Nació el 14 de
junio de 1928 en Rosario (Argentina). En 1953 se doctoró en Medicina por la
Universidad de Buenos Aires. Su ideología era clara. Estaba totalmente
convencido de que tan sólo a través de la revolución se acabaría con las
injusticias sociales existentes en Latinoamérica. El 26 de Julio de 1954 se unió
al Movimiento, formado por revolucionarios cubanos exiliados a las órdenes de
Fidel Castro, en México. En los últimos años de los 50, tuvo un destacado papel
en la lucha de guerrillas iniciada por Castro contra el dictador cubano
Fulgencio Batista. En 1959 Castro se hizo con el poder tras el triunfo de la
Revolución Cubana, siendo Guevara nombrado ministro de Industria (1961-1965). Se
negó totalmente a la influencia estadounidense en el Tercer Mundo, su presencia
fue decisiva en la configuración del régimen de Castro y en el acercamiento del
régimen cubano al bloque comunista, abandonando los tradicionales lazos que
habían unido a Cuba con Estados Unidos. Escribió Relatos de la guerra
revolucionaria en Cuba (1961) y Diario de campaña en Bolivia (1968), dos libros
que muestran la lucha guerrillera en los que defendió los movimientos
revolucionarios de base campesina en los países en vías de desarrollo. En 1965
dejó Cuba, (a Castro ya le resultaba demasiado incómoda su presencia) y apareció
un año después en Bolivia, como líder de los campesinos y mineros bolivianos
contrarios al gobierno militar. El Ejército boliviano le arrestó, y le quitó la
vida el 9 de octubre de 1967, cerca de Vallegrande.
Todos conocereís
la famosa cita que se le atribuye: "más vale morir de
pie que vivir arrodillado".
Deconstrucción de un mito
A
más de treinta años de su muerte, la figura de Ernesto Guevara de la Serna sigue
siendo una fuente poderosa de proyección de fantasmas que por su anacronismo se
adelantó a la estética post-moderna, convirtiéndose en una de sus figuras
emblemáticas.
La mayor paradoja de la vigencia de
un entusiasmo tan persistente, es la de tratarse de una figura que en su corta
vida pública - apenas diez años - acumuló más fracasos que aciertos.
La otra vertiente de la paradoja es
que si hubiese logrado materializar su proyecto en poder, hubiera generado, por
su extensión - nada menos que todo el continente latinoamericano - uno de los
regímenes totalitarios más extensos del planeta.
Pese a la ideología del éxito que hoy
impera, lo que parece despertar la admiración que se le profesa, es precisamente
su condición de víctima, y de perdedor.
Perdió ante los economistas en su
intento de imponer un sistema de producción destinado al imperativo del
surgimiento del "hombre nuevo"; ocasionando de paso, que su corta incursión por
la gestión económica, marcara el rumbo del desastre económico cubano. En lo
político, su lucha en pos del surgimiento de una sociedad ideal, se estrelló
contra la realidad que imponen las normas culturales, producto de siglos de
historia, por lo que el "hombre nuevo" nunca vio la luz en Cuba.
Es sabido que las normas que rigen
una sociedad, no se transforman por simple decreto, ni atendiendo a mandatos
voluntarios (la transformación de un cuerpo social, pese al voluntarismo más
exacerbado, termina imponiendo los imperativos que le son propios.) Y por
último, en lo militar, y por haber constituido el sustento mayor de su acción,
significa el más rotundo de sus fracasos. El desenlace patético en el Congo, y
el no menos dramático en Bolivia que le costó la vida, lo demuestran.
La segunda constatación, más
sorprendente aún, es la desproporción existente entre la admiración que se le
profesa en sectores anticonformistas y libertarios, y el dogmatismo de su
postura ideológica. Estos, reacios a toda autoridad parecen ignorar que la
acción política de Ernesto Guevara se apoyaba en un dogmatismo inflexible que de
haberse convertido en poder, hubiesen sido ellos sus primeras víctimas. No se
debe olvidar que el primer campo de trabajo de reeducación que se abrió después
de la revolución, destinados a los faltasen a la moral revolucionaria, fue
iniciativa del Che.
Su personalidad intransigente,
defensor inquebrantable de su fe lo acercaban más del estilo de un Savonarola
que del líder libertario al que se le suele asimilar. No son pues ni los
triunfos ni su idea de sociedad lo que mantiene la vigencia de esa figura. Es
más bien la orfandad ideológica en la que se debate el mundo de hoy, regido por
la impostura y la corrupción, la que conduce al culto que se profesa al hombre
que marcó una época por haber sido consecuente al extremo con los preceptos de
su prédica.
Ante la carencia actual de figuras en
donde apoyar la necesidad arcaica de los hombres de contar con un guía con quien
identificarse o un redentor que les marque un camino, la figura del Che Guevara
aparece como un aliciente; suerte de reserva afectiva, refugio protector en
donde guarecer la espera de tiempos mejores.
Desde que se anunció el fin de la
Historia y la muerte de las ideologías, nunca el deseo de símbolos y de
espiritualidad se ha manifestado con tal agudeza. Es por ello que hoy, el
mercado de las imágenes ha resultado el gran favorecido de esta situación,
habiendo logrado así conjugar en un solo ámbito, la vida política, el mundo de
los negocios y el espacio religioso.
La consagración y la perennidad de la
imagen del Che, su transformación en símbolo y su proyección en el espacio
imaginario colectivo - y en ello también el Che como producto mediático se
adelantó a su época - fue obra de dos fotógrafos que se encontraron en el sitio
y el momento precisos para fijar la imagen que le daría cuerpo al mito, gestando
así una memoria sin olvido, una manera de existir para siempre ante los ojos del
mundo.
En primer
lugar, el cliché que muestra el rostro revestido por un halo patético,
premonitorio de muerte, realizado por el Cubano Korda, cuando el Che se le
introdujo inopinadamente en el visor de la cámara, en el transcurso de un acto
en una tribuna pública en La Habana; convertido luego en el célebre cartel que
desde hace treinta años recorre el mundo.
Y en segundo término, la imagen de la
muerte en Vallegrande, del boliviano Freddy Alborta que, al otorgarle la
singularidad de un Cristo, realizó la concreción definitiva de un destino. La
paradoja radica en que la imagen de un cadáver suele representar el fin de una
trayectoria; en este caso, signgicó el comienzo de la inmortalidad: no siempre
mata la muerte, y el Che no lo ignoraba. El martirologio sufrido a manos de sus
captores, con apoyo solícito de la CIA, relegó al olvido sus fracasos y sus
ideas dogmáticas.
Lo que se venera hoy, no son sus
triunfos ni sus ideas, sino la sacralización de un itinerario personal. Privó la
dimensión del ser ante el hacer. En ello consiste la paradoja: en una época en
que el "ser" tiende a desaparecer en aras del "hacer", se impuso su manera de
existir. Ese ha sido y es su mayor triunfo.
Su popularidad se sustentó al
principio en la fantástica escena mediática que significó la Revolución Cubana,
escenario de proyección mundial desde donde predicó su fe inquebrantable en la
revolución y en la lucha armada; expresión que luego reemplazó por la de
"violencia revolucionaria".
Ernesto Guevara sólo creía en la guerra, la vivía
intensamente y la consideraba como un medio de realización personal; en cuanto a
la política como arte de gobernar, sencillamente la desdeñaba. Por su estructura
mental, el Che se perfila como un personaje con poca complejidad psicológica; su
discurso es simple, sus ideas no lo son menos. Ninguna sinuosidad viene a romper
la rectitud de la línea que se trazó desde que, tras el desembarco del Granma,
escogiera el fusil en lugar del equipo médico.
Su personalidad no posee la faz
secreta, ese lado oscuro que suelen poseer los grandes personajes de la
historia. Contrariamente a Fidel, hombre múltiple, de luces y sombras, el Che es
como la luz de mediodía que aplana los volúmenes y quita todo relieve al mundo
circundante. Preocupado en extremo por el sentido que buscaba darle a su vida,
no se percibía en él una gran preocupación metafísica. Se puede decir que él
optó por encarnar la metafísica; su propio cuerpo fue el mediador directo de esa
búsqueda.
Desde su niñez, a causa de su
enfermedad, mantuvo con el cuerpo y con la muerte una relación de estrecha
complicidad. Ese cuerpo, centro privilegiado de las preocupaciones de su madre,
devino la sede de su escenario privado, generando esa inclinación precoz de
hacer de su vida una auto ficción, terreno feraz en donde fue preparándose el
ámbito propicio al surgimiento del mito. Vivía tan pendiente de sí mismo que
llegó a amoldar lo real a su sistema imaginario, a someter el mundo a su propio
escenario en aras de alcanzar el designio que se había propuesto de antemano, y
cual Cristo, alcanzaría plenamente con su muerte: la inmortalidad.
Ensimismado en su cuerpo, sede de
todos sus fantasmas, cada síntoma, cada manifestación fisiológica la consignaba
en los diarios íntimos que, atendiendo a un hábito precoz, llevó a lo largo de
su vida. A las manifestaciones de su cuerpo les otorgaba la misma alcurnia que a
los acontecimientos de alcance histórico; es una de las singularidades del
Diario de Bolivia. A sus comienzos titubeó entre ser un médico famoso o actor de
cine, o escritor, o metamorfosearse en hombre de acción; optó por esto último.
Se adjudicó el papel de héroe,
investido de una misión salvadora, poniendo su vida al servicio de los otros, y,
como es propio al oficio de héroe, arrogándose el derecho de matar en aras de la
salvación de otros hombres. Para el Che participar en los combates significaba
un goce y no dudaba en practicar el asesinato ritual; es una de las facetas de
su personalidad que precisamente, ponen de manifiesto las diferentes biografías
recientemente publicadas.
"Cuando tenía en la mira del fusil a
un soldado, disparaba sin remordimiento porque sabía que así estaba
contribuyendo a luchar contra la represión y a salvar del hambre a los niños que
estaban por nacer", dice a su manera de explicación de esa tendencia que nunca
disimuló porque, sencillamente, era incapaz de disimulo. También afirmaba que el
revolucionaria debía convertirse en una certera arma de matar. Su necesidad de
sentir la experiencia del combate cuerpo a cuerpo lo distingue de un verdadero
jefe militar, para quien lo principal es ganar batallas, y no participar
directamente en ellas.
Cuando esto sucede es porque las
circunstancias así lo requieren, y cuando es menester fusilar, ordena que lo
haga un pelotón destinado a esos efectos. El Che no dudaba en ejecutar
personalmente a traidores o sospechosos de serlo. En la Sierra Maestra, pronto
se percató que en tanto extranjero, para alcanzar la legitimidad en el grupo y
establecer la autoridad a la que aspiraba, le era indispensable afirmarse ante
sus compañeros.
El rito de paso, en las
circunstancias que impone la guerra, es la infracción colectiva de la ley;
cometer el acto prohibido por excelencia: el derramamiento de sangre - la
secreción humana con mayor carga sagrada. Se tiende olvidar, y por ello se la
idealiza, que la guerra se hace matando y ese gesto es el ritual que sella entre
los hombres la hermandad más intensa; pacto de causa común que le otorga
cohesión al grupo.
Ese reto constante de la muerte le
proporcionó alcanzar la gran obra maestra que fue la suya propia. En ese
enfrentar y dar la muerte, estaba también implícita la misión salvadora de la
que se sentía ungido; misión que le autorizaba a violar el tabú mayor: el matar
por mano propia, prerrogativa de los héroes según las normas que gobiernan su
acción.
No es que ello borre la carga de culpabilidad que ese acto conlleva; al
contrario, la acción del héroe aparece justificada, al brindarse éste como
receptáculo o portador voluntario de la culpabilidad del acto prohibido que el
común de los mortales le delega. Según Roger Callois, cuando surge en la
sociedad la necesidad de vengar un estado de humillación, la tendencia es la de
recurrir a la mediación del héroe; primer paso hacia el surgimiento del mito: al
héroe se le otorga el derecho superior "no tanto al crimen, como a la
culpabilidad por delegación": carga que el común de los mortales rehúsa.
El héroe, al asumir la culpabilidad
colectiva, adquiere su condición de mito. El mito es entonces una creación que
responde a una necesidad psicológica y es también un instrumento de
reconocimiento colectivo; ese papel de mediador le confiere también la calidad
de símbolo. Los mecanismos de la creación y el funcionamiento de los mitos, no
sólo en sus componentes afectivos, son la clave para desentrañar la paradoja que
representa Ernesto Guevara y su conversión en el Che.
Sin embargo, ante todo, es necesario señalar, volviendo a Roger Callois,
que "el mito no es atributo exclusivo de un héroe" y que se debe distinguir la
"mitología de las situaciones y la de los héroes". En el ámbito latinoamericano
y en el internacional, la mitología de la situación que ha favorecido el
surgimiento del mito del Che, se generó en le contexto histórico de entonces;
por ello es necesario volver la mirada a aquel tiempo, volver al pasado para
situarlo en lo que, después de todo fue: un hombre de su tiempo.
En América
Latina, tras el derrocamiento de Arbenz en Guatemala en 1954, el andar de la
historia parecía haberse detenido. Sin embargo dos acontecimientos, casi
concomitantes le imprimen a la historia del continente un ritmo de crucero. En
1958, un movimiento civil- militar derroca la dictadura de Marcos Pérez Jiménez
en Venezuela y opta por la instauración de un régimen democrático. Un año más
tarde, en Cuba, un movimiento liderado por Fidel Castro derroca la dictadura de
Fulgencio Batista e instaura una revolución radical.
Esos dos acontecimientos, que
habiendo tomado senderos divergentes, han caminado sin embargo paralelamente - y
por cierto ambos en crisis actualmente - proponiendo dos modelos del hacer
político y social en el continente. A los cuales se suma más tarde la
experiencia chilena de la Unidad Popular que pretendió realizar la síntesis de
ambos: justicia social con democracia. Ambos demostraron rápidamente la voluntad
de proyectarse en la escena internacional.
En Venezuela, el presidente electo,
impulsó la doctrina que lleva su nombre, la doctrina Betancourt, cuyo objetivo
era de favorecer la instauración de regímenes democráticos en el continente,
negándole reconocimiento diplomático a los gobiernos de facto. Mientras que la
Revolución Cubana decretaba, sin tomar en cuentas ni matices ni circunstancias
históricas, una única vía, la línea de la lucha armada. Su inmenso prestigio
entre las nuevas generaciones, arrastró a muchos jóvenes a sumarse al designio
de La Habana.
El resultado fue una generación
inmolada; ésta, normalmente destinada a tomar el relevo de los políticos de
viejo cuño sucumbió en el intento. Aquellos que no murieron, hoy viven la
amargura de la derrota. Otros persisten en querer repetir los mismos errores,
sin percatarse de que el conocimiento se forja, no en la repetición de lo mismo,
sino en el intento de otras vías, en las que, inevitablemente, se cometerán
errores, pero serán inéditos, y de allí surgirá una nueva configuración acorde
con los retos actuales. De otra forma, se persistirá en las acciones
mediático-suicidas, tan comunes en nuestro continente, engrosando así la larga
lista de los mártires de la revolución.
Primicias de la vía armada. El 27 de
enero de 1959 - la fecha tiene singular importancia - tuvo lugar un foro
organizado por el PSP (antiguo nombre del partido comunista Cubano) en la
Habana. Allí "en el discurso más importante pronunciado por un líder de la
revolución, en el que se anunciaban las grandes líneas de la política interna y
externa de Cuba, - según apunta su biógrafo americano, Anderson - el Che diseña
los objetivos nacionales e internacionales de la reciente revolución: democracia
armada, reforma agraria, confiscación y control de los bienes del mercado en
manos extranjeras y un llamado a los países de América Latina para que adoptaran
el modelo Cubano de revolución: "Hemos demostrado que un pequeño grupo de
hombres (...)que no tiene miedo de morir puede vencer a un ejército regular
(...) La revolución no está limitada a la nación Cubana porque ha tocado la
conciencia de América".
Pocos días antes, el 23 de enero de
1959, en el primer viaje que realizara a un país latinoamericano, Fidel Castro
proclamó, en un discurso pronunciado en la plaza de El Silencio de Caracas, la
guerra de guerrillas continental, pronosticando que, siguiendo el ejemplo de
Cuba, la Cordillera de los Andes se convertiría en la sierra Maestra del
continente.
El Che, por su parte, advierte a los
gobiernos que los pueblos latinoamericanos seguirán el ejemplo de Cuba y en el
Primer Congreso de Juventudes hace un llamado a la juventud latinoamericana,
incitándoles a "contemplar la belleza de la muerte cuando se alcanza mediante el
sacrificio colectivo por la liberación". "No siempre son necesarias las
condiciones para hacer la revolución, éstas pueden ser creadas por el foco
guerrillero", afirmó ya en aquella ocasión. Al voluntarismo de las proclamas de
lucha, el Che Guevara inculcó la idealización del campesinado como el motor de
esa lucha, sentando así las bases de la acción guerrillera en el continente.
El foco guerrillero, compuesto por una élite
restringida, debía crear las condiciones para formar el ejército de liberación
integrado por campesinos. Poco importaba que se tratara de un país petrolero en
donde los campesinos habían emigrado a las ciudades, como era el caso de
Venezuela; o que los sindicatos campesinos (surgidos tras una revolución que en
1952 realizó una reforma agraria) hubieran firmado un pacto militar-campesino
como en el caso de Bolivia, en donde tal vez aquellos que hubieran respondido a
su llamado, habrían sido los obreros. Pero el Che desconfiaba de los sindicatos
obreros, considerados por él como pequeño burgueses preocupados por
reivindicaciones saláriales.
En el plano internacional la
combustión en el llamado Tercer Mundo, había llegado al paroxismo: guerras
anticoloniales en el África, guerra de Vietnam, masacres de comunistas en
Indonesia, intervención norteamericana en Santo Domingo... contexto poco
propicio al discurso moderado, pero sí las expectativas del Che que preconizaba
el enfrentamiento violento de los débiles contra los países más poderosos.
Contra la supremacía de Estados Unidos, pero también contra la URSS, por faltar
a su deber de internacionalismo con los países oprimidos.
Por ello la guerra que
intentaba librar tenia para él un doble objetivo: vencer a la potencia
norteamericana, pero también obligar a los países socialistas a volver a la
senda de su vocación primigenia, rehabilitándose de su traición a los
principios. Al desencadenarse una situación bélica suficientemente amplia, a la URSS no le quedaría otra opción que la de volver al redil de la revolución. Que
los países socialistas tuvieran intereses de Estado era algo inadmisible para el
Che; su obligación era la de prestar una ayuda incondicional y a fondo perdido.
La postura de países asistidos ha
calado muy hondo, sobre todo, en el pensamiento de izquierda latinoamericano. La
creencia de que los países poderosos están obligados a ayudarnos por haber
explotado nuestras riquezas naturales, sin que medie la noción de rentabilidad y
menos aún la de trabajo, ha quedado plasmado en el célebre libro de Eduardo
Galeano, las Venas abiertas de América latina: eficacia, competitividad, son
nociones ajenas a esta postura. Hoy, la configuración de esa reivindicación de
pueblos asistidos ha cobrado realidad; las potencias se han percatado de lo
ventajoso que es convertir a los pueblos en indefinidamente pobres receptores de
caridad, encargando a miembros de las elites nacionales de administrar esa
caridad.
Así los pobres se mantendrán en la posición de subalternos, alejados de
la noción de ciudadanos con derechos y deberes, mientras que las elites
preservan su estatus de élites. Las ONG son los vectores del comercio de la
caridad que satisface a todos, perennizando así la dinámica el amo y del
esclavo, modelo de funcionamiento de la sociedad que se instauró tras haberse
independizado América Latina de España; para no remitirme más lejos en la
historia.
El atrevimiento del Che de empuñar
las ramas - ese símbolo fálico por excelencia -, de enfrentarse simultáneamente
a los países más poderosos del planeta, generó en América Latina un sentimiento
de rehabilitación nacional a escala continental que generó una revalorización de
la imagen masculina del hombre latinoamericano, tan maltrecha por el papel
subalterno que le he tocado jugar ante la eficiencia del poderoso Norte
pragmático y eficiente.
Mientras que en el contexto
occidental, el mito del Che adquiere vigencia debido a la acción que ese tipo de
representaciones colectivas ejerce sobre los individuos: éstas, al transformarse
en mitos, provocan una suerte de convergencia afectiva, independientemente de
los espacios geográficos y de los parámetros culturales, hasta llegar a
convertirse en la historia de todos; esa historia que forma la memoria de todos
los pueblos.
Y en ese orden de ideas no está de más recordar que los principios
que sustentan el mito del Che, sintetizan los valores del patriarcado. Y ante
los síntomas de fragilidad que manifiesta hoy el modelo de comportamiento
masculino; y ante el debilitamiento de puntos de referencia identitarios
masculinos, el mito del Che por su poder como factor de identificación, aparece
como un modelo de referencia que reconforta valores patriarcales que se han ido
paulatinamente, debilitando.
Del aparato simbólico guevariano ha
quedado excluido totalmente lo femenino. Sin madre que acogiera su cuerpo en el
momento de su muerte; sin Verónica que le enjugara su rostro con piedad; en la
escena final, cual trofeo de guerra exhibido por sus vencedores, aparece el hijo
en su terrible soledad ante el fotógrafo, el cual, simplemente realiza su
oficio, dando lugar así a la imagen cristica del yaciente de Vallegrande que, al
otorgarle un estatuto cercano a lo sagrado, diluyó el sentimiento de derrota que
generó su muerte, posponiendo a un espacio sin tiempo, el fin d una ilusión.
Tras la muerte del Che los
innumerables intentos de lucha armada que se sucedieron en el continente, y las
diferentes muestras de nostalgia, constituyen la expresión de un duelo que aún
está por hacerse. Por ello, cabe constatar lo poco fieles a las enseñanzas de
Ernesto Guevara que son aquellos que se niegan a considerar desde una
perspectiva histórica el episodio guerrillero ocurrido en Bolivia: no era propio
de Ernesto Guevara dejar pasar los acontecimientos sin someterlos antes a un
despiadado análisis.