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(IAR-Noticias) 15-Mar-05
Por
Kirpatrick Sale
- Rebelión/font>
Es
bastante irónico: a sólo cerca de una década desde que la idea de Estados Unidos
como una potencia imperial llegara a ser aceptada por la derecha y la izquierda,
y que la gente pudo llegar a hablar realmente de un imperio estadounidense, este
último muestre múltiples indicios de su incapacidad de continuar. Y, por cierto,
ya es posible imaginar su colapso, y especular abiertamente al respecto.
Los neoconservadores que están en el
poder en Washington, y gustan de hablar de EE.UU. como el único imperio del
mundo después de la desintegración soviética, se negarán, por supuesto, a creer
en un colapso semejante, tal como ignoran las realidades de la guerra imperial
en Irak. Pero creo que es nuestro deber examinar seriamente cómo el sistema de
EE.UU. se está poniendo tan drásticamente en peligro que causará no sólo el
colapso de su imperio mundial, sino que cambiará drásticamente a la nación en el
frente interno.
Todos los imperios terminar por
derrumbarse: Akkad, Sumeria, Babilonia, Ninevah, Asiria, Persia, Macedonia,
Grecia, Cartago, Roma, Mali, Songhai, Mongol, Tokugawa, Gupta, Jemer, Habsburgo,
Inca, Azteca, Español, Holandés, Otomano, Austriaco, Francés, Británico,
Soviético, todos, todos cayeron, y la mayoría en unos pocos siglos. Las razones
no son demasiado complejas. Un imperio es una especie de sistema estatal que
inevitablemente comete los mismos errores simplemente por la naturaleza de la
estructura imperial y que inevitablemente fracasa por su tamaño, su complejidad,
su extensión territorial, su estratificación, su heterogeneidad, su dominación,
jerarquía y desigualdades.
En mi interpretación de la historia
de los imperios he llegado a cuatro motivos que casi siempre explican su
colapso. (El nuevo libro de Jared Diamond “Collapse” también contiene una lista
de razones para el colapso social, que se traslapan ligeramente, pero habla de
otros sistemas que los imperios.) Considerémoslos, sobre todo como referencia al
actual imperio estadounidense.
Primero, la degradación
medioambiental. Los imperios siempre terminan destruyendo las tierras y las
aguas de las que dependen para su supervivencia, sobre todo porque construyen,
cultivan y crecen sin límites, y el nuestro no es una excepción, incluso si aún
nos queda por vivir la peor parte de nuestro ataque contra la naturaleza. La
ciencia está de acuerdo en que todos los indicadores ecológicos importantes
están en baja y lo han estado durante decenios: la erosión de las capas arables
y de las playas, el agotamiento de las reservas de pesca, la deforestación, el
agotamiento del agua dulce y de los sistemas acuíferos, la contaminación del
agua, de la tierra, del aire y de los alimentos, la salinización del suelo, la
superpoblación, el superconsumo, el agotamiento del petróleo y de los minerales,
la introducción de nuevas enfermedades y la vigorización de las antiguas, los
extremos cambios climáticos, el derretimiento de los casquetes glaciares y el
aumento del nivel del mar, la extinción de especies, y el excesivo uso humano de
la capacidad fotosintética de la tierra. Como ha dicho el biólogo de Harvard,
E.O. Wilson, después de un prolongado examen del impacto humano sobre la tierra,
nuestra “huella ecológica es demasiado grande para que el planeta la tolere, y
está creciendo”. Un estudio del Departamento de Defensa del año pasado predijo
que “un abrupto cambio climático”, que probablemente ocurrirá dentro de una
década, provocará una escasez “catastrófica” de agua y energía, “trastornos y
conflictos” endémicos, guerras que “definirán la vida humana”, y una “caída
importante” en la capacidad del planeta de mantener a su actual población. El
fin del imperio es seguro, tal vez lo sea el fin de la civilización.
Segundo: sobrecarga económica. Los
imperios siempre dependen de una excesiva explotación de los recursos, derivados
generalmente de colonias que se hallan más y más alejadas del centro, y en su
momento se derrumban cuando los recursos se agotan o cuando se hacen demasiado
caros para todos, con la excepción de la elite. Es exactamente el camino en el
que nos encontramos: se predice que el pico de la extracción de petróleo, por
ejemplo, ocurrirá en uno o dos años, y nuestra economía se basa enteramente en
un frágil sistema en el que todo el mundo produce y nosotros, en general,
consumimos (la producción de EE.UU. es sólo un 13 por ciento de su PIB).
Actualmente mantenemos un déficit comercial de casi 630.000 millones de dólares
con el resto del mundo, ha aumentado en increíbles 500.000 millones de dólares
desde 1993, y en 180.000 millones desde que Bush se hizo cargo en 2001 – y para
pagarlo tenemos que tener un influjo de dinero del resto del mundo de unos 1.000
millones de dólares por día, que había disminuido a la mitad a fines del año
pasado. Ese tipo de exceso es simplemente insostenible, especialmente si se
piensa en que el otro imperio mundial, China, que es crucial para mantenerlo,
tiene unos 83.000 millones de dólares prestados al tesoro de EE.UU.
Súmese a esto que una economía que se
apoya en un déficit del presupuesto federal de casi 500.000 millones de dólares,
lo que forma parte de una deuda nacional total de 7,4 billones de dólares en el
pasado otoño, y la continua sangría de la economía por lo militares de por lo
menos 530.000 millones de dólares al año (sin contar la inteligencia militar,
cuyo coste nunca conoceremos). No hay quien piense tampoco que sea sostenible,
por eso el dólar ha perdido su valor en todas partes – hasta un 30 por ciento
respecto al euro desde 2000 – y el mundo comienza a perder confianza en las
inversiones en este país. Preveo que en sólo unos pocos años, el dólar habrá
sufrido tanto daño que los estados petroleros ya no querrán operar en esa moneda
y se volcarán hacia el euro en su lugar, y que China dejará que el yuan flote
frente al dólar, llevando efectivamente a esta nación a la bancarrota y a la
impotencia, incapaz de controlar la vida económica dentro de sus fronteras y
mucho menos en el extranjero.
Tercero: la sobre-extensión militar.
Los imperios, porque son colonizadores por definición, se ven obligados a
extender el alcance de sus fuerzas armadas más y más lejos, y a ampliarlas cada
vez más contra colonias mal dispuestas, hasta que las arcas del estado se
agotan, las líneas de comunicación se sobre-extienden, las tropa se hace poco
fiable, y la periferia resiste y termina por sublevarse. El imperio
estadounidense, que comenzó su alcance mundial mucho antes de Bush II, tiene
ahora unos 446.000 soldados activos en más de 725 bases reconocidas (y un
sinnúmero secretas) en por lo menos 38 países en todo el mundo, más una
“presencia militar” formal en no menos de 153 países en todos los continentes
con la excepción de la Antártica – y casi una docena de flotas perfectamente
armadas en todos los océanos. Y eso significa sobre-extensión: EE.UU. tiene
menos de un 5 por ciento de la población del mundo. Y ahora que Bush ha
declarado una “guerra contra el terror”, en lugar de una guerra más factible
contra Al Qaeda que deberíamos haber lanzado, nuestros ejércitos y agentes se
encontrarán en un campo de batalla universal y permanente que es posible
controlar o limitar.
Hasta ahora la red militar no se ha
derrumbado, pero como lo indica Irak es puesta fuertemente a prueba y bastante
incapaz de establecer estados clientes que hagan lo que se nos antoje y protejan
los recursos que necesitamos. Y como el sentimiento anti-estadounidense sigue
extendiéndose y profundizándose en todos los países musulmanes, en gran parte de
Europa y de Asia – y a medida que más países rechazan los “ajustes
estructurales” que necesita nuestra globalización dirigida por el FMI, es
bastante probable que la periferia de nuestro imperio comience a resistir
nuestro dominio, militarmente si es necesario. Y lejos de tener la capacidad de
librar dos guerras simultáneas, como lo esperaba el Pentágono, estamos
demostrando que ni siquiera podemos sostener una.
Finalmente, el disenso y la agitación
interiores. Los imperios tradicionales terminan derrumbándose desde adentro así
como a menudo son atacados desde afuera, y hasta ahora el nivel de disenso
dentro de EE.UU. no ha llegado al punto de rebelión o secesión, gracias a la
creciente represión del disenso y a la escalada del miedo en nombre de la
“seguridad de la patria” y al éxito de nuestra versión moderna de pan y circo,
una combinación única de entretenimiento, deporte, televisión, sexo y juegos por
Internet, consumo, drogas, alcohol, y religión, que insensibilizan efectivamente
al público en general, llevándolo al aletargamiento. Pero las tácticas de la
administración Bush II muestran que tiene tanto temor de una expresión del
disenso popular que está dispuesta a desafiar e ignorar a los grupos
ecologistas, de derechos civiles, y progresistas, a sobornar a los comentaristas
para que presenten su propaganda, a expandir la vigilancia y las violaciones de
la privacidad a través de las bases de datos, a utilizar la supremacía
partidaria y las tácticas de negociaciones secretas para no hacer caso de la
oposición parlamentaria, a utilizar mentiras y engaños como una parte normal de
las operaciones gubernamentales, a violar leyes y tratados internacionales con
objetivos a corto plazo, y a utilizar la religión para encubrir todas sus
políticas.
Resulta difícil creer que la gran
masa del público estadounidense llegue jamás a precipitarse para desafiar al
imperio en casa hasta que las cosas empeoren considerablemente. Es un público,
después de todo, que, como estableció un sondeo Gallup en 2004, cree en un 61
por ciento que “la religión puede solucionar todos o la mayoría de los problemas
de la actualidad”, y según un sondeo de Time/CNN en 2002, cree en un 59
por ciento en el inminente Apocalipsis y a considerar toda amenaza o desastre
como evidencia de la voluntad divina. Y, a pesar de todo, es también difícil
creer que una nación tan intrínsicamente corrupta como ésta – en todas sus
instituciones fundamentales, sus partidos, universidades, corporaciones, agentes
de bolsa, contables, gobiernos comprados, y que reposa sobre una base social y
económica de ingresos y propiedades intolerablemente desiguales, que se hacen
cada vez más desiguales, pueda mantenerse durante mucho tiempo. El
recrudecimiento de la discusión sobre una secesión en la última elección, parte
de la cual fue seria en extremo, y que llevó a organizaciones en la mayoría de
los estados azules, que por lo menos una minoría está dispuesta a pensar en
pasos drásticos para “alterar o abolir” un régimen con el que está en desacuerdo
fundamental.
Estos cuatro procesos por los que los
imperios siempre terminan por caer, me parecen ineludiblemente vigentes, en
diversos grados, en este último imperio. Y pienso que una combinación de varios
de ellos producirá su colapso dentro de algo como los próximos 15 años.
El reciente libro de Jared Diamond
que describe la forma como se derrumban las sociedades sugiere que la sociedad
estadounidense, o la civilización industrial en su conjunto, pueden aprender de
sus fracasos del pasado y evitar su suerte, una vez que se den cuenta de los
peligros de su orientación actual. Pero esto no ocurrirá, y por un motivo que el
propio Diamond comprende.
Porque, como dice en su análisis de
la sociedad nórdica en Groenlandia, predestinada al fracaso, que se derrumbó a
principios del Siglo XV: “Los valores a los que la gente se aferra de modo más
obstinado bajo condiciones inadecuadas son aquellos que fueron previamente la
fuente de sus mayores triunfos sobre la adversidad”. Si es así, y sus ejemplos
parecen demostrarlo, entonces podemos aislar los valores de la sociedad
estadounidense que han sido responsables por sus mayores triunfos y saber que
nos aferramos a ellos a toda costa. Son, en una burda mezcla: capitalismo,
individualismo, nacionalismo, tecnofilia, y humanismo (en el sentido de la
dominación de los seres humanos sobre la naturaleza). No existe posibilidad
alguna, no importa cuán grave y obvia sea la amenaza, de que los abandonemos
como sociedad.
Por lo tanto no hay ninguna
posibilidad de escapar al colapso del imperio.
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