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(IAR-Noticias)
14-Mar-05
Por Heinz Dieterich -
Rebelión
Para Luis
Eduardo Guerra, víctima del terrorismo de Estado de Álvaro Uribe
5.
¿Cuando es revolucionaria una teoría política o un Proyecto Histórico?
El carácter revolucionario o reformista de una teoría-praxis política no
depende, como es obvio, de sus métodos de lucha, sino de sus contenidos
programáticos. Revolucionario, en este sentido, es un Proyecto Histórico que
pretende sustituir una institucionalidad existente (el status quo) por otra,
cualitativamente diferente. Dado que es fácil definir las columnas
principales de la institucionalidad burguesa, igual de fácil es determinar
la naturaleza sistémica (reformista) o anti-sistémica (revolucionaria) del
proyecto de un sujeto político contemporáneo.
La civilización capitalista-burguesa descansa sobre cuatro
macroinstituciones: 1. una economía de mercado organizada primordialmente
por el capital privado, con variada participación de la propiedad estatal o
“pública”, bajo el principio operativo de la optimización de la tasa de
ganancia; 2. la superestructura política de la democracia
formal-representativa-parlamentaria, es decir, indirecta y elitista; 3. el
Estado clasista y, 4. el sujeto posesivo-liberal.
Todo proyecto para la Nación, la Región o el Sistema Mundial, que pretende
ser revolucionario o que se autodefine como tal, tiene que tener, por lo
tanto, una propuesta alternativa viable para cada una de esas cuatro
macroinstituciones. Y todo proyecto que carece de esa propuesta o no la
desarrolla debe renunciar a la pretensión de ser antisistémico o
revolucionario.
6. Es necesario demostrar la viabilidad del socialismo del siglo XXI
En la actualidad, la viabilidad de las alternativas antisistémicas, es
decir, del socialismo del siglo XXI o de la democracia participativa
postcapitalista, sólo puede demostrarse de manera científica. No existe otro
método para hacerlo. Es por eso que la actual inflación de ensayos
hermenéuticos sobre las obras de Marx, Engels y Lenin y las interminables
interpretaciones del “Qué hacer” de Lenin, que buscan la clave de la
transformación cualitativa del presente en las obras de los clásicos, son
infructuosos y redundantes. Redundantes, porque será difícil encontrar algo
sustancialmente nuevo, después de la monumental obra respectiva de Hal
Draper.
Infructuosa es esa actividad, en última instancia, porque estudiar y conocer
las obras clásicas es una condición necesaria para la nueva Revolución
Mundial … y nada más. La condición suficiente no se encuentra en el pasado:
sólo puede devenir de la ciencia y realidad actual. La esterilidad de la
gran mayoría de las aportaciones “marxistas” al debate actual tiene ahí su
razón de ser.
Si la hermenéutica de los bienintencionados y, también la de los
malintencionados, no llevará a la transformación mundial anticapitalista,
menos lo hará el filantropismo utópico prosistémico de los intelectuales
liberales, socialdemócratas, cristianos-pacifistas y de las ONGs, que
controlan los debates en los Foros Regionales y Mundiales. Y lo mismo vale
para el sectarismo que se autodefine de “marxista” y que no es más que una
negación abstracta de lo concreto, fosilizado en la epistemología del siglo
XIX. Por esa doble deficiencia cognitiva, ser negación abstracta e ignorante
de la epistemología científica del siglo XXI, es incapaz de entender las
contradicciones de la realidad y utilizarlas para construir las alianzas y
la Teoría Revolucionaria necesarias para llegar a la civilización
postcapitalista.
Para políticos e intelectuales, es ilegitimo hoy día, proponer la
sustitución del sistema del capital por el socialismo o una democracia
participativa, si no se hace con base en la determinación de la nueva
institucionalidad anticapitalista y sus formas, tiempos y métodos de
transición y, sobre todo, la demostración de su viabilidad: es decir, su
capacidad de existir, funcionar y desarrollarse adecuadamente dentro de las
condiciones objetivas del presente y su evolución probable. Porque no es
ético hacer una macropropuesta antisistémica, basada únicamente en el
desideratum subjetivo (el deseo) de ayudar a la gente, en el voluntarismo
individual o colectivo, el dogma o el utilitarismo del beneficio personal.
Para proteger a las mayorías de esas posiciones de ingenuidad, impostura o
milenarismo (de derecha o izquierda), la demostración de la factibilidad del
Nuevo Proyecto Histórico no es, por tanto, sólo una necesidad práctica,
sino, al mismo tiempo, un imperativo ético. Habiendo afirmado
categóricamente que el único método disponible para llevar a cabo tal
demostración, es el científico, queda por ilustrar, cómo se procedería en
una demostración de este tipo.
7. ¿Cómo se demuestra la viabilidad del socialismo del siglo XXI?
Realizar la demostración científica de la veracidad de una hipótesis
empírica significa emplear el “protocolo científico”, es decir, la secuencia
de cinco pasos de procedimiento teórico-lógico-empírico que conforman el
método científico. La singularidad del protocolo científico, que lo
diferencia de cualquier otro método de interpretación de la realidad, radica
en la hipótesis (un enunciado sistematizado) y su contrastación empírica.
Demostrar la viabilidad ---es decir, la capacidad de existir, funcionar y
desarrollarse adecuadamente dentro de las condiciones objetivas del presente
y su probable evolución futura--- de las cuatro instituciones de la
civilización postcapitalista requiere, entonces, la formulación de cuatro
hipótesis, cuya veracidad (o falsedad) tendrá que ser demostrada. Formulados
de manera sencilla, esos enunciados hipotéticos tendrían la siguiente forma:
La economía de equivalencia proporciona una mayor calidad de vida para las
mayorías de la humanidad, que la economía de mercado.
Paso seguido se operacionalizan los conceptos o variables de las hipótesis,
es decir, se les asignan parámetros (indicadores) empíricos que son medibles
de manera cuantitativa, o en su defecto, cualitativa, y se procede a generar
los modelos necesarios que permitirán comparar los resultados de ambos tipos
de economía en contextos conmensurables. Las magnitudes y flujos de esas
variables pueden expresarse con diferentes escalas, de hecho, ya
conmensurables, por ejemplo, en términos monetarios, valores (tiempo) o
volúmenes (energía, toneladas, etcétera), y procesarse mediante la
matemática de matrices.
La validez de tales comprobaciones sería suficiente para cumplir con el
mandato ético y el práctico-político de iniciar la lucha por el Nuevo
Proyecto Histórico anticapitalista con fuerza y convicción, siempre y cuando
esos criterios de validez para este tipo de hipótesis estén al nivel de la
epistemología del siglo XXI, y no del conocimiento científico decimonónico.
8. Los criterios de validez
Los criterios de verdad de la física del siglo XVIII y XIX se construyeron
esencialmente sobre las experiencias cotidianas y científicas con objetos de
determinados tamaños (relativamente grandes) y velocidades (relativamente
bajas) que facilitaron un enfoque epistemológico determinista, tal como se
expresa en la célebre formulación de Laplace, de que si hubiese un demonio
capaz de conocer la posición y velocidad de todas las partículas del
universo en un momento dado y tuviera la capacidad computacional suficiente
para resolver las ecuaciones de Newton, podría predecir el devenir de todo
lo que existe.
Cuando Karl Marx y Friedrich Engels emprendieron el estudio de la sociedad
burguesa comprendieron en seguida, que el paradigma determinista con sus
rígidas relaciones de causa y efecto no tenía la sofisticación suficiente
para analizar adecuadamente el comportamiento de los sistemas dinámicos
complejos, que llamamos sociedades, Estados o sujetos. Tal fue la razón, que
los hizo “refugiarse” en la epistemología de la dialéctica hegeliana, cuya
lógica relacional con sus saltos cualitativos parecía y, de hecho era, mucho
más adecuada para describir y explicar la evolución de la sociedad y la
praxis del sujeto social que pretendieron subvertir drásticamente.
Sin embargo, cuando la física comenzó a estudiar el comportamiento de la
materia a escala atómica, la aleatoriedad (chance) de su comportamiento
rompió la (inevitable) camisa de fuerza del determinismo de Newton y Laplace.
Nuevos conocimientos comenzaron a incidir sobre lo que puede considerarse la
“experiencia evidente” de cada época y sus criterios de verdad. Entre ellos,
el principio de incertidumbre de Heisenberg que, aunque fuera formulado
sobre la relación entre el sujeto cognoscente y el objeto de investigación a
escala atomar, puede servir como guardián conceptual contra toda desviación
cientificista.
De la misma manera: la comprensión de que “certeza” ---un estado de carencia
absoluta de dudas--- sólo puede encontrarse en determinados contextos de
sistemas tautológicos, como la matemática y la lógica, mientras que todo
sistema empírico pertenece a la clase lógica de los sistemas probabilísticos;
al igual que las demostraciones de Goedel, de que la consistencia sistémica
de determinados supuestos matemáticos no es comprobable, debido a que todo
sistema lógico de determinada complejidad es, por definición, incompleto
(Teorema del estado incompleto); la introducción de la verdad relacional (la
dialéctica de Hegel) de los conceptos de espacio y tiempo por Einstein; la
limitada capacidad interpretativa de toda teoría, revelada a través de sus
paradojas (temporales), como el carácter dual de la luz, en su momento,
paradojas que se multiplicaron con la física cuántica y, last but not least,
la frecuente incapacidad de la validación empírica ad hoc o instantánea de
la hipótesis, como en el caso del teorema del estado de la materia conocido
como “el condensado Bose-Einstein (BEC)”, teorema establecido en 1924 y
verificado apenas 71 años después, en 1995.
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