(IAR-Noticias)
18-Abr-05

Por Michael T. Klare
- La Jornada
En la base aérea de Bagram, norte de Kabul, se hizo un homenaje a los 18
soldados estadunidenses que fallecieron el pasado 6 de abril al desplomarse el
helicóptero en que viajaban FOTO Afp
Conforme Estados Unidos aceita su maquinaria para atacar a Irán, una cosa es
segura: el gobierno de Bush nunca mencionará que el petróleo es una de las
razones para entrar en guerra. Como en el caso de Irak, se dirá que son las
armas de destrucción masiva (ADM) la principal justificación para el asalto. "No
toleraremos la construcción de una arma atómica (por parte de Irán)", dijo el
presidente Bush en una declaración de 2003, muy citada.
Pero así como no haber encontrado armamento ilícito en Irak desgastó el uso de
las ADM como razón principal de la invasión, alegar ahora que un ataque a Irán
se justificaría debido al supuesto potencial nuclear de Irán debiera invitarnos
a un escepticismo generalizado. Sobre todo, cualquier evaluación de la
importancia estratégica de Irán para Estados Unidos debe centrarse en el papel
que juega en la ecuación energética global.
Antes de proseguir, quiero dejar asentado que no creo que el petróleo sea la
única motivación tras la aparente determinación de Bush de destruir la capacidad
militar iraní.
Actualmente no es posible determinar con certeza qué tanto peso tiene el factor
petróleo en las decisiones del gobierno, pero dada la importancia que ha tenido
la energía en la carrera y la visión de varios altos funcionarios de esta
administración, y asumiendo los inmensos recursos con que cuenta Irán, sería
ridículo no tomar en cuenta el factor petróleo. No obstante, pueden estar
seguros de que, conforme empeoren las relaciones con Irán, los reportajes y
editoriales de los medios estadunidenses desviarán el foco del asunto (como
hicieron en la escalada que condujo a la invasión en Irak).
Otra advertencia: al hablar de la importancia del crudo en el pensamiento
estratégico estadunidense con respecto a Irán, es importante ir más allá de la
cuestión obvia de si Irán tiene el potencial de satisfacer los futuros
requerimientos energéticos de Estados Unidos. Porque Irán ocupa un punto
estratégico en el lado norte del Golfo Pérsico, lo cual lo pone en posición de
amenazar los campos petroleros de Arabia Saudita, Kuwait, Irak y Emiratos Arabes
Unidos, que juntos poseen más de la mitad de las reservas petrolíferas conocidas
del mundo. Irán se asienta oblicuo al Estrecho de Hormuz, esa angosta vía de
navegación por la que a diario cruza más de 40 por ciento de las exportaciones
petroleras del mundo. Además, Irán se convierte en un abastecedor importante de
gas natural para China, India y Japón, lo que le confiere a Teherán un golpe de
mano adicional en los asuntos mundiales. Son estas dimensiones geopolíticas de
la energía y el potencial iraní de exportar a Estados Unidos cantidades
significativas de crudo las que dominan los cálculos estratégicos del gobierno
de Bush.
Dicho lo anterior, procedamos a evaluar el futuro potencial energético de Irán.
Según las cuentas recientes del Oil and Gas Journal, Irán aloja el segundo
yacimiento de crudo sin explotar del mundo, que se calcula en 125 mil 800
millones de barriles. Sólo Arabia Saudita posee más, con un estimado de 260 mil
millones de barriles. Irak, el tercero en la línea, tiene un estimado de 115 mil
millones. Con tanto crudo -cerca de una décima parte de las existencias totales
supuestas-, Irán tiene la certeza de que juega un papel clave en la ecuación
global de la energía, no importa qué otra cosa ocurra.
Sin embargo, en el caso de Irán no es la mera cantidad lo que cuenta. Su
capacidad de producción a futuro no es menos importante. Aunque Arabia Saudita
posee reservas mayores, hoy produce petróleo muy cerca de su tasa máxima
sostenible (unos 10 millones de barriles diarios). Es probable que no sea capaz
de elevar su producción significativamente durante los próximos 20 años,
mientras la demanda global -impulsada por el aumento en el consumo de Estados
Unidos, China e India- se espera que crezca 50 por ciento. Irán, por su parte,
tiene gran potencial de crecimiento: hoy produce cerca de 4 millones de barriles
al día, pero se supone que es capaz de elevar su producción otros 3 millones de
barriles. Muy pocos países, si es que hay alguno, poseen este potencial, así que
la importancia de Irán como productor, ya de por sí significativa, está en
camino de crecer en los años venideros.
No es únicamente petróleo lo que Irán posee en abundancia. Tiene también gas
natural. Según Oil and Gas Journal, Irán cuenta con 940 billones de pies cúbicos
de gas, es decir, 16 por ciento de las reservas totales del mundo. (Sólo Rusia
tiene mayores existencias.) Dado que aproximadamente 6 mil pies cúbicos
equivalen al contenido energético de un barril de petróleo, las reservas de gas
iraníes equivalen a 155 mil millones de barriles de crudo. Esto, a su vez,
significa que sus reservas de hidrocarburos combinadas equivalen a 280 mil
millones de barriles de crudo, un poco por debajo de las existencias combinadas
con que cuenta Arabia Saudita. Hasta el momento, Irán explota sólo una pequeña
porción de sus reservas de gas. Esto significa que es uno de los pocos países
capaces de abastecer grandes cantidades de gas en el futuro.
Todo esto para decir que Irán juega un papel crítico en la ecuación energética
mundial del futuro. Esto es especialmente cierto, porque la demanda global de
gas natural crece más rápido que la de cualquier otra fuente de energía,
incluido el crudo. El mundo consume actualmente más crudo que gas, y se espera
que las existencias de petróleo se contraigan en un futuro no muy distante,
conforme la producción global se aproxime a su nivel pico sostenible -tal vez
para el ya próximo 2010- y luego comience a declinar gradual pero
irreversiblemente.
No hay duda de que las principales compañías energéticas estadunidenses estarían
encantadas de poder trabajar con Irán en el desarrollo de estas vastas
existencias de crudo y gas. Sin embargo, hasta ahora tienen prohibido hacerlo
por el decreto del ejecutivo 12959, firmado por el presidente Clinton en 1995 y
ratificado por Bush en marzo de 2004. Estados Unidos también ha amenazado con
castigar a las firmas extranjeras que hagan negocios con Irán (de acuerdo con la
ley de sanciones Irán-Libia, de 1996), pero esto no ha disuadido a muchas
grandes compañías que buscan acceso a las reservas iraníes. China, que requerirá
vastas cantidades de crudo y gas adicionales para impulsar su álgida economía,
presta particular atención a Irán. Según el Departamento de Energía, Irán
abasteció 14 por ciento de las importaciones chinas de crudo en 2003 y se espera
que provea una tajada mayor en el futuro. Se supone que China dependerá mucho
más de Irán, buscando obtener una gran tajada de su gas natural líquido. En
octubre de 2004, Irán firmó un contrato de 100 mil millones de dólares, a 25
años, con Sinopec, importante firma energética china, para emprender un
desarrollo conjunto de los importantes campos gasíferos y la subsecuente entrega
de gas natural líquido a China. Si se consuma ese trato, constituirá una de las
inversiones extranjeras más grandes de China y representará un vínculo
estratégico importante entre ambos países.
India también se apresta a obtener crudo y gas de Irán. En enero, Gas Authority
of India Ltd (GAIL) firmó un contrato por 30 años con National Iranian Gas
Export Corp para transferir 7.5 millones de toneladas anuales de gas natural
líquido a India. El trato, con un valor estimado en 50 mil millones de dólares,
implica también que India se compromete con el desarrollo de los campos
gasíferos iraníes. Es todavía más notable que los funcionarios indios y
paquistaníes discutan el tendido de un ducto de gas natural (3 mil millones de
dólares) de Irán a India cruzando por Pakistán, un paso extraordinario para dos
adversarios de mucho tiempo. "El gasoducto es una propuesta en la que todos
ganamos: Irán, India y Pakistán", declaró en enero el primer ministro paquistaní
Shaukat Aziz.
Pese al obvio atractivo del gasoducto como incentivo para la reconciliación
entre India y Pakistán, el proyecto fue condenado por Condoleeza Rice,
secretaria de Estado, durante su reciente viaje a India. De hecho, el gobierno
estadunidense se ha mostrado renuente a respaldar cualquier proyecto que brinde
algún beneficio económico a Irán. Esto no disuadió a India, la cual prosigue en
los detalles del gasoducto.
Japón también tiene sus diferencias con Estados Unidos en lo relativo a sus
vínculos energéticos con Irán. A principios de 2003, un consorcio de tres
compañías japonesas adquirió intereses equivalentes a 20 por ciento en el
desarrollo del campo petrolero marítimo de Sorouz-Nowruz, en el Golfo Pérsico,
reserva que, se piensa, contiene mil millones de barriles de petróleo. Un año
después la Iranian Offshore Oil Company concedió un contrato por mil 260
millones a JGC Corporation de Japón para extraer gas natural y líquidos de gas
natural de Soroush-Nowruz y otros campos marítimos.
Por tanto, al considerar el papel de Irán en la ecuación energética global, los
funcionarios del gobierno de Bush tienen dos propósitos claves: abrir los campos
petroleros y gasíferos iraníes para ser explotados por firmas estadunidenses y
la preocupación por los crecientes vínculos de Irán con los competidores de
Estados Unidos en el mercado mundial de la energía. De acuerdo con las leyes
estadunidenses, el primero de estos propósitos únicamente puede lograrse si se
deroga el decreto presidencial 12959, y esto no ocurrirá mientras Irán esté
controlado por los mullahs antiestadunidenses y rehúse abandonar sus actividades
con uranio enriquecido.
Que el gobierno de Bush busque un cambio de régimen en Irán no está en duda. El
hecho de que Irán haya estado incluido con el Irak de Saddam y la Corea del
Norte de Kim Jong II en el "eje del mal" durante el informe del presidente en
2002, es un indicador inequívoco.
El liderazgo iraní está muy consciente de que enfrenta una seria amenaza y toma
todas las meddidas para evitar un ataque. Aquí, de nuevo, el petróleo es factor
importante. Con el fin de disuadir un posible asalto estadunidense, Irán amenaza
con cerrar el Estrecho de Hormuz u obstruir el embarque de petróleo en el área
del Pérsico. "Un ataque a Irán equivaldría a poner en peligro a Arabia Saudita,
Kuwait y, en una palabra, a todo el crudo de Medio Oriente", expresó el primero
de marzo el secretario de Iranian Expediency Council, Mohsen Rezai.
Tales amenazas son tomadas muy en serio por el Departamento de Defensa
estadunidense. "Calculamos que Irán puede cerrar brevemente el Estrecho de
Hormuz confiando en una estrategia de capas, que hace uso de sus fuerzas
navales, aéreas y algunas terrestres", dijo el vicealmirante Lowell E. Jacoby,
director de la Agencia de Inteligencia de Defensa, en su testimonio ante el
Comité de Inteligencia del Senado, el 16 de febrero de este año.
Planear tales ataques es, sin duda, prioridad para oficiales del Pentágono. En
enero, el veterano reportero de investigaciones Seymour Hersh informó en la
revista New Yorker que el Departamento de Defensa estaba efectuando misiones de
reconocimiento en Irán, supuestamente para identificar instalaciones nucleares y
de misiles escondidas que pudieran ser objetivos en futuros ataques con misiles.
También hay reportes de pláticas entre funcionarios estadunidenses e israelíes
acerca de un posible golpe israelí a las instalaciones iraníes, supuestamente
con asistencia de Estados Unidos.
En realidad, la gran preocupación de Washington por las ADM y los misiles que
supuestamente busca obtener Irán viene de un miedo por la seguridad de Arabia
Saudita, Kuwait, Irak, y no de que Irán ataque Estados Unidos.
En este sentido, los actuales planes de ataque a Irán derivan fundamentalmente
de la preocupación por la seguridad del abasto energético a Estados Unidos, como
fue la invasión estadunidense a Irak en 2003.
Así que, aunque en la esfera pública se enfocan en las ADM de Irán, las figuras
claves del gobierno ciertamente evalúan, en términos geopolíticos, el papel de
Irán en la ecuación global energética y su capacidad para obstruir el flujo
global de petróleo. Como ocurrió en Irak, la Casa Blanca está decidida a
eliminar esta amenaza de una vez por todas. Y así, aunque el petróleo no es la
única razón del gobierno para ir a la guerra contra Irán, es éste factor
esencial en el cálculo estratégico panorámico que hace probable una guerra.
Traducción: Ramón Vera Herrera
Michael T. Klare es profesor de estudios de paz y seguridad mundial en el
Hampshire College, y es autor de Blood and Oil: The Dangers and Consequences of
America's Growing Dependency on Imported Oil (Metropolitan Books).