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(IAR-Noticias)
14-Mar-05
Por
Braulio Rodríguez
- Adital
“Que
no sea jefe de Estado. Que su único estado fuera el de gracia, que es el que
le corresponde”. Lo pedía Casalgáliga para el sucesor de Juan Pablo II en la
entrevista estremecedora que le hizo Juan Arias (El País, EPS 19/10/03). “No
poseer nada, no llevar nada, no pedir nada, no callar nada y, de paso, no
matar nada”, es su lema, día tras día, año tras año. La cara creíble de la
conversión en la Iglesia.
Unos llegan a papa de
sopetón. Otros se lo trabajan: hacen carrera. Los medios difunden la fuerza y
el carisma de Juan Pablo II, un papa omnipresente, un viajero infatigable; un
todo terreno, un montañero: “un atleta de Dios”. Y “un varón de dolores” cuya
fragilidad final encarna la pasión de Cristo. Sin duda ha sido un papa
pendiente de la imagen. Según su amigo Wesoly, años antes de ser nominado,
“Wojtyla fue aconsejado para que visitara todas las ciudades de Norteamérica
donde los cardenales tuvieran sedes”. Allí voló en 1969, repitiendo en el 76.
Y aprendió las técnicas de las relaciones sociales. “Un papa
preconizado en los Estados Unidos”; aunque él hablaba del “carácter religioso
de sus viajes”. El mes de febrero del 73 lo pasó en Australia, Nueva Zelanda y
Papúa Guinea. Y, por supuesto, se dio a conocer en Roma y en Europa. Llegada
la hora, tuvo su jefe de campaña electoral, su amigo Deskur, obispo y
presidente del Consejo pontificio para las comunicaciones sociales: “la
persona idónea para ponerle al tanto de la situación”. Con él se reunió el 4
de octubre del 78, tras el entierro de Juan Pablo I. Y, curiosamente, su
primera salida como papa fue al policlínico Gemelli (el 17/10/79) para visitar
a Deskur, convaleciente de un “infarto masivo” que le sobrevino en los
preparativos del cónclave. Un contratiempo. “Él me enseñó a ser papa”, dijo
Wojtyla al visitarlo. (El día de la cuenta).
¿Juzgará la historia a Juan
Pablo II como un papa profético y revolucionario?, ¿Como un absolutista? El
jueves 16 de octubre de 2003, la sede de Pedro celebraba con todos los honores
la misa conmemorativa de sus 25 años de reinado. Casualmente el evangelio
propio del día, leído en todas las Iglesias del orbe, era el pasaje de S.
Lucas: Se pedirá cuenta de la sangre de los profetas... (Lc 11,47-54).
Y, casualmente, este pasaje no se leyó en el Vaticano. Llama la atención que
en esas fechas, con montañas de libros exhibiendo la cara amable, apostólica y
populista de su pontificado, hubiera dos libros –muy silenciados, tal vez los
más profundos- que llevaban por nombre Se pedirá cuenta y El día de
la cuenta. Juan Pablo II a examen. Ambos del mismo autor: un sacerdote
comprometido, renovador, que sacrificó su carrera eclesiástica, optando por la
purificación del templo. Ambos están en la RED.
Fue precisamente Juan Arias
-“uno de los mejores vaticanistas junto a G. Zinola”, en palabras recientes
del teólogo J. J. Tamayo- quien, en el aluvión informativo sobre de los 25
años del pontificado de Juan Pablo II, nos trajera a la memoria al antecesor
de Wojtyla, Albino Luciani, el malogrado Juan Pablo I. Un papa que
“probablemente duró solo 33 días porque en la víspera de su muerte había
discutido acaloradamente con los cardenales de la Curia romana reformas
drásticas para dar a la Iglesia el rostro de la pobreza, llegando a plantear
la hipótesis de dejar el vaticano (que quedaría para algún organismo
internacional) e irse con la Curia a vivir a un barrio popular a las afueras
de Roma”. (El País 21/10/03).
¿Se puede juzgar el
pontificado todopoderoso de Juan Pablo II sin echar una mirada al exiguo pero
prometedor de Juan Pablo I? Albino Luciani “fue un papa en el camino de la
profecía”. “La tensa historia que va de uno a otro revela la diferencia
existente entre ambos. Karol Wojtyla tomó el mismo nombre papal de Albino
Luciani. Esto sugiere continuidad, pero - en el fondo - se da salto atrás,
involución, ruptura. Importantes hechos, que han sido ocultados o
distorsionados, así lo manifiestan. La historia no se para en seco, como si no
hubiera pasado nada antes, como si no pasara nada después. Ante el futuro
cónclave que elija al sucesor, es hora de reflexionar sobre qué papa necesita
la Iglesia Católica y qué papa puede abrir un horizonte de esperanza para el
mundo”, dice el sacerdote Jesús López Sáez en EL DIA DE LA CUENTA. Juan Pablo
II a examen. Está en la Red (www.comayala.es).
Defender a la Iglesia no está
reñido con el carisma de la denuncia del Templo, ni con la reprensión a Pedro.
El mismo Pedro negó al Señor. Ahí está Pablo enfrentándose a Pedro “cara a
cara” Y ahí está la Palabra impresionante del profeta Oseas hablando de las
prostituciones e infidelidades del supuesto pueblo de Dios: “porque vosotros
no sois mi pueblo” (Os 1,6-9). Y la de Ezequiel contra los pastores de Israel
(34, 2-10). El sacerdote y pensador Antonio de Rosmini, retuvo largos años en
su escritorio su libro de denuncia Las cinco llagas de la Iglesia. Al
final lo sacó del armario. Aunque valorado en principio, acabó recluido, más
de cien años, en el Índice por el Santo Oficio. Hasta que el Concilio Vaticano
II lo rehabilitó. “Rosmini calaría muy hondo en el futuro papa Luciani”.
Recordemos que Juan de la Cruz sufrió prisión y que a Teresa de Ávila le
prohibieron leer la Biblia. Esto se hizo en nombre de Dios. También Jeremías,
como Jesús de Nazaret, fue acusado ante el rey por los influyentes jefes
cabecillas, exigiéndole que decretara su muerte: “Este hombre no procura en
absoluto el bien de su pueblo, sino su daño...”. Y condenaron al profeta
bajándolo a la cisterna de fango para morir (Jer 38,4-6).
Jesús de Nazaret nos advirtió
que el peor enemigo de la casa del Padre está dentro, no fuera: es el propio
poder religioso, la seguridad, que emana de la autoridad de hombres. “¿Dónde
ha habido más negocios? ¿En el mercado vaticano o en el viejo templo
denunciado por Jesús?”, denuncia el autor de El día de la cuenta. Nunca
el autoritarismo en nombre de Dios tuvo en una lista negra tan repleta de
creyentes, de teólogos, comprometidos y renovadores, procesados; lo más
granado del Concilio vaticano II. Esto no se consigue ocultar, por muchas
capas de maquillaje pidiendo perdón por los errores de la Iglesia.
“Los obispos se perciben a sí
mismos como gobernadores romanos y no como servidores del pueblo cristiano”;
“Un pontificado con contradicciones fatales”. Era el juicio de Hans Küng sobre
el pontificado de Juan Pablo II (El País 15/10/03). “El papa ha impuesto a la
Iglesia el pensamiento único, ayudado por la cobardía de muchos obispos”
declaraba el obispo dimisionario Rafael Sanus (El País 18/10/03).
Los profetas criticaban al
sistema, empezando por casa: por el sistema religioso. Para colmo, Jesús - El
Señor- fue un profeta laico que vestía normal. Casaldáliga, uno de los obispos
más carismáticos del mundo, renunció a hacer carrera eclesiástica (propia de
hombres), por incompatible con el combate del evangelio: “(¿cardenal?) se
trata de una institución obsoleta. El Papa necesitaría otro tipo de
consejeros. Por lo pronto, que no todos fueran eclesiásticos” (EPS 19/10/03).
Su sencillez resultaba mosqueante, tenía que levantar sospechas. Fue llamado a
capítulo –le abrieron un proceso- obligándole a presentarse en Roma para dar
explicaciones (1986). Sospecharon que tal vez podría ser un siervo infiel a la
iglesia.
Las tentaciones de Jesús han
quedado petrificadas como el gran protocolo de la cuaresma. Jesús de Nazaret
sufrió tentaciones de asalto al poder. ¿Acaso acumular poder no ha sido la
tentación más pertinaz en la Iglesia? Ya Pablo nos advertía: El mismo
Satanás se disfraza de ángel de luz (2 Co 11,14); apartarán sus oídos
de la verdad y se volverán a las fábulas (2 Tm 4,4). El papel del profeta
es desenmascarar y denunciar esas formas “religiosas” del poder, sibilinas o
subliminales, que nos exigen que nos arrodillemos ante un Dios que poco tiene
que ver con el Dios de los evangelios.
La autoridad de Jesús choca,
por incompatible, con la que emana del escalafón, retroalimentada con el uso y
abuso de los servilismos. Que “el primero entre vosotros, sea vuestro
servidor”; “en la cátedra de Moisés se han sentado muchos escribas: haced y
cumplid lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen”. En definitiva:
“hay que obedecer a Dios ante que a los hombres”.
¿Acaso en esta generación no
han sido apartados, silenciados, anatematizados, o incluso matados, profetas
en nombre de Dios? Casualmente, “Juan Pablo I aparece muerto en el
momento más oportuno, cuando había tomado decisiones importantes: cortar la
vinculación del IOR (Banco Vaticano) con el Banco Ambrosiano, hacer frente a
la masonería y a la mafia”. Cuando el patriarca de Venecia, Albino Luciani,
visitó a sor Lucía, la vidente de Fátima le dijo: “Usted pronto será elegido
papa, pero morirá pocos días después de subir al trono de Pedro”. “Mi hermano
(Albino) salió descompuesto. Cada vez que aludía a aquella conversación se
ponía pálido”; esto lo reveló su hermano, Eduardo Luciani, al semanario Il
Sabato. Sobre el tercer secreto, sor Lucía afirmó: “Yo he escrito lo que
he visto, la interpretación no me compete a mí, sino al papa” (27/04/00). Y
El papa Wojtyla se ha apropiado la visión, mientras que sobre Albino Luciani
se ha tendido un silencio sepulcral. El pistolero turco Alí Agca, por medio de
su abogado, entregó a la prensa una carta acusando al vaticano de ser “la casa
del diablo”, de haber manipulado los secretos de Fátima y de haber organizado
el atentado contra el papa Juan Pablo II (El País, 11-7-2000). (cap. 9 de
El día de la cuenta: El secreto de Fátima).
“Quién toca a Pedro, toca a
Pablo”, afirmó Pablo VI en defensa de Pedro Casaldáliga. Monseñor Romero no se
sintió tan arropado por su papa, Juan Pablo II, cuando le espetó: “no me
traiga muchas hojas, que no dispongo de tiempo para leerlas... y, además,
procure ir de acuerdo con su gobierno”. Fue a primeros de mayo del 79, cuando,
tras largos días de espera, fue recibido en una breve audiencia donde Romero
le mostró el dossier con las sistemáticas violaciones, documentadas, de los
derechos humanos en su país, incluido el asesinato caliente del sacerdote
Octavio Ortiz y de cuatro jóvenes en su oratorio. Monseñor Romero salió
llorando: su Papa aplicaba distintas varas de medir para Centroamérica que
para Polonia. Romero murió asesinado el año siguiente. El periodista Juan
Arias recuerda al Papa irritado cuando le habló del mártir Romero: “eso
aún había que probarlo”. El Vaticano tenía una cartera de pedidos con otras
urgencias: asegurar la sintonía de intereses con la línea dura de Reagan en
toda Latinoamérica (“La gran Alianza”; “una de las más grandes alianzas
secretas de todos los tiempos”).
El mismo periodista también
recuerda lo complacido que se sentía Juan Pablo II cuando en sus viajes
apostólicos era recibido con honores, agasajos y reverencias de jefe de
Estado. “Por eso llegó a decir que, de los viajes, lo más importante para él
era el encuentro con los poderosos. Porque así robustecía el prestigio de la
Iglesia...”.
“Si el Papa puede
reunirse con Reagan, puedo yo encontrarme con vosotros” dijo Casaldáliga a los
dirigentes sandinistas en el verano del 85, en su peregrinación “por la paz,
por la no-intervención norteamericana en Nicaragua (...) para sacudir la
conciencia del primer mundo ante el drama de los derechos humanos conculcados
en América central y en el Tercer Mundo”. Ernesto Cardenal, recordando la
humillante reprimenda pública que le hizo Juan Pablo II en su visita a
Nicaragua, afirma que el Papa faltó al respeto al pueblo, y el pueblo se
indignó (...) El Papa no soportó una revolución hecha con los cristianos” (El
País 18/10/04). Y nos recuerda que “desde los púlpitos es fácil hablar de
derechos humanos. En la realidad, ha prevalecido la seguridad del palacio que
la defensa de los oprimidos”.
Si Jesús fue tentado de
sustituir a Dios por el poder: ¿Qué diremos de la Iglesia cuando la silla de
Pedro –desde siglos- se manifiesta ante el mundo ocupada por un papa, con
rangos, honores y embajadas, igual que un jefe de Estado?
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