provoca el antipoder que las luchas antes mencionadas han provocado.
Pero por lo visto, hasta hoy, la articulación permanente se ha impuesto a
la desarticulación permanente.
Para John Holloway el antídoto del “poder sobre” no es el contrapoder. El
contrapoder simplemente reproduce en el espejo las formas fetichizadas y
alienantes del “poder sobre”. La verdadera antítesis del “poder sobre” es
el antipoder. Ese antipoder que es ubicuo, porque esta presente en todos
nosotros; que es el motor del poder (el poder encierra al antipoder); y
finalmente que tiene el sartén por el mango porque el capital depende de
manera absoluta del trabajo alienado. Toda esta reflexión se entrelaza
íntimamente con el planteamiento de que el significado de la revolución
hoy no pasa por luchar por el poder ni luchar por insertarse en el
Estado.
Va más allá del poder, más allá del Estado, nos dice John Holloway.
No puedo negar que el planteamiento de John resulta atractivo para todos
los que odiamos este mundo lleno de infamias e injusticias, para todos los
que aceptamos la utopía -como dijera Adolfo Sánchez Vázquez- simplemente
como lo que no es posible hoy pero que puede ser posible en algún momento
en el futuro.
Pero me pregunto si estos planteamientos generales, casi podría decir
abstractos, resuelven problemas urgentes y de grandes repercusiones en el
sufrimiento humano contemporáneo. Acaso me muevo en un nivel de concreción
que no tiene el razonamiento de Holloway en el libro que presentamos.
Aquí, al lado, en Guatemala, un genocida, Efraín Ríos Montt, ha armado
un partido y se presta a finalizar su asalto al poder político en el
proceso electoral del 2003, con base en una alianza entre el capital
mafioso, los militares violadores de derechos humanos y el uso clientelista
de cientos de miles de expatrulleros de autodefensa civil, miembros del
masivo dispositivo contrainsurgente que sembró el terror en las áreas
rurales durante los años ochenta. ¿Rechazamos luchar electoralmente contra
este hecho inmediato y nos avocamos exclusivamente a construir el antipoder?
Así mismo, el nuevo gobierno colombiano le apuesta a la solución militar
del conflicto interno, y probablemente esté gestando un autoritarismo de
masas a través de la organización de una red de un millón de informantes que
piensa usar contra las guerrillas. Las consecuencias políticas de estos
planes son predeciblemente funestas. ¿Acaso la lucha contra tales planes
se deba dar tan solo en el espacio de la movilización de gente en las
calles o también en cada uno de los intersticios del Estado?
La abstención electoral en Francia fue parte esencial del repunte
significativo de la ultraderecha en las penúltimas elecciones celebradas en
ese país. ¿No habría sido mejor frenar electoralmente a la ultraderecha en
la primera ronda electoral y no correr apresuradamente a la segunda vuelta
para votar por la derecha en contra de la ultraderecha?
Hoy Bush hace uso del espacio de legitimidad que le otorgan las
elecciones de noviembre de 2002 para lanzar una guerra infame contra Irak.
¿No habríamos tenido una mejor situación si una fuerza electoral le hubiera
atado las manos complementando con ello el esfuerzo de las
manifestaciones antibélicas que movilizaron a un millón de personas en
Europa poco después del triunfo electoral republicano?
Se le ha acusado a John de haber influido en un posible candidato
presidencial de la izquierda en Argentina para que abandonara la lucha
electoral y se dedicara a cultivar el antipoder. Creo que la acusación es
descabellada. Elisa Carrió podría haber leído el libro de John y
probablemente de todas maneras habría lanzado su candidatura presidencial
en Argentina. Tampoco imagino a Lula diciendo que “siempre no quiere” la
presidencia de el Brasil porque ya leyó el libro que nos ocupa hoy. Y me
parece que la gestión de Andrés Manuel López Obrador en el Distrito Federal
ha cambiado la vida de mucha gente. Para empezar, los más de 300 mil adultos
mayores que han recuperado parte de la dignidad que el neoliberalismo no
les reconoce; también los miles de jóvenes a quienes se les había negado
la educación media y superior y que hoy asisten a las preparatorias y a la
Universidad de la Ciudad de México. Algunos de ellos participan hoy en
campeonatos de destreza en ciertas ramas de conocimiento. Éstos no son
los cambios radicales que sustenta de manera brillante John en su libro,
pero pueden ser la diferencia entre la vida y la muerte para cientos de
miles de personas.
Por lo demás, no veo como necesariamente excluyentes de los procesos
electorales las luchas desde abajo que sin plantearse la conquista del
poder, cambian el mundo de manera significativa. No puedo decir nada todavía
de la ejemplar lucha en contra del nuevo aeropuerto para la ciudad de
México librada por los pobladores de San Salvador Atenco. Acaso es
demasiado pronto. Pero los habitantes de Tepoztlán resistieron exitosamente
la construcción de un campo de golf que les hubiera destrozado la vida; su
movimiento tuvo espacio en el poder municipal a través del PRD, que sirvió
como vehículo continuador de esa lucha. Un líder del movimiento cocalero,
Evo Morales, obtuvo el 21% de los votos en las últimas elecciones
presidenciales en Bolivia. Un militar ilustrado, Lucio Gutiérrez, conocido
por sus alianzas con el importante movimiento indígena ecuatoriano,
encabezó la primera ronda de las elecciones presidenciales en el Ecuador. El
arribo y la permanencia en la presidencia de Venezuela de Hugo Chávez, es
inexplicable sin el poderoso movimiento social que arrancó desde la rebelión
de febrero de 1989. Y el triunfo electoral del PT en Brasil no es ajeno a
la lucha de las miles de comunidades eclesiales de base, de las de los
obreros metalúrgicos y de la significativa lucha del Movimiento de los Sin
Tierra.
En sentido contrario, el abstencionismo que en un momento propició el
EZLN en las regiones de su influencia, en Chiapas, provocó el retorno del
PRI a ciertos espacios de poder municipal. La ausencia de una fuerza
electoral de izquierda, en Argentina, hizo que al volver a ejercer el
gobierno el peronismo capitalizara la crisis desatada con motivo de la gran
rebelión de fines de 2001 y hoy Menen ha vuelto a gravitar en el escenario
político del país.
El libro de John Holloway es muy rico en los problemas que plantea como
para abordarlos todos en el espacio del que dispongo. El problema de las
identidades, de los nacionalismos son algunos de ellos. No creo que la
resistencia cubana ante el imperialismo estadounidense se sienta contenta
con dichos planteamientos. La crítica de la democracia es otro más. El
horizonte de John no es la democracia, sino la libertad. Pero me pregunto si
el espacio de luchas sociales que él refiere como ejemplos en su libro,
sería posibles en ámbitos que no fueran los de las precarias y parciales
democracias políticas que hoy estamos viviendo. No han sido Irak, Arabia
Saudita o China, los centros de la resistencia globalifóbica. Por lo menos
no hasta este momento.
Pese a las diferencias de enfoque que he presentado en el día de hoy, no
puedo sino sentirme complacido de que un colega de nuestro Instituto haya
escrito un libro tan importante. El trabajo de John probablemente eleve
el planteamiento zapatista en México a los niveles más altos de la teoría.
Este es un planteamiento que ya no les es exclusivo. Me contaba el editor
del libro de John en Argentina que integrantes de las asambleas barriales
han juntado dinero para adquirir entre varios una copia de Cambiar el
mundo sin tomar el poder y compartir su lectura. Esto hace que el
libro de John Holloway no sólo exprese en la teoría lo que ya es fuerza
material, para decirlo en palabras de Marx, sino tambien a que recorra el
camino inverso: la posibilidad de convertirse en fuerza material.
El desprestigio de la política y de los políticos, así como la crisis de
la democracia procedimental, probablemente sean factores que dan a
Cambiar el mundo sin tomar el poder un encanto y una convocatoria que lo
llevará a ser un hito en el debate de la izquierda en el mundo actual.
* Profesor investigador del posgrado de Sociología
del
Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la Benemérita Universidad
Autónoma de Puebla.
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