(IAR-Noticias)
18-Abr-05

Por
José Pablo Feinmann
- Pägina 12
La foto es conocida: Sartre está en un sofá o sofá-cama (un
lugar en que se adivina dormitaría a veces su anfitrión) y se inclina para
encender su habano.
El que le da fuego está en una silla fuerte, una silla
de hombres con mando y poder, y la altura de la silla es mayor que la del
sofá, motivo por el que este personaje mira desde arriba al otro, a Sartre.
También es más alto. También es más bello, cosa nada difícil ya que Sartre
es, decididamente, feo. También es más joven. Admira a Sartre, pero no deja
de hacerle sentir que el hombre de acción es él y que, por serlo, la
historia es asunto suyo.
No en vano es Sartre quien ha cruzado el océano
para hablarle, no al revés. El hombre de la silla-poder es Ernesto “Che”
Guevara. Extiende su brazo derecho y le da fuego a Sartre: enciende su
habano. Hoy, ellos dos, que tanto se equivocaron según gustan señalar a
izquierda y derecha todo tipo de voces, que tan superados están, que tanto
eluden o silencian los académicos, no citando jamás a Sartre y haciendo del
Che una momia devenida, son uno de los pocos símbolos genuinos de la
rebeldía humana.
¿Qué más dice la foto? ¿Guevara le da su fuego a Sartre? No, Sartre tenía el
suyo propio y valía y quemaba tanto como el del Che. Guevara le da fuego al
habano de Sartre, dado que, sin duda, acaba de entregárselo y quiere que se
lo fume, que se fume un buen cigarro cubano, que por algo se ha cruzado el
océano, se ha molestado tanto, maestro.
La foto dice: Sartre y Guevara
comparten el fuego. El fuego es el de la opción por los oprimidos. Sartre lo
lleva por los caminos de la filosofía y la literatura. Guevara no. Los lleva
por los de la acción y, en Bolivia, entre el asma y la desesperanza, o la
soledad, y, para peor, equivocado, terminará ardiendo en él.
¡Qué poca sensatez tuvieron estos dos hombres! Sartre, casi ciego, terminará
subiendo a toneles en fábricas embravecidas y hablándoles a los obreros
palabras fuera de moda. De Guevara, ni hablar. Padeció y murió como un
Cristo, asesinado por un sargento torpe y aterrado.
Es cierto eso que se ha
dicho: la elección de Guevara era crística, quería morir. La de Fidel,
política: quiere durar y todavía, casi a tientas, con reflejos cansados de
tigre viejo, dura.
¡Cuánto se equivocaron! Así exclaman quienes los miran desde la vereda del
poder neoliberal o de la sensatez académica. Vargas Llosa, en un reciente
artículo, compara a Sartre con Aron. Ya, en un libro, creo, llamado Desafíos
a la libertad, se había ocupado de matar otra vez al Che, declarándolo
obsoleto y, muy especialmente, fracasado en cuanta causa emprendiera.
Ahora,
otra vez (ya que es un tic que tiene), se arroja sobre Sartre y busca
ponerlo en su lugar. Le sorprende la exposición Sartre y su siglo que los
franceses le han dedicado a quien tanto supo denostarlos al optar por
Argelia y no por ellos. (“Ustedes parecen olvidar que tienen colonias y que
allí se asesina en su nombre”.)
De hecho, Vargas ha salido enfermo y
confundido de esa exposición, a la que no pudo ver en completud: así es de
vasta, desmedida como el hombre al que rinde homenaje. Se consagra entonces
a mencionar errores de Sartre, frases algo terribles o decididamente
incómodas. (Sartre, es cierto, escribió que un colonizado se humaniza al
asesinar a un colonizador. Guevara escribió el casi truculento Mensaje a la
Tricontinental. A los dos critiqué en mi libro contra la violencia: La
sangre derramada. Pero desde adentro. Una cosa es un canalla y otra, un
rebelde que se equivoca.)
Lo que más abruma a Vargas es la soledad de su
personaje dilecto. De “su” intelectual paradigmático: Raymond Aron. Según
parece también se cumplen cien años del nacimiento de Aron. Vargas escribe:
“¿Por qué, entonces, el glamour del ilegible Sartre de nuestros días sigue
intacto y a casi nadie parece seducir la figura del sensato y convincente
Aron?”. (Un desvío: hay aquí un fallido. Sartre, para Vargas Llosa, no es
“ilegible” hoy, lo ha sido siempre).
Nunca conocí al escritor
peruano-español-ciudadano del mundo. Será porque jamás fui a alguna de las
innumerables cenas-homenaje que se le hacen. Pero, en caso de encontrarlo
alguna vez, tendría un par de preguntas que hacerle. Porque, sospecho,
Vargas conoce a Sartre, no por su pensamiento filosófico, magnífico, que
llegó a su punto más elevado en la critique, al mixturar a Marx y a
Heidegger en una dialéctica crítica, una dialéctica de la libertad, sino por
sus obras de teatro, sus novelas y, sobre todo, sus actitudes y
declaraciones públicas.
Es decir, no lo conoce, Habla de él como enemigo
político. Semeja, así, a la junta argentina -.neoliberal hasta los huesos–
que anunció la muerte de Sartre, en 1981, como la de un “subversivo”. Qué
honor tan merecido, maestro. Aquí, en la Argentina, lo mejor de una
generación fue masacrada al amparo de ese concepto.)
Volvemos a Vargas: ¡qué
adjetivos tan escasamente glamorosos le ha endilgado al pobre Aron! Ha
escrito: “El sensato y convincente Aron”. ¿Qué admira tanto en Aron? La
lozanía y la actualidad de su obra. ¿Dónde las encuentra? Con vulnerable
ingenuidad, confiesa: “(En) su defensa tenaz de la doctrina liberal, de la
cultura occidental y de la democracia y el mercado (sic), en los años en que
el grueso de la intelectualidad europea había sucumbido al canto de sirena
del marxismo”.
Agrega, por si hiciera falta, que todo esto se confirmó, que
la historia bendijo estas ideas con “la caída del Muro de Berlín, símbolo de
la desaparición de la URSS, y por la conversión de China en una sociedad
capitalista autoritaria”(?). ¿Cómo es, entonces, posible que Aron esté
olvidado, que no tenga glamour para nadie? Y recuerda la célebre frase de
los años sesenta: “Es preferible equivocarse con Sartre que tener razón con
Aron”.
Oscar Terán, en un texto que publicó en Radar, también se indigna por la
frase que elige el error junto a Sartre antes que la razón junto a Aron.
Pero Terán conoce bien a Sartre. (Lo sé porque fuimos compañeros de estudio
y cierta vez, creo que él tiene algunos años más que yo, me impresionó en el
Bar Florida de la calle Viamonte hablando sobre el maestro “del agujero en
el seno del Ser”.) Terán, a lo Vargas, dice que, hoy, la frase sobre Aron es
patética e impúdica. Caramba, qué duro.
Esto, sin embargo, no le impide
hacer otro balance que el de Vargas. Observemos su justeza: “En el balance
primó la defensa de los oprimidos no sólo del Oeste sino también de quienes
padecían el poder comunista (...) la de estar habitando un mundo crasamente
burgués de rasgos insoportables que tenía su base en la ‘escasez’ (el
preciso uso de este concepto revela que Terán, sí, leyó a Sartre) de los más
frente a la enorme saciedad de los menos, y ante el cual el intelectual
debía como la conciencia fenomenológica ‘estallar hacia el mundo’ para
encontrarse ‘en el camino, en medio de la muchedumbre, cosa entre las cosas,
hombre entre los hombres’”.
La muerte filosófica de Sartre –a partir de
mediados de los sesenta– se acompaña con la pulverización de la conciencia,
que ya no estalla “hacia afuera” sino hacia ninguna parte. Como los
intelectuales, que sólo estallan dentro de las academias, en medio de papers,
becas, subsidios y seguridades varias.
Los hombres ya no son “hombres entre
los hombres”, son elementos de las estructuras o son relegados por los
juegos del lenguaje, los que, como todo juego, son infinitos y no “estallan
hacia afuera”. Duermen la siesta íntima de la seguridad académica.
¿Por qué Sartre y Guevara tienen más glamour que Aron? Porque eligieron la
causa de los oprimidos. Porque se equivocaron muchas veces (¿quién no se
equivocó en la catastrófica historia del siglo XX, quién no viotraicionados
sus sueños o envilecidas sus opciones?), pero siempre desde la orilla de los
oprimidos.
Si Sartre se equivocó con la “revolución cultural” de Mao, peor
(y más mediocremente) se equivocó Aron en su defensa del “mercado” o de la
“doctrina liberal”. Por eso, hoy, todavía, uno prefiere equivocarse con
Sartre a tener razón con Aron. Y sobre todo con Vargas Llosa. Que, además,
no la tiene.