|
(IAR-Noticias) 17-Mar-05
Por
Eduardo Aliverti - Página 12
Parecía que las cosas se
tomaban un reposo. No había nada que encendiera de pasión ni a la sociedad ni,
por ende, a la prensa.
Pero como las cosas son las cosas
argentinas, resulta que reapareció la inflación. Con dos salvedades. Primero,
que todavía no es una luz roja y ni tan sólo anaranjada. Y la segunda, que
está hablándose de índices que para la memoria histórica de este país tienen
una sonoridad insignificante. Sin embargo, por algo el presidente se sintió
obligado a conceder una de las escasísimas entrevistas periodísticas de toda
su gestión; y a ocuparla con la noticia, y a advertir, y a enojarse.
Hay algo esencial para entender la
alarma. La inflación es un acontecimiento tangible, palpable, que afecta de
modo directo el humor social. Si los precios aumentan en un volumen
inesperado, no hay, como en el caso de los títulos "a la par" o de los
acuerdos con el FMI, la posibilidad de presentar al asunto como una
abstracción numérica que queda a kilómetros del entendimiento popular.
Los precios aumentan quiere decir
exactamente eso, que los precios aumentan. Y queda ahí nomás de la
sensibilidad masiva, no como la protesta de los viejitos de Italia, ni como el
juicio político a Boggiano, ni como las chicanas del PJ bonaerense. Y por eso,
y con razón, el Gobierno está preocupado.
Más luego: si casi no hay razones
técnicas, ¿por qué el Gobierno está preocupado? Pues porque sabe que a las
grandes cadenas, oligopolios y monopolios formadores de precios las razones
técnicas les importan poco. Y en este punto, las razones técnicas de los
economistas cuentan igual de poco.
El caso de la carne es uno de los
que se entrega más fácil a la explicación sencilla. La primera razón técnica
es que los exportadores aprovechan el tipo de cambio, mandan más carne al
exterior aprovechando encima la libertad de aftosa, restan mercadería al
mercado interno y los precios suben porque hay menos carne y la demanda
presiona sobre la oferta. Y la segunda, como ocurrió particularmente en estos
días, que llovió mucho.
Entonces se anegan los
caminos, salen menos camiones, entran menos vacas a Liniers y otra vez: menos
carne para el consumo, reses más caras y el carnicero que aguanta hasta un
punto; después, toca para arriba. En los dos casos, todo sucede según se le
antoje al mercado (es decir, esa verbigracia por los dueños de la torta).
El Estado no existe, y si a alguien
se le ocurre tensar las cosas y hablar de lo que alguna vez existió -una Junta
Nacional de Carnes y otra de Granos, para intervenir en las fluctuaciones de
precios tal como interviene cualquier país primermundista- cita poco menos que
a Satanás.
Porque resulta que el Estado bien
podría decir "mire, usted primero me asegura la provisión del mercado interno
y recién después piensa en exportar". Y también resulta que cuando deja de
llover, y los caminos se secan, y las vacas inundan Liniers, y la oferta
supera la demanda y el carnicero deja de tocar para arriba, los precios no
vuelven para abajo. O sea: de vuelta un Estado inexistente frente a las
maniobras de quienes tienen la sartén por el mango.
Cuando el presidente de la Nación
aparece por tevé y dice que a él no lo van a joder, y carga contra Shell como
podría haber cargado contra los que manufacturan lácteos o material escolar,
está diciendo que es consciente de que las razones no son técnicas.
Son de correlación de fuerzas con
las fuerzas del "mercado". Y si se alarma como se alarmó es porque, más allá
del discurso progre, sabe que ese partido se sigue perdiendo por goleada.
En consecuencia, y también más allá
de que esté discutiéndose una inflación chiquita -chiquita pero juguetona,
digamos- y de que por más chiquita que sea les puede hacer ruido a las
elecciones de octubre, el tema es interesante en términos de cuánto este
gobierno se meterá, realmente y por fin, contra los factores de poder que no
son el Gobierno sino, simplemente, el poder.
Kirchner no está preocupado porque
empezó a entrar en juego un punto más o menos de inflación, o una pauta anual
que podría verse desbordada en el primer trimestre, o unos bonos reajustables
por inflación que tiran los intereses para arriba.
Está preocupado porque éste podría
llegar a ser un símbolo explícito de cuánto está dispuesto a enfrentarse con
el poder de la acción para adentro y no de la boca para afuera. Si hubiera una
oposición que supiera correrlo y ejecutar por izquierda, estaría en problemas
serios. Como eso no existe y el peronista es el partido virtualmente
hegemónico, apenas está en un problema.
Pero es un problema interesante.
|