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(IAR-Noticias) 28-Mar-05
Por Mario
Roberto Morales
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A
Fuego Lento
Cuando la procesión de la Virgen
pasaba frente a la farmacia de mi padre, los empleados lanzaban paquetes
encendidos de petardos para que estallaran en el aire. Mi madre se enojaba con
él y le decía que no debía ser parte de aquel "salvajismo". Yo sabía que él lo
hacía por estrictas razones comerciales y de relaciones públicas para con su
clientela. La cantidad de dinero que gastaban en pólvora los chinos de las
tiendas de la Calle Real contrastaba con el tímido estruendo que provocaban los
empleados de mi padre con los escasos paquetes que encendían y lanzaban al aire.
Lo bueno era que nuestra débil contribución a la festividad se perdía en el
estallido sin tregua de la cohetería de los demás.
Yo miraba pasar la procesión desde la
puerta del zaguán de la casa. Me impresionaba la expresión dolorosa de la Virgen
entre la bruma de la pólvora, la solemnidad de la banda de músicos tocando sus
marchas rebosantes de metales, y también los adustos rostros de los cucuruchos
levantando los cables del alumbrado público con larguísimas estacas para que el
brillante halo de la Virgen no fuera a tocarlos.
Toda la Semana Santa estaba hecha de
largos días de un calor sofocante que desesperaba a mi madre y que la hacía
invocar el recuerdo de mi abuelo y de su anticlericalismo español. La herencia
ideológica del abuelo en mi madre me hizo pendular desde la más lacrimosa piedad
de algunos católicos del pueblo, hasta los duros calificativos que el
intolerante librepensador baturro les había encasquetado a los creyentes
("idólatras fanáticos") y a las imágenes barrocas de santos y vírgenes
coloniales ("horribles leños ensangrentados") que poblaban las iglesias y las
procesiones conmoviendo la sensiblería popular.
Poco a poco íbamos llegando al Viernes Santo, un día ominoso en el que la gente
caminaba de negro por la calle con gesto de consternación. Se prohibía comer
carne. También bañarse, porque se decía que a quien lo hiciera le saldría cola
de pez. Eso se acabó un día en que un cura párroco belga se lanzó a la piscina
del balneario Lo de Batres en plena mañana del viernes en que Cristo fue
crucificado. Mis amigos y yo mirábamos nostálgicos el agua de la piscina y ni
siquiera esperamos a que el padre terminara de hacer sus ejercicios para
lanzarnos a chapotear entre grandes risotadas. Por la tarde y la noche, el Jesús
Sepultado recorría las calles, y las mujeres lloraban a su paso. Mi madre
renegaba de "la estupidez de los idólatras" dentro de la casa, mientras mi padre
recetaba, inyectaba, preparaba pomadas en sus enormes morteros blancos y
despachaba medicinas en el mostrador de la farmacia.
Toda la apacible tensión de la Semana Santa -salpicada de festividades paganas
que celebraban los indígenas en sus cofradías y que acababan siempre en
borracheras colectivas y en familias enteras dormidas sobre el empedrado
caliente de las calles- llegaba a su fin el Sábado de Gloria, cuando los niños
corrían por las calles arrastrando y destrozando con saña los peleles que
representaban a Judas y que habían permanecido sentados en azoteas y balcones
desde el inicio de la cuaresma.
Antes de su cruel ejecución, los
jóvenes del pueblo leían en el quiosco del parque el testamento del traidor,
quien dejaba sus más impensables haberes a las personas conocidas y respetables
de la localidad, provocando las carcajadas de los adultos, que luego tiraban el
muñeco a la multitud de chiquillos para que lo destruyeran como mejor pudieran
hacerlo. Ir al parque a escuchar el testamento de Judas la mañana del Sábado de
Gloria era un ritual obligado de los ladinos del pueblo, quienes se cuidaban de
mezclarse con la indiada que serpenteaba borracha por las calles y se sentaba de
vez en cuando para brindar en familia sobre las aceras mugrosas, con sus
machetes al cinto y sus niños fajados a la espalda.
El Domingo de Resurrección me impresionaba la procesión que recorría el pueblo
con una solitaria cruz ensangrentada y una túnica blanca pendiente de ella,
además de unos clavos y un martillo colocados al pie del instrumento de tortura.
La ausencia del Cristo me perturbaba. Más tarde, cuando llegué a la
adolescencia, me intrigó que toda aquella festividad se centrara en la muerte y
no en la resurrección del héroe religioso. ¿Por qué conmemorar más su muerte que
su resurrección, si esta hazaña (o milagro) era lo más portentoso que uno podía
imaginarse? Hasta la fecha, cuando me lo pregunto, me doy respuestas cada vez
más complicadas.
Dicen que sólo la Semana Santa andaluza se compara con la guatemalteca. Eso,
quizá sea una exageración de esas que inventa la industria turística. De lo que
puedo dar fe es de que en mi país esa semana pesa. La densidad de los aromas y
las texturas del incienso, el corozo y la pólvora, enrarecen la atmósfera
marcando con su tenso dramatismo el impresionante espectáculo de los cucuruchos
pisoteando las primorosas alfombras de serrines coloridos que se adhieren
brillantes a los empedrados de las calles, mientras cargan inmensas andas
multitudinarias para luego quedar botados en los atrios y los parques, borrachos
de alcohol y de fe, de piedad y redención, de dicha y gozo por la expiación y el
perdón de los pecados, y por la gloria inmarcesible de la vida perdurable, amén.
Comprenderá el lector que jamás pude hacerme católico ni abrazar religiosidad
alguna. Ese, entre muchos otros, es uno de los invaluables legados que a través
de mi madre me dejó mi abuelo asturiano, nacido en Oviedo, emigrado a México y
enterrado en Guatemala. No obstante, la Semana Santa me pesa en el ánimo. Lo
único que recuerdo con alegría son los sábados de gloria y los judas siendo
desmembrados por los niños desarrapados del pueblo, a quienes yo miraba desde
detrás de la baranda de mi casa, debidamente a salvo de la agitación del
populacho, de sus entusiasmos y dolores, mientras mi madre me repetía al oído
que el abuelo afirmaba que, como había sentenciado Martí, "mientras no se eche a
andar al indio no se echará a andar la América".
Quizás por todo esto fue que nunca
pude conjugar la teología de la liberación con la lucha revolucionaria durante
los 25 años que anduve metido en la guerrilla de mi país. Aunque no soy un
anticlerical de odios gitanos, debo confesar que el otro legado de mi abuelo que
me transmitió mi madre, su antimilitarismo feroz, sí me contaminó durante años
aunque no fue obstáculo para que cayera en la vorágine de violencia
revolucionaria que caracterizó a mi generación y que en muchos aspectos le
envenenó el alma y le truncó la lucidez (en algunos casos, para siempre).
Me siguen gustando el Sábado de Gloria y el Domingo de Resurrección. No así el
resto de la Semana Santa. Tampoco las iglesias ni los cuarteles, sin importar su
denominación. Qué le voy a hacer. "Infancia es destino". Por eso hoy evoco a los
judas sentados en pose perezosa sobre azoteas y balcones, y mañana evocaré la
desconcertante ausencia del mártir en la cruz vacía, su vaporosa evanescencia
que, según me explicaban con gravedad de susto las monjas y los curas del
colegio parroquial, lo eleva al cielo para sentarlo a la diestra de Dios Padre,
a fin de que desde allí pueda regocijarse viendo a los niños pobres del pueblo
jugar felices con los aguados peleles que poco a poco pierden sus manos, sus
pies, sus ojos y sus raídas vestimentas.
Gracias a la gloria de la resurrección, la fe nacía en los corazones de los
adultos. Gracias a la traición de Judas, la alegría de los niños desbordaba las
calles del pueblo en las soleadas mañanas de los sábados de gloria. Tanto
entonces como ahora, no me perturba para nada la contradicción.
Qué va. Cuando recuerdo que mi
madre reía de buena gana con todo el pueblo cuando íbamos al quiosco del parque
a escuchar el testamento de Judas y éste le dejaba a mi padre alguno de sus
ridículos bienes, todas las piezas del caos caen en su respectivo lugar y esa
prometida "paz que sobrepasa todo entendimiento" se apodera por completo de mí,
haciéndome creer que absolutamente todo ha valido la pena y que nada tuvo por
qué haber sido distinto.
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