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(IAR-Noticias) 28-Mar-05
Por Robert J.
Samuelson - Newsweeek
A últimas fechas ha habido muchas
buenas noticias acerca de la economía estadounidense, así que empecemos con
ellas: el empleo está creciendo (2.4 millones de nuevos empleos formales en el
último año); la inflación se mantiene baja (menos de 2 por ciento en el
trimestre pasado); la Bolsa de Valores está a la alza (11 por ciento en el Dow
Jones desde su punto más bajo en noviembre), y la inversión comercial es
impresionante (aumentando a una tasa de 14 por ciento a finales de 2004).
De hecho, las noticias recientes han sido tan buenas —una excepción importante
es el precio de US$50 por barril del petróleo— que estamos oyendo hablar de
nuevo de la economía de “Ricitos de Oro”, que crece lo suficientemente rápido
para aumentar el empleo y lo suficientemente lento para frenar la inflación.
Pero más allá de todos los indicadores optimistas se esconde un problema
potencialmente aterrador que desquicia incluso a los observadores económicos más
sabios y curtidos. No es el déficit del presupuesto gubernamental, ni una
posible burbuja en el segmento de la vivienda, ni un aumento de la gasolina de
hasta US$2 por galón. Es el dólar.
Si usted ha prestado atención a las noticias, sabrá que el dólar ha estado a la
baja con respecto a varias divisas. A partir de sus recientes aumentos
—alcanzados a mediados de 2001 e inicios de 2002— el dólar ha caído 38 por
ciento con respecto al euro, 23 por ciento contra el yen y 25 por ciento contra
el dólar canadiense. Y la mayoría de los economistas esperan que esta tendencia
continúe.
Para finales del año, el euro podría aumentar de US$1.34 a US$1.45, y el yen de
104 a 97 (es decr, 97 yens por dólar), dice el economista Nariman Behravesh de
Global Insight. Desde luego, es probable que usted no haya seguido con atención
las noticias. Para la mayoría de los estadouni- denses, la cuestión del dólar
—su valor en los mercados de divisas extranjeros— es algo muy aburrido.
Un dólar
devaluado hace que las vacaciones al extranjero sean más caras, impone presión a
los precios de los automóviles y zapatos importados, y (ésta es la mejor parte)
mejora la competitividad global de los fabricantes estadounidenses. Normalmente,
estos asuntos no están en nuestra lista de prioridades. Pero ahora no estamos en
la normalidad.
La importancia de la caída del dólar es que en realidad es un síntoma de un
panorama más grande y más preocupante. Durante 15 años la economía
estadounidense ha sido el motor de la economía mundial a través de un creciente
comercio y déficit de cuenta corriente (la cuenta actual incluye pagos del
extranjero como viajes y turismo). En
2004, se estima que el déficit estadounidense de cuenta corriente alcanzó los
US$650 mil millones, cifra récord de un 5.6 por ciento de la economía (PIB).
Las
economías de otros países se benefician al enviar sus mercancías a los ávidos
compradores estadounidenses, y a su vez, Estados Unidos envía al extranjero
enormes cantidades de dólares para pagar esas mercancías. El problema es que
ahora hay más dólares de los que los extranjeros quieren tener. Si hay una
sobreoferta de algo —manzanas, chips de computadora, ositos de peluche— los
precios bajan. Así que cuando los dólares sobrantes se venden en euros, yens o
libras esterlinas, el valor del dólar se reduce en comparación con el de esas
divisas.
Si ha detectado una contradicción, está en lo correcto; y ése es el dilema. La
economía mundial no puede progresar sin los enormes déficit de EE UU —y quizás
tampoco pueda hacerlo con ellos. El ansia de consumo de los estadounidenses
fomenta el comercio y el empleo global, pero también amenaza con provocar un
violento trastorno financiero que podría dañar al comercio y al empleo global.
Con las ganancias obtenidas de la exportación, los extranjeros han comprado
grandes cantidades de acciones, bonos y otras inversiones estadounidenses: a
finales de 2003, US$1.8 billones de bonos corporativos y US$1.5 billones de
acciones. El peor de los escenarios, considerado improbable pero no imposible
por la mayoría de los economistas, es que una caída del dólar provocara pánico.
Los extranjeros venderían sus acciones y bonos estadounidenses, provocando la
caída de esos mercados y produciendo enormes pérdidas para todos. Ellos
venderían porque un dólar devaluado haría que sus inversiones estadounidenses
valieran menos en sus propias divisas. La confianza de los consumidores y de los
negocios se vendría abajo; ello podría provocar una recesión en Estados Unidos y
en el extranjero.
Lo peor del caso es que nadie sabe cómo resolver el dilema. Si usted piensa que
algunos economistas —o Alan Greenspan— tienen una solución realista, piénselo de
nuevo. Hemos entrado en tierras ignotas; nadie ha estado aquí antes. “Nunca
hemos tenido a la mayor potencia económica con una deuda internacional de tal
magnitud”, dice Barry Eichengreen, historiador económico de la Universidad de
California en Berkeley. Cuanto más duren los grandes déficit comerciales de EE
UU, más fuertes se volverán las presiones financieras subyacentes.
Los
extranjeros tienen que aumentar sus tenencias de acciones, bonos y otros
recursos estadounidenses, o tienen que vender sus dólares. Pero el verdadero
problema es que muchos otros países dependen de los déficits comerciales
estadounidenses para su propio crecimiento económico. El superávit de estos
países es imágen de espejo del déficit estadounidenses. En 2004, el superávit de
cuenta corriente era de 3.7 por ciento de PIB en Japón, 2.3 por ciento en China,
2.9 por ciento en Alemania, 6 por ciento en el Taiwán y 7.8 por ciento en
Bélgica, según estimaciones de Economy.com.
Sería más saludable para todos si estos grandes desequilibrios se redujeran. En
el papel, esto es fácil. Los estadounidenses necesitan exportar más y consumir
menos. Podrían aumentar los impuestos, reducir el gasto gubernamental y aumentar
las tasas de interés; todos esos pasos reducirían el gasto de los consumidores y
promoverían el ahorro. Entretanto, los asiáticos podrían permitir que sus
divisas aumentaran frente al dólar —a diferencia del euro, el yuan de China y
las divisas de muchos otros países asiáticos están vinculadas al dólar. Eso
haría que sus exportaciones fueran más caras para EE UU y que las exportaciones
de este país fuesen menos caras para ellos.
Finalmente, los europeos podrían liberalizar sus mercados y reducir las tasas de
interés. Sus economías crecerían más rápido. En conjunto, este paquete lograría
lo que los economistas llaman un “rebalance” del crecimiento económico mundial.
Estados Unidos tendría una expansión basada en las exportaciones, y no un
consumo basado en las importaciones. Los europeos y los asiáticos producirían
más para ellos y comprarían más a Estados Unidos.
Desgraciadamente, esta ingeniosa muestra de ingeniería económica ha demostrado
ser imposible en la práctica. Todos esos déficits y superávits comerciales no
son sólo estadísticas económicas: también reflejan los gustos y temperamentos
nacionales. No es de sorprender, entonces, que las políticas económicas que el
mundo necesita hayan chocado con las políticas locales.
Liderados por Japón, los países asiáticos han practicado durante décadas las
estrategias económicas basadas en las exportaciones. Son renuentes al cambio,
debido a que temen que nada más funcione. La propia experiencia de Japón ha
ahondado sus temores. A finales de la década de 1980, el yen subió y las
exportaciones de Japón se volvieron menos competitivas; desde entonces, la
economía del país ha languidecido (de 1994 a 2004, el crecimiento ha promediado
un magro 1.5 por ciento).
No es de sorprender que China se haya negado a
revaluar el yuan, que se ha mantenido en ¥8.28 por dólar desde 1994. A menos que
el yuan se revalúe, otros países asiáticos no aumentarán sus divisas por el
temor a perder competitividad ante China, sostiene Fred Bergsten, director del
Institute for International Economics (IIE, en inglés) en Washington, D.C.
En cuanto a los europeos y los estadounidenses, ellos también están estancados.
A los estadounidenses les gusta ir de compras. Y no les gustan los impuestos,
pero les atraen los beneficios gubernamentales. Es decir: a pesar de las
denuncias ritualistas de los déficits presupuestales, la mayoría de los
estadounidenses los encuentra preferibles a las posibles alternativas. En
Europa, el débil crecimiento económico (2.1 por ciento para el área del euro de
1994 a 2004) refleja una alta regulación y altos impuestos.
En 2003, todos los
impuestos en Estados Unidos ascendieron a un 31 por ciento del PIB, informa la
Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico en París. En
contraste, constituyeron el 50 por ciento del PIB en Francia, el 45 por ciento
en Alemania y el 46 por ciento en Italia. Estas tres grandes economías
continentales han sido un lastre para Europa. Los modestos esfuerzos por relajar
las regulaciones y reducir los impuestos han sido muy polémicos y no han tenido
mucho efecto todavía.
En Alemania, cuando
el Canciller Gerhard Schröder asumió el cargo en 1998, prometió reducir el
desempleo por debajo de 4 millones; recientemente, el desempleo ascendió a 5.2
millones, un índice del 12.6 por ciento. El resultado es un punto muerto
político global que perpetúa un modelo de crecimiento económico mundial que un
día será muy dañino para todos nosotros. “Es una realidad que [muchos] países
tienen interés en un déficit comercial grande y crónico en EE UU”, escribe
Catherine Mann, del IIE.
De manera similar, ha sido en provecho de la mayoría de
los estadounidenses (aunque no de los obreros) ser inundados con importaciones
baratas que también mantienen a la baja los precios de los productos
estadounidenses directamente competitivos. Pero estos intereses mutuos podrían
ser gravemente cortos de vista. Existirán tan sólo mientras los extranjeros
inviertan voluntariamente los superávits de sus ganancias de exportaciones en
dólares.
Nada garantiza que esto pasará, porque los exportadores e
inversionistas extranjeros no son necesariamente las mismas personas. Un
exportador extranjero puede recibir dólares y venderlos por una divisa local
(por ejemplo, por euros); entonces algún otro extranjero, probablemente con un
fondo de ahorros para el retiro, llegará a compra los dólares con euros e
invertirá los dólares en acciones y bonos estadounidenses.
Así que la pregunta crítica es: ¿este arreglo puede sobrevivir? Acerca de eso,
los economistas se dividen en dos polos —con muchos matices intermedios. Uno de
los polos insiste en que dicho arreglo puede sobrevivir porque sirve a poderosos
intereses nacionales.
Los países asiáticos, y particularmente China, necesitan
crear millones de empleos para lograr la estabilidad política y social. China
también desea atraer inversión extranjera a sus fábricas, porque eso trae nuevas
tecnologías y habilidades de dirección comprobadas. La mejor manera de hacer
esto (dice la teoría) es seguir siendo un gran exportador con una divisa barata.
Para impedir que sus divisas aumenten con respecto al dólar, los países
asiáticos comprarán tantos dólares de superávit como sea necesario. De finales
de 1997 a finales de 2004, las reservas de divisas extranjeras de China
(invertidas principalmente en bonos de la Tesorería estadounidense) aumentaron
de US$143 mil millones a US$578 mil millones, de US$20 mil millones a US$199 mil
millones en Corea del Sur y de US$220 mil millones a US$834 mil millones en
Japón (aunque el yen flota, Japón intenta limitar su aumento).
Y los
estadounidenses también logran un buen trato: envían a los extranjeros pedazos
de papel —digamos, bonos de la Tesorería— y obtienen a cambio automóviles, ropa
y chips para computadora. Dado que todos ganan, el sistema puede mantenerse
“intacto para el futuro previsible”, concluyen los economistas
Michael Dooley, Peter Garber y David Folkerts-Landau del Banco Alemán.
Otros economistas afirman que no es
así. La situación actual es inherentemente inestable. “El problema es que a
demasiados países se les exige sostener a Estados Unidos”, dice Desmond Lachman
del American Enterprise Institute. Aun si los asiáticos compran dólares, otros
bancos centrales gubernamentales (cuyo equivalente en Estados Unidos es la
Reserva Federal) podrían vender. O simplemente podrían dejar de comprar más
dólares. El déficit actual en cuenta corriente de Estados Unidos significa que
los extranjeros tienen que aumentar sus tenencias de dólares en casi US$2 mil
millones por día.
Un reciente estudio de 65 bancos centrales realizado por
Central Banking Publications —al parecer no incluyó al Banco de Japón, ni al
Banco Popular de China— encontró que dos tercios de los bancos extranjeros
compraban menos dólares y más euros. Los inversionistas privados también podrían
abandonar al dólar. De hecho, éste es vulnerable a casi cualquier sorpresa
desagradable. Tómese en cuenta lo que sucedió a finales de febrero, cuando el
Banco de Corea del Sur dijo que podría cambiar sus reservas de divisas
extranjeras a otras monedas distintas del dólar. No sólo ha caído el dólar, sino
que también el Dow Jones bajó 174 puntos. Ésa es precisamente la clase de
reacción en cadena que muchos economistas temen. (El Banco de Corea del Sur
informó después que sus declaraciones habían sido malinterpretadas.)
Quizás quien mantenga una postura más ambigua sea Alan Greenspan. En sus
testimonios y discursos ante el Congreso, él ha sugerido que los grandes déficit
comerciales y de cuenta corriente no pueden continuar indefinidamente —pero que
su reducción puede ser “ordenada”. Traducción: la mayoría de las personas
ordinarias no lo notará, porque —a través de alguna extraña combinación de tipos
de cambio movibles, modelos de inversión y políticas gubernamentales— la
economía mundial se acercaría gradual- mente a modelos de comercio más
equilibrados sin experimentar una crisis mayor.
Esto es ciertamente creíble. Existen algunos indicios favorables. La moribunda
economía de Japón muestra señales de mejoría. La aguda depreciación del dólar
contra el euro no ha tenido todavía un gran impacto en los mercados accionarios
estadounidenses. Finalmente, los países asiáticos pueden producir naturalmente
más mercancías para sus propios ciudadanos, conforme la creciente clase media
incrementa su consumo. El economista Donald Straszheim informa que un importante
fabricante de zapatos chino planea tener 1,000 tiendas al menudeo para 2008, en
comparación con las 350 que tiene ahora. Si los chinos y otros asiáticos gastan
más en sus propios países, dependerán menos del crecimiento basado en las
exportaciones y estarán más abiertos para revaluar sus divisas.
Pero la verdad es que nadie sabe lo que sucederá. Desde la Segunda Guerra
Mundial, el dólar ha sido la principal divisa para el comercio global. Se le
utiliza para gran parte del comercio bidireccional que nunca llega a Estados
Unidos. Por ejemplo,
aproximadamente el 80 por ciento de las exportaciones de Tailandia y Corea del
Sur se venden en dólares, informa un estudio de la Reserva Federal
Estadounidense.
Incluso en Francia y Alemania, el índice de exportaciones en
dólares es de cerca de un tercio. Lo que esto significa es que, en tanto que el
dólar continúe desempeñando esta función global, Estados Unidos no tendrá que
eliminar su déficit comercial y de cuenta corriente. El mundo quiere y necesita
dólares. Los déficits modestos de quizás 1 a 2 por ciento del PIB los
proporcionarían.
Es difícil decir si llegaremos pronto a ese punto. Un factor desfavorable es que
la reciente depreciación del dólar no ha hecho que el déficit comercial pare de
crecer. En teoría, debió haberlo hecho: un dólar más barato debe lograr que las
exportaciones de Estados Unidos sean menos caras, al contrario de sus
importaciones. Greenspan ha ofrecido una explicación.
Los países que exportan a
Estados Unidos han reducido sus márgenes de ganancia en lugar de aumentar sus
precios y perder ventas en Estados Unidos, afirmó. De igual manera, un dólar más
barato puede haber ayudado modestamente a los exportadores estadounidenses. Robert Piazza, presidente de Price Pump Co. en Sonoma, California, dice que “el
dólar ha sido útil en Europa” —pero las exportaciones europeas sólo representan
el 5 por ciento del negocio de la empresa.
Dado que el dólar es tan importante en todo el mundo, se convierte
inevitablemente en un instrumento de la política extranjera estadounidense. Esto
ha sido verdad durante mucho tiempo. Después de la Segunda Guerra Mundial,
Europa tenía pocos dólares. El Plan Marshall proporcionó el dinero extra que los
europeos necesitaban para comprar comida, combustible y maquinaria para la
reconstrucción.
Durante la década de 1970, el dólar se volvió un elemento de
disputa, porque el presidente Richard M. Nixon abandonó el sistema de tasas de
cambio fijas de Bretton Woods —sistema que agrada a los europeos— y la alta
inflación estadounidense provocó que el dólar perdiese valor en los mercados.
Los europeos creyeron que ambos hechos desestabilizaban la economía mundial y
ponían en desventaja a sus exportaciones.
Si el problema actual del dólar
empeora, es casi seguro que habrá una reacción negativa por parte de otros
países. De hecho, los europeos se sienten violentados, pues —con la mayoría de
las divisas asiáticas atadas al dólar— el euro ha absorbido la mayor parte del
sentimiento anti dólar. Las personas que quieren vender dólares compran euros;
un euro más caro debilita la competitividad de las exportaciones de los países
de Europa y amenaza con retardar aun más el crecimiento económico.
Aunque la irritación y el enojo son entendibles, también son engañosos. El
problema real es si el actual modelo de crecimiento económico global es
inestable de manera inherente—y si puede ser corregido fácilmente. Los grandes y
expansivos déficits comerciales de Estados Unidos han servido como un narcótico
para el resto del mundo. Y como sucede con todos los narcóticos, la euforia
resultante ha sido artificial y, en cierta medida, ilusoria para el distribuidor
y los adictos.
La pregunta ahora es si todos podemos dejar ese narcótico antes
de que la adicción se vuelva autodestructiva. Es saber si los asiáticos pueden
refrenar su dependencia de las exportaciones; si los europeos pueden hacer
revivir sus economías; si los estadounidenses pueden controlar su consumo
excesivo. Las fluctuaciones y debilidades del dólar son principalmente las
manifestaciones exteriores de esta dificultad mayor. Parafraseando al ex
secretario del Tesoro, John Connally: el dólar puede ser la divisa de Estados
Unidos, pero es un problema mundial.
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