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(IAR-Noticias) 15-Mar-05
Por
Malcolm Jones - Newsweeek
Cuando William Joyce conoció a Chris Wedge en
1996, ambos se identificaron en seguida. Los presentó un ejecutivo de Twentieth
Century Fox, quien pensó que la división Blue Sky de animación por computadora
del estudio podría ser el sitio adecuado para convertir el libro infantil de
Joyce, “Santa Calls”, en una película. Al final de cuentas “Santa” nunca
despegó, pero incluso durante esa primera conversación, Joyce y Wedge, uno de
los fundadores de Blue Sky y su director creativo, supo que trabajarían juntos
algún día en un proyecto.
La única frase que ambos recuerdan de aquella plática es: “Hagamos una película
sobre robots”. Durante los últimos cuatro años —años de “trabajo incierto”, en
palabras de Joyce— esa película sobre robots ha sido una obsesión conjunta. En
los créditos, Wedge aparece como director y Joyce como diseñador de producción,
pero ambos dicen que los títulos casi carecen de significado. “Los estudios de
animación por computadora trabajan como lo hacían los estudios que producían las
comedias mudas”, dice Joyce. “Todo el mundo pone su grano de arena”. Durante el
curso del proyecto, todos en el estudio se obsesionaron tanto como Joyce y Wedge.
“Un día en Blue Sky”, recuerda Joyce, “traje este extraño exprimidor de jugos de
Dios sabe qué época. Tenía aproximadamente a 10 personas, todas ellas graduadas
de universidades, superinteligentes, en la cima de su especialidad, reunidas
alrededor de él, examinando las mellas, los patrones de desgaste, los cambios
sutiles en la pátina. Dos horas después aún estábamos allí como si estuviésemos
descifrando la piedra
Roseta. En ese momento, nada de esto parecía extraño”.
Cuando “Robots” se estrene finalmente en Estados Unidos este fin de semana, su
obsesión tampoco parecerá extraña para ninguno de los espectadores, pues ha dado
como resultado una película deslumbrante. Cualquiera que conozca los pródigos
libros infantiles de Joyce, como “Dinosaur Bob” o “George Shrinks”, reconocerá
su mezcla característica de talento artístico y anarquía. Los entusiastas de “La
Era del Hielo”, producida por Blue Sky, o “Bunny”, el cortometraje de Wedge
galardonado por la Academia, verán que el estudio no ha perdido su toque para el
ritmo vertiginoso y los barrocos chistes visuales que parecen propulsados por
gas helio. Pero “Robots” es más que la suma de sus tuercas y tornillos. En pocas
palabras, es la mejor muestra de golosina visual animada por computadora que
ningún estudio haya producido jamás. Para encontrar una comparación adecuada, es
necesario regresar a la edad dorada de Disney, a películas como “Pinocho”.
“Nadie iguala a Blue Sky en cuanto a la presentación visual de sus películas”,
dice Joyce, quien ha trabajado con Pixar y actualmente trabaja con Disney en una
versión animada de su libro “Un día con Wilbur Robinson” (“A Day With Wilbur
Robinson”). “El personal de Blue Sky me preguntó cómo pensaba que debía lucir la
cinta. Yo dije: ‘Como si hubiese sido fotografiada por Vittorio Storaro” —el
director de fotografía de “Apocalipsis ahora” (“Apocalypse Now”) y “El último
emperador” (“The Last Emperor” ). Y que me parta un rayo si no lo lograron”.
Desde las primeras escenas, entramos en un mundo poblado completamente por
robots, un mundo de metal. Los pájaros en la acera son juguetes de cuerda. En un
barrio residencial, un propietario no corta su césped —le da brillo. La
panadería se llama Bollos de Acero. Y cuando es hora de tener un bebé, uno
adquiere un paquete y lo arma. Durante varios minutos, hay tanto que ver a la
vez que uno se olvida de seguir la trama. Lo cual no está mal, porque la trama
es la parte más ordinaria de esta extraordinaria película —en cuanto a narración
creativa se refiere, Pixar todavía no ha sido superada. En “Robots” un joven e
idealista robot, Rodney Copperbottom, va a la gran ciudad para dejar huella,
hace amigos animosos y divertidos, lucha contra los tipos malos corporativos y,
al final, tiene éxito sin traicionar sus sueños. Pero lo que el espectador
recordará son las cosas que nunca antes había visto, como el alocado paseo en el
Crosstown Express —parte laberinto, parte automóvil Hot Wheels y parte montaña
rusa— que Rodney toma al llegar a la Ciudad Robot. Este paseo es una secuencia
de animación tan vertiginosa que uno desearía que vendiesen dramamine en la
dulcería de la sala de cine. En cuanto a la Ciudad Robot, ésta luce como la
“Metrópolis” de Fritz Lang, rediseñada por Rube Goldberg. “Queríamos que todo se
viera como el interior de un reloj”, dice Joyce. Ellos cumplieron su deseo.
Para decir qué es “Robots”, uno tiene que decir primero lo que no es. No es una
película futurista. No hay naves espaciales ni cohetes. Tampoco presenta mucha
de la suavidad estilo art deco que Joyce ha aprovechado tan primorosamente en
sus propios libros. Éste es un mundo muy parecido al nuestro, pero completamente
mecánico, inspirado por la afición de sus fabricantes por los artefactos.
“Visitamos viejos depósitos de chatarra y tiendas de suministro de equipo”, dice
Joyce. “No suelo frecuentar los depósitos de chatarra, pero conozco por su
nombre a varios maquinistas y chatarreros”. Él empezó a construir los edificios
con utensilios de su propia casa. “Mi esposa no podría encontrar un abridor de
latas, un sacacorchos, o nuestras latas de café, azúcar y harina. Los niños no
podrían encontrar sus transportadores porque estaban en mi diorama de Rivet Town”.
Casi todos los personajes y edificios de la película están inspirados por una
máquina real, un artefacto o alguna extraña combinación de partes. El antepasado
más influyente de Rodney fue un motor fuera de borda marca Evinrude que tenía el
abuelo de Wedge. “Todo el tiempo pensaba: ‘Esa cosa se ve fantástica —fidedigna,
fiel, valiente, amistosa”, dice Wedge. “Así que Rodney es ese motor con algunas
de las características de una vagoneta Volkswagen”. Hay que decir que la cinta
nunca está totalmente a favor de la tecnología. Sus villanos son tiranos
corporativos, los cuales desean convencernos de que nada es lo suficientemente
bueno tal como está —uno siempre debe actualizarse. “La película nunca toma un
solo punto de vista”, dice Wedge, “porque hay muchas perspectivas sobre la
tecnología. Yo amo mi computadora. También amo mi amplificador de bulbos y mi
velero de madera. Pero desde el principio deseábamos que el hilo conductor de la
historia fuese la amenaza de obsolescencia que experimentan todos estos robots.
Es la mortalidad con la que vivimos todos los días”.
Aun ahora, ni Joyce ni Wedge pueden creer que les haya sido permitido hacer lo
que hicieron. “Hubo días en que nos divertimos demasiado”, dice Joyce. “Hubo
meses en que nos divertimos demasiado. Era como estar descansando todo el
tiempo, y que nos pagaran por ello. ¿Que una gran empresa multinacional gastara
decenas de millones de dólares para que nosotros nos volviésemos locos por un
exprimidor de jugo? ¿Cuán a menudo puede uno ser tan épicamente bobo? Dudo que
podamos repetirlo alguna vez”. Cualquiera que vea “Robots”
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