|
(IAR-Noticias) 06-Abr-05
Por
Robert Kurz
La revolución militar como origen de la
modernidad
Existen numerosas versiones del nacimiento
de la era moderna. Ni siquiera en cuanto a la fecha los historiadores se ponen
de acuerdo. Unos dicen que la modernidad dio comienzo en los siglos XV y XVI,
con el llamado Renacimiento (un concepto que sólo fue inventado en el siglo XIX
por Jules Michelet, como ha demostrado el historiador francés Lucien Febvre).
Otros ven la verdadera ruptura, el despegue de la modernidad, en el siglo XVIII,
cuando la filosofía del iluminismo, la Revolución Francesa y los comienzos de la
industrialización sacudieron el mundo. Pero cualquiera que sea la fecha
preferida por los historiadores y los filósofos modernos para el nacimiento de
su propio mundo, en una cosa concuerdan: casi siempre las conquistas positivas
son tomadas como los impulsos originales.
Se consideran como razones prominentes para
el ascenso de la modernidad tanto las innovaciones artísticas y científicas del
Renacimiento italiano como los grandes viajes de descubrimiento desde Colón, la
idea protestante y calvinista de la autoresponsabilidad del individuo, la
liberación ilustrada de la superstición irracional
y el surgimiento de la democracia moderna en Francia y Estados Unidos. En
el ámbito técnico-industrial, también se recuerda la invención de la máquina de
vapor y del telar mecánico como «pistoletazo de salida» del desarrollo social
moderno.
Esta última explicación fue subrayada sobre
todo por el marxismo, por el hecho de que está en armonía con la doctrina
filosófica del «materialismo histórico». El verdadero motor de la historia,
afirma esta doctrina, es el desarrollo de las «fuerzas productivas» materiales,
que una y otra vez entran en conflicto con las «relaciones de producción» que se
han vuelto demasiado estrechas y obligan a una
nueva forma de sociedad. Por eso, para el marxismo el punto decisivo de la
transformación es la industrialización: sólo la máquina de vapor, así dice la
fórmula simplificada, habría sacudido las «las cadenas
de las antiguas relaciones feudales de producción».
Aquí salta a la vista una contradicción
clamorosa en el argumento marxista. Pues en el famoso capítulo sobre la
«acumulación primitiva del capital», Marx se ocupa en su obra principal de
períodos que se remontan a siglos antes de la máquina de vapor. ¿No será esto
una autorrefutación del «materialismo histórico»? Si la «acumulación primitiva»
y la máquina de vapor se hallan tan alejadas desde el punto de vista histórico,
las fuerzas productivas de la industria no pueden haber sido la causa decisiva
del nacimiento del capitalismo moderno. Es verdad que el modo de producción
capitalista sólo se impuso en definitiva con la industrialización del siglo XIX,
pero, si buscamos las raíces del desarrollo, tenemos que cavar más hondo.
También es lógico que el primer germen de la
modernidad, o el «big bang» de su dinámica, tuviese que surgir de un medio en
buena parte aún premoderno, pues de otro modo no podría ser un «origen» en el
sentido estricto de la palabra. Así, la «primera causa» muy precoz y la
«consolidación plena» muy tardía no representan una contradicción. Si bien es
verdad que para muchas regiones del mundo y para muchos grupos sociales el
inicio de la modernización se prolonga hasta el presente, es igualmente cierto
que el primer impulso tiene que haber ocurrido en un pasado remoto, si
consideramos la enorme extensión temporal (desde la perspectiva de la vida de
una generación o incluso de una persona aislada) de los procesos sociales.
¿Qué fue finalmente, en un pasado relativamente lejano, lo nuevo que en lo
sucesivo engendró de manera inevitable la historia de la modernización? Se puede
conceder absolutamente al materialismo histórico que la mayor y principal
relevancia no corresponde a un simple cambio de ideas y mentalidades, sino al
desarrollo en cuanto a los hechos materiales concretos. No fue, sin embargo, la
fuerza productiva, sino por el contrario una contundente fuerza destructiva la
que abrió el camino a la modernización, a saber, la invención de las armas de
fuego. Aunque esta correlación hace mucho tiempo que es conocida, las más
celebres y consecuentes teorías de la modernización (incluido el marxismo)
siempre le dieron poca importancia.
Fue el historiador alemán de economía Werner
Sombart quien, significativamente poco antes de la Primera Guerra Mundial, en su
estudio «Guerra y Capitalismo» (1913) abordó minuciosamente esta cuestión; eso
sí, sólo para luego entregarse a la exaltación de la guerra, como tantos
intelectuales alemanes de la época. Sólo en los últimos años los orígenes
técnico-armamentistas y bélico-económicos del capitalismo han vuelto a estar en
el orden del día, como por ejemplo en el libro «Cañones y peste» (1989), del
economista alemán Karl Georg Zinn, o en el trabajo «La Revolución militar»
(1990), del historiador estadounidense Geoffrey Parker. Pero tampoco estas
investigaciones encontraron la repercusión que merecían. Obviamente el mundo
occidental moderno y sus ideólogos sólo a regañadientes aceptan la visión de que
el fundamento histórico último de sus sagrados conceptos de «libertad» y
«progreso» debe ser encontrado en la invención de los más diabólicos
instrumentos mortales de la historia humana. Y esta relación también vale para
la democracia moderna, pues la «revolución militar» sigue siendo hasta hoy un
motivo secreto de la modernización. La propia bomba atómica fue una invención
democrática de Occidente.
La innovación de las armas de fuego destruyó
las formas de dominación precapitalistas, ya que volvió militarmente ridícula la
caballería feudal. Ya antes del invento de las armas de fuego se presentía la
consecuencia social de las armas de alcance, pues el Segundo Concilio de Letrán
prohibió en el año 1139 el uso de las ballestas contra los cristianos. No en
vano la ballesta importada de culturas no-europeas a Europa hacia el año 1000
era considerada como el arma específica de los salteadores, los fuera de la ley
y los rebeldes, incluyendo a figuras legendarias como Robin Hood. Cuando
surgieron las armas de cañón, armas de distancia mucho más eficaces, quedó
sellado el destino de los ejércitos a caballo y envueltos en armaduras.
Pero el arma de fuego ya no estaba en manos de una oposición «de abajo» que
hacía frente al dominio feudal, sino que llevaba más bien a una revolución «de
arriba» desencadenada por príncipes y reyes.
Pues la producción y movilización de los nuevos sistemas de armas no eran
posibles en el plano de estructuras locales y descentralizadas que hasta
entonces habían marcado la reproducción social, sino que requerían
en diversos planos una organización completamente nueva de la sociedad.
Las armas de fuego, sobre todo los grandes cañones, ya no podían ser producidas
en pequeños talleres, como las premodernas armas de punta y filo. Por eso se
desarrolló una industria de armamentos específica, que producía cañones y
mosquetes en grandes fábricas. Al mismo tiempo surgió una nueva arquitectura
militar de defensa en forma de fortalezas gigantescas que debían resistir los
cañonazos. Se llegó a una disputa innovadora entre armas ofensivas y defensivas
y a una carrera armamentista entre los estados que persiste hasta hoy.
Por obra de las armas de fuego la estructura
de los ejércitos se modificó profundamente. Los beligerantes ya no podían
equiparse por sí mismos y tenían que ser abastecidos de armas por un poder
social centralizado. Por eso la organización militar de la sociedad se separó de
la civil. En lugar de los ciudadanos movilizados en cada caso para las campañas
o de los señores locales con sus familias armadas, surgieron los «ejércitos
permanentes»: nacieron las «fuerzas armadas» como grupo social específico, y el
ejército se convirtió en un cuerpo extraño dentro de la sociedad. El status de
los oficiales pasó de ser un deber personal de
los ciudadanos ricos a una «profesión» moderna. A la par de esta nueva
organización militar y de las nuevas técnicas bélicas, también el contingente de
los ejércitos creció vertiginosamente: «Entre 1500 y 1700, las tropas armadas se
decuplicaron» (Geoffrey Parker).
Industria armamentista, carrera armamentista
y mantenimiento de los ejércitos permanentemente organizados, separados de la
sociedad civil y al mismo tiempo con un fuerte crecimiento, llevaron
necesariamente a una subversión radical de la economía. El gran complejo militar
desvinculado de la sociedad exigía una «permanente economía de guerra».
Esta nueva economía de la muerte se tendió como
una mortaja sobre las estructuras agrarias antiguas. Como el armamento y el
ejército ya no podían apoyarse en la reproducción agraria local, sino que tenían
que ser abastecidos de manera compleja y extensa y dentro de relaciones
anónimas, pasaron a depender de la mediación del dinero. La producción de
mercancías y la economía monetaria como elementos básicos del capitalismo
recibieron un impulso decisivo en el inicio de
la Edad Moderna por medio del desencadenamiento de la economía militar y
armamentista.
Este desarrollo originó y favoreció la
subjetividad capitalista y su mentalidad del «hacer-más» abstracto. La
permanente carencia financiera de la economía de guerra condujo, en la sociedad
civil, al aumento de los capitalistas monetarios y comerciales, de los grandes
ahorradores y de los financiadores de guerra. Pero también la nueva organización
de los propios ejércitos creó la mentalidad capitalista. Los antiguos
beligerantes agrarios se transformaron en «soldados», o sea, en personas que
reciben el «soldo». Ellos fueron los primeros «trabajadores asalariados»
modernos que tenían que reproducir su vida exclusivamente por la renta monetaria
y por el consumo de mercancías. Y por eso ya no lucharon más por metas
idealizadas, sino solamente por dinero. Les era indiferente a quién mataban, a
condición de recibir el soldo convenido; de este modo se convirtieron en los
primeros representantes del «trabajo abstracto» (Marx) dentro del moderno
sistema productor de mercancías.
A los jefes y comandantes de los «soldados»
les interesaba hacer botín por medio de saqueos y convertirlo en dinero. Por
tanto, la renta de los botines tenía que ser mayor que los costos de la guerra.
He aquí el origen de la racionalidad empresarial moderna. La mayoría de los
generales y comandantes del ejército de los comienzos de la Edad Moderna
invertían con ganancia el producto de sus botines y se convertían en socios del
capital monetario y comercial. No fueron por tanto el pacífico vendedor, el
diligente ahorrista y el productor lleno de ideas los que marcaron el inicio del
capitalismo, sino todo lo contrario: del mismo modo que los «soldados», como
sangrientos artesanos del arma de fuego, fueron los prototipos del asalariado
moderno, así también los comandantes de ejército y condottieri
«multiplicadores de dinero» fueron los prototipos del empresariado moderno y de
su «disposición al riesgo».
Como libres empresarios de la muerte, los «condottieri»
dependían, no obstante, de las grandes guerras de los poderes estatales
centralizados y de su capacidad de financiación. La versátil relación moderna
entre mercado y Estado tiene aquí su origen. Para poder financiar las
industrias de armamento y los baluartes, los gigantescos ejércitos y la guerra,
los Estados tenían que exprimir al máximo sus poblaciones, y esto, en
correspondencia con la materia, de una manera igualmente nueva: en lugar de los
antiguos impuestos en especie, la tributación monetaria. Las personas fueron así
obligadas a «ganar dinero» para poder pagar sus impuestos al Estado. De este
modo, la economía de guerra forzó no sólo de forma directa, sino también
indirecta, el sistema de la economía de mercado. Entre los siglos XVI y XVIII,
la tributación del pueblo en los países europeos creció hasta un 2.000%.
Naturalmente las personas no se dejaron
integrar de manera voluntaria en la nueva economía monetaria y armamentista.
Sólo se las pudo obligar por medio de una sangrienta opresión. La permanente
economía de guerra de las armas de fuego dio lugar durante siglos a la
permanente insurrección popular y de esta manera a la guerra permanente interna.
A fin de poder arrancar los monstruosos tributos, los poderes centralizados
estatales tuvieron que construir un aparato igual de monstruoso de policía y
administración. Todos los aparatos estatales modernos proceden de esta historia
del comienzo de la Edad Moderna. La autoadministración local fue sustituida por
la administración centralizada y jerárquica, a cargo de una burocracia cuyo
núcleo formaron la tributación y la opresión interna.
Hasta las conquistas positivas de la
modernización siempre llevaron consigo el estigma de esos orígenes. La
industrialización del siglo XIX, tanto en el aspecto tecnológico como en el
histórico de las organizaciones y de las mentalidades, fue heredera de las armas
de fuego, de la producción de armamentos de los inicios de la modernidad y del
proceso social que la siguió. En este sentido, no es de asombrar que el
vertiginoso desarrollo capitalista de las fuerzas productivas desde la Primera
Revolución Industrial sólo pudiese ocurrir de forma destructiva, a pesar de las
innovaciones técnicas aparentemente inocentes. La moderna democracia de
Occidente es incapaz de ocultar el hecho de que es heredera da la dictadura
armamentista y militar del inicio de la modernidad –y ello no sólo en el ámbito
tecnológico, sino también en su estructura social. Bajo la delgada superficie de
los rituales de votación y de los discursos políticos, encontramos el monstruo
de un aparato que constantemente administra y
disciplina al ciudadano aparentemente libre en nombre de la economía monetaria
total y de la economía de guerra a ella vinculada hasta hoy. En ninguna sociedad
de la historia ha habido un porcentaje tan alto de funcionarios públicos y de
administradores de personas, ni tampoco de soldados y policías; ninguna ha
despilfarrado una parte tan grande de sus recursos en armamento y ejércitos.
Las dictaduras burocráticas de la
«modernización rezagada» (o tardía) en el
este y en el sur, con sus aparatos centralizados no fueron las antípodas, sino
los actores reincidentes de la economía de
guerra de la historia occidental, sin, aún así,
poder alcanzarla. Las sociedades más burocratizadas y militarizadas siguen
siendo, desde el punto de vista estructural, las democracias occidentales.
También el neoliberalismo es un hijo tardío de
los cañones, como demostraron el gigantesco programa armamentista
de la «Reaganomics» y la historia de los años 90. La economía de la
muerte permanecerá como el inquietante legado de la sociedad moderna fundada en
la economía de mercado hasta que el capitalismo matón se destruya a sí mismo.
Se
publicó originalmente en “Caderno Mais!”, Folha de São Paulo, el 30 de marzo de
1997. Traducción alemán-portugués: José Marcos Macedo [ en
http://planeta.clix.pt/obeco/rkurz2.htm ].
Traducción al
español Pimienta negra: Round Desk, revisada por
Reinhart Pablo Esch
Contracorriente:
m.vallseca@telefonica.net
|