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Monday, 14 de March de 2005

 

Almas de acero: oda animada a la Era de las Máquinas

 
 

(IAR-Noticias)  15-Mar-05

Por Malcolm Jones - Newsweeek

Cuando William Joyce conoció a Chris Wedge en 1996, ambos se identificaron en seguida. Los presentó un ejecutivo de Twentieth Century Fox, quien pensó que la división Blue Sky de animación por computadora del estudio podría ser el sitio adecuado para convertir el libro infantil de Joyce, “Santa Calls”, en una película. Al final de cuentas “Santa” nunca despegó, pero incluso durante esa primera conversación, Joyce y Wedge, uno de los fundadores de Blue Sky y su director creativo, supo que trabajarían juntos algún día en un proyecto.

La única frase que ambos recuerdan de aquella plática es: “Hagamos una película sobre robots”. Durante los últimos cuatro años —años de “trabajo incierto”, en palabras de Joyce— esa película sobre robots ha sido una obsesión conjunta. En los créditos, Wedge aparece como director y Joyce como diseñador de producción, pero ambos dicen que los títulos casi carecen de significado. “Los estudios de animación por computadora trabajan como lo hacían los estudios que producían las comedias mudas”, dice Joyce. “Todo el mundo pone su grano de arena”. Durante el curso del proyecto, todos en el estudio se obsesionaron tanto como Joyce y Wedge. “Un día en Blue Sky”, recuerda Joyce, “traje este extraño exprimidor de jugos de Dios sabe qué época. Tenía aproximadamente a 10 personas, todas ellas graduadas de universidades, superinteligentes, en la cima de su especialidad, reunidas alrededor de él, examinando las mellas, los patrones de desgaste, los cambios sutiles en la pátina. Dos horas después aún estábamos allí como si estuviésemos descifrando la piedra
Roseta. En ese momento, nada de esto parecía extraño”.

Cuando “Robots” se estrene finalmente en Estados Unidos este fin de semana, su obsesión tampoco parecerá extraña para ninguno de los espectadores, pues ha dado como resultado una película deslumbrante. Cualquiera que conozca los pródigos libros infantiles de Joyce, como “Dinosaur Bob” o “George Shrinks”, reconocerá su mezcla característica de talento artístico y anarquía. Los entusiastas de “La Era del Hielo”, producida por Blue Sky, o “Bunny”, el cortometraje de Wedge galardonado por la Academia, verán que el estudio no ha perdido su toque para el ritmo vertiginoso y los barrocos chistes visuales que parecen propulsados por gas helio. Pero “Robots” es más que la suma de sus tuercas y tornillos. En pocas palabras, es la mejor muestra de golosina visual animada por computadora que ningún estudio haya producido jamás. Para encontrar una comparación adecuada, es necesario regresar a la edad dorada de Disney, a películas como “Pinocho”. “Nadie iguala a Blue Sky en cuanto a la presentación visual de sus películas”, dice Joyce, quien ha trabajado con Pixar y actualmente trabaja con Disney en una versión animada de su libro “Un día con Wilbur Robinson” (“A Day With Wilbur Robinson”). “El personal de Blue Sky me preguntó cómo pensaba que debía lucir la cinta. Yo dije: ‘Como si hubiese sido fotografiada por Vittorio Storaro” —el director de fotografía de “Apocalipsis ahora” (“Apocalypse Now”) y “El último emperador” (“The Last Emperor” ). Y que me parta un rayo si no lo lograron”.

Desde las primeras escenas, entramos en un mundo poblado completamente por robots, un mundo de metal. Los pájaros en la acera son juguetes de cuerda. En un barrio residencial, un propietario no corta su césped —le da brillo. La panadería se llama Bollos de Acero. Y cuando es hora de tener un bebé, uno adquiere un paquete y lo arma. Durante varios minutos, hay tanto que ver a la vez que uno se olvida de seguir la trama. Lo cual no está mal, porque la trama es la parte más ordinaria de esta extraordinaria película —en cuanto a narración creativa se refiere, Pixar todavía no ha sido superada. En “Robots” un joven e idealista robot, Rodney Copperbottom, va a la gran ciudad para dejar huella, hace amigos animosos y divertidos, lucha contra los tipos malos corporativos y, al final, tiene éxito sin traicionar sus sueños. Pero lo que el espectador recordará son las cosas que nunca antes había visto, como el alocado paseo en el Crosstown Express —parte laberinto, parte automóvil Hot Wheels y parte montaña rusa— que Rodney toma al llegar a la Ciudad Robot. Este paseo es una secuencia de animación tan vertiginosa que uno desearía que vendiesen dramamine en la dulcería de la sala de cine. En cuanto a la Ciudad Robot, ésta luce como la “Metrópolis” de Fritz Lang, rediseñada por Rube Goldberg. “Queríamos que todo se viera como el interior de un reloj”, dice Joyce. Ellos cumplieron su deseo.

Para decir qué es “Robots”, uno tiene que decir primero lo que no es. No es una película futurista. No hay naves espaciales ni cohetes. Tampoco presenta mucha de la suavidad estilo art deco que Joyce ha aprovechado tan primorosamente en sus propios libros. Éste es un mundo muy parecido al nuestro, pero completamente mecánico, inspirado por la afición de sus fabricantes por los artefactos. “Visitamos viejos depósitos de chatarra y tiendas de suministro de equipo”, dice Joyce. “No suelo frecuentar los depósitos de chatarra, pero conozco por su nombre a varios maquinistas y chatarreros”. Él empezó a construir los edificios con utensilios de su propia casa. “Mi esposa no podría encontrar un abridor de latas, un sacacorchos, o nuestras latas de café, azúcar y harina. Los niños no podrían encontrar sus transportadores porque estaban en mi diorama de Rivet Town”.

Casi todos los personajes y edificios de la película están inspirados por una máquina real, un artefacto o alguna extraña combinación de partes. El antepasado más influyente de Rodney fue un motor fuera de borda marca Evinrude que tenía el abuelo de Wedge. “Todo el tiempo pensaba: ‘Esa cosa se ve fantástica —fidedigna, fiel, valiente, amistosa”, dice Wedge. “Así que Rodney es ese motor con algunas de las características de una vagoneta Volkswagen”. Hay que decir que la cinta nunca está totalmente a favor de la tecnología. Sus villanos son tiranos corporativos, los cuales desean convencernos de que nada es lo suficientemente bueno tal como está —uno siempre debe actualizarse. “La película nunca toma un solo punto de vista”, dice Wedge, “porque hay muchas perspectivas sobre la
tecnología. Yo amo mi computadora. También amo mi amplificador de bulbos y mi velero de madera. Pero desde el principio deseábamos que el hilo conductor de la historia fuese la amenaza de obsolescencia que experimentan todos estos robots. Es la mortalidad con la que vivimos todos los días”.

Aun ahora, ni Joyce ni Wedge pueden creer que les haya sido permitido hacer lo que hicieron. “Hubo días en que nos divertimos demasiado”, dice Joyce. “Hubo meses en que nos divertimos demasiado. Era como estar descansando todo el tiempo, y que nos pagaran por ello. ¿Que una gran empresa multinacional gastara decenas de millones de dólares para que nosotros nos volviésemos locos por un exprimidor de jugo? ¿Cuán a menudo puede uno ser tan épicamente bobo? Dudo que podamos repetirlo alguna vez”. Cualquiera que vea “Robots”


 

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