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(IAR-Noticias)
25-Abr-05
Por Leonardo Boff -
http://www.leonardoboff.com
Al concluir los festejos de los dos mil años de cristianismo, el cardenal J. Ratzinger nos brinda un documento doctrinario que debemos agradecer. En él, sin
máscaras ni subterfugios, se expone cuál es la visión que una parte de la
Iglesia, la jerarquía vaticana, tiene de la revelación, del designio de Dios en
Cristo, de la naturaleza de la Iglesia, del diálogo ecuménico e inter-religioso.
Ahora, todos, hombres y mujeres de buena voluntad, personas religiosas y
espirituales, Iglesias cristianas y cada fiel, saben lo que deben esperar o no
de la Iglesia jerárquica vaticana respecto al futuro del diálogo micro y
macroecuménico. Ese futuro es aterrador, pero absolutamente coherente con el
sistema que la Iglesia jerárquica vaticana elaboró a lo largo de los últimos
siglos y que ahora alcanzó su expresión pétrea. Es el sistema romano, férreo,
implacable, cruel y sin piedad.
1. La inaudita agresividad de un cardenal tímido
Dicho en una forma sencilla -picaresca pero verdadera- he aquí el resumen de la
ópera: "Cristo es el único camino de salvación y la Iglesia es el peaje
exclusivo. Nadie recorrerá el camino sin antes pasar por ese peaje". Dicho de
otra manera" "Cristo es el teléfono pero sólo la Iglesia es la telefonista.
Todas la llamadas de corta y de larga distancia necesariamente pasan por ella".
Iglesia y Cristo forman "un único Cristo total" (nº 16), pues "como existe un
solo Cristo, también existe un solo cuerpo y una sola Esposa suya, una sola
Iglesia católica y apostólica" (nº 16). Fuera de la mediación de la Iglesia,
todos, incluso "los adeptos de otras religiones
objetivamente se encuentran en una situación gravemente deficitaria" (nº 22).
Con todo énfasis se afirma, citando el Catecismo de la Iglesia Católica: "No se
debe creer en nadie más, a no ser en Dios, el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo" (nº 7).
¿Por qué tal reduccionismo? Aquí comienza a articularse el sistema romano, el
romanismo: por causa "del carácter definitivo y completo de la revelación de
Jesucristo" (nº 4). Podrán pasar milenios, podrán los seres humanos emigrar a
otros planetas y galaxias. pero la historia quedó como petrificada hasta el
juicio final, pues no va a haber absolutamente ninguna novedad en términos de
revelación: "no se debe esperar nueva revelación pública antes de la gloriosa
manifestación de Nuestro Señor Jesucristo" (nº 5). El sistema está completo,
cerrado, y todo es propiedad privada de la Iglesia (la jerarquía vaticana), que
debe expandirlo al mundo entero.
¿Qué dirá ella a los seres humanos -después de millones de años de evolución y
de encuentro espiritual con Dios- y a los demás cristianos que no son
católico-romanos? Las respuestas son claras y sin vacilaciones, verdaderas
puñaladas en el pecho de los destinatarios: "A ustedes, personas religiosas del
mundo, miembros de las religiones, incluso más ancestrales que nuestro
cristianismo (como el budismo o el hinduismo), les anuncio esta desoladora
verdad: ustedes no tienen "fe teologal"; sólo tienen "creencia"; sus doctrinas
no son cosa del Espíritu sino algo "que ideó el ser humano en su búsqueda de la
verdad" (nº 7). Si poseyeran algunos elementos positivos, "no se les puede
atribuir origen divino" (nº 21), ni son de ustedes, pues son nuestros, ya que
"reciben del misterio de Cristo los elementos de bondad y de gracia presentes en
ellos" (nº 8). Y ustedes, Iglesias ortodoxas que tienen jerarquía y la
eucaristía: ustedes son sólo "iglesias particulares", sin plena comunión, por no
aceptar el primado del Papa (nº 16). Y ustedes, Iglesias evangélicas, salidas de
la Reforma unas, y surgidas otras
después, escuchen bien esta sentencia: ustedes "no son iglesias en sentido
propio" (nº 17); son "comunidades separadas". "cuyo valor deriva de la misma
plenitud de gracia y verdad que fue confiada a la Iglesia Católica"(nº 17).
Y ahora, escuchen todo lo que el Concilio Vaticano II sentenció y nosotros
reafirmamos: "La única verdadera religión se verifica en la Iglesia Católica y
apostólica, a la cual el Señor Jesús confió la misión de difundirla a todos los
seres humanos (nº 23). Sepan que únicamente en ella está la verdad. Todas las
personas están obligadas a adherirse a ella, pues fuera de esta verdad todos
ustedes se encuentran irremediablemente en el error. En el fondo, este
documento, expresión suprema de totalitarismo, dirá a todos, de forma cruel y
sin piedad: sin Cristo y la Iglesia ustedes todos no poseen nada de propio; y si
por ventura tuvieran algún elemento positivo, no es de ustedes, sino de Cristo y
de la Iglesia. A ustedes no les queda otro camino que la conversión. Fuera de la
conversión sólo hay riesgo objetivo de perdición.
Después de tal pronunciamiento para nosotros, mortales, propulsores del micro y
del macro ecumenismo, queda claro que cualquier iniciativa del Vaticano en esa
área, esconde una farsa y prepara una trampa. Los llamados que el documento hace
a la continuidad del diálogo no son propiamente sobre los contenidos religiosos,
sino sobre el respeto a las personas, iguales en dignidad, pero absolutamente
desiguales en términos de las condiciones objetivas de salvación.
Con estas tesis, el tímido cardenal José Ratzinger compareció como exterminador
del futuro del ecumenismo. ¿Cómo se llegó a tal sistema totalitario, el
romanismo, que tantas víctimas causa, y que produce un discurso de exclusión y
de desesperanza?
2. El capitalismo jerárquico romano
Este tipo de discurso no es específico del romanismo, sino de todos los
totalitarismos contemporáneos, del fascismo nazi, del estalinismo, del
sectarismo religioso, de los regímenes latinoamericanos de seguridad nacional,
del fundamentalismo del mercado y del pensamiento único neoliberal.
El sistema es totalitario y cerrado
en sí mismo, en el caso de la jerarquía vaticana, un "totatus" ("totalitarismo)
como decían teólogos católicos, críticos del absolutismo de los papas. La
realidad comienza y termina allí donde comienza y termina la ideología
totalitaria. No existe nada más allá del sistema. Todos deben someterse a él,
como dice el documento de Ratzinger, en "obediencia, sumisión plena de la
inteligencia y de la voluntad, dando voluntariamente asentimiento" (nº 7). La
verdad es sólo intrasistémica. Sólo los que obedecen al sistema participan de los
beneficios de la verdad que es la salvación. Todos los demás están en el error.
Quien pretende tener él solo la verdad absoluta está condenado a la intolerancia
para con todos los demás, que no están en ella. La estrategia es siempre la
misma, en cualquiera de estos totalitarismos: convertir a los otros o
someterlos, desmoralizarlos o destruirlos.
Conocemos bien este método en América
Latina. Fue minuciosamente aplicado por los primeros misioneros ibéricos que
vinieron a México, al Caribe y a Perú con la ideología absolutista romana.
Consideraron falsas las divinidades de las religiones indígenas, y sus doctrinas
las tuvieron por pura invención humana. Y las destruyeron con la cruz asociada a
la espada.
Los ecos de los lamentos de los sabios aztecas resuenan hasta hoy: "Dijisteis
que no eran verdaderos nuestros dioses. Nueva palabra es ésa, la que habláis.
Por causa de ella estamos perturbados, incomodados.
Oigan, señores nuestros: no hagáis a nuestro pueblo algo que le cause desgracia
o que lo haga perecer. No podemos quedar tranquilos" (Miguel León Portilla, A
conquista da América Latina vista pelos indios, Vozes, Petrópolis l987, 21-22).
Los mayas sollozaban: "¡Ay!, entristezcámonos, porque llegaron (los españoles
cristianos). Vinieron a hacer que las flores se marchiten. Para que su flor
viviese, dañaron y devoraron nuestra flor. Castrar el sol: esoes lo que vinieron
a hacer ellos aquí. Ese Dios "verdadero" que viene del cielo, sólo de pecado
hablará, sólo sobre el pecado será su enseñanza.
Ellos nos enseñaron el miedo" (León-Portilla, op.cit. 60-62).
¿Podrá imaginar el cardenal Ratzinger lo que un piadoso presbiteriano,
trabajando en el interior de la salva amazónica con los indígenas, o un monje
taoísta, sumergido en su contemplación, sentirán, cuando, en un encuentro inter-religioso
cualquiera, se les diga que ellos no tienen fe, o que no son iglesia, que en sí
nada tienen de divino y de positivo, y que si lo poseen es sólo por Cristo y por
la Iglesia? Humillados y ofendidos, tienen motivos para llorar como los aztecas
y los mayas. Y su lamento llegará hasta el corazón de Dios, que siempre escucha
el grito de los oprimidos, sin la mediación innecesaria de la Iglesia. Pero como
son justos y sabios, seguramente sólo sonreirán frente a tanta arrogancia, a
tanta falta de respeto y a tanta ausencia de espiritualidad para con los caminos
de Dios en la vida de los pueblos.
La estrategia del documento vaticano obedece a la misma lógica de los referidos
totalitarismos: la de la desmoralización y de la disminución hasta la completa
negación del valor teologal de las convicciones del otro. Destruye todas las
flores del jardín no católico y religioso, para quequede, soberana y solitaria,
sólo la flor de la Iglesia romano-católica. Y todo, bajo la invocación de Dios,
de Cristo y de la revelación divina, pecando alegremente contra el segundo
mandamiento de la Ley de Dios, que prohibe usar el santo nombre de Dios en vano
o para encubrir intereses meramente humanos.
¿Cómo se llegó a esa rigidez fundamentalista y sin piedad? No queremos resumir
aquí la investigación histórica, hecha por los mejores historiadores y exegetas
católicos que el cardenal Ratzinger conoce, pues los estudió en sus aulas de
Freising, Bonn, Tübingen y Regensburg: de la comunidad fraternal de los inicios
del cristianismo, por razones históricas comprensibles pero no justificables, se
llegó a una sociedad eclesiástica piramidal y desigual.
En los primeros siglos, hasta más allá del año mil, el pueblo cristiano
participaba del poder de la "Iglesia comunidad de los fieles", en las decisiones
y en la elección de sus ministros, según el antiguo adagio: "todo lo que
interesa a todos debe ser discutido y decidido por todos".
Después, el pueblo comenzó a ser sólo
consultado, y por fin, quedó totalmente marginado y expropiado de la capacidad
que originalmente poseía. Así surgió en la Iglesia una innegable división y
desigualdad: por un lado una jerarquía que todo lo sabe, de todo es maestra,
discute de todo y en todo ella decide, al lado y encima de una masa de fieles
despotenciada y destituida, que debe obedecer y adherirse a totalmente a la
jerarquía.
Esta realidad es en sí misma perversa, y contraria al sentido originario del
mensaje de Jesús. Para hacerla aceptable entran en funcionamiento los mecanismos
de legitimación. La jerarquía vaticana elabora la correspondiente teología, con
el objeto de justificar, reforzar y sacralizar su poder.
Para hacer que ese poder sea
irreformable, intocable y absoluto, le atribuye un origen divino, cuando, en
realidad, es producto histórico y fruto de un proceso implacable de
expropiación.
Para conseguir tal faraonismo, la jerarquía vaticana echó mano de manipulación
de decretales y de la falsificación del famoso Testamento de Constantino, hasta
implantar, con Gregorio VII en 1075 con su "Dictatus Papae" (la Dictadura del
Papa) el poder absoluto del papado en formulaciones como éstas: "El papa es el
único hombre al cual todos los príncipes le besan los pies (esto valía hasta
mediados de este siglo, con Pío XII); su sentencia no debe ser reformada por
nadie, y sólo él puede reformar la de todos; él no debe ser juzgado por nadie".
Por fin, con Pío IX, de infeliz
reciente beatificación, fue proclamado infalible en su magisterio, pudiendo
decidir todo "por sí mismo sin el consentimiento de la Iglesia". A partir de esa
ideología totalitaria se leen las Escrituras y se entresaca de ella lo que
interesa para fundamentar esta doctrina ideada por la sed de poder,
espiritualizando las perspectivas contrarias o simplemente silenciándolas,
incluso las más esenciales. El documento del cardenal Ratzinger prolonga este
método sin la mínima sutileza que sería de esperar de alguien que un día fue un
teólogo de reconocida competencia.
Cabe recordar que el Jesús histórico fue víctima de un sistema absolutista
semejante, aquel construido por los escribas y fariseos. En nombre de él
rechazaron a Jesús como falso profeta, enemigo de la verdad, Belzebú, traidor a
las tradiciones y seductor del pueblo. Jesús les contradice -y lo mismo diremos
al cardenal Ratzinger-: "en verdad, anulan ustedes el mandamiento de Dios para
establecer las tradiciones de ustedes. y cosas como éstas hacen ustedes muchas
más" (Mc 7. 13); "por causa de sus tradiciones no enseñan el precepto de Dios" (Mt
15, 3). Y ¿qué es lo que el cardenal Ratzinger deja de enseñar en nombre de
tradiciones espúreas?
3. Errores teológicos que hacen inaceptable el documento vaticano
El cardenal Ratzinger no enseña la esencia del cristianismo, sin la que nada se
sustenta, de lo que resulta vana toda la argumentación del documento. Entre
otras cosas esenciales, dos son las más graves: no anuncia la centralidad del
amor ni predica la importancia decisiva de los pobres. En su documento, estas
dos cosas están totalmente ausentes.
Para Jesús y para todo el Nuevo Testamento, el amor lo es todo (Mt 22, 38-39),
porque Dios es amor (1 Jn 4, 8.16) y sólo el amor salva (Mt 25, 34-47), un amor
que debe ser incondicional (Mt 5, 44). Nada de eso se lee en el documento
cardenalicio. Sólo habla de verdades reveladas y de la fe teologal como adhesión
plena a ellas.
Y bien sabe el cardenal que la fe
sola no salva, pues como dicen todos los Concilios, sólo salva la fe "informada
de amor" (fides caritate informata). Es una ausencia clamorosa, sólo
comprensible en quien no tiene una experiencia espiritual, no se encuentra con
el "Dios comunión de personas divinas", no ama a Dios y al prójimo, sino que
sólo se adhiere perezosamente a las verdades escritas y abstractas.
Por el hecho de que el texto no
revela ningún amor, también muestra que no ama a nadie, a no ser al propio
sistema. Sin compasión ni esfuerzo de comprensión, injuria y destruye el credo
de los otros.
Más todavía: para empeorar su situación, en ningún momento se refiere a los
pobres. Para Jesús y todo el Nuevo Testamento, el pobre no es un tema entre
otros. Es el lugar a partir el cual se descubre el evangelio como buena noticia
de liberación ("bienaventurados ustedes los pobres") y funciona como criterio
último de salvación o de perdición. De nada sirve pertenecer a la Iglesia
romano-católica, poseer todo el arsenal de los medios de salvación, someterse
con mente y corazón al sistema jerárquico, acoger todas las verdades reveladas.
si no se tiene amor "nada soy" (1 Cor 15, 2).
Si no tuviéramos amor al hambriento,
al sediento, al desnudo, al peregrino y al preso, nadie, ni yo ni el cardenal
Ratzinger, podremos escuchar las palabras bienaventuradas: "Vengan, benditos de
mi Padre, tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del
mundo" (Mt 25, 34), porque "cuando dejasteis de hacer algo a uno de estos
pequeños, fue a mi a quien o se lo hicisteis" (Mt 25 45). La cuestión del pobre
es tan esencial a la herencia de Jesús, que cuando Pablo fue a verificar su
doctrina ante los apóstoles en Jerusalén, éstos le exigieron el cuidado de los
pobres (Gal 2, 10).
La tradición teológica de la Iglesia siempre argumentó rectamente: donde está
Cristo ahí está la Iglesia; y Cristo está en los pobres; luego la Iglesia está
(debe estar) en los pobres. No sólo en los pobres trabajadores y buenos, sino en
los pobres pura y llanamente por el simple hecho de ser pobres. Al ser pobres,
tienen menos vida, y por eso son los destinatarios primeros de ese anuncio y de
la intervención liberadora del Dios de la Vida.
Ninguna resonancia de ese anuncio de
libertad y de compasión encontramos en este rastrero documento vaticano. Sobre
la cuestión de los pobres se podría inaugurar un ecumenismo abierto y fecundo,
con todas las iglesias, religiones, tradiciones espirituales y personas de buena
voluntad... En el amor incondicional y en los pobres se encuentra la centralidad
del mensaje de Jesús, y no en el alegato ideológico montado por el documento del
cardenal.
Hay una forma de negación del Dios
vivo que sólo los eclesiásticos llevan a cabo: hablar de Dios, de su revelación
y de su gracia, sin mostrar ninguna compasión para con los pobres y los
ofendidos. No hablan del Dios de Jesús que escucha el grito de los oprimidos y
desciende para liberarlos (Ex 3,4) sino de un fetiche eclesiástico que "ideó"
(nº 7) el ser humano en su sed de poder. No sin razón la imagen de Dios que
emerge del documento es
de un Dios fúnebre que murió hace mucho tiempo, pero que dejó como testamento
frases recogidas en el Nuevo Testamento, con las cuales la jerarquía vaticana
construye un edificio de salvación exclusivo para quien entre en él.
Pero hay otras insuficiencias graves de teología que importa denunciar: el
documento ofende al Verbo que "ilumina a todo ser humano que viene a este mundo"
(Jn 1,9), y no sólo a los bautizados y a los que son romano-católicos. El
documento blasfema el Espíritu que "sopla donde quiere" (Jn 3, 8) y no sólo
sobre aquellos ligados a los esquemas del cardenal. Jesús enfatiza que "los
verdaderos adoradores que el Padre desea, han de adorarlo en Espíritu y en
Verdad" y no solamente en Roma (Jerusalén) o Garizim (Cracovia: Jn 4, 21-23), es
decir, por todas las personas abiertas a la dimensión espiritual y sagrada del
universo, manifestación de la presencia del Misterio divino, cuya culminación se
encuentra en la encarnación.
El documento deja en ridículo a los seres humanos al negarles lo principal del
mensaje de Jesús referido más arriba: el amor incondicional y la centralidad de
los pobres y oprimidos. En su lugar les ofrece un indigesto menú de citas
arrancadas para justificar las discriminaciones y las desigualdades producidas
contra la voluntad manifiesta de Jesús, que prohibió que alguien se llamara
maestro o padre (Papa es la abreviación de "padre de los pobres", pater-pauperum=
papa) o que se considerara mayor o primero que los demás, "porque ustedes son
todos hermanos y hermanas (Mt 23, 6-12). La jerarquía romana necesita
urgentemente de conversión para que pueda encontrar su lugar dentro de la
totalidad del pueblo de Dios y como servicio de la comunidad de fe. Ella no es
una facción, sino una función de la "Iglesia comunidad de fieles y de
servicios".
El documento está a kilómetros-luz de la atmósfera de jovialidad y benevolencia
propia de los evangelios y de la gesta de Cristo. Es un texto de escribas y
fariseos y no de discípulos de Jesús, un texto carente de virtudes humanas y
divinas, más dirigido a juzgar, a condenar y a excluir, que a valorizar,
comprender e incluir como hace el símbolo de la primera alianza que Dios
estableció con la vida y la humanidad, el arco iris. Ratzinger no quiere la
multiplicidad de los colores en la unidad del mismo arco iris, sino sólo el
predominio imperativo del color negro, el de la triste jerarquía vaticana.
4. El ecumenismo pasa por Ginebra y no por Roma
Con este documento el cardenal Ratzinger ha cavado la tumba para el ecumenismo
en la perspectiva de la jerarquía vaticana. Tiene el mérito de desvanecer todas
las ilusiones. A partir de ahora no podemos contar con la jerarquía vaticana
para buscar la paz espiritual y religiosa de la humanidad. Al contrario, por su
capitalismo concentrador de la verdad divina, por la arrogancia con que trata a
todos los demás, el cristianismo jerárquico romano se constituye en un gran
obstáculo.
Pero la jerarquía romana no es toda la Iglesia, ni representa la entera
jerarquía eclesiástica mundial. Dentro de la jerarquía hay cardenales,
arzobispos, obispos y presbíteros que siguen el camino evangélico del mutuo
aprendizaje, del diálogo abierto y de la búsqueda sincera de la paz religiosa,
asentada en la experiencia radical del Misterio, que se vela y revela a lo largo
de toda la historia del universo y de la humanidad y adquiere cuerpo -singular
en cada caso- en las religiones y en el cristianismo. Pero ése no es el camino
estimulado por Roma.
Si continúa la actitud excluyente del Vaticano, el ecumenismo cristiano no
pasará ya por Roma, sino por Ginebra, sede del Consejo Mundial de iglesias.
Allí se perpetúa la herencia de Jesús, abierta a las dimensiones del Espíritu,
que llena la faz de la Tierra y caldea los corazones de los pueblos y de las
personas. Como el documento de Ratzinger es fruto de un sistema cerrado y
férreo, no muestra sensibilidad alguna hacia la realidad que va más allá de él
mismo. Es el sapo que vive en el fondo del pozo y nada sabe de universos que
haya más allá de los límites de su pozo.
Un documento que apunta al diálogo
religioso mundial debería mostrar el valor de pertinencia y la relevancia de tal
dialogo frente a la dramática situación que atraviesa la Tierra y la Humanidad.
Nada de ello entra en la agenda del documento. El sentido del diálogo ecuménico
e inter-religioso no se agota en la gestación de la paz religiosa, sino que se
ordena a la construcción de la justicia y de la paz entre los pueblos y a la
salvaguarda de todo lo creado.
Estamos caminando rumbo a una única sociedad mundial. Esta geosociedad tiene
rostro del Tercer Mundo, porque cuatro mil millones de personas -sobre seis mil
millones-, según los datos del Banco Mundial y del Fondo Monetario
Internacional, viven debajo de la líinea de la pobreza. ¿Quién enjugará las
lágrimas de estos millones de víctimas? ¿Quién escucha el grito que viene de la
Tierra herida, y de las tribus de la Tierra, hambrientas y excluidas?
El documento no tiene oídos para semejantes tribulaciones. Quien es sordo ante
el grito de los oprimidos no tiene nada que decir a Dios ni nada que decir en
nombre de Dios. El Cristianismo presentado por el cardenal Ratzinger no es
mundializable: es expresión del lado más sombrío del Occidente, que cada vez más
se convierte en un accidente.
Su documento cierra el segundo
milenio de un tipo de cristianismo que no debe ser prolongado por veneración al
Misterio de Dios que se revela en la historia, por amor a Jesucristo, cuyo
significado y mensaje no quiere excluir ni disminuir a nadie, por comunión con
las demás iglesias cristianas que llevan adelante la memoria de Jesús, y por
respeto a los demás caminos religiosos y espirituales por los cuales Dios
siempre visitó en salvación y gracia a todos los seres humanos.
En el nuevo milenio que se inaugura,
surgirá un nuevo ecumenismo católico como aquel que está siendo realizado en
estratos importantes de la jerarquía que se convirtió al sentido evangélico de
servicio y animación de la fe, en las bases de la Iglesia y en las comunidades
católicas y cristianas, ecumenismo fundado en la espiritualidad y en la mística
del encuentro vivo con el Espíritu y el Resucitado, al servicio de los hombres y
mujeres, comenzando por los más pobres y castigados, en comunión y en diálogo
con otros portadores de espiritualidad.
Es misión de todos suscitar y animar la llama sagrada de lo Divino y del
Misterio que arde dentro de cada corazón y en el universo entero.
Sin esa llama sagrada no salvaremos la vida ni garantizaremos un futuro de
esperanza para la familia humana y la Casa Común, la Tierra. Para tal propósito,
todo ecumenismo es deseable, toda sinergia es imprescindible. Y Roma, algún día,
post Ratzinger locutum -una vez que ya habló Ratzinger-, tendrá que sumarse a
esta tara mesiánica.
Traducción de José María Vigil.
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