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(IAR-Noticias) 17-Mar-05
Por Mario
Roberto Morales - A Fuego Lento
No cabe duda de que
la inteligencia militar de mi país continúa jugando de lo lindo con la
fragilidad de conciencia de la resaca de “izquierda” que quedó de los llamados
acuerdos de paz. Si logró neutralizar a una parte de los militantes guerrilleros
durante el pasado gobierno de Alfonso Portillo, dándoles puestos de poder
subordinado a la voluntad de su antiguo enemigo, el general golpista Efraín Ríos
Montt, ahora ha logrado acabar con las posibilidades políticas del remanente
“izquierdista” que criticó a sus compañeros por haberse vendido a su enemigo, y
promovió el nombramiento de Eduardo Stein, colaborador de la Unidad
Revolucionaria Nacional Guatemalteca y ferviente adepto de la teología de la
liberación, como vicepresidente de la república; de Frank La Rue, cuadro
político de las Fuerzas Armadas Rebeldes, como encargado de velar por el respeto
a los derechos humanos desde el oficialismo; y de Rigoberta Menchú, miembro del
Ejército Guerrillero de los Pobres, como embajadora de buena voluntad del
gobierno para garantizar el flujo de financiamientos de la cooperación
internacional hacia éste. Los tres personajes arribaron a sus puestos seguidos
por un nutrido enjambre de entusiastas colaboradores que afirman estar donde
están por puro realismo político y no porque les atraiga el obsceno encanto de
la derecha y mucho menos porque posean un desarrollado sentido de la
oportunidad.
A estas alturas de la presidencia de Óscar Berger, es cosa sabida que su
gobierno responde al interés oligárquico de viabilizar la privatización
paulatina de lo que queda de los activos del Estado y de invertir fondos
privados en obras públicas, reduciendo el poder económico estatal en aras del
control absoluto de los servicios públicos por parte de la iniciativa privada.
Se sabe asimismo que este proyecto oligárquico se ha fijado 30 años para su
consolidación definitiva, según los análisis de sus ideólogos. Es obvio que al
ponerse al servicio de este proyecto político, que navega con bandera civilista
y democrática, tanto Stein como La Rue y Menchú, así como las circunspectas
huestes que los siguen, han pasado a formar parte de la legión de
“izquierdoderechistas” que, ahora divididos en riosmontistas y oligarquizantes,
siguen cumpliendo la innoble tarea de “legitimar” ante la comunidad
internacional y sus agencias de cooperación externa a los gobiernos elitistas de
Guatemala, los cuales insisten en prolongar indefinidamente su incapacidad de
trabajar por un interés nacional interclasista e interétnico en el que se
procure empleo para todos, y por el contrario persisten en instaurar regímenes
sectorialistas que sólo benefician al grupo social más privilegiado para que
algún día la riqueza fluya hacia las masas “por goteo”.
Ubicada entre el ejército genocida y la inculta oligarquía feudal, la flamante
“izquierda” vernácula, derrotada y despojada ya de valores elementales como la
dignidad, el honor y la lealtad, oscila sonriente según sea el rumbo que le
señalen sus ex enemigos. Stein le allana caminos diplomáticos a su locuaz y
torpe presidente, quien tiene serios problemas para expresarse en castellano; La
Rue ha oficializado su lucha por el respeto a los derechos humanos y, con ello,
ha tenido que hacerse de la vista gorda ante las flagrantes violaciones que de
éstos realizan las fuerzas de seguridad; Menchú, convertida en embajadora de
buena voluntad del despistado Berger, y en empresaria farmacéutica de
medicamentos genéricos que anuncia, entre otros productos, los infalibles
“condones del doctor Simi”, invoca el respeto al Estado de Derecho para
justificar violaciones a los derechos humanos de campesinos sin tierra por parte
de la fuerza pública.
No cabe duda de que la inteligencia militar no necesita eliminar a sus enemigos
“de izquierda”. Basta con darles un poco de lo que por lo visto siempre han
ambicionado para neutralizarlos en sus posibilidades políticas, facilitándoles
las condiciones para el ejercicio meticuloso de su propio desprestigio. Si la
derecha local es una vergüenza, la “izquierda” no se queda atrás, sobre todo
desde que ambas perpetraron las componendas entre jefes guerrilleros y militares
que llevaron a los acuerdos de paz; esos que todos los oenegeros locales invocan
para usufructuar los financiamientos de la cooperación internacional, la cual, a
partir de haber financiado esos acuerdos, se ha convertido en un arrasador poder
paralelo que mueve a voluntad los hilos de las marionetas de derecha,
“izquierda” e “izquierdoderecha” en el territorio llamado Guatemala; un lugar
que es ya casi inviable como país, a no ser que se venda a los designios del
capital transnacional sin más condición que la de hacer de su oligarquía un
conjunto de socios minoritarios de sus inversiones.
A pesar de la bonanza de su elite, la “izquierda” representada por Stein, La Rue
y Menchú se enreda cada vez más en sus propios mecates. Un protegido del
vicepresidente, el recién nombrado jefe de la inteligencia civil del gobierno y
ex miembro del partido comunista, Edmundo Urrutia, tuvo que renunciar después de
que se le probaran actos corruptos de poca monta clasemediera, perpetrados
mediante un desembozado aprovechamiento de su cargo. Está visto que ni como
comparsas pueden jugar bien su papel estos proverbialmente ineptos “izquierdoderechistas”,
los cuales pasarán a la historia como una legión más de arribistas corruptos
que, al igual que aquellos a quienes dijeron combatir, traicionaron a su patria
vendiendo lo que quedaba de su soberanía a intereses extranjeros.
Ahora que los conocemos gracias a los siniestros oficios de la inteligencia
militar, los ciudadanos sabemos que la lucha política por la democratización
tiene que construirse prescindiendo de ellos por parte de quienes todavía no han
perdido la esperanza de enfrentar la globalización con un mínimo de dignidad y
beneficio para las mayorías. Stein, La Rue y Menchú están dando, con lujo de
notoriedad y bajo los reflectores del oficialismo, la patada de ahogado que
rubrica la derrota ideológica de la inmunda resaca de una “izquierda”
previamente derrotada militarmente, que ahora se aferra como un parásito a la
derecha para sobrevivir sin vergüenza ni dignidad aunque sí con desbordante
cinismo, pues insiste en vociferar a los cuatro vientos su inocuo y devaluado
compromiso con el pueblo, los indígenas, las mujeres y demás oprimidos y
subalternos de una patria que está contribuyendo a hundir aún más en el fango de
la estulticia y el atraso.
Estos tres personajes y sus seguidores acabaron de matar a la agónica
“izquierda” que se echó en brazos de su enemigo con los acuerdos de paz. Es
necesario construir una fuerza política capaz de diseñar y poner en práctica un
interés nacional interclasista en el que todos los sectores de la sociedad
encuentren un objetivo específico por el cual luchar. La alternativa es
sentarnos a ver cómo la oligarquía vende incondicionalmente el país a las
transnacionales, mientras el putrefacto y todavía insepulto cadáver de la
“izquierda” susurra sus resobadas melodías de amor, derechos humanos y
“corrección política” al oído de sus temidos amos, los todopoderosos jerarcas de
la ubicua cooperación internacional.
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