uyendo de la aplastante
solemnidad colonial de la Semana Santa guatemalteca, vine a refugiarme a casa de
mis hijas en Costa Rica, en donde esta festividad católica pasa casi
desapercibida para un guatemalteco acostumbrado a las multitudinarias
procesiones que paralizan la cotidianidad y cargan el ambiente de un
desbordamiento barroco que empalaga y asfixia el espíritu.
De lo que no pude escaparme fue de
darle seguimiento a un thriller tico: el asalto frustrado a una agencia
bancaria en el sur del país, en el que dos de los asaltantes quedaron muertos en
la entrada del banco gracias a los buenos oficios de dos guardias de seguridad
privada. En la balacera, trabajadores y clientes del banco fueron malheridos.
Algunos murieron en el lugar luego de una prolongada agonía. Otros, como
veremos, lograron escapar poco a poco por sus propios medios. En el momento, la
televisión afirmaba que otro de los cacos había huido y que un número
indeterminado de hampones permanecía aislado en el interior del local con más de
treinta rehenes. Todo empezó el martes 8 de marzo a eso de las tres de la tarde.
El miércoles 9, durante todo el día, las cámaras de los telenoticieros locales
seguían encuadrando las calles aledañas, y las voces de los reporteros
continuaban repitiendo sin misericordia lo mismo que los televidentes estábamos
viendo, desplegando a menudo un léxico que poco tenía que ver con el castellano,
como cuando un reportero dijo, al indicar la ruta por la que algunos rehenes
escaparon, que habían logrado "escudriñarse" por allí. Y cosas por el estilo.
Después del mediodía del miércoles 9,
se creó de pronto un ambiente de gran tensión porque las autoridades informaron
que habían ya negociado con los asaltantes en el interior del banco darles
dinero y un vehículo para que escaparan con algunos rehenes. Cuando estaban por
salir, la televisión mostró a la fuerza pública irrumpiendo inexplicablemente
por la puerta principal y de inmediato se escuchó una intensa balacera en la que
resultó muerto el temerario comandante que encabezaba la iniciativa, un tozudo
agente de la fuerza de elite, muy respetado en el denso ambiente policial, quien
ha sido elevado ya, mediante la conocida retórica nacionalista local
diestramente manejada por los medios, a las cumbres del heroísmo patriótico.
El tiempo pasó. Las cámaras filmaban
cómo, mientras las negociaciones seguían su curso después de la abrupta
irrupción policial, los rehenes heridos se escapaban del local por sus propios
medios mientras las autoridades dialogaban con un número aún entonces
indeterminado de maleantes. De pronto, veintisiete horas después de iniciado el
conflicto, se informó sin más que era uno solo el asaltante que permanecía en el
banco con la rehén Elizabeth Artavia. Al caer la noche, el hampón se entregó
evidenciando que el escandaloso y torpe operativo de más de un día se había
desplegado, con lujo de cobertura mediática, contra un solo hombre, el cual se
atrincheró dispuesto a todo con la guapa y valerosa Elizabeth, quien, con una
serenidad impresionante (por decir lo menos) afirmó después por televisión que
su captor era un tipo muy considerado y buena gente y que no tenía intención de
hacerle daño. Es más, ella le prometió que estaría con él mientras le curaban
las heridas antes de llevarlo a la cárcel. Desafortunadamente para ambos, al
aprehenderlo, la policía los separó. Este individuo negoció durante 27 horas con
las autoridades mientras los rehenes que sobrevivieron a la balacera inicial
entre él y los guardias de la seguridad privada en su forzado ingreso al banco,
escapaban uno a uno durante la noche y el día siguiente por sus propios medios.
Las interrogantes se imponen: ¿por
qué no dejaron salir al asaltante con su rehén para que huyera en el auto a fin
de capturarlo después al descubierto? ¿Por qué irrumpir de aquella atropellada
manera provocando el desenlace a la vista? Alegar que dejarlo salir implicaba
simplemente llevar la situación a otro escenario y exponer a los rehenes (era
una sola la rehén en poder del caco), como oficialmente se hizo, no justifica el
absurdo y fatal ingreso policial a la sede bancaria ni suprime la posibilidad de
que un diestro francotirador hubiese podido dar cuenta del asaltante desde una
prudente distancia, por ejemplo.
A lo largo de las veintiocho horas
que duró el sitio, la ciudadanía católica lloraba el deceso de monseñor Román
Arrieta, un obispo conocido por sus eficientes servicios políticos a favor de la
derecha oligárquica y por un vistoso peluquín y un rostro regordete que parecían
indicar un gusto irrenunciable por los cosméticos. El humor tico, que cuando se
lo propone puede llegar a ser agudo, cundió respondiendo a la especie que
afirmaba que por fin la modernidad había llegado al país con una violencia
"decente" que quizás lograra captar la atención internacional, argumentando que
los asaltos y secuestros con rehenes no eran usuales en la apacible y
democrática Costa Rica, pues ocurrían, literalmente, cada muerte de obispo.
El solitario asaltante de 22 años,
cuyos dos hermanos quedaron tendidos a la entrada del banco y al que un supuesto
(y, a estas alturas, fantasmal) cuarto cómplice abandonó a su suerte dentro del
local, iba sereno entre los policías que lo custodiaban en un pick up de
la fuerza pública. Eran casi las 8 de la noche del miércoles 9 de marzo. Al día
siguiente, la versión de los hechos en el diario La Nación no aludía a
metida de pata alguna por parte de las fuerzas de elite y, por el contrario, se
afirmaba que hechos como este hacían pensar en si las autoridades locales
estaban preparadas para garantizar la seguridad ciudadana, allanando así el
camino para aumentar presupuestos y entrenamiento a las de suyo desbordadas
fuerzas militares ticas, que evitan a toda costa llamarse a sí mismas ejército.
Por la noche, el ministro de seguridad se arrogaba por televisión el "éxito" de
haber "rescatado" con vida a los rehenes que escaparon por su cuenta en los
momentos en que la policía conversaba con el asaltante ya dentro del banco,
justificando con ello el torpe ingreso a la sede bancaria que culminó con la
muerte del comandante de la fuerza de elite, el cual, según el pintoresco léxico
de los reporteros locales, cayó en un heroico acto de "servimiento" a la
sociedad.
El viernes 11 de marzo, el titular de
La Nación rezaba: "Incursión policial salvó la vida de 11 rehenes en
banco", con lo que se cerraba el caso dándole la razón al ministro de seguridad
y ahogando las críticas que muchos hacían acerca de la tragicómica actuación de
la fuerza de choque. Lo demás se difuminó en el pesado melodrama de entrevistar
a los familiares de las víctimas preguntándoles cómo se sentían ante el deceso
de sus seres queridos, y a los sobrevivientes interrogándolos sobre lo que
sintieron en aquellos momentos de terror. Convertida en un irritante mini
culebrón (valga el oxímoron), la noticia tuvo como siempre un desenlace "a la
tica", es decir, sin más consecuencia que lamentar un hecho que machaconamente
se persiste en hacer pasar como excepcional, a pesar de que la misma banda de
hermanos había perpetrado antes varias acciones parecidas con un saldo
considerable de muertos.
Como guinda sobre el pastel, la noche
del viernes la televisión entrevistó al cuarto individuo que aparecía en las
fotografías que dos turistas habían tomado de los maleantes entrando al banco, y
a quien se suponía ser un cómplice que había huido. Este hombre resultó ser un
mirón al que los asaltantes aconsejaron que se retirara del lugar. Lo
interesante es que este sujeto afirmó en su entrevista televisada que desde el
principio del conflicto él había informado a las autoridades que sólo había un
asaltante en la sede bancaria. En otras palabras, la policía siempre supo esto
pero insistió en mantener la incertidumbre del público afirmando ante los medios
que no sabía cuántos hampones estaban atrincherados adentro.
Logré escabullirme (no
"escudriñarme") de la cargante Semana Santa chapina, pero no de este thriller
costarricense que para los nativos crédulos evidencia que su país sigue siendo
excepcional, ya que dos de los tres hermanos asaltantes eran nicaragüenses; es
decir, miembros de la "otredad" a la que se inculpa de todos los males de la ya
actualizada modernidad local. Aunque el asaltante sobreviviente nació en Costa
Rica, lo más probable es que, por ser sus padres de Nicaragua, se le endilgue a
su "mala sangre" su indiscutible sangre fría.
Espero que el resto de la temporada
de cuaresma se desenvuelva de manera normal, es decir, con el lento e
ininterrumpido flujo de desoladas procesiones aburridas, y cálices y cruces mal
delineadas con pintura blanca y brocha gorda sobre el escaso asfalto de las
calles estropeadas por las lluvias. Confío en que nada similar a lo vivido el
martes y el miércoles vuelva ocurrir. Hay razones de peso para suponer que así
será, porque algo como lo relatado ocurre cada muerte de obispo y, aquí, estos
prelados mueren aparentemente de muerte natural, no como en mi país, en donde
son asesinados con lujo de saña por la fuerza pública, que sí se llena la boca
llamándose a sí misma ejército y que no permitiría que un asalto como este
durara más de una hora ni que lo cubriera la televisión como si fuera un partido
de futbol; mucho menos que hubiera sobrevivientes. Allí están los casos del
bestial asalto a la embajada de España en 1980 y el asesinato en 1998 del obispo
Gerardi, cuyo rostro fue desfigurado a golpes por sus asesinos.
En contraste, cuando la televisión
mostraba las filas de dolientes flanqueando el féretro del octogenario obispo
Román Arrieta (a quien sobrevive su inseparable madrecita) en señal de
despedida, su rostro casi sonriente dentro del féretro parecía congratularse de
no haber renunciado ni siquiera en la hora final -al igual que la versión que
sobre el fallido asalto ofrecieran La Nación y el ministro de seguridad-
a las amables bondades del maquillaje.